_Femenino

Ya estamos aquí

David Orenes @david_lrl 25-06-2019

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Nunca una derrota ha dejado sensaciones tan dispares como la
que vivió la Selección española en el Auguste Delaune de Reims. El reto era
mayúsculo, casi imposible. Enfrentarse a Estados Unidos, con su potencial
ofensivo, con su inmaculada historia detrás, con esa actitud desde el minuto
uno que amedrenta a los rivales, era poco menos que una quimera. Según muchos,
las únicas opciones de la Roja pasaban por aguantar 120 minutos como se pudiera
y rezar a Sandra Paños en los penaltis.

Sobreestimamos a Estados Unidos, menos arrolladora de lo que
decían sus estadísticas. Pero sobre todo subestimamos a España. Nos ha costado tanto
alcanzar los octavos de final de un Mundial, nos hemos acostumbrado a batir
tantos récords pequeños, a mirar las selecciones que hay por encima del
ránking, que nos hemos creído más inferiores de lo que somos.

Porque el combinado español se ha despedido de Francia con
el guion previsto, claro que sí. Ganamos a Sudáfrica (faltaría más), perdimos
ante Alemania y empatamos contra el rival más parejo del grupo, China, para
luego caer eliminadas en octavos ante la gran favorita, Estados Unidos. Sin
embargo, los resultados no se corresponden con la actitud ni la imagen con la
que España se marcha a casa. Dejando a un lado los problemas con el gol (en dos
de los cuatro partidos no hemos visto puerta), la Roja ha competido al máximo
nivel ante cualquier rival, desde la débil Sudáfrica hasta la todopoderosa
Estados Unidos. Y no precisamente de cualquier manera.

El mejor ejemplo está en los primeros 20 minutos frente a
Alemania. Las germanas, segundas en el ránking FIFA, se vieron totalmente
superadas por un aluvión de intensidad y balones al espacio que, de no ser por
falta de puntería, habría acabado en goleada. Una vez consiguió calmar el
partido, llegó un gol desafortunado. Pero España encerró en su área a una de
las favoritas casi hasta el pitido final. Todo ello con jugadoras ‘inexpertas’
como Mariona, Nahikari, Lucía o Aitana (muchas de ellas ni siquiera soñaban con
estar en Francia un año antes). Fue la primera derrota con sabor agridulce,
pero no sería la última.

El choque ante Alemania mostraba el camino, pero Estados
Unidos era otra cosa. Si bien sus rivales en fase de grupos fueron Tailandia,
Chile y una Suecia ya clasificada que no quería pisar el cuadro de la muerte ni
en pintura, la forma con la que los destrozó auguraba serios problemas. Más
todavía con el espectacular estado de forma de Heath, que junto a Rapinoe y
Álex Morgan formaban un tridente de ensueño. Salir con la misma intensidad que
ante Alemania era asumir un riesgo casi suicida. Pero resultó ser el único plan
factible cuando a los seis minutos las vigentes campeonas se encontraron con un
penalti que materializó Rapinoe. Lo de aguantar hasta una tanda improbable se
había desvanecido como un azucarillo en un café con leche, así que solo quedaba
subir las revoluciones y presionar como si no hubiera un mañana.

Así encontró el gol España, tan solo tres minutos después
del 1-0. Lucía robó el balón a Sauerbrunn y Jenni Hermoso ejecutó un disparo
precioso para colocar el empate. Aquella jugada nos dio la vida. Primero porque
nos levantamos después de un golpe tremendo, y segundo porque habíamos
encontrado la manera de hacer daño a USA. Ese plan lo acometió Lucía García al
milímetro, con un derroche físico impensable en una primera parte espectacular.
Las yanquis ya no llegaron con tanta claridad al área de Paños en prácticamente
todo el partido (meritazo de todo el equipo) y por momentos llegamos a mover al
gigante del fútbol femenino mundial de un lado a otro. Si antes del partido la
clasificación era una utopía, la creencia de que podíamos derrotar a Estados
Unidos se hizo más palpable que nunca.

No fue posible porque España, como ante Alemania, sufrió la
desgracia de un gol desafortunado, esta vez en forma de un penalti más que
discutido. Un contacto muy leve de Virginia Torrecilla sobre Lavelle que la
árbitra ratiticó con ayuda del VAR. Quedaban más de 20 minutos para el final y
de nuevo logramos encerrar en su área a un rival considerado varios peldaños
por encima. Tras el pitido final llegó la desolación, la rabia de pensar que
por dos penaltis nos vamos a casa, por dos penaltis no pudimos ganar por
primera vez a las mejores.

Frustración y rabia. Pero también orgullo y satisfacción.
Esta derrota, por muy dolorosa que sea, va a marcar un antes y un después para
esta Selección. Más de un millón de personas vieron desde nuestro país cómo
nuestras jugadoras se dejaban el alma ante un equipo que parecía imbatible, y
se convirtió en terrenal. Ya hemos ganado nuestro primer partido en un Mundial,
ya hemos clasificado a octavos. Todo lo que no sea superar estas metas en el
próximo torneo será considerado un fracaso. Se ha acabado el conformismo para
siempre. No somos una potencia mundial porque hemos llegado tarde. Pero ya
estamos aquí.

