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Del abandono infantil a triunfar en la NFL

Diego G. Argota @DiegoGArgota21 22-01-2020

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Jimmy Graham

Según la página oficial de la NFL, Jimmy Graham mide 2’01 metros y pesa 120 kilos. Semana tras semana, cuando las luces del estadio alumbran el césped de los escenarios más asombrosos del planeta, tiene que enfrentarse a rivales más corpulentos y más pesados que él. Graham, Tight End de los Green Bay Packers, no le tiene miedo a nada ni a nadie. Pero hubo un tiempo en el que no todo fue así.

Porque Jimmy Graham no siempre estuvo en la situación en la que hoy vive, una de las estrellas de la NFL y que hace unas horas se quedó a las puertas de jugar la Superbowl cerrando un cuento digno que, de llevarse a la gran pantalla, podría recaudar bastantes millones de dólares. Esas vivencias e historias de superación que tanto gustan a Hollywood, y que incluso a veces son endulzadas si se tiene en cuenta cómo fueron de crudas en la realidad.

Jimmy Graham nació y creció en Carolina del Norte, en el seno de una familia destrozada. Nunca conoció a su padre biológico y su madre apenas le mostró cariño en su infancia. Ella, muy joven, eludía responsabilidades, permitiendo estar al pequeño Jimmy a su libre albedrío la mayor parte tiempo y dejándole en otras muchas ocasiones a cargo de familiares más o menos cercanos y conocidos del barrio.

Pero hubo un día en el que llegó el punto de no retorno. La pobreza que asolaba a esa familia desestructurada obligó a su madre a tomar una decisión: deshacerse de su hijo. No podía seguir manteniéndole, por lo que trató de intentar que un antiguo ligue suyo se hiciera cargo de él. El padrastro, llamémosle así, le quería, pero supondría un gasto extra para él por un niño al que no le unía ningún tipo de vinculación familiar o sanguínea, así que exigió que la madre le pasara una manutención de 98 dólares al mes.

Ella se sintió atacada, rompió todo tipo de acuerdo de inmediato y, tras unos meses donde siguieron viviendo juntos, tomó la decisión más drástica. Subió al pequeño Jimmy, que entonces tenía nueve años, a su coche, y le abandonó en una sede de servicios sociales con apenas un par de bolsas de basura donde guardaba algo de ropa y sus pocas pertenencias. “Fue el momento más duro de mi vida”, afirma él. “Me había dicho que íbamos a dar un paseo, pero todo cambió de repente. Ella detuvo el coche y me dijo que me bajara, yo no tenía ni idea de qué estaba pasando. Ella simplemente me dejó allí”.

Al poco, ingresó en un centro para menores, mezcla de orfanato y de reformatorio. Era el más pequeño, por lo que fue siempre uno de los principales objetivos para los matones del lugar. Un día, le dijeron que iba a ser el saco de boxeo para entrenar y entre cinco chicos mucho más mayores le golpearon sin piedad. De la paliza que le pegaron estuvo tres días sin poder moverse de la cama. Cuando se recuperó, lo primero que hizo fue llamar a su madre suplicando que le sacara de allí. Ella simplemente le colgó. “No debía estar allí. Era un sitio para gente violenta, había ladrones y delincuentes. Y yo solo era un niño normal, educado y pequeño. No podía sobrevivir allí”.

Tras casi un año, su madre lo rescató de aquel lugar, pero la pesadilla no había acabado, porque Jimmy fue entonces objetivo también de las agresiones del nuevo novio de su madre. Vivía con miedo. Encontró refugio en la iglesia, en un grupo de oración que se reunía una vez a la semana. Solo iba allí porque daban comida gratis, pero una voluntaria, Becky Vinson, empezó a interesarse por él.

Becky consideraba que se trataba de un joven ejemplar, inteligente, interesado y con altas expectativas en la vida. Ella y Graham formaron un vínculo especial que le permitió abrirse y contar sus miedos y su situación. A Jimmy le aterraba poder volver a un nuevo orfanato y Becky comenzó a pensar en adoptarle. Ella vivía con Karina, su madre, y su situación económica tampoco era ideal hasta el punto en el que vivían en una vieja caravana. Pero la idea de formar una familia de tres les acabó haciendo apretarse el cinturón.

Gracias a ello, Jimmy comenzó a prosperar en todo, destacando, obviamente, sus estudios. Recibió una buena educación e ingresó en el equipo de baloncesto, del que rápido se convirtió en uno de los pilares. Su altura y su fuerza, muy desarrolladas, le hacían poseer un físico muy atlético que a esas edades marca diferencias.

