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Manantial

Enrique Julián Gómez @EnriqueJulian23 17-05-2019

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Un águila imperial parece proteger en su escudo la ciudad de L’Aquila desde su fundación en 1254. Resta ferma, ‘sigue quieta’, aparece como lema. Símbolos que parecen irónicos para una zona extenuada durante siglos por el hombre y la naturaleza. Por guerras y, sobre todo, terremotos. 

Encajada entre varias sierras de los Apeninos centrales en constante movimiento, numerosos movimientos sísmicos han destruido los pueblos de esta región, reconstruidos con tesón una y otra vez. La última, hace una década, en abril de 2009: más de 300 muertes, más de 1.600 heridos, incontables daños materiales. 

Tan desafortunada geografía resulta ideal, en cambio, para el ciclismo, convertida esta cuenca en una zona habitual de paso para el Giro d’Italia. Aquí, en un día de perros, se fraguó una de las mejores ediciones de la carrera, tras una fuga bidón que obtuvo más de 12 minutos de ventaja: solo Ivan Basso, también imperial, evitó más tarde que David Arroyo venciera por sorpresa la Corsa Rosa en 2010. 

Como aquel día, la fuga se llevó el triunfo en la 7ª etapa del Giro. José Joaquín Rojas soñó con el rosa durante un centenar de kilómetros, ante las dificultades del modesto equipo del líder Conti para controlar la carrera. Pero el triunfo en estas carreteras estrechas, sinuosas, ratoneras, que terminaban en L’Aquila, se la jugaron otros expertos en estos movimientos: Gallopin, Cattaneo, Hamilton, Formolo… que solo pudieron observar el definitivo de Pello Bilbao

El vasco es un ejemplo de paciencia y progresión, ya completamente maduro a sus 29 años. Tras su sexto puesto en el último Giro y ganar una etapa en Dauphiné, Bilbao consiguió su primer triunfo en una gran vuelta, el primero español en 2019, el 19º de la década en el Giro… y el 13º de un ciclista del País Vasco en este período: Nieve, Antón, Intxausti, los hermanos Izagirre, Landa, Fraile y ahora Bilbao. 

Una fuente natural, como L’Aquila. Porque de ahí viene originariamente la toponimia de la región: no de águilas imperiales que no protegen, sino del agua que brotaba de la tierra. Como el manantial del ciclismo vasco. 

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Un águila imperial parece proteger en su escudo la ciudad de L’Aquila desde su fundación en 1254. Resta ferma, ‘sigue quieta’, aparece como lema. Símbolos que parecen irónicos para una zona extenuada durante siglos por el hombre y la naturaleza. Por guerras y, sobre todo, terremotos. 

Encajada entre varias sierras de los Apeninos centrales en constante movimiento, numerosos movimientos sísmicos han destruido los pueblos de esta región, reconstruidos con tesón una y otra vez. La última, hace una década, en abril de 2009: más de 300 muertes, más de 1.600 heridos, incontables daños materiales. 

Tan desafortunada geografía resulta ideal, en cambio, para el ciclismo, convertida esta cuenca en una zona habitual de paso para el Giro d’Italia. Aquí, en un día de perros, se fraguó una de las mejores ediciones de la carrera, tras una fuga bidón que obtuvo más de 12 minutos de ventaja: solo Ivan Basso, también imperial, evitó más tarde que David Arroyo venciera por sorpresa la Corsa Rosa en 2010. 

Como aquel día, la fuga se llevó el triunfo en la 7ª etapa del Giro. José Joaquín Rojas soñó con el rosa durante un centenar de kilómetros, ante las dificultades del modesto equipo del líder Conti para controlar la carrera. Pero el triunfo en estas carreteras estrechas, sinuosas, ratoneras, que terminaban en L’Aquila, se la jugaron otros expertos en estos movimientos: Gallopin, Cattaneo, Hamilton, Formolo… que solo pudieron observar el definitivo de Pello Bilbao

El vasco es un ejemplo de paciencia y progresión, ya completamente maduro a sus 29 años. Tras su sexto puesto en el último Giro y ganar una etapa en Dauphiné, Bilbao consiguió su primer triunfo en una gran vuelta, el primero español en 2019, el 19º de la década en el Giro… y el 13º de un ciclista del País Vasco en este período: Nieve, Antón, Intxausti, los hermanos Izagirre, Landa, Fraile y ahora Bilbao. 

Una fuente natural, como L’Aquila. Porque de ahí viene originariamente la toponimia de la región: no de águilas imperiales que no protegen, sino del agua que brotaba de la tierra. Como el manantial del ciclismo vasco. 

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