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Nunca una derrota ha dejado sensaciones tan dispares como la
que vivió la Selección española en el Auguste Delaune de Reims. El reto era
mayúsculo, casi imposible. Enfrentarse a Estados Unidos, con su potencial
ofensivo, con su inmaculada historia detrás, con esa actitud desde el minuto
uno que amedrenta a los rivales, era poco menos que una quimera. Según muchos,
las únicas opciones de la Roja pasaban por aguantar 120 minutos como se pudiera
y rezar a Sandra Paños en los penaltis.

Sobreestimamos a Estados Unidos, menos arrolladora de lo que
decían sus estadísticas. Pero sobre todo subestimamos a España. Nos ha costado tanto
alcanzar los octavos de final de un Mundial, nos hemos acostumbrado a batir
tantos récords pequeños, a mirar las selecciones que hay por encima del
ránking, que nos hemos creído más inferiores de lo que somos.

Porque el combinado español se ha despedido de Francia con
el guion previsto, claro que sí. Ganamos a Sudáfrica (faltaría más), perdimos
ante Alemania y empatamos contra el rival más parejo del grupo, China, para
luego caer eliminadas en octavos ante la gran favorita, Estados Unidos. Sin
embargo, los resultados no se corresponden con la actitud ni la imagen con la
que España se marcha a casa. Dejando a un lado los problemas con el gol (en dos
de los cuatro partidos no hemos visto puerta), la Roja ha competido al máximo
nivel ante cualquier rival, desde la débil Sudáfrica hasta la todopoderosa
Estados Unidos. Y no precisamente de cualquier manera.

El mejor ejemplo está en los primeros 20 minutos frente a
Alemania. Las germanas, segundas en el ránking FIFA, se vieron totalmente
superadas por un aluvión de intensidad y balones al espacio que, de no ser por
falta de puntería, habría acabado en goleada. Una vez consiguió calmar el
partido, llegó un gol desafortunado. Pero España encerró en su área a una de
las favoritas casi hasta el pitido final. Todo ello con jugadoras ‘inexpertas’
como Mariona, Nahikari, Lucía o Aitana (muchas de ellas ni siquiera soñaban con
estar en Francia un año antes). Fue la primera derrota con sabor agridulce,
pero no sería la última.

El choque ante Alemania mostraba el camino, pero Estados
Unidos era otra cosa. Si bien sus rivales en fase de grupos fueron Tailandia,
Chile y una Suecia ya clasificada que no quería pisar el cuadro de la muerte ni
en pintura, la forma con la que los destrozó auguraba serios problemas. Más
todavía con el espectacular estado de forma de Heath, que junto a Rapinoe y
Álex Morgan formaban un tridente de ensueño. Salir con la misma intensidad que
ante Alemania era asumir un riesgo casi suicida. Pero resultó ser el único plan
factible cuando a los seis minutos las vigentes campeonas se encontraron con un
penalti que materializó Rapinoe. Lo de aguantar hasta una tanda improbable se
había desvanecido como un azucarillo en un café con leche, así que solo quedaba
subir las revoluciones y presionar como si no hubiera un mañana.

Así encontró el gol España, tan solo tres minutos después
del 1-0. Lucía robó el balón a Sauerbrunn y Jenni Hermoso ejecutó un disparo
precioso para colocar el empate. Aquella jugada nos dio la vida. Primero porque
nos levantamos después de un golpe tremendo, y segundo porque habíamos
encontrado la manera de hacer daño a USA. Ese plan lo acometió Lucía García al
milímetro, con un derroche físico impensable en una primera parte espectacular.
Las yanquis ya no llegaron con tanta claridad al área de Paños en prácticamente
todo el partido (meritazo de todo el equipo) y por momentos llegamos a mover al
gigante del fútbol femenino mundial de un lado a otro. Si antes del partido la
clasificación era una utopía, la creencia de que podíamos derrotar a Estados
Unidos se hizo más palpable que nunca.

No fue posible porque España, como ante Alemania, sufrió la
desgracia de un gol desafortunado, esta vez en forma de un penalti más que
discutido. Un contacto muy leve de Virginia Torrecilla sobre Lavelle que la
árbitra ratiticó con ayuda del VAR. Quedaban más de 20 minutos para el final y
de nuevo logramos encerrar en su área a un rival considerado varios peldaños
por encima. Tras el pitido final llegó la desolación, la rabia de pensar que
por dos penaltis nos vamos a casa, por dos penaltis no pudimos ganar por
primera vez a las mejores.

Frustración y rabia. Pero también orgullo y satisfacción.
Esta derrota, por muy dolorosa que sea, va a marcar un antes y un después para
esta Selección. Más de un millón de personas vieron desde nuestro país cómo
nuestras jugadoras se dejaban el alma ante un equipo que parecía imbatible, y
se convirtió en terrenal. Ya hemos ganado nuestro primer partido en un Mundial,
ya hemos clasificado a octavos. Todo lo que no sea superar estas metas en el
próximo torneo será considerado un fracaso. Se ha acabado el conformismo para
siempre. No somos una potencia mundial porque hemos llegado tarde. Pero ya
estamos aquí.

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