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Hasta siempre, Kobe

César Martín @CesarMrtn 28-01-2020

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Kobe Bryant

Sigo sin creérmelo. No me lo creía y me va a costar asimilarlo: Kobe Bryant ha muerto en un accidente de helicóptero a los 41 años. Era mi jugador de baloncesto favorito y uno de mis ídolos deportivos. Perdón. Lo sigue siendo y lo será hasta el final.

Estaba con unos amigos en un bar de mi pueblo apurando la tarde del domingo y entré en Twitter. Lo primero que vi fue a alguien que acababa de poner que no se creía lo que le había pasado a Kobe, pero no mencionaba qué era. Tras una sencilla búsqueda vi de lo que se trataba: TMZ informaba que Kobe Bryant se había estrellado con su helicóptero y había muerto.

Me costaba creer que fuese cierto. No porque la noticia fuese de TMZ, un portal de conocido sensacionalismo, sino porque simplemente no podía ser. Yo confiaba en que fuese un hackeo o algo así, aunque en el fondo sabía que la cosa no pintaba nada bien. Así gasté buena parte de la batería que le quedaba a mi móvil, recargando la página de inicio de Twitter una y otra vez. No comenté nada en el bar hasta no estar seguro, pero poco a poco, tanto en el bar como a través del WhatsApp, quienes sabían de mi afición por el baloncesto y mi admiración por Bryant me preguntaron si lo del accidente era verdad.

Por desgracia para mí y para el mundo del deporte, lo era. Lo confirmaron tanto el Los Angeles Times como Adrian Wojnarowski, cuyos tuits son casi la Biblia en el universo NBA. Lo dicho: no me lo quería creer. Kobe no, por favor. Él no. No podía irse de este mundo tan pronto y de esta manera. El disgusto que tenía encima era visible y desde luego que no era el único con esa sensación en el cuerpo. Basta con un pequeño paseo por las redes sociales para comprobarlo.

La conmoción en todo el mundo era palpable desde el momento en el que salió la noticia del accidente y se confirmaron los peores presagios. Los homenajes en forma de fotos y textos fueron casi instantáneos. Por eso me sorprende tantísimo el silencio sepulcral de Los Angeles Lakers. Mientras escribía estas líneas (tarde y noche del 27 de enero), ni la franquicia angelina ni sus jugadores habían puesto absolutamente nada en sus redes sociales. Imagino que no sabrán ni qué decir.

¿Realmente tengo motivos para estar triste por lo sucedido? Kobe Bean Bryant no era un familiar o un amigo mío. Nunca le he podido ver en persona. Me da igual. Ese tío ha estado en el salón de mi casa más veces que muchas personas muy cercanas a mí. No son pocas las ocasiones en las que lo he pasado mejor viendo las proezas de Kobe por la tele que, por ejemplo, saliendo de fiesta. Porque trasnochar para verle jugar merecía la pena. Daba igual ir con sueño a clase. Si había sido por verle ganar un anillo en un séptimo partido ante el eterno rival, compensaba. Esa es la grandeza del deporte.

Yo conocí a Kobe allá por el año 2003 gracias a los videojuegos. Con la temporada recién finalizada, cayó en mis manos el NBA Live 2003. De la NBA conocía muy poco más allá de que había un español llamado Pau Gasol y que Michael Jordan acababa de retirarse definitivamente. Internet no había llegado a la mayoría de las casas y la mía no era una excepción. Por lo tanto, los videojuegos fueron mi forma de conocer a los jugadores y equipos de la NBA. Entre ellos, los Lakers.

Si eres o fuiste asiduo a los NBA Live/2K sabrás de sobra que de primeras los equipos que salen a escoger para echar un partido rápido son los finalistas de la campaña anterior. En este caso, eran los New Jersey Nets (Jason Kidd era el protagonista de la portada) y Los Angeles Lakers. Seleccioné a los californianos. Desde ese momento me hice de los Lakers. “Ahí empezó todo”, que diría aquel. Por puro azar de ese año.

