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La radiografía de Paulo Futre

Diego G. Argota @Diego21Garcia 07-04-2020

29 de julio de 1997. Sin siquiera haber cumplido los seis años, iba a vivir uno de los momentos más especiales de mi infancia. Aún no era muy consciente de que solo 12 meses antes, el Atlético de Madrid había ganado un Doblete histórico de Liga y Copa. Y ahí estaba yo, con mi familia, en las entrañas de la zona VIP del Vicente Calderón, horas antes de la presentación oficial de la plantilla (esas cosas que aún se hacían entonces donde titulares y suplentes jugaban un partidillo exhibición), nervioso porque estaba tomando Coca Colas en la misma sala en la que lo hacían mis ídolos. Buscaba con la mirada a Kiko, a Pantic, a Molina y, sobre todo, a Juninho cuando mi padre me cogió rápido del brazo. “¡Diego, hazte una foto con él!”. Un señor al que no conocía nada, con el pelo largo lacio y una camisa grisácea, me cogió en brazos. Me dijo algo en tono cariñoso que no llegué a comprender porque mi madre, cámara en mano, era incapaz de sacar la foto. “¡Qué guapo es! ¡Mira qué ojos!”. Luego, mi padre me lo explicó. Ese hombre era Paulo Futre, había sido una leyenda del Atleti y uno de los mejores jugadores del mundo. Y ahora, tras años retirado, volvía a jugar para el club. Aquello era mejor que darle la carta a los Reyes Magos. Me acababa de hacer una foto con el mismísimo Dios.

Aquella presentación grupal sirvió casi como una exhibición individual del portugués, que volvía a jugar en el club de su vida cuatro años después envuelto entre cánticos personales de la grada. La pasada semana, un documental sobre su carrera que nunca se llegó a publicar vio la luz por primera vez en forma de borrador. El vídeo, de más de una hora de duración, es un auténtico refrito de jugadas maradonianas, de regates inverosímiles, de patadas voladoras sorteadas (y algunas no evitadas), de túneles, de goles y de testimonios de personalidades ensalzando la figura de un futbolista que algunos no pudimos ver y cuya dimensión pasa desapercibida, quizás porque las lesiones le obligaron a un retiro prematuro y porque él hizo grande a los equipos a los que fue en vez de jugar ya en gigantes contrastados.

Futre creció como futbolista en la prolífica cantera del Sporting de Portugal, cuna de los mejores extremos del país ibérico, pero apenas disputó un año en el primer equipo, pues con solo 18 años provocó el traspaso del verano al fichar por el Oporto. Cuenta que no pudo volver a la capital hasta pasados seis meses, y que cuando lo hizo tuvo que llevar guardaespaldas. En Do Dragao se convirtió en leyenda, ganando dos veces la Liga, dos veces la Supercopa y alzándose con la Copa de Europa en 1987 tras doblegar en la final al Bayern de Múnich. Ese mismo verano, Jesús Gil ganó las elecciones a la presidencia del Atlético de Madrid prometiendo fichar al portugués si salía vencedor, y el resto es historia.

El Atlético, que llevaba un par de años con muchas dudas, se hizo con uno de los mejores jugadores del momento y que solo tenía 21 años. Uno antes, ya había sido de lo poco destacable de Portugal en el Mundial de 1986 y meses después de aterrizar en el Vicente Calderón, recibió el segundo puesto en el Balón de Oro como mejor jugador del mundo (solo superado por Rijkaard). El Atlético contaba en sus filas con un auténtico fuera de serie. Futre jugó cinco años y medio como rojiblanco (en su primera etapa) dejando para el recuerdo las dos Copas del Rey consecutivas que consiguió el club y fue la auténtica pesadilla en cada enfrentamiento con el Real Madrid durante medio lustro.

“Futre era mi ídolo. Iba al campo a ver al Atleti, pero sobre todo a verle a él”, admite Raúl González, quien se formó en las categorías inferiores del equipo rojiblanco antes de firmar por el Real Madrid. “Futre abrió las puertas del fútbol portugués con ese fichaje. No teníamos prensa, no había canales de televisión como ahora”, señala Rui Costa, que jugó con él en la selección y en el Benfica. “La gente no tiene la dimensión real de lo que hizo Paulo Futre. Nunca he visto un jugador en el fútbol portugués igual”, sentencia José Mourinho. “Era un jugador atípico, diferente. De los mejores que había. Era el tipo de extremo que siempre he querido tener en mis equipos”, añadía Johan Cruyff, en aquellos años técnico del Barcelona. “Yo no tengo dudas. Era el mejor jugador del mundo en su época. Nunca he estado en un campo de fútbol con alguien tan grande como él”, le define Michael Robinson.