En 2009, con 22 años, su último curso en la universidad, cuando terminó la temporada de baloncesto, comenzó a jugar con el equipo de fútbol americano movido por Bernie Kosar, leyenda de la universidad de Miami y estrella en la NFL con los Browns, Cowboys y Dolphins. Hizo una temporada espectacular para ser un novato jugando en último año. Tanto, que se pensó que igual iba a tener más oportunidades en el deporte que acababa de descubrir en vez de en el baloncesto que llevaba años practicando.

En 2010 decidió presentarse al Draft. Los informes de los especialistas hablaban de él como un portento de la naturaleza, con unas condiciones físicas atléticas innatas para practicar cualquier tipo de deporte. Pero tenía poca experiencia. ¿Y si había sido flor de un año? No fue hasta la tercera ronda cuando un equipo lo eligió. Fueron los New Orleans Saints, en el puesto 95. Cambió su vida.

Desde el primer día sintió una conexión especial con Brees, el quarterback estrella y dominó con mano de hierro la posición, hasta el punto de ser considerado uno de los mejores alas cerradas en muchas temporadas. Lideró la Liga en touchdowns en 2013. Ha pasado en dos ocasiones de las 1000 yardas en una temporada, registro con el que sueñan muchos receptores y ha sido cinco veces seleccionado para el partido de las estrellas.

Además, su carrera ha sido también, como en la vida, una constante superación tras otra. En 2015, cuando acababa de ser traspasado a los Seahawks, sufrió una rotura del tendón rotuliano, crítica para muchos receptores y que se ha cobrado muchas carreras a lo largo de la historia de la competición. Solo se perdió un mes de la temporada.

Y aunque le costó recuperar su nivel, hasta el punto de que en Seattle se plantearan prescindir de sus servicios, volvió a mostrar su mejor nivel entre 2016 y 2017. En 2018 firmó por los Packers y hace solo 15 días, suya fue la jugada clave que clasificó a Green Bay a la final de conferencia dejando en la cuneta a su ex equipo Seattle. Este último fin de semana, no pudo llevar a los de Green Bay a la final y luchar por el anillo, quedándose, a milímetros del mayor éxito posible. Pero él, se tiente ganador absoluto tras superar todas las adversidades de la vida. “Hace poco me daban por muerto, creían que era un jugador acabado. Pero aquí estoy”.

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Según la página oficial de la NFL, Jimmy Graham mide 2’01 metros y pesa 120 kilos. Semana tras semana, cuando las luces del estadio alumbran el césped de los escenarios más asombrosos del planeta, tiene que enfrentarse a rivales más corpulentos y más pesados que él. Graham, Tight End de los Green Bay Packers, no le tiene miedo a nada ni a nadie. Pero hubo un tiempo en el que no todo fue así.

Porque Jimmy Graham no siempre estuvo en la situación en la que hoy vive, una de las estrellas de la NFL y que hace unas horas se quedó a las puertas de jugar la Superbowl cerrando un cuento digno que, de llevarse a la gran pantalla, podría recaudar bastantes millones de dólares. Esas vivencias e historias de superación que tanto gustan a Hollywood, y que incluso a veces son endulzadas si se tiene en cuenta cómo fueron de crudas en la realidad.

Jimmy Graham nació y creció en Carolina del Norte, en el seno de una familia destrozada. Nunca conoció a su padre biológico y su madre apenas le mostró cariño en su infancia. Ella, muy joven, eludía responsabilidades, permitiendo estar al pequeño Jimmy a su libre albedrío la mayor parte tiempo y dejándole en otras muchas ocasiones a cargo de familiares más o menos cercanos y conocidos del barrio.

Pero hubo un día en el que llegó el punto de no retorno. La pobreza que asolaba a esa familia desestructurada obligó a su madre a tomar una decisión: deshacerse de su hijo. No podía seguir manteniéndole, por lo que trató de intentar que un antiguo ligue suyo se hiciera cargo de él. El padrastro, llamémosle así, le quería, pero supondría un gasto extra para él por un niño al que no le unía ningún tipo de vinculación familiar o sanguínea, así que exigió que la madre le pasara una manutención de 98 dólares al mes.

Ella se sintió atacada, rompió todo tipo de acuerdo de inmediato y, tras unos meses donde siguieron viviendo juntos, tomó la decisión más drástica. Subió al pequeño Jimmy, que entonces tenía nueve años, a su coche, y le abandonó en una sede de servicios sociales con apenas un par de bolsas de basura donde guardaba algo de ropa y sus pocas pertenencias. “Fue el momento más duro de mi vida”, afirma él. “Me había dicho que íbamos a dar un paseo, pero todo cambió de repente. Ella detuvo el coche y me dijo que me bajara, yo no tenía ni idea de qué estaba pasando. Ella simplemente me dejó allí”.

