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Fuegos internos

Sergio Merino Rueda @SergioMerino8 10-02-2020

Decía Friedrich Nietzsche que ni el odio ni el amor son ciegos, sino que están cegados por el fuego que llevan dentro las personas. Personalmente, me niego a aceptar el odio entre compañeros de profesión, más si no se ha producido ningún daño personal entre ambos. Me gusta creer en la buena fe de las personas y la competitividad entendida desde un prisma sano, alejado de la toxicidad y la mala intención. Aunque en ocasiones signifique chocarse contra un muro.

Un muro fue, precisamente, lo que separó a Valentino Rossi y Jorge Lorenzo dentro del box de Yamaha. El italiano, aparentemente imbatible, formando una pareja perfecta con la M1 que el español, joven, ambicioso y un poco “canallita”, en el buen sentido de la palabra, estaba dispuesto a romper. Un adolescente todavía imberbe, engominado y vistiendo chupa de cuero, recién llegado al instituto, con la intención de pedirle a la chica del quarterback del equipo de football que se olvidara de su antiguo amor, que sería él quien la llevaría al baile de fin de curso.

Corría el año 2008. Jorge aun lucía el ‘48’ en el carenado y Chupa-Chups en el casco. Valentino, decepcionado por “tirar” el campeonato de 2006 frente a Nicky Hayden y ser fulminado por la potencia de la Ducati de Stoner en 2007, se encontraba con una de las mejores Yamahas de siempre, con patrocinio italiano (FIAT), diseñada para volver a ser el rey del baile a final de curso. Pero el adolescente iba muy, pero que muy rápido. Segundo en su primera carrera, tercero a continuación y victoria en su tercer Gran Premio. Vaya si iba en serio. Vale, por primera vez en su vida, veía peligrar a su amor.

La tensión crecía, se negaban saludos, se recelaba de compartir datos telemétricos… Una guerra en cada detalle entre dos de los mayores egos y talentos que jamás hayamos visto en el paddock. Poco importaban ya Stoner, vigente campeón, ni Pedrosa, que cuajó uno de los mejores inicios de temporada de su vida. El duelo era entre Valentino y Jorge. Aquel Mundial se lo llevó Rossi. Ganó 9 de las 15 carreras restantes, pidió perdón por el ritardo y también ganó el de 2009. La gallina más vieja del corral seguía haciendo buen caldo, pero lo que no sabía es que sería el último. Jorge Lorenzo ganó el Mundial de 2010 todavía como compañero de Rossi en Yamaha, aunque no sabemos lo que habría pasado si il dottore no se hubiera lesionado de gravedad, pero lo cierto es que su antiguo amor ya no solo tenía ojitos para el italiano.

En 2011, Rossi abandonó Yamaha para fichar por Ducati. El sueño italiano. Montura italiana, piloto italiano… ningún tifosi podía dormir pensando en esa nueva pareja. Pero no funcionó. Y mientras tanto, Jorge ganaba otro campeonato con la M1, al que se uniría otro en 2015, de nuevo con Rossi como compañero tras regresar a casa después de su mala experiencia en Ducati. Lorenzo también dejó Yamaha para probarse a sí mismo con Ducati y Honda, pero tampoco fue lo mismo. 

Ahora, después de que Lorenzo anunciase su retirada, el destino ha querido volver a unirlos; al italiano como piloto oficial, quién sabe si por último año, y al español como probador, quién sabe si futuros compañeros unidos por una causa: derrocar al rey de los bailes de fin de curso desde 2013: Marc Márquez. 

Me niego a pensar que se odiasen. Me niego a creer en la mala fe de aquel muro. Al fin y al cabo, tanto el odio como el amor se guían por los fuegos internos. Por lo que existen las mismas posibilidades de que se odien, que de que se amen. Un oscuro pasado dejado detrás, un brillante futuro por delante.

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Decía Friedrich Nietzsche que ni el odio ni el amor son ciegos, sino que están cegados por el fuego que llevan dentro las personas. Personalmente, me niego a aceptar el odio entre compañeros de profesión, más si no se ha producido ningún daño personal entre ambos. Me gusta creer en la buena fe de las personas y la competitividad entendida desde un prisma sano, alejado de la toxicidad y la mala intención. Aunque en ocasiones signifique chocarse contra un muro.

Un muro fue, precisamente, lo que separó a Valentino Rossi y Jorge Lorenzo dentro del box de Yamaha. El italiano, aparentemente imbatible, formando una pareja perfecta con la M1 que el español, joven, ambicioso y un poco “canallita”, en el buen sentido de la palabra, estaba dispuesto a romper. Un adolescente todavía imberbe, engominado y vistiendo chupa de cuero, recién llegado al instituto, con la intención de pedirle a la chica del quarterback del equipo de football que se olvidara de su antiguo amor, que sería él quien la llevaría al baile de fin de curso.

Corría el año 2008. Jorge aun lucía el ‘48’ en el carenado y Chupa-Chups en el casco. Valentino, decepcionado por “tirar” el campeonato de 2006 frente a Nicky Hayden y ser fulminado por la potencia de la Ducati de Stoner en 2007, se encontraba con una de las mejores Yamahas de siempre, con patrocinio italiano (FIAT), diseñada para volver a ser el rey del baile a final de curso. Pero el adolescente iba muy, pero que muy rápido. Segundo en su primera carrera, tercero a continuación y victoria en su tercer Gran Premio. Vaya si iba en serio. Vale, por primera vez en su vida, veía peligrar a su amor.

La tensión crecía, se negaban saludos, se recelaba de compartir datos telemétricos… Una guerra en cada detalle entre dos de los mayores egos y talentos que jamás hayamos visto en el paddock. Poco importaban ya Stoner, vigente campeón, ni Pedrosa, que cuajó uno de los mejores inicios de temporada de su vida. El duelo era entre Valentino y Jorge. Aquel Mundial se lo llevó Rossi. Ganó 9 de las 15 carreras restantes, pidió perdón por el ritardo y también ganó el de 2009. La gallina más vieja del corral seguía haciendo buen caldo, pero lo que no sabía es que sería el último. Jorge Lorenzo ganó el Mundial de 2010 todavía como compañero de Rossi en Yamaha, aunque no sabemos lo que habría pasado si il dottore no se hubiera lesionado de gravedad, pero lo cierto es que su antiguo amor ya no solo tenía ojitos para el italiano.

En 2011, Rossi abandonó Yamaha para fichar por Ducati. El sueño italiano. Montura italiana, piloto italiano… ningún tifosi podía dormir pensando en esa nueva pareja. Pero no funcionó. Y mientras tanto, Jorge ganaba otro campeonato con la M1, al que se uniría otro en 2015, de nuevo con Rossi como compañero tras regresar a casa después de su mala experiencia en Ducati. Lorenzo también dejó Yamaha para probarse a sí mismo con Ducati y Honda, pero tampoco fue lo mismo. 

Ahora, después de que Lorenzo anunciase su retirada, el destino ha querido volver a unirlos; al italiano como piloto oficial, quién sabe si por último año, y al español como probador, quién sabe si futuros compañeros unidos por una causa: derrocar al rey de los bailes de fin de curso desde 2013: Marc Márquez. 

Me niego a pensar que se odiasen. Me niego a creer en la mala fe de aquel muro. Al fin y al cabo, tanto el odio como el amor se guían por los fuegos internos. Por lo que existen las mismas posibilidades de que se odien, que de que se amen. Un oscuro pasado dejado detrás, un brillante futuro por delante.

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