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Thomas Partey: o lo tomas o lo dejas

Diego G. Argota @Diego21Garcia 12-11-2019

Hay futbolistas que son fácilmente definibles en el contexto del fútbol. Existe el centrocampista todoterreno, el delantero de área o el lateral incisivo, como también el mediapunta ratonero o el central tosco de “o pasa el balón o pasa el jugador”Thomas Partey, centrocampista del Atlético de Madrid, no es ninguno de estos. Y es difícil encontrarle un contexto propio, aunque parece que poco a poco se lo está ganando: el pivote con salida de balón. Un ‘5’.

La evolución del africano ha pasado por muchos puntos, en los que incluso ha existido la involución, estancamiento, hasta ahora parecer imprescindible para los planes del Atlético de Simeone“Si Tomás (Thomas) jugara en la Premier League…” ha dejado varias veces botando el argentino, en conato de hacer un símil con las burradas de dinero que se pagan, sobre todo en el campeonato inglés, por jugadores que, con buenas condiciones, no llegan a su nivel. “Ah, pero como viene de nuestra cantera…”.

El caso es que el ghanés se ha labrado un camino propio desde que llegó a los 17 años a La Academia rojiblanca. Porque de sus inicios como pivote stopper no queda absolutamente nada. O al menos nada parecido a lo que entonces era, un jugador de corte al que el balón le quemaba en los pies y lo soltaba a las primeras de cambio al compañero más cercano. De ahí que un servidor le tildara allá por 2013 con el apelativo de ‘La escoba’. Eso era él. Hacía el trabajo suyo y no brillaba.

Thomas pulió eso en Mallorca, pero en Almería volvió a redescubrirse: era un llegador magnífico. Sus lagunas tácticas y su facilidad para perder la posición acabaron con el africano jugando detrás de un delantero, apareciendo por sorpresa en segunda línea. Su disparo, su zancada, su buena toma de decisiones llegando en carrera le hicieron parecer un jugador totalmente distinto, algo que aprovechó su selección para situarle casi toda su experiencia internacional como segundo punta. A veces, incluso, como hombre más adelantado.

Y cuando parecía que sus días como primera salida de balón se habían terminado, volvió al Atlético. En una temporada en la que apuntaba ser carne de grada jornada tras jornada, una lesión grave de Tiago le abrió la puerta. Primero ahí, como un llegador, un jugador para meter una marcha más por el centro en partidos atascados. Le daba otro aire. Luego, incluso, fue un parche básico en el lateral derecho cuando Vrsaljko y Juanfran acumularon lesiones por doquier.

Pero el inexorable paso del tiempo llegó para Gabi, llegó para Tiago, que nunca fue el mismo tras esa lesión, y a Simeone le dio por probar con el ghanés en el pivote mezclando con Rodrigo la temporada que coincidieron, y como actor principal cuando el otro canterano o no estuvo o emigró. Y Thomas no solo demostró ser un buen stopper (y eso que se ha quedado en algo más suave en cuanto a contundencia para lo que apuntaba), sino que no le quema nunca el balón a los pies, raramente está mal colocado y entiende muy bien el juego con o sin balón. Es un stopper, sí, pero muy distinto.

Su evolución es tan patente como casi inesperada. No en vano, ha sido protagonista en los últimos premios individuales entregados por la Federación Africana junto a Salah y Mané. Pero todo tiene un hándicap. El africano juega con una suficiencia de tal tamaño que cuando tiene el partido bueno es un 10 y cuando tiene el día malo es difícilmente aprobable. No tiene término medio, aunque es fácil verle pasar de un duelo a otro en menos de 90 minutos. Capaz de marrar en el gol inicial como de sacarse la jugada del tanto del empate instantes después. En el actual Atlético, Thomas es imprescindible. Es el único ’5’ que quiere y tiene capacidad para dar una salida limpia de balón, pero eso conlleva también un par de pérdidas por partido en sitios donde no se puede entregar la pelota al rival.

Tiene la sangre tan fría que eso difícilmente se puede entrenar. Las oportunidades del Atlético, después que Marcos Llorente no haya mostrado hasta el momento el nivel siquiera para pelearle el puesto al ghanés, pasan por tener a Thomas sobre el campo, confiar en que tenga el día que tuvo hace unas semanas en el Bernabéu y esperar que ese día no dé un pase con la cabeza gacha que llegue a las botas del delantero rival.

Es bastante posible que la suya sea una manta corta. Que si se le ponen ciertos diques para no cometer esos errores groseros que a veces cuestan sustos, también lleven consigo que al jugador se le limen las alas para volar y coarten su libertad imaginativa, esas chispas de genio que suelen ocurrírsele con tanta frecuencia como los cortocircuitos. Vive en el límite. Por eso, ponerle competencia de nivel podría incluso dejar las cosas como están. Su evolución hasta el futbolista perfecto, sin errores, pasa por la experiencia, por la seguridad del jugador que se ha equivocado mil veces y sabe cómo y cuándo arriesgar, dónde hacerlo y en qué contexto. En definitiva, no Thomas, no Partey.