Futre era un extremo rápido, vertiginoso. Su zurda era imprevisible. Podía jugar por todo el frente de ataque y nunca le sobraba un regate. Su capacidad para recortar era la misma hacia dentro que hacia fuera. Ya golpeaba el balón con el exterior y no tenía dudas en reventarla con el empeine (como en la final de Copa del 92) si el momento lo requería. En Mestalla, tras una jugada de auténtico videojuego que acabó en gol antológico, fue capaz de levantar los aplausos de toda una grada tan exigente como la valenciana, anonadada y sorprendida por la maravilla que acababa de presenciar. Futre era distinto. “En su época era el mejor extremo del mundo”, comentaba Luis Aragonés.

Pero fue precisamente su relación con Zapatones la que dinamitó su salida del Atlético. El luso no entendía las críticas que se le profesaban cuando al equipo no le iba bien y, tras varios encontronazos con el técnico y previo intento de mediación de Jesús Gil, la decisión de volver a Portugal estaba tomada. Eso, al menos, fue lo que se contó. La versión oficial. Años más tarde, Futre confirmaría que todo fue puro teatro. Nunca hubo pelea con Luis. ¿La realidad? El Atlético estaba en bancarrota, los futbolistas llevaban ocho meses sin cobrar y había que buscar una salida de todas todas. Futre pudo firmar por cualquier club del mundo. Volvió a su país… pero al Benfica. Un fichaje que agitó todo Portugal. Se había criado en el Sporting, había llevado al Oporto a lo más alto y con 26 años, en plenitud, llegaba al otro grande del país. Cuentan las crónicas que 80.000 personas accedieron al Estadio da Luz (con capacidad para 65.000) a su presentación. La leyenda Eusebio le dio la bienvenida sobre el campo y a las pocas semanas ya estaba ganando la Copa de Portugal.

Pero el luso quería volver a ganar la Copa de Europa y el vigente campeón de ese trofeo, el Olympique de Marsella, le fichó en 1993 para revalidar el título. Nada más llegar, tuvo serios problemas con el presidente del club, Bernard Tapie. Años después, la mano derecha de Tapie revelaría las trampas de aquel equipo luso, que compraba árbitros, drogaba jugadores rivales y que incluso fue desposeído del título de Liga en la 93-94 por amaño de partidos. Futre nunca comulgó con su jefe y solo tres meses después de fichar (tras ocho partidos jugados) estaba ya sellada su salida. Su agente lo tenía todo acordado con el Real Madrid pero, a falta de su firma, se echó para atrás. Nunca habría podido traicionar al Atlético y acabó recalando en la Liga Italiana, un sueño que tenía desde su infancia. En Italia fichó por la Reggina, que fue prácticamente el fin de su carrera al máximo nivel. El día que debutó, marcó gol y se partió la rodilla. Era noviembre de 1993, Futre tenía 27 años, pero su carrera acababa de caer en picado tras esa fatídica lesión.

Estuvo 10 meses sin jugar y al poco de volver, tras apenas cinco partidos (y dos goles anotados), recayó. Pasó por una segunda intervención y su recuperación se alargó prácticamente hasta verano. Antes de que acabara el curso, disputó un puñado de partidos en un equipo que iba a perder la categoría. Pero como su cartel era de leyenda, en verano de 1995 el Milan le pidió permiso a la Reggina para que el luso realizara la pretemporada con ellos, con objetivo de ficharle si la rodilla respondía. En los partidos de la gira veraniega por Asia, Futre fue el mejor de un equipo que contaba con jugadores del calado de Maldini, Weah o Baggio. El Milan, que venía de ganar la Champions League en 1994 y ser subcampeón en 1995, iba a firmar a uno de los mejores jugadores del mundo prácticamente gratis. “Soy su admirador desde hace muchos años, cuando estaba en el Atlético de Madrid. Para mí, ficharle es realizar un sueño”, señalaba Berlusconi. “Es un jugador simplemente extraordinario”, adjuntaba Capello, entonces técnico del club rossonero. Mes y medio después de la firma del contrato, Futre recayó de su lesión, sin siquiera haber comenzado el campeonato, y teniendo que pasar por quirófano por tercera vez. Aquel curso, el Milan ganó la Liga, y Futre solo pudo recuperarse para jugar los últimos 10 minutos del último partido de Liga. “Siento que si Futre hubiera firmado años antes por el Milan y no hubiera tenido aquella lesión, habría ganado varias veces el Balón de Oro”, aventura Rui Costa, que fue leyenda en el club milanés.