Dentro de aquel gran equipo que eran esos Lakers (Shaquille O’Neal, Derek Fisher, Rick Fox, Robert Horry, etc.) me llamó especialmente la atención un jugador con el pelo a lo afro, perilla y que portaba el número 8. Sí, Kobe Bryant. En el juego era tan bueno que me hice fan de él. He ahí el cómo se convirtió en mi jugador favorito. Así de simple. A veces las mejores historias empiezan así.

Me subí al barco de los Lakers y Kobe y no me bajé nunca. Que el escolta capitanease ese buque (aunque a veces eso era el barco de Chanquete) toda su carrera ayudó a ello. De aquella, ser de los Lakers era lo fácil porque venían de un three-peat. Ser de Bryant, tal vez no tanto. Porque todavía no era la Mamba Negra, sino que estaba considerado poco más que el escudero de lujo de Shaq, además de un chupón. Luego llegó la acusación de agresión sexual en Colorado y, un año después, el descalabro de la derrota en las Finales de 2004 ante los Detroit Pistons con la relación entre él y O’Neal saltando definitivamente por los aires.

Recuerdo los tres primeros años posteriores al traspaso de Shaq a los Miami Heat. Qué suplicio. Más allá de Bryant y a veces Lamar Odom, ese equipo era una banda (Chris Mihm, Kwame Brown, Smush Parker). Era un Kobe contra el mundo. Y a pesar de ello, casi manda para casa a los Phoenix Suns de Mike D’Antoni, Steve Nash, Shawn Marion, Amar’e Stoudemire y compañía. Un desgaste en vano que estuvo a punto de acabar con el escolta en Detroit o Chicago. Por suerte el 1 de febrero 2008 aterrizó Pau Gasol en Hollywood. Un movimiento que trajo un MVP, tres Finales, dos anillos (quitándose de encima la etiqueta ‘No puede ganar sin O’Neal‘), una hermandad irrompible con el pívot español y, al fin, el respeto del planeta basket.

Los últimos años de Bryant en la NBA fueron un cúmulo de récords como laker, pero también de lesiones y malas decisiones en los despachos. 2013 fue casi un déjà vu de 2006-2007. Una pelea a la desesperada para meter a su equipo en Playoffs que ganó, pero esta vez a un precio muy alto: rotura del talón de Aquiles. Fue el principio del fin. Los Lakers empezaron a descomponerse y él ya no podía hacer nada para remediarlo.

¿Le sobraron los dos últimos años? Hay quien cree que sí. Yo soy de los que siempre defiende que las leyendas lo dejen cuando les dé la gana si pueden y quieren. Porque un legado no se mancha por un par de años malos. Además, la retirada de Kobe tuvo un toque especial. Los Lakers no se iban a meter en Playoffs, por lo que la temporada fue un tour de despedida con homenajes y ovaciones en todas las canchas de la liga.

El último trasnoche por Kobe fue en la madrugada del 14 al 15 de abril de 2016. Había dos opciones: o ver a los Warriors culminar la mejor temporada regular de la historia o despedirse del 24 como jugador para siempre. Elegí lo segundo. Podría deciros que mereció la pena, pero me estaría quedando corto. Porque yo pensaba que metería 30 o 40 puntos. Como sabéis, hizo 60. Una madrugada histórica. Una más. Un adiós al baloncesto por todo lo alto, rodeado de su familia y de las grandes leyendas de los Lakers (Magic, Shaq, Kareem). Con un ya eterno “Mamba out” cerró su último discurso vestido de corto.

Ya retirado, Bryant siguió aumentando su leyenda. Primero se convirtió en el primer jugador de la historia de la NBA en tener dos números distintos retirados por el mismo equipo. Tres meses después fue galardonado con un Oscar al mejor corto animado por Dear Basketball. El director Glen Keane le dio vida de forma magistral al artículo de The Players’ Tribune en el que Kobe había anunciado su retirada. Tras recibir la estatuilla, la Mamba se centró más en sus negocios.

