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De vivir en la calle a ser campeón en la NBA

Diego G. Argota @Diego21Garcia 27-12-2019

“Ahí está Boucher, que solo tiene 26 años, aunque podría pasar por un tío de 40”, soltó en plena retransmisión Guille Giménez en una de esas frases tan características suyas y que ya están creando una legión de fans en cada directo junto a Daimiel. El jugador de Toronto Raptors, que apenas está empezando a labrarse una carrera en la NBA, el pasado domingo se descolgó con su mejor actuación de siempre, llegando a los 21 puntos en una remontada histórica (la tercera mayor de la época reciente ante los Mavericks) en la que los canadienses acabaron llevándose el partido. El día de Navidad dejó esas cifras atrás y llegó a los 24 puntos. Suma y sigue.

Más o menos, Chris Boucher es el paradigma del antijugador de la NBA. Acostumbrados a ser, en su mayoría, niños populares desde la época de instituto, los galanes que se llevan a las mejores animadoras en la universidad y estrellas precoces incluso antes de afeitarse, que tienen el mundo en su mano sin siquiera tener edad legal para conducir, las historias americanas son de verdad como se cuentan en las películas.

Pero a veces, lo ideal es solo dramático y no todo es de color de rosas, aunque también dé para film de Hollywood. Porque igual que existió la historia de The Blind Side, donde se recoge la dura infancia del jugador de fútbol americano Michael Oher y que coronó a Sandra Bullock en los Oscar, dentro de unos años podríamos estar viendo cómo alguien da vida en la gran pantalla a Chris Boucher. 

Porque Boucher es el resultado de una familia pobre y desestructurada, pero con una ambición, una bondad y una naturalidad desmedida. Nació y vivió sus primeros años en Santa Lucía, una isla caribeña de la que recuerda muy poco, pues cuando cumplió cinco se marchó a Canadá. Allí, entre fútbol y hockey pasó sus días lidiando con un padre con quien tenía una relación realmente mala y acostumbrándose a vivir entre dos aguas, pues sus progenitores se divorciaron cuando era apenas un crio.

Creció en una barriada al norte de Montreal, que no era la más idílica para un chico que quería ser ejemplar y que buscaba la mirada cómplice de su madre pidiendo permiso para la cosa más banal. “Había mucha delincuencia, muchas drogas y todo estaba infestado de pandillas, yo no quería vivir así”. Por eso, una de sus decisiones, fue dejar el colegio cuando apenas tenía 16 años. Eso le alejaba de los malos grupos escolares que le podían llevar con la mala vida.

Empezó a trabajar como lavaplatos por menos de 10 dólares la jornada y poco a poco fue ascendiendo hasta ser camarero. Cuando tenía tiempo libre, no tenía nada que hacer, así que de vez en cuando echaba unas canastas en una cancha cercana a la que había empezado a ir un año antes, cuando solo tenía 15. Cuando cumplió los 19, se enteró de una escuela privada que además de estudios, proporcionaba una formación en baloncesto de manera organizada. Rellenó el impreso, pero junto a la edad marcó que medía 2’08 metros, su altura real. Supuso un hándicap.

“Estábamos acostumbrados a ver chicos que decían medir un tamaño y que luego no era tal, así que, no le hicimos mucho caso. Nunca se nos había presentado nadie de esa altura, así que pasamos de él”, confirma Igor Rwigema, fundador de la Alma Academy donde Boucher había echado la solicitud. Pocos meses después, hubo un torneo de exhibición local entre un equipo oficial organizado de la zona y varios conjuntos de chavales de la calle. Boucher, invitado por unos conocidos que incluso pagaron su cuota de inscripción, jugó con otros chicos sin formación. Su equipo perdió por más de 40 puntos, pero él llamó la atención de Loic Rwigema, hermano de Igor.

Rápido acordaron su llegada a la escuela y, tras solo un año en la Alma Academy, progresó de una manera descomunal teniendo por primera vez un entrenamiento pautado y organizado y jugando en un equipo de verdad. Sacó sus estudios de secundaria e inició un camino universitario al que llegó por un plan especial, pues ya había cumplido los 20 cuando entró en los estudios superiores. Esto le causó varios problemas para seguir cursando su último año, pues con 24 años no le permitían seguir en la facultad, ya que se rumoreaba que podía ser un jugador que había estado perfeccionando durante años sus cualidades y entrando tarde en el ciclo universitario para ser un auténtico dominador de la categoría.

Al final, el jugador, nacionalizado canadiense, pudo acabar sus estudios, graduándose y teniendo unas dos últimas temporadas de ensueño en Oregón (antes había acudido a dos universidades de menor entidad) pero con un serio problema. Al final de la temporada 2016-2017, en un partido del campeonato, se lesionó. Siguió jugando y de hecho cuajó una gran actuación, pero las pruebas posteriores confirmaron que tenía una rotura de ligamento de la rodilla.