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Hay futbolistas que son fácilmente definibles en el contexto del fútbol. Existe el centrocampista todoterreno, el delantero de área o el lateral incisivo, como también el mediapunta ratonero o el central tosco de “o pasa el balón o pasa el jugador”Thomas Partey, centrocampista del Atlético de Madrid, no es ninguno de estos. Y es difícil encontrarle un contexto propio, aunque parece que poco a poco se lo está ganando: el pivote con salida de balón. Un ‘5’.

La evolución del africano ha pasado por muchos puntos, en los que incluso ha existido la involución, estancamiento, hasta ahora parecer imprescindible para los planes del Atlético de Simeone“Si Tomás (Thomas) jugara en la Premier League…” ha dejado varias veces botando el argentino, en conato de hacer un símil con las burradas de dinero que se pagan, sobre todo en el campeonato inglés, por jugadores que, con buenas condiciones, no llegan a su nivel. “Ah, pero como viene de nuestra cantera…”.

El caso es que el ghanés se ha labrado un camino propio desde que llegó a los 17 años a La Academia rojiblanca. Porque de sus inicios como pivote stopper no queda absolutamente nada. O al menos nada parecido a lo que entonces era, un jugador de corte al que el balón le quemaba en los pies y lo soltaba a las primeras de cambio al compañero más cercano. De ahí que un servidor le tildara allá por 2013 con el apelativo de ‘La escoba’. Eso era él. Hacía el trabajo suyo y no brillaba.

Thomas pulió eso en Mallorca, pero en Almería volvió a redescubrirse: era un llegador magnífico. Sus lagunas tácticas y su facilidad para perder la posición acabaron con el africano jugando detrás de un delantero, apareciendo por sorpresa en segunda línea. Su disparo, su zancada, su buena toma de decisiones llegando en carrera le hicieron parecer un jugador totalmente distinto, algo que aprovechó su selección para situarle casi toda su experiencia internacional como segundo punta. A veces, incluso, como hombre más adelantado.

Y cuando parecía que sus días como primera salida de balón se habían terminado, volvió al Atlético. En una temporada en la que apuntaba ser carne de grada jornada tras jornada, una lesión grave de Tiago le abrió la puerta. Primero ahí, como un llegador, un jugador para meter una marcha más por el centro en partidos atascados. Le daba otro aire. Luego, incluso, fue un parche básico en el lateral derecho cuando Vrsaljko y Juanfran acumularon lesiones por doquier.

Pero el inexorable paso del tiempo llegó para Gabi, llegó para Tiago, que nunca fue el mismo tras esa lesión, y a Simeone le dio por probar con el ghanés en el pivote mezclando con Rodrigo la temporada que coincidieron, y como actor principal cuando el otro canterano o no estuvo o emigró. Y Thomas no solo demostró ser un buen stopper (y eso que se ha quedado en algo más suave en cuanto a contundencia para lo que apuntaba), sino que no le quema nunca el balón a los pies, raramente está mal colocado y entiende muy bien el juego con o sin balón. Es un stopper, sí, pero muy distinto.

Su evolución es tan patente como casi inesperada. No en vano, ha sido protagonista en los últimos premios individuales entregados por la Federación Africana junto a Salah y Mané. Pero todo tiene un hándicap. El africano juega con una suficiencia de tal tamaño que cuando tiene el partido bueno es un 10 y cuando tiene el día malo es difícilmente aprobable. No tiene término medio, aunque es fácil verle pasar de un duelo a otro en menos de 90 minutos. Capaz de marrar en el gol inicial como de sacarse la jugada del tanto del empate instantes después. En el actual Atlético, Thomas es imprescindible. Es el único ’5’ que quiere y tiene capacidad para dar una salida limpia de balón, pero eso conlleva también un par de pérdidas por partido en sitios donde no se puede entregar la pelota al rival.

Tiene la sangre tan fría que eso difícilmente se puede entrenar. Las oportunidades del Atlético, después que Marcos Llorente no haya mostrado hasta el momento el nivel siquiera para pelearle el puesto al ghanés, pasan por tener a Thomas sobre el campo, confiar en que tenga el día que tuvo hace unas semanas en el Bernabéu y esperar que ese día no dé un pase con la cabeza gacha que llegue a las botas del delantero rival.

Es bastante posible que la suya sea una manta corta. Que si se le ponen ciertos diques para no cometer esos errores groseros que a veces cuestan sustos, también lleven consigo que al jugador se le limen las alas para volar y coarten su libertad imaginativa, esas chispas de genio que suelen ocurrírsele con tanta frecuencia como los cortocircuitos. Vive en el límite. Por eso, ponerle competencia de nivel podría incluso dejar las cosas como están. Su evolución hasta el futbolista perfecto, sin errores, pasa por la experiencia, por la seguridad del jugador que se ha equivocado mil veces y sabe cómo y cuándo arriesgar, dónde hacerlo y en qué contexto. En definitiva, no Thomas, no Partey.

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