Qué caprichoso puede ser el destino a veces. La del 20 al 26 de enero de 2020 era una semana en la que se estaba hablando mucho de Bryant. El 22 porque se cumplían catorce años de los 81 puntos que le endosó a los Toronto Raptors. Tres días después, porque LeBron James le superó como tercer máximo anotador de la historia de la NBA. En Philadelphia, su ciudad natal. Kobe, que siempre respetó y admiró a LeBron, le felicitó a través de Twitter por su enésima gesta. Quién iba a imaginar que ese sería el último tuit.

26 de enero de 2020. Una fecha que para mí estará marcada en negro para siempre. Kobe Bryant nos dejaba antes de tiempo. En ese fatídico vuelo estaba su hija Gianna, de sólo 13 años. De sus cuatro hijas, Gigi estaba llamada a ser la heredera de su padre en la WNBA. Además de ser la más parecida a él en los rasgos, también lo era jugando al baloncesto.

Esta temporada, Kobe y Gianna iban muy a menudo a ver a los Lakers en primera fila. No hace tanto que los vimos hacerse fotos con Luka Dončić. Lo primero que pensé fue que si el esloveno llegaba a donde debería llegar, Gigi tendría una foto de la que presumir eternamente. Y quién sabe si Dončić también podría haber dicho que se fotografió con una cría que acabó siendo una estrella del baloncesto femenino. Uno piensa en eso y en lo que ha pasado y le da todavía más rabia.

El All-Star de este año, que se va a celebrar en Chicago (ciudad en la que he tenido la inmensa suerte de estar), iba servir como tributo al antiguo comisionado David Stern, quien falleció el 1 de enero. No me quiero ni imaginar la emotividad que tendrá ahora el homenaje al segundo jugador que más veces ha estado seleccionado para disputar el evento. Algunos reportes señalaban que Dwight Howard quería a su ex compañero, con el que enterró el hacha de guerra tras que no acabara muy bien con él en la 2012-13, como ayudante en el Concurso de Mates.

Más sal a la herida. Kobe Bryant iba a entrar al Salón de la Fama del Baloncesto este año. Baloncestísticamente hablando, era la guinda perfecta a su carrera. Junto a él, Tim Duncan y Kevin Garnett. Nos hemos quedado sin la foto de los tres ataviados con la chaqueta naranja. El escolta entrará en Springfield igualmente, pero no será lo mismo. Las clásicas lágrimas de alegría por el broche de oro a unas trayectorias de ensueño van a ser lágrimas de emoción, tristeza y también rabia.

El primer póster que tuve en mi habitación era de él. Vino con la antigua Revista Oficial NBA que editaba Marca. Hablamos de enero de 2005. La primera camiseta de baloncesto que me compraron mis padres era suya. La amarilla de los Lakers, con el 8 a la espalda. Fue en diciembre de ese mismo año, poco antes de que le metiera 62 puntos en tres cuartos a los Dallas Mavericks. A las puertas de los 81 a los Raptors. Un número, el 81, que he puesto en prácticamente todas partes (camisetas, dibujos, alter egos en videojuegos, etc.). Un particular homenaje que ya le hacía cuando estaba en activo y que ojalá hubiera podido hacerle en mis años de jugador de baloncesto en el colegio e instituto.

Cuando Kobe Bean Bryant apareció en mi vida, yo tenía 8 años. Ahora se va cuando todavía tengo 24. El 8 y el 24, los números que cuelgan desde diciembre de 2017 en lo alto del Staples Center. Casualidades de la vida.

Termino aquí este tributo a mi ídolo. Lo hago tras un día en el que he visto y leído unas cuantas veces que ha muerto en un accidente de helicóptero. Como dije al principio, sigo sin creérmelo. Tal vez nunca lo haga.

Hasta siempre, Kobe. Te echaré de menos.