Así, nadie quiso hacerse con sus servicios en el Draft de 2017 y quedó vagando como un jugador sin contrato que había sido dos veces Mejor Quinteto Defensivo de la NCAA, pero con dos tremendas incógnitas a sus espaldas: si iba a recuperarse de su lesión y si su dominio universitario no atendía a su superioridad física con jugadores dos y tres años menores que él, una ventaja que a esas edades es muy notoria.

Los Golden State Warriors le ficharon para su equipo en la Liga de Desarrollo, firmando un contrato que le permitía jugar también, si así lo quería el entrenador, al lado de Curry, Durant o Klay Thompson. La realidad es que, con ellos, Boucher apenas disputó un partido en el que solo jugó un minuto. Eso, de todos modos, le valió para ser condecorado campeón de la NBA 2018 y tiene un anillo que puede dar fe de ello. 

Los Warriors no dudaron en cortarle una vez finalizada la temporada y, a su vez, fueron los Toronto Raptors los que se hicieron con sus servicios, firmándole un contrato idéntico al que le había hecho su anterior equipo. Así, con los Raptors 905 (nombre del equipo de la G-League), de donde salieron jugadores como Fred VanVleet, Pascal Siakam o Delon Wright, Boucher se ha ido poco a poco haciendo un nombre hasta el punto de haber sido elegido MVP de la Liga de Desarrollo esta temporada que terminó en junio.

Eso le permitió, de manera paralela, jugar un papel secundario, pero importante, en el tramo final de la campaña pasada con los Raptorsdisputando 30 duelos junto a Lowry, Ibaka, Gasol o Leonard, debutando en unos playoffs y haciéndose con un nuevo anillo de la NBA, esta vez con una aportación más directa. Sí, Chris Boucher posee dos anillos de la NBA y es, junto a Patrick McCaw, el único jugador que es vigente campeón por partida doble (en su caso tiene tres consecutivos).

Rozando los 2’10 metros de altura, con un porcentaje de tiros de campo que apunta al 45% de acierto y con un éxito desde el triple por encima del 30%, las recientes ausencias de Gasol y Siakam le han abierto la puerta para jugar un papel mucho más importante. Si bien desde hace unos meses es jugador a todos los efectos del primer equipo y ya no volverá a pisar la Liga de Desarrollo, cada día va a más y su desparpajo va en consonancia con la confianza que le brinda el técnico Nick Nurse. “He hecho cosas que no sabía que podía hacer. A veces, solo necesitas un poco de confianza y una oportunidad y puedes llegar a donde deseas”. Hace apenas un par de años, nadie le conocía. Esta semana, el Air Canadá Center al unísono coreó su nombre. ¿Cuál es su techo?

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“Ahí está Boucher, que solo tiene 26 años, aunque podría pasar por un tío de 40”, soltó en plena retransmisión Guille Giménez en una de esas frases tan características suyas y que ya están creando una legión de fans en cada directo junto a Daimiel. El jugador de Toronto Raptors, que apenas está empezando a labrarse una carrera en la NBA, el pasado domingo se descolgó con su mejor actuación de siempre, llegando a los 21 puntos en una remontada histórica (la tercera mayor de la época reciente ante los Mavericks) en la que los canadienses acabaron llevándose el partido. El día de Navidad dejó esas cifras atrás y llegó a los 24 puntos. Suma y sigue.

Más o menos, Chris Boucher es el paradigma del antijugador de la NBA. Acostumbrados a ser, en su mayoría, niños populares desde la época de instituto, los galanes que se llevan a las mejores animadoras en la universidad y estrellas precoces incluso antes de afeitarse, que tienen el mundo en su mano sin siquiera tener edad legal para conducir, las historias americanas son de verdad como se cuentan en las películas.

Pero a veces, lo ideal es solo dramático y no todo es de color de rosas, aunque también dé para film de Hollywood. Porque igual que existió la historia de The Blind Side, donde se recoge la dura infancia del jugador de fútbol americano Michael Oher y que coronó a Sandra Bullock en los Oscar, dentro de unos años podríamos estar viendo cómo alguien da vida en la gran pantalla a Chris Boucher. 

Porque Boucher es el resultado de una familia pobre y desestructurada, pero con una ambición, una bondad y una naturalidad desmedida. Nació y vivió sus primeros años en Santa Lucía, una isla caribeña de la que recuerda muy poco, pues cuando cumplió cinco se marchó a Canadá. Allí, entre fútbol y hockey pasó sus días lidiando con un padre con quien tenía una relación realmente mala y acostumbrándose a vivir entre dos aguas, pues sus progenitores se divorciaron cuando era apenas un crio.

Creció en una barriada al norte de Montreal, que no era la más idílica para un chico que quería ser ejemplar y que buscaba la mirada cómplice de su madre pidiendo permiso para la cosa más banal. “Había mucha delincuencia, muchas drogas y todo estaba infestado de pandillas, yo no quería vivir así”. Por eso, una de sus decisiones, fue dejar el colegio cuando apenas tenía 16 años. Eso le alejaba de los malos grupos escolares que le podían llevar con la mala vida.

