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Terrenales

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 27-02-2020

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Champions League

A veces uno no sabe si hacer una crónica o una simple opinión de lo que le toca. Este es otro ejemplo más de lo que ansiamos la libertad hasta que la tenemos, porque tener que escribir como queramos de lo que nos plazca a veces te hace sentir más preso que nunca. Que me obliguen a hacerlo de una manera y punto. Quiero ser un recluso. Me dicen que “hay que hacer un artículo del Real Madrid a la semana”, y cuando hay Champions League salen las mejores galas del armario, como el que reserva su ropa más especial para la cita con la chica que te gusta. El fútbol habla por sí solo y la sencillez, que a veces es lo mejor, dispara nuestras expectativas hasta convertirnos en seres irracionales. ¿De qué voy a hablar? ¿De las diagonales de Jovic? ¿De la importancia de Fede Valverde? Hoy hay Champions, me repito. Qué sencillo es acusar a Zinedine Zidane por sentar a Toni Kroos, o afirmar que Kevin De Bruyne es muy bueno, o que el agua moja. Lo que nadie esperaba, de ninguna manera, es que los blancos se olvidaran durante 15 minutos del escudo que representan los 366 días del año, que 2020 es bisiesto. Y eso, en una competición como esta, es firmar el testamento. Hoy el artículo sale solo.

Pep Guardiola parece haber encontrado el porqué de estas derrotas de Champions que le llevaron a ser, según muchos, un entrenador terrenal. Durante años ha tenido que ir descifrando su propia Piedra de Rosetta para alcanzar el mayor de sus retos: ganar la máxima competición continental sin Leo Messi. Goleadas, goles anulados al final, decepciones… Tropezones sin cesar para comprender tantas cosas. Hay días en los que no se puede jugar al toque. Hay días en los que solo se puede potenciar el centro del campo. Hay días en los que, con la sombra de la sanción que dejará a tu entidad dos años sin momentos como este, solo vale ganar. Ya hablaremos del estilo cuando estemos entre champán y cánticos. El City tenía que vencer y lo hizo con un planteamiento alejado del dogma del catalán: jugar a que no pasara nada.

Al Bernabéu, lugar especial para el de Santpedor, volvió el Guardiola más ecléctico. El que sabe que en una eliminatoria así hay tropecientos encuentros de por medio. Por ello, se olvidó de jugar con delanteros y colocó a Gabriel Jesus en el flanco izquierdo, lugar de Dani Carvajal, perdido toda la noche. Arriba estaban, alejados del tedioso pase horizontal cityzen, Bernardo Silva y De Bruyne, desaparecidos durante gran parte del partido. No había problema. Acabarían llegando las situaciones de remate. Tan solo había que aguardar escondido, debajo de la mesa de la cocina, el momento en el que los platos salieran a la mesa. Setenta y cinco minutos afilando el colmillo para eso. El City tenía su ventaja.

Los blancos se encontraron con un guion que no esperaban. Lo normal era que el Manchester City fuera el protagonista, agarrara con valentía el balón y tratara de dominar, terreno perfecto para el contrataque blanco. Zidane, en la previa, debía ilusionarse con asfixiar en el centro para cuajar contras lanzadas por Modric o Isco, a la carrera de Vinicius o Karim Benzema. Pero no había casi pérdidas en zonas comprometidas porque los ingleses no quisieron ser los bobos de la película. Solo les pillaron así una vez, en un lío entre varios futbolistas, y fue el tanto de los locales. No volvió a ocurrir.

Posteriormente, ocurrió lo que todos vimos, pero que nadie se explica. Los anfitriones perdieron el control de lo que acontecía y cuando se percataron del berenjenal en el que se habían metido estaban con 10 y por detrás en el marcador. Lo que está claro, es que la ida, con el paso del tiempo, quedará en el imaginario colectivo como aquella noche en la que el Real Madrid no fue el Real Madrid. Simplemente, fue una sombra inerte y desconocida de lo que solía ser. A ver a qué espíritu se aferra ante tal faena.

