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Dominar sin el balón

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 23-12-2019

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Inter

A pesar de haber caído eliminado de la Champions League, el Inter de Milán de Antonio Conte se está erigiendo en uno de los equipos europeos que mayor dominio ejerce sobre los partidos a través de su posicionamiento y de su trabajo colectivo y coordinado sin el balón. Más allá de una pulida salida desde atrás, de una construcción fluida y vertical y de la riqueza en el juego de apoyos y de transiciones que le dan la complementaria pareja conformada por Lautaro Martínez y Romelu Lukaku para activar ataques por todo el carril central, los nerazzurri están cimentando su sobresaliente y ya demostrada competitividad durante este curso en su presión en campo rival y también en su brillante rapidez para replegar y asentarse en un bloque medio-bajo cuando el equipo rival es capaz de saltar su intenso primer pressing.

Un funcionamiento que, sumado a su gran defensa del área y al intachable rendimiento de Samir Handanovic bajo los palos, lo convierte en un equipo difícilmente expugnable y le está permitiendo solventar con éxito, al menos en el Calcio, un bache en la temporada que ha estado marcado claramente por la gran cantidad de bajas que ha sufrido recientemente en posiciones clave, especialmente en el centro del campo. Una etapa en la que su profundidad de plantilla se ha ido asentando a través de la necesidad. El último partido del Inter en 2019 ante el Genoa en San Siro, el partido que le ha permitido acabar el año como líder de la Serie A por primera vez desde 2015 y por segunda vez en toda la década, fue la demostración perfecta del gran dominio que puede ejercer el equipo lombardo sobre el escenario y el contexto a través de sus agresivos, colectivos, pulidos y automatizados conceptos sin balón.

Conte aprovechó para beneficio propio el ciertamente presuntuoso plan de Thiago Motta, consistente en sacar el balón jugado desde atrás, con la intención de progresar en corto involucrando directamente al portero, para empujar totalmente al Grifone hacia su propia área, impidiéndole siquiera salir de su campo, dejándolo sin ningún tipo de solución o de respuesta alternativa y maniatándolo por completo durante una primera mitad de gran nivel futbolístico. El tiempo suficiente para dejar sentenciado el choque y poder gestionar con tranquilidad el marcador. Aunque Borja Valero actuaba en el repliegue y partía en la salida de pelota interista como el regista ante la ausencia de Marcelo Brozovic, el centrocampista español era, sin embargo, el primer hombre en la presión adelantada, acudiendo directamente sobre la marca del meta rossoblù, Ionut Radu, para taponar el potencial envío directo y raso hacia el mediocentro, Ivan Radovanovic, que girase al Inter contra su propia portería. Algo que nunca sucedió.

Por su parte, Matías Vecino y Roberto Gagliardini, siempre en campo contrario, se encargaban de las vigilancias en los pasillos del carril central por detrás de la posición de Valero, mientras que Romelu Lukaku y Sebastiano Esposito se situaban muy encima de cada uno de los dos centrales del Genoa en el mismo área rival, para orquestar así un tres contra tres muy efusivo junto a Borja Valero ante Radu, Davide Biraschi y Cristian Romero, que supuso un ahogo constante para las complejas y sobredimensionadas intenciones de Thiago Motta en los primeros pases. Por si fuera poco, Alessandro Bastoni, el joven central zurdo del Inter, que está creciendo a pasos agigantados, era el encargado principal de dinamitar cualquier atisbo de salida más directa del Genoa hacia sus dos puntas o hacia la carrera de alguno de los interiores con su impresionante sentido de la anticipación y su envergadura. De hecho, la altura media de sus intervenciones fue superior a la de cualquiera de los delanteros rivales.

Una tarea que se está convirtiendo en un recurso recurrente para Antonio Conte cada vez que Bastoni parte como titular, permitiendo al Inter, más que cualquier otro de sus fantásticos centrales, mantener una altura media muy profunda, hasta veinte metros dentro del campo rival, acortar muchísimo el campo, defender hacia delante de una forma tan agresiva como efectiva, potenciar el reinicio constante y ágil de una enorme cantidad de acciones con su soltura y eficacia en el pase de seguridad, activar a pie natural a Cristiano Biraghi y sus peligrosos centros al área desde diferentes distancias a lo largo del carril y obtener así una gran continuidad y una presencia casi permanente en campo rival. En definitiva, inutilizar por completo y asfixiar el juego con pelota de su adversario en su mitad del terreno de juego y conducirlo a una sensación de agobio demasiado honda como para sacudirse el dominio de encima o encontrar una salida clara con la pausa y la capacidad reflexiva necesarias.

Es más que probable que a medida que vayan regresando al equipo Stefano Sensi, Nicolò Barella o Alexis Sánchez, el Inter continúe mejorando en su proceso de crecimiento futbolístico, enriqueciendo su fútbol asociativo entre líneas y en tres cuartos de campo, el gran campo de batalla de la temporada hasta el momento y la zona en la que más han afectado las bajas por lesión, y añadiendo alternativas y matices que descarguen un poco de responsabilidad a Lautaro y a Lukaku en materia de construcción de ataques, aunque sin dejar por ello que decaiga su álgido rendimiento futbolístico y productivo. Sin embargo, pase lo que pase en la temporada nerazzurra, todo lo que consiga el Inter en ella habrá nacido desde la fortaleza de sus conceptos sin balón, desde la solidez de su cuarteto defensivo y su firme defensa del área y desde una cada vez más decisiva presión en campo rival, en la que incluso algunos de los nombres menos habituales, como Borja Valero o Bastoni, son capaces de erigirse en piezas absolutamente fundamentales.