Descansa en paz.

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Sigo sin creérmelo. No me lo creía y me va a costar asimilarlo: Kobe Bryant ha muerto en un accidente de helicóptero a los 41 años. Era mi jugador de baloncesto favorito y uno de mis ídolos deportivos. Perdón. Lo sigue siendo y lo será hasta el final.

Estaba con unos amigos en un bar de mi pueblo apurando la tarde del domingo y entré en Twitter. Lo primero que vi fue a alguien que acababa de poner que no se creía lo que le había pasado a Kobe, pero no mencionaba qué era. Tras una sencilla búsqueda vi de lo que se trataba: TMZ informaba que Kobe Bryant se había estrellado con su helicóptero y había muerto.

Me costaba creer que fuese cierto. No porque la noticia fuese de TMZ, un portal de conocido sensacionalismo, sino porque simplemente no podía ser. Yo confiaba en que fuese un hackeo o algo así, aunque en el fondo sabía que la cosa no pintaba nada bien. Así gasté buena parte de la batería que le quedaba a mi móvil, recargando la página de inicio de Twitter una y otra vez. No comenté nada en el bar hasta no estar seguro, pero poco a poco, tanto en el bar como a través del WhatsApp, quienes sabían de mi afición por el baloncesto y mi admiración por Bryant me preguntaron si lo del accidente era verdad.

Por desgracia para mí y para el mundo del deporte, lo era. Lo confirmaron tanto el Los Angeles Times como Adrian Wojnarowski, cuyos tuits son casi la Biblia en el universo NBA. Lo dicho: no me lo quería creer. Kobe no, por favor. Él no. No podía irse de este mundo tan pronto y de esta manera. El disgusto que tenía encima era visible y desde luego que no era el único con esa sensación en el cuerpo. Basta con un pequeño paseo por las redes sociales para comprobarlo.

La conmoción en todo el mundo era palpable desde el momento en el que salió la noticia del accidente y se confirmaron los peores presagios. Los homenajes en forma de fotos y textos fueron casi instantáneos. Por eso me sorprende tantísimo el silencio sepulcral de Los Angeles Lakers. Mientras escribía estas líneas (tarde y noche del 27 de enero), ni la franquicia angelina ni sus jugadores habían puesto absolutamente nada en sus redes sociales. Imagino que no sabrán ni qué decir.

¿Realmente tengo motivos para estar triste por lo sucedido? Kobe Bean Bryant no era un familiar o un amigo mío. Nunca le he podido ver en persona. Me da igual. Ese tío ha estado en el salón de mi casa más veces que muchas personas muy cercanas a mí. No son pocas las ocasiones en las que lo he pasado mejor viendo las proezas de Kobe por la tele que, por ejemplo, saliendo de fiesta. Porque trasnochar para verle jugar merecía la pena. Daba igual ir con sueño a clase. Si había sido por verle ganar un anillo en un séptimo partido ante el eterno rival, compensaba. Esa es la grandeza del deporte.

Yo conocí a Kobe allá por el año 2003 gracias a los videojuegos. Con la temporada recién finalizada, cayó en mis manos el NBA Live 2003. De la NBA conocía muy poco más allá de que había un español llamado Pau Gasol y que Michael Jordan acababa de retirarse definitivamente. Internet no había llegado a la mayoría de las casas y la mía no era una excepción. Por lo tanto, los videojuegos fueron mi forma de conocer a los jugadores y equipos de la NBA. Entre ellos, los Lakers.

Si eres o fuiste asiduo a los NBA Live/2K sabrás de sobra que de primeras los equipos que salen a escoger para echar un partido rápido son los finalistas de la campaña anterior. En este caso, eran los New Jersey Nets (Jason Kidd era el protagonista de la portada) y Los Angeles Lakers. Seleccioné a los californianos. Desde ese momento me hice de los Lakers. “Ahí empezó todo”, que diría aquel. Por puro azar de ese año.