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A veces uno no sabe si hacer una crónica o una simple opinión de lo que le toca. Este es otro ejemplo más de lo que ansiamos la libertad hasta que la tenemos, porque tener que escribir como queramos de lo que nos plazca a veces te hace sentir más preso que nunca. Que me obliguen a hacerlo de una manera y punto. Quiero ser un recluso. Me dicen que “hay que hacer un artículo del Real Madrid a la semana”, y cuando hay Champions League salen las mejores galas del armario, como el que reserva su ropa más especial para la cita con la chica que te gusta. El fútbol habla por sí solo y la sencillez, que a veces es lo mejor, dispara nuestras expectativas hasta convertirnos en seres irracionales. ¿De qué voy a hablar? ¿De las diagonales de Jovic? ¿De la importancia de Fede Valverde? Hoy hay Champions, me repito. Qué sencillo es acusar a Zinedine Zidane por sentar a Toni Kroos, o afirmar que Kevin De Bruyne es muy bueno, o que el agua moja. Lo que nadie esperaba, de ninguna manera, es que los blancos se olvidaran durante 15 minutos del escudo que representan los 366 días del año, que 2020 es bisiesto. Y eso, en una competición como esta, es firmar el testamento. Hoy el artículo sale solo.

Pep Guardiola parece haber encontrado el porqué de estas derrotas de Champions que le llevaron a ser, según muchos, un entrenador terrenal. Durante años ha tenido que ir descifrando su propia Piedra de Rosetta para alcanzar el mayor de sus retos: ganar la máxima competición continental sin Leo Messi. Goleadas, goles anulados al final, decepciones… Tropezones sin cesar para comprender tantas cosas. Hay días en los que no se puede jugar al toque. Hay días en los que solo se puede potenciar el centro del campo. Hay días en los que, con la sombra de la sanción que dejará a tu entidad dos años sin momentos como este, solo vale ganar. Ya hablaremos del estilo cuando estemos entre champán y cánticos. El City tenía que vencer y lo hizo con un planteamiento alejado del dogma del catalán: jugar a que no pasara nada.

Al Bernabéu, lugar especial para el de Santpedor, volvió el Guardiola más ecléctico. El que sabe que en una eliminatoria así hay tropecientos encuentros de por medio. Por ello, se olvidó de jugar con delanteros y colocó a Gabriel Jesus en el flanco izquierdo, lugar de Dani Carvajal, perdido toda la noche. Arriba estaban, alejados del tedioso pase horizontal cityzen, Bernardo Silva y De Bruyne, desaparecidos durante gran parte del partido. No había problema. Acabarían llegando las situaciones de remate. Tan solo había que aguardar escondido, debajo de la mesa de la cocina, el momento en el que los platos salieran a la mesa. Setenta y cinco minutos afilando el colmillo para eso. El City tenía su ventaja.

Los blancos se encontraron con un guion que no esperaban. Lo normal era que el Manchester City fuera el protagonista, agarrara con valentía el balón y tratara de dominar, terreno perfecto para el contrataque blanco. Zidane, en la previa, debía ilusionarse con asfixiar en el centro para cuajar contras lanzadas por Modric o Isco, a la carrera de Vinicius o Karim Benzema. Pero no había casi pérdidas en zonas comprometidas porque los ingleses no quisieron ser los bobos de la película. Solo les pillaron así una vez, en un lío entre varios futbolistas, y fue el tanto de los locales. No volvió a ocurrir.

Posteriormente, ocurrió lo que todos vimos, pero que nadie se explica. Los anfitriones perdieron el control de lo que acontecía y cuando se percataron del berenjenal en el que se habían metido estaban con 10 y por detrás en el marcador. Lo que está claro, es que la ida, con el paso del tiempo, quedará en el imaginario colectivo como aquella noche en la que el Real Madrid no fue el Real Madrid. Simplemente, fue una sombra inerte y desconocida de lo que solía ser. A ver a qué espíritu se aferra ante tal faena.

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