Con ese bagaje y ya pensando en no poder ser volver a ser un jugador determinante jamás, Futre recaló en la Premier League de la mano del West Ham. A las pocas semanas, en rueda de prensa, anunció que se retiraba. Que había vuelto a sentir molestias en su rodilla y que, tras reposar varias semanas, había tomado la decisión de colgar las botas con solo 30 años. Pero 10 meses después de su retiro, el Atlético le convenció. Radomir Antic, técnico, habló con Jesús Gil sobre la posibilidad de traer nuevamente al hijo pródigo. Estaba retirado y, si él estaba disponible y dispuesto, no había nada que perder. En el peor de los casos, no sucedería nada malo y en el mejor, el Atlético podría recuperar a uno de los mejores futbolistas de la década y posiblemente al mejor que había tenido nunca. La historia fue curiosa. Llegó como embajador del club pero, en un entrenamiento de pretemporada, estaba el luso cigarro en mano en la grada cuando el técnico yugoslavo le dijo que se vistiera de corto, que faltaba uno para el partidillo. Metió dos goles.

Y en esas, Futre, que entre jugador y director deportivo pasó 10 años de su carrera de rojiblanco, no le pudo decir que no al equipo de su vida. Sumó su zurda a la de Vieri y su ataque al de Juninho, Kiko y Caminero para un último servicio que apenas duró 10 partidos (y todos jugando minutos finales). El gusanillo le había picado de nuevo, por lo que tras terminar una temporada en la que nunca estuvo apto para jugar, firmó un año con el Yokohama Marinos de la Liga de Japón antes de colgar por segunda y definitiva vez las botas. Futre fue uno de los jugadores favoritos de Maradona, habituales compañeros en partidos benéficos incluso en activo. En palabras de Fernando Torres, “es una leyenda para todos los Atléticos”, pero también para los que no lo son. Las lesiones le retiraron quizás cinco o seis años antes de lo que le tocaba, y no le dejaron brillar desde los 28. Futre, que tuvo sus episodios más agrios con Luis Aragonés, era la baza que el propio técnico utilizaba para ganar sus partidos, sabedor que la calidad del luso estaba por encima de todo. Para aquellos que crecieron viéndole, en su contexto nunca habrá nada igual.

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29 de julio de 1997. Sin siquiera haber cumplido los seis años, iba a vivir uno de los momentos más especiales de mi infancia. Aún no era muy consciente de que solo 12 meses antes, el Atlético de Madrid había ganado un Doblete histórico de Liga y Copa. Y ahí estaba yo, con mi familia, en las entrañas de la zona VIP del Vicente Calderón, horas antes de la presentación oficial de la plantilla (esas cosas que aún se hacían entonces donde titulares y suplentes jugaban un partidillo exhibición), nervioso porque estaba tomando Coca Colas en la misma sala en la que lo hacían mis ídolos. Buscaba con la mirada a Kiko, a Pantic, a Molina y, sobre todo, a Juninho cuando mi padre me cogió rápido del brazo. “¡Diego, hazte una foto con él!”. Un señor al que no conocía nada, con el pelo largo lacio y una camisa grisácea, me cogió en brazos. Me dijo algo en tono cariñoso que no llegué a comprender porque mi madre, cámara en mano, era incapaz de sacar la foto. “¡Qué guapo es! ¡Mira qué ojos!”. Luego, mi padre me lo explicó. Ese hombre era Paulo Futre, había sido una leyenda del Atleti y uno de los mejores jugadores del mundo. Y ahora, tras años retirado, volvía a jugar para el club. Aquello era mejor que darle la carta a los Reyes Magos. Me acababa de hacer una foto con el mismísimo Dios.

Aquella presentación grupal sirvió casi como una exhibición individual del portugués, que volvía a jugar en el club de su vida cuatro años después envuelto entre cánticos personales de la grada. La pasada semana, un documental sobre su carrera que nunca se llegó a publicar vio la luz por primera vez en forma de borrador. El vídeo, de más de una hora de duración, es un auténtico refrito de jugadas maradonianas, de regates inverosímiles, de patadas voladoras sorteadas (y algunas no evitadas), de túneles, de goles y de testimonios de personalidades ensalzando la figura de un futbolista que algunos no pudimos ver y cuya dimensión pasa desapercibida, quizás porque las lesiones le obligaron a un retiro prematuro y porque él hizo grande a los equipos a los que fue en vez de jugar ya en gigantes contrastados.