Dentro de aquel gran equipo que eran esos Lakers (Shaquille O’Neal, Derek Fisher, Rick Fox, Robert Horry, etc.) me llamó especialmente la atención un jugador con el pelo a lo afro, perilla y que portaba el número 8. Sí, Kobe Bryant. En el juego era tan bueno que me hice fan de él. He ahí el cómo se convirtió en mi jugador favorito. Así de simple. A veces las mejores historias empiezan así.

Me subí al barco de los Lakers y Kobe y no me bajé nunca. Que el escolta capitanease ese buque (aunque a veces eso era el barco de Chanquete) toda su carrera ayudó a ello. De aquella, ser de los Lakers era lo fácil porque venían de un three-peat. Ser de Bryant, tal vez no tanto. Porque todavía no era la Mamba Negra, sino que estaba considerado poco más que el escudero de lujo de Shaq, además de un chupón. Luego llegó la acusación de agresión sexual en Colorado y, un año después, el descalabro de la derrota en las Finales de 2004 ante los Detroit Pistons con la relación entre él y O’Neal saltando definitivamente por los aires.

Recuerdo los tres primeros años posteriores al traspaso de Shaq a los Miami Heat. Qué suplicio. Más allá de Bryant y a veces Lamar Odom, ese equipo era una banda (Chris Mihm, Kwame Brown, Smush Parker). Era un Kobe contra el mundo. Y a pesar de ello, casi manda para casa a los Phoenix Suns de Mike D’Antoni, Steve Nash, Shawn Marion, Amar’e Stoudemire y compañía. Un desgaste en vano que estuvo a punto de acabar con el escolta en Detroit o Chicago. Por suerte el 1 de febrero 2008 aterrizó Pau Gasol en Hollywood. Un movimiento que trajo un MVP, tres Finales, dos anillos (quitándose de encima la etiqueta ‘No puede ganar sin O’Neal‘), una hermandad irrompible con el pívot español y, al fin, el respeto del planeta basket.

Los últimos años de Bryant en la NBA fueron un cúmulo de récords como laker, pero también de lesiones y malas decisiones en los despachos. 2013 fue casi un déjà vu de 2006-2007. Una pelea a la desesperada para meter a su equipo en Playoffs que ganó, pero esta vez a un precio muy alto: rotura del talón de Aquiles. Fue el principio del fin. Los Lakers empezaron a descomponerse y él ya no podía hacer nada para remediarlo.

¿Le sobraron los dos últimos años? Hay quien cree que sí. Yo soy de los que siempre defiende que las leyendas lo dejen cuando les dé la gana si pueden y quieren. Porque un legado no se mancha por un par de años malos. Además, la retirada de Kobe tuvo un toque especial. Los Lakers no se iban a meter en Playoffs, por lo que la temporada fue un tour de despedida con homenajes y ovaciones en todas las canchas de la liga.

El último trasnoche por Kobe fue en la madrugada del 14 al 15 de abril de 2016. Había dos opciones: o ver a los Warriors culminar la mejor temporada regular de la historia o despedirse del 24 como jugador para siempre. Elegí lo segundo. Podría deciros que mereció la pena, pero me estaría quedando corto. Porque yo pensaba que metería 30 o 40 puntos. Como sabéis, hizo 60. Una madrugada histórica. Una más. Un adiós al baloncesto por todo lo alto, rodeado de su familia y de las grandes leyendas de los Lakers (Magic, Shaq, Kareem). Con un ya eterno “Mamba out” cerró su último discurso vestido de corto.

Ya retirado, Bryant siguió aumentando su leyenda. Primero se convirtió en el primer jugador de la historia de la NBA en tener dos números distintos retirados por el mismo equipo. Tres meses después fue galardonado con un Oscar al mejor corto animado por Dear Basketball. El director Glen Keane le dio vida de forma magistral al artículo de The Players’ Tribune en el que Kobe había anunciado su retirada. Tras recibir la estatuilla, la Mamba se centró más en sus negocios.