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A pesar de haber caído eliminado de la Champions League, el Inter de Milán de Antonio Conte se está erigiendo en uno de los equipos europeos que mayor dominio ejerce sobre los partidos a través de su posicionamiento y de su trabajo colectivo y coordinado sin el balón. Más allá de una pulida salida desde atrás, de una construcción fluida y vertical y de la riqueza en el juego de apoyos y de transiciones que le dan la complementaria pareja conformada por Lautaro Martínez y Romelu Lukaku para activar ataques por todo el carril central, los nerazzurri están cimentando su sobresaliente y ya demostrada competitividad durante este curso en su presión en campo rival y también en su brillante rapidez para replegar y asentarse en un bloque medio-bajo cuando el equipo rival es capaz de saltar su intenso primer pressing.

Un funcionamiento que, sumado a su gran defensa del área y al intachable rendimiento de Samir Handanovic bajo los palos, lo convierte en un equipo difícilmente expugnable y le está permitiendo solventar con éxito, al menos en el Calcio, un bache en la temporada que ha estado marcado claramente por la gran cantidad de bajas que ha sufrido recientemente en posiciones clave, especialmente en el centro del campo. Una etapa en la que su profundidad de plantilla se ha ido asentando a través de la necesidad. El último partido del Inter en 2019 ante el Genoa en San Siro, el partido que le ha permitido acabar el año como líder de la Serie A por primera vez desde 2015 y por segunda vez en toda la década, fue la demostración perfecta del gran dominio que puede ejercer el equipo lombardo sobre el escenario y el contexto a través de sus agresivos, colectivos, pulidos y automatizados conceptos sin balón.

Conte aprovechó para beneficio propio el ciertamente presuntuoso plan de Thiago Motta, consistente en sacar el balón jugado desde atrás, con la intención de progresar en corto involucrando directamente al portero, para empujar totalmente al Grifone hacia su propia área, impidiéndole siquiera salir de su campo, dejándolo sin ningún tipo de solución o de respuesta alternativa y maniatándolo por completo durante una primera mitad de gran nivel futbolístico. El tiempo suficiente para dejar sentenciado el choque y poder gestionar con tranquilidad el marcador. Aunque Borja Valero actuaba en el repliegue y partía en la salida de pelota interista como el regista ante la ausencia de Marcelo Brozovic, el centrocampista español era, sin embargo, el primer hombre en la presión adelantada, acudiendo directamente sobre la marca del meta rossoblù, Ionut Radu, para taponar el potencial envío directo y raso hacia el mediocentro, Ivan Radovanovic, que girase al Inter contra su propia portería. Algo que nunca sucedió.

Por su parte, Matías Vecino y Roberto Gagliardini, siempre en campo contrario, se encargaban de las vigilancias en los pasillos del carril central por detrás de la posición de Valero, mientras que Romelu Lukaku y Sebastiano Esposito se situaban muy encima de cada uno de los dos centrales del Genoa en el mismo área rival, para orquestar así un tres contra tres muy efusivo junto a Borja Valero ante Radu, Davide Biraschi y Cristian Romero, que supuso un ahogo constante para las complejas y sobredimensionadas intenciones de Thiago Motta en los primeros pases. Por si fuera poco, Alessandro Bastoni, el joven central zurdo del Inter, que está creciendo a pasos agigantados, era el encargado principal de dinamitar cualquier atisbo de salida más directa del Genoa hacia sus dos puntas o hacia la carrera de alguno de los interiores con su impresionante sentido de la anticipación y su envergadura. De hecho, la altura media de sus intervenciones fue superior a la de cualquiera de los delanteros rivales.

Una tarea que se está convirtiendo en un recurso recurrente para Antonio Conte cada vez que Bastoni parte como titular, permitiendo al Inter, más que cualquier otro de sus fantásticos centrales, mantener una altura media muy profunda, hasta veinte metros dentro del campo rival, acortar muchísimo el campo, defender hacia delante de una forma tan agresiva como efectiva, potenciar el reinicio constante y ágil de una enorme cantidad de acciones con su soltura y eficacia en el pase de seguridad, activar a pie natural a Cristiano Biraghi y sus peligrosos centros al área desde diferentes distancias a lo largo del carril y obtener así una gran continuidad y una presencia casi permanente en campo rival. En definitiva, inutilizar por completo y asfixiar el juego con pelota de su adversario en su mitad del terreno de juego y conducirlo a una sensación de agobio demasiado honda como para sacudirse el dominio de encima o encontrar una salida clara con la pausa y la capacidad reflexiva necesarias.

Es más que probable que a medida que vayan regresando al equipo Stefano Sensi, Nicolò Barella o Alexis Sánchez, el Inter continúe mejorando en su proceso de crecimiento futbolístico, enriqueciendo su fútbol asociativo entre líneas y en tres cuartos de campo, el gran campo de batalla de la temporada hasta el momento y la zona en la que más han afectado las bajas por lesión, y añadiendo alternativas y matices que descarguen un poco de responsabilidad a Lautaro y a Lukaku en materia de construcción de ataques, aunque sin dejar por ello que decaiga su álgido rendimiento futbolístico y productivo. Sin embargo, pase lo que pase en la temporada nerazzurra, todo lo que consiga el Inter en ella habrá nacido desde la fortaleza de sus conceptos sin balón, desde la solidez de su cuarteto defensivo y su firme defensa del área y desde una cada vez más decisiva presión en campo rival, en la que incluso algunos de los nombres menos habituales, como Borja Valero o Bastoni, son capaces de erigirse en piezas absolutamente fundamentales.

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