Empezó a trabajar como lavaplatos por menos de 10 dólares la jornada y poco a poco fue ascendiendo hasta ser camarero. Cuando tenía tiempo libre, no tenía nada que hacer, así que de vez en cuando echaba unas canastas en una cancha cercana a la que había empezado a ir un año antes, cuando solo tenía 15. Cuando cumplió los 19, se enteró de una escuela privada que además de estudios, proporcionaba una formación en baloncesto de manera organizada. Rellenó el impreso, pero junto a la edad marcó que medía 2’08 metros, su altura real. Supuso un hándicap.

“Estábamos acostumbrados a ver chicos que decían medir un tamaño y que luego no era tal, así que, no le hicimos mucho caso. Nunca se nos había presentado nadie de esa altura, así que pasamos de él”, confirma Igor Rwigema, fundador de la Alma Academy donde Boucher había echado la solicitud. Pocos meses después, hubo un torneo de exhibición local entre un equipo oficial organizado de la zona y varios conjuntos de chavales de la calle. Boucher, invitado por unos conocidos que incluso pagaron su cuota de inscripción, jugó con otros chicos sin formación. Su equipo perdió por más de 40 puntos, pero él llamó la atención de Loic Rwigema, hermano de Igor.

Rápido acordaron su llegada a la escuela y, tras solo un año en la Alma Academy, progresó de una manera descomunal teniendo por primera vez un entrenamiento pautado y organizado y jugando en un equipo de verdad. Sacó sus estudios de secundaria e inició un camino universitario al que llegó por un plan especial, pues ya había cumplido los 20 cuando entró en los estudios superiores. Esto le causó varios problemas para seguir cursando su último año, pues con 24 años no le permitían seguir en la facultad, ya que se rumoreaba que podía ser un jugador que había estado perfeccionando durante años sus cualidades y entrando tarde en el ciclo universitario para ser un auténtico dominador de la categoría.

Al final, el jugador, nacionalizado canadiense, pudo acabar sus estudios, graduándose y teniendo unas dos últimas temporadas de ensueño en Oregón (antes había acudido a dos universidades de menor entidad) pero con un serio problema. Al final de la temporada 2016-2017, en un partido del campeonato, se lesionó. Siguió jugando y de hecho cuajó una gran actuación, pero las pruebas posteriores confirmaron que tenía una rotura de ligamento de la rodilla.

Así, nadie quiso hacerse con sus servicios en el Draft de 2017 y quedó vagando como un jugador sin contrato que había sido dos veces Mejor Quinteto Defensivo de la NCAA, pero con dos tremendas incógnitas a sus espaldas: si iba a recuperarse de su lesión y si su dominio universitario no atendía a su superioridad física con jugadores dos y tres años menores que él, una ventaja que a esas edades es muy notoria.

Los Golden State Warriors le ficharon para su equipo en la Liga de Desarrollo, firmando un contrato que le permitía jugar también, si así lo quería el entrenador, al lado de Curry, Durant o Klay Thompson. La realidad es que, con ellos, Boucher apenas disputó un partido en el que solo jugó un minuto. Eso, de todos modos, le valió para ser condecorado campeón de la NBA 2018 y tiene un anillo que puede dar fe de ello. 

Los Warriors no dudaron en cortarle una vez finalizada la temporada y, a su vez, fueron los Toronto Raptors los que se hicieron con sus servicios, firmándole un contrato idéntico al que le había hecho su anterior equipo. Así, con los Raptors 905 (nombre del equipo de la G-League), de donde salieron jugadores como Fred VanVleet, Pascal Siakam o Delon Wright, Boucher se ha ido poco a poco haciendo un nombre hasta el punto de haber sido elegido MVP de la Liga de Desarrollo esta temporada que terminó en junio.

Eso le permitió, de manera paralela, jugar un papel secundario, pero importante, en el tramo final de la campaña pasada con los Raptorsdisputando 30 duelos junto a Lowry, Ibaka, Gasol o Leonard, debutando en unos playoffs y haciéndose con un nuevo anillo de la NBA, esta vez con una aportación más directa. Sí, Chris Boucher posee dos anillos de la NBA y es, junto a Patrick McCaw, el único jugador que es vigente campeón por partida doble (en su caso tiene tres consecutivos).

Rozando los 2’10 metros de altura, con un porcentaje de tiros de campo que apunta al 45% de acierto y con un éxito desde el triple por encima del 30%, las recientes ausencias de Gasol y Siakam le han abierto la puerta para jugar un papel mucho más importante. Si bien desde hace unos meses es jugador a todos los efectos del primer equipo y ya no volverá a pisar la Liga de Desarrollo, cada día va a más y su desparpajo va en consonancia con la confianza que le brinda el técnico Nick Nurse. “He hecho cosas que no sabía que podía hacer. A veces, solo necesitas un poco de confianza y una oportunidad y puedes llegar a donde deseas”. Hace apenas un par de años, nadie le conocía. Esta semana, el Air Canadá Center al unísono coreó su nombre. ¿Cuál es su techo?

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