Qué caprichoso puede ser el destino a veces. La del 20 al 26 de enero de 2020 era una semana en la que se estaba hablando mucho de Bryant. El 22 porque se cumplían catorce años de los 81 puntos que le endosó a los Toronto Raptors. Tres días después, porque LeBron James le superó como tercer máximo anotador de la historia de la NBA. En Philadelphia, su ciudad natal. Kobe, que siempre respetó y admiró a LeBron, le felicitó a través de Twitter por su enésima gesta. Quién iba a imaginar que ese sería el último tuit.

26 de enero de 2020. Una fecha que para mí estará marcada en negro para siempre. Kobe Bryant nos dejaba antes de tiempo. En ese fatídico vuelo estaba su hija Gianna, de sólo 13 años. De sus cuatro hijas, Gigi estaba llamada a ser la heredera de su padre en la WNBA. Además de ser la más parecida a él en los rasgos, también lo era jugando al baloncesto.

Esta temporada, Kobe y Gianna iban muy a menudo a ver a los Lakers en primera fila. No hace tanto que los vimos hacerse fotos con Luka Dončić. Lo primero que pensé fue que si el esloveno llegaba a donde debería llegar, Gigi tendría una foto de la que presumir eternamente. Y quién sabe si Dončić también podría haber dicho que se fotografió con una cría que acabó siendo una estrella del baloncesto femenino. Uno piensa en eso y en lo que ha pasado y le da todavía más rabia.

El All-Star de este año, que se va a celebrar en Chicago (ciudad en la que he tenido la inmensa suerte de estar), iba servir como tributo al antiguo comisionado David Stern, quien falleció el 1 de enero. No me quiero ni imaginar la emotividad que tendrá ahora el homenaje al segundo jugador que más veces ha estado seleccionado para disputar el evento. Algunos reportes señalaban que Dwight Howard quería a su ex compañero, con el que enterró el hacha de guerra tras que no acabara muy bien con él en la 2012-13, como ayudante en el Concurso de Mates.

Más sal a la herida. Kobe Bryant iba a entrar al Salón de la Fama del Baloncesto este año. Baloncestísticamente hablando, era la guinda perfecta a su carrera. Junto a él, Tim Duncan y Kevin Garnett. Nos hemos quedado sin la foto de los tres ataviados con la chaqueta naranja. El escolta entrará en Springfield igualmente, pero no será lo mismo. Las clásicas lágrimas de alegría por el broche de oro a unas trayectorias de ensueño van a ser lágrimas de emoción, tristeza y también rabia.

El primer póster que tuve en mi habitación era de él. Vino con la antigua Revista Oficial NBA que editaba Marca. Hablamos de enero de 2005. La primera camiseta de baloncesto que me compraron mis padres era suya. La amarilla de los Lakers, con el 8 a la espalda. Fue en diciembre de ese mismo año, poco antes de que le metiera 62 puntos en tres cuartos a los Dallas Mavericks. A las puertas de los 81 a los Raptors. Un número, el 81, que he puesto en prácticamente todas partes (camisetas, dibujos, alter egos en videojuegos, etc.). Un particular homenaje que ya le hacía cuando estaba en activo y que ojalá hubiera podido hacerle en mis años de jugador de baloncesto en el colegio e instituto.

Cuando Kobe Bean Bryant apareció en mi vida, yo tenía 8 años. Ahora se va cuando todavía tengo 24. El 8 y el 24, los números que cuelgan desde diciembre de 2017 en lo alto del Staples Center. Casualidades de la vida.

Termino aquí este tributo a mi ídolo. Lo hago tras un día en el que he visto y leído unas cuantas veces que ha muerto en un accidente de helicóptero. Como dije al principio, sigo sin creérmelo. Tal vez nunca lo haga.

Hasta siempre, Kobe. Te echaré de menos.

Descansa en paz.

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Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96
21-01-2022