Futre creció como futbolista en la prolífica cantera del Sporting de Portugal, cuna de los mejores extremos del país ibérico, pero apenas disputó un año en el primer equipo, pues con solo 18 años provocó el traspaso del verano al fichar por el Oporto. Cuenta que no pudo volver a la capital hasta pasados seis meses, y que cuando lo hizo tuvo que llevar guardaespaldas. En Do Dragao se convirtió en leyenda, ganando dos veces la Liga, dos veces la Supercopa y alzándose con la Copa de Europa en 1987 tras doblegar en la final al Bayern de Múnich. Ese mismo verano, Jesús Gil ganó las elecciones a la presidencia del Atlético de Madrid prometiendo fichar al portugués si salía vencedor, y el resto es historia.

El Atlético, que llevaba un par de años con muchas dudas, se hizo con uno de los mejores jugadores del momento y que solo tenía 21 años. Uno antes, ya había sido de lo poco destacable de Portugal en el Mundial de 1986 y meses después de aterrizar en el Vicente Calderón, recibió el segundo puesto en el Balón de Oro como mejor jugador del mundo (solo superado por Rijkaard). El Atlético contaba en sus filas con un auténtico fuera de serie. Futre jugó cinco años y medio como rojiblanco (en su primera etapa) dejando para el recuerdo las dos Copas del Rey consecutivas que consiguió el club y fue la auténtica pesadilla en cada enfrentamiento con el Real Madrid durante medio lustro.

“Futre era mi ídolo. Iba al campo a ver al Atleti, pero sobre todo a verle a él”, admite Raúl González, quien se formó en las categorías inferiores del equipo rojiblanco antes de firmar por el Real Madrid. “Futre abrió las puertas del fútbol portugués con ese fichaje. No teníamos prensa, no había canales de televisión como ahora”, señala Rui Costa, que jugó con él en la selección y en el Benfica. “La gente no tiene la dimensión real de lo que hizo Paulo Futre. Nunca he visto un jugador en el fútbol portugués igual”, sentencia José Mourinho. “Era un jugador atípico, diferente. De los mejores que había. Era el tipo de extremo que siempre he querido tener en mis equipos”, añadía Johan Cruyff, en aquellos años técnico del Barcelona. “Yo no tengo dudas. Era el mejor jugador del mundo en su época. Nunca he estado en un campo de fútbol con alguien tan grande como él”, le define Michael Robinson.

Futre era un extremo rápido, vertiginoso. Su zurda era imprevisible. Podía jugar por todo el frente de ataque y nunca le sobraba un regate. Su capacidad para recortar era la misma hacia dentro que hacia fuera. Ya golpeaba el balón con el exterior y no tenía dudas en reventarla con el empeine (como en la final de Copa del 92) si el momento lo requería. En Mestalla, tras una jugada de auténtico videojuego que acabó en gol antológico, fue capaz de levantar los aplausos de toda una grada tan exigente como la valenciana, anonadada y sorprendida por la maravilla que acababa de presenciar. Futre era distinto. “En su época era el mejor extremo del mundo”, comentaba Luis Aragonés.

Pero fue precisamente su relación con Zapatones la que dinamitó su salida del Atlético. El luso no entendía las críticas que se le profesaban cuando al equipo no le iba bien y, tras varios encontronazos con el técnico y previo intento de mediación de Jesús Gil, la decisión de volver a Portugal estaba tomada. Eso, al menos, fue lo que se contó. La versión oficial. Años más tarde, Futre confirmaría que todo fue puro teatro. Nunca hubo pelea con Luis. ¿La realidad? El Atlético estaba en bancarrota, los futbolistas llevaban ocho meses sin cobrar y había que buscar una salida de todas todas. Futre pudo firmar por cualquier club del mundo. Volvió a su país… pero al Benfica. Un fichaje que agitó todo Portugal. Se había criado en el Sporting, había llevado al Oporto a lo más alto y con 26 años, en plenitud, llegaba al otro grande del país. Cuentan las crónicas que 80.000 personas accedieron al Estadio da Luz (con capacidad para 65.000) a su presentación. La leyenda Eusebio le dio la bienvenida sobre el campo y a las pocas semanas ya estaba ganando la Copa de Portugal.

