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Comer y comer

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 30-12-2019

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Premier League

Uno de los mejores momentos de la Premier League son las Navidades, coyuntura en la que dicen que los niños pueden ir a los campos a ver a sus ídolos. Enrique Ballester las agradecía en su Twitter personal hace poco; porque el resto del año los críos se pasan la vida picando piedra en la mina. Habrá gente que no, pero en este período lo único que suele hacer la mayoría es comer y comer. Y mientras los futbolistas juegan y juegan. Cuando sales rodando de la segunda comida navideña comienzas a admirar al futbolista de turno al que le hacen jugar sin cesar día tras día. Tres partidos en una semana. Y a callar.

Los ingleses se van suavizando poco a poco, como el típico padre gruñón que acaba siendo el más tierno y manso por el incesante paso del tiempo. Con la imparable acumulación de entrenadores extranjeros han tenido que bajar el tono e imponer un pequeño parón en febrero: cinco partidos se disputan la segunda semana de febrero y otros cinco la tercera. Así no se interrumpe una tradición con todas sus letras, con lo que eso significa en uno de los lugares más ceremoniosos del planeta. Pero, a pesar del esfuerzo de la federación por ayudar a los futbolistas, sigue habiendo voces críticas como la de Jurgen Klopp, que sostiene que es “un crimen” jugar tanto. Quizás, habría que situar a Arsène Wenger delante y que le pusiera carita de pena. El alsaciano, en una de sus últimas temporadas al timón del Arsenal, aseguró que “lloraría si algún día no hubiera Premier League en Navidades”. Como para descansar después de eso.

Entre esa vorágine prosaica de cenas burocráticas que asistimos, implantadas desde el cordón umbilical, presenciamos un balompié distinto al que vemos cada fin de semana. Siempre, en la previa a estas fechas, subyace la tradicional esperanza del aficionado, que piensa con ingenuidad que hasta que no finalice esta fase habrá un resquicio de fe para cumplir esa ilusión que ya se antoja imposible. Como si fuera la primera jornada. “Estamos a quince puntos de la salvación, pero queda el período navideño. Quizás nuestros rivales pinchen”, espetan resignados al acabar la frase. Los entrenadores compiten contra sí mismos para no lesionar a nadie. Uno de los puntos más importantes son los matices tácticos que imponen en cada partido a partir de los futbolistas que quedan. Si no tengo extremos disponibles pongo un rombo, por ejemplo, aunque no lo haya utilizado en todo el curso.

La Navidad es la peor época para hacer lo que parece más fácil, pero que es realmente difícil, como ponerse el chándal para salir a correr. Una tremenda paradoja. También joroba la simplicidad para ver un partido en el sofá porque tus primas quieren observar una película de rabiosa actualidad, como puede ser Pretty Woman. Pero, al fin y al cabo, son la familia. Como cada año. Lo mismo que ocurre con el fútbol inglés. Y si encima los niños tienen sus merecidas vacaciones para no picar piedra, mejor todavía. Aunque nosotros lo disfrutemos con más barriga y algo menos de paciencia, si es que lo podemos ver.

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Uno de los mejores momentos de la Premier League son las Navidades, coyuntura en la que dicen que los niños pueden ir a los campos a ver a sus ídolos. Enrique Ballester las agradecía en su Twitter personal hace poco; porque el resto del año los críos se pasan la vida picando piedra en la mina. Habrá gente que no, pero en este período lo único que suele hacer la mayoría es comer y comer. Y mientras los futbolistas juegan y juegan. Cuando sales rodando de la segunda comida navideña comienzas a admirar al futbolista de turno al que le hacen jugar sin cesar día tras día. Tres partidos en una semana. Y a callar.

Los ingleses se van suavizando poco a poco, como el típico padre gruñón que acaba siendo el más tierno y manso por el incesante paso del tiempo. Con la imparable acumulación de entrenadores extranjeros han tenido que bajar el tono e imponer un pequeño parón en febrero: cinco partidos se disputan la segunda semana de febrero y otros cinco la tercera. Así no se interrumpe una tradición con todas sus letras, con lo que eso significa en uno de los lugares más ceremoniosos del planeta. Pero, a pesar del esfuerzo de la federación por ayudar a los futbolistas, sigue habiendo voces críticas como la de Jurgen Klopp, que sostiene que es “un crimen” jugar tanto. Quizás, habría que situar a Arsène Wenger delante y que le pusiera carita de pena. El alsaciano, en una de sus últimas temporadas al timón del Arsenal, aseguró que “lloraría si algún día no hubiera Premier League en Navidades”. Como para descansar después de eso.

Entre esa vorágine prosaica de cenas burocráticas que asistimos, implantadas desde el cordón umbilical, presenciamos un balompié distinto al que vemos cada fin de semana. Siempre, en la previa a estas fechas, subyace la tradicional esperanza del aficionado, que piensa con ingenuidad que hasta que no finalice esta fase habrá un resquicio de fe para cumplir esa ilusión que ya se antoja imposible. Como si fuera la primera jornada. “Estamos a quince puntos de la salvación, pero queda el período navideño. Quizás nuestros rivales pinchen”, espetan resignados al acabar la frase. Los entrenadores compiten contra sí mismos para no lesionar a nadie. Uno de los puntos más importantes son los matices tácticos que imponen en cada partido a partir de los futbolistas que quedan. Si no tengo extremos disponibles pongo un rombo, por ejemplo, aunque no lo haya utilizado en todo el curso.

La Navidad es la peor época para hacer lo que parece más fácil, pero que es realmente difícil, como ponerse el chándal para salir a correr. Una tremenda paradoja. También joroba la simplicidad para ver un partido en el sofá porque tus primas quieren observar una película de rabiosa actualidad, como puede ser Pretty Woman. Pero, al fin y al cabo, son la familia. Como cada año. Lo mismo que ocurre con el fútbol inglés. Y si encima los niños tienen sus merecidas vacaciones para no picar piedra, mejor todavía. Aunque nosotros lo disfrutemos con más barriga y algo menos de paciencia, si es que lo podemos ver.

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