Al poco, ingresó en un centro para menores, mezcla de orfanato y de reformatorio. Era el más pequeño, por lo que fue siempre uno de los principales objetivos para los matones del lugar. Un día, le dijeron que iba a ser el saco de boxeo para entrenar y entre cinco chicos mucho más mayores le golpearon sin piedad. De la paliza que le pegaron estuvo tres días sin poder moverse de la cama. Cuando se recuperó, lo primero que hizo fue llamar a su madre suplicando que le sacara de allí. Ella simplemente le colgó. “No debía estar allí. Era un sitio para gente violenta, había ladrones y delincuentes. Y yo solo era un niño normal, educado y pequeño. No podía sobrevivir allí”.

Tras casi un año, su madre lo rescató de aquel lugar, pero la pesadilla no había acabado, porque Jimmy fue entonces objetivo también de las agresiones del nuevo novio de su madre. Vivía con miedo. Encontró refugio en la iglesia, en un grupo de oración que se reunía una vez a la semana. Solo iba allí porque daban comida gratis, pero una voluntaria, Becky Vinson, empezó a interesarse por él.

Becky consideraba que se trataba de un joven ejemplar, inteligente, interesado y con altas expectativas en la vida. Ella y Graham formaron un vínculo especial que le permitió abrirse y contar sus miedos y su situación. A Jimmy le aterraba poder volver a un nuevo orfanato y Becky comenzó a pensar en adoptarle. Ella vivía con Karina, su madre, y su situación económica tampoco era ideal hasta el punto en el que vivían en una vieja caravana. Pero la idea de formar una familia de tres les acabó haciendo apretarse el cinturón.

Gracias a ello, Jimmy comenzó a prosperar en todo, destacando, obviamente, sus estudios. Recibió una buena educación e ingresó en el equipo de baloncesto, del que rápido se convirtió en uno de los pilares. Su altura y su fuerza, muy desarrolladas, le hacían poseer un físico muy atlético que a esas edades marca diferencias.

En 2009, con 22 años, su último curso en la universidad, cuando terminó la temporada de baloncesto, comenzó a jugar con el equipo de fútbol americano movido por Bernie Kosar, leyenda de la universidad de Miami y estrella en la NFL con los Browns, Cowboys y Dolphins. Hizo una temporada espectacular para ser un novato jugando en último año. Tanto, que se pensó que igual iba a tener más oportunidades en el deporte que acababa de descubrir en vez de en el baloncesto que llevaba años practicando.

En 2010 decidió presentarse al Draft. Los informes de los especialistas hablaban de él como un portento de la naturaleza, con unas condiciones físicas atléticas innatas para practicar cualquier tipo de deporte. Pero tenía poca experiencia. ¿Y si había sido flor de un año? No fue hasta la tercera ronda cuando un equipo lo eligió. Fueron los New Orleans Saints, en el puesto 95. Cambió su vida.

Desde el primer día sintió una conexión especial con Brees, el quarterback estrella y dominó con mano de hierro la posición, hasta el punto de ser considerado uno de los mejores alas cerradas en muchas temporadas. Lideró la Liga en touchdowns en 2013. Ha pasado en dos ocasiones de las 1000 yardas en una temporada, registro con el que sueñan muchos receptores y ha sido cinco veces seleccionado para el partido de las estrellas.

Además, su carrera ha sido también, como en la vida, una constante superación tras otra. En 2015, cuando acababa de ser traspasado a los Seahawks, sufrió una rotura del tendón rotuliano, crítica para muchos receptores y que se ha cobrado muchas carreras a lo largo de la historia de la competición. Solo se perdió un mes de la temporada.

Y aunque le costó recuperar su nivel, hasta el punto de que en Seattle se plantearan prescindir de sus servicios, volvió a mostrar su mejor nivel entre 2016 y 2017. En 2018 firmó por los Packers y hace solo 15 días, suya fue la jugada clave que clasificó a Green Bay a la final de conferencia dejando en la cuneta a su ex equipo Seattle. Este último fin de semana, no pudo llevar a los de Green Bay a la final y luchar por el anillo, quedándose, a milímetros del mayor éxito posible. Pero él, se tiente ganador absoluto tras superar todas las adversidades de la vida. “Hace poco me daban por muerto, creían que era un jugador acabado. Pero aquí estoy”.

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Diego G. Argota @DiegoGArgota21
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