Pero el luso quería volver a ganar la Copa de Europa y el vigente campeón de ese trofeo, el Olympique de Marsella, le fichó en 1993 para revalidar el título. Nada más llegar, tuvo serios problemas con el presidente del club, Bernard Tapie. Años después, la mano derecha de Tapie revelaría las trampas de aquel equipo luso, que compraba árbitros, drogaba jugadores rivales y que incluso fue desposeído del título de Liga en la 93-94 por amaño de partidos. Futre nunca comulgó con su jefe y solo tres meses después de fichar (tras ocho partidos jugados) estaba ya sellada su salida. Su agente lo tenía todo acordado con el Real Madrid pero, a falta de su firma, se echó para atrás. Nunca habría podido traicionar al Atlético y acabó recalando en la Liga Italiana, un sueño que tenía desde su infancia. En Italia fichó por la Reggina, que fue prácticamente el fin de su carrera al máximo nivel. El día que debutó, marcó gol y se partió la rodilla. Era noviembre de 1993, Futre tenía 27 años, pero su carrera acababa de caer en picado tras esa fatídica lesión.

Estuvo 10 meses sin jugar y al poco de volver, tras apenas cinco partidos (y dos goles anotados), recayó. Pasó por una segunda intervención y su recuperación se alargó prácticamente hasta verano. Antes de que acabara el curso, disputó un puñado de partidos en un equipo que iba a perder la categoría. Pero como su cartel era de leyenda, en verano de 1995 el Milan le pidió permiso a la Reggina para que el luso realizara la pretemporada con ellos, con objetivo de ficharle si la rodilla respondía. En los partidos de la gira veraniega por Asia, Futre fue el mejor de un equipo que contaba con jugadores del calado de Maldini, Weah o Baggio. El Milan, que venía de ganar la Champions League en 1994 y ser subcampeón en 1995, iba a firmar a uno de los mejores jugadores del mundo prácticamente gratis. “Soy su admirador desde hace muchos años, cuando estaba en el Atlético de Madrid. Para mí, ficharle es realizar un sueño”, señalaba Berlusconi. “Es un jugador simplemente extraordinario”, adjuntaba Capello, entonces técnico del club rossonero. Mes y medio después de la firma del contrato, Futre recayó de su lesión, sin siquiera haber comenzado el campeonato, y teniendo que pasar por quirófano por tercera vez. Aquel curso, el Milan ganó la Liga, y Futre solo pudo recuperarse para jugar los últimos 10 minutos del último partido de Liga. “Siento que si Futre hubiera firmado años antes por el Milan y no hubiera tenido aquella lesión, habría ganado varias veces el Balón de Oro”, aventura Rui Costa, que fue leyenda en el club milanés.

Con ese bagaje y ya pensando en no poder ser volver a ser un jugador determinante jamás, Futre recaló en la Premier League de la mano del West Ham. A las pocas semanas, en rueda de prensa, anunció que se retiraba. Que había vuelto a sentir molestias en su rodilla y que, tras reposar varias semanas, había tomado la decisión de colgar las botas con solo 30 años. Pero 10 meses después de su retiro, el Atlético le convenció. Radomir Antic, técnico, habló con Jesús Gil sobre la posibilidad de traer nuevamente al hijo pródigo. Estaba retirado y, si él estaba disponible y dispuesto, no había nada que perder. En el peor de los casos, no sucedería nada malo y en el mejor, el Atlético podría recuperar a uno de los mejores futbolistas de la década y posiblemente al mejor que había tenido nunca. La historia fue curiosa. Llegó como embajador del club pero, en un entrenamiento de pretemporada, estaba el luso cigarro en mano en la grada cuando el técnico yugoslavo le dijo que se vistiera de corto, que faltaba uno para el partidillo. Metió dos goles.

Y en esas, Futre, que entre jugador y director deportivo pasó 10 años de su carrera de rojiblanco, no le pudo decir que no al equipo de su vida. Sumó su zurda a la de Vieri y su ataque al de Juninho, Kiko y Caminero para un último servicio que apenas duró 10 partidos (y todos jugando minutos finales). El gusanillo le había picado de nuevo, por lo que tras terminar una temporada en la que nunca estuvo apto para jugar, firmó un año con el Yokohama Marinos de la Liga de Japón antes de colgar por segunda y definitiva vez las botas. Futre fue uno de los jugadores favoritos de Maradona, habituales compañeros en partidos benéficos incluso en activo. En palabras de Fernando Torres, “es una leyenda para todos los Atléticos”, pero también para los que no lo son. Las lesiones le retiraron quizás cinco o seis años antes de lo que le tocaba, y no le dejaron brillar desde los 28. Futre, que tuvo sus episodios más agrios con Luis Aragonés, era la baza que el propio técnico utilizaba para ganar sus partidos, sabedor que la calidad del luso estaba por encima de todo. Para aquellos que crecieron viéndole, en su contexto nunca habrá nada igual.

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