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La guinda del pastel

Diego G. Argota @DiegoGArgota21 26-02-2019

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Ya es febrero casi marzo, se acercan los finales, esa época donde los alumnos que no han estudiado se ponen las pilas, a contrarreloj, para levantar un curso que han ido dejando de lado desde septiembre. Para muchos ya será tarde. El Atlético, poco ortodoxo, ha ido aprobando todo sin esforzarse, con un cinco raspado, sin deleites ni por arriba ni por abajo. Nunca ha sacado un 10 y apenas un puñado de suspensos, algunos por merecimiento propio, y otros porque el profesor de turno y silbato le tenía manía.

Pero las notas se dan en junio y puede que, este equipo, superdotado, necesite muy poco para volver a enchufarse y ser el alumno de Matrícula de Honor de hace escasos años. Ese que sacó un 10 en el colegio del hijo del vecino y ese que representó al país en los exámenes más difíciles como uno de los mejores cerebritos del mundo. Y el Atlético, miguita a miguita, ha mantenido la vida y las esperanzas en Liga, aunque Messi se empeñe en destrozar ilusiones cada fin de semana y haya que rezar para ganarlo todo mientras el Barcelona se deja algún que otro punto tonto. Una quimera. ¿La Champions? Una ilusión de partido a partido.

Y claro, los imposibles son menos imposibles con Diego Costa. El de Lagarto ha vuelto y parece dispuesto para quedarse. Desoyendo cánticos de sirenas de aquellos que le colocan en China por estar acabado para el máximo nivel, y lejos aún de su mejor versión, ha dado dos exhibiciones futbolísticas en poco más de 90 minutos y tres días que invitan al optimismo.

Fue la novedad y la sorpresa de Simeone ante la Juventus para hacer saber a Chiellini y Bonucci lo que es una verdadera jaqueca. Bajó todos los balones con criterio y siempre prolongó a un rival aquellos que eran imposibles de amansar. Cayó a banda para sacar de quicio a De Sciglio y percutió por dentro cuando tuvo la ocasión, más allá de volver a demostrar que con él sobre el verde, Griezmann es más Griezmann que nunca.

Fue en esa pequeña punta de velocidad donde se le vio que no está fino al 100%. O que quizás ya nunca vuelva a tener esa juventud y ese chorro de potencia de hace cinco años, antes de someterse a aquel tratamiento con placenta de yegua que él mismo afirma le destrozó muscularmente hablando.

También se pudo experimentar en la tarde del domingo ante el Villarreal. Y no es que Diego esté lento. Simplemente, es que hace años era él solo contra cuatro jugadores al galope y era él quien parecía ir en superioridad numérica.

Con el hispanobrasileño de esta manera, además, sus propios compañeros se contagian. Diego desprende algo. Ese punto de canallería y rebelión contra los estatutos que provocan hacer pensar a más de uno que sobre el campo está aletargado. Simeone sabe que cuenta con Morata para que ambos alternen, se piquen y se potencien el uno al otro.

Por lo pronto, su baja en la batalla de Turín se antoja complicada. Es como cuando te otorgan ciertos privilegios que desconocías o que olvidabas haber tenido y de golpe te los arrebatan. Un palo. Bonucci y Chiellini, que no han tenido empresa más difícil en sus 15 años como profesionales, están de enhorabuena. El Atlético también, un lagarto anda suelto.

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Ya es febrero casi marzo, se acercan los finales, esa época donde los alumnos que no han estudiado se ponen las pilas, a contrarreloj, para levantar un curso que han ido dejando de lado desde septiembre. Para muchos ya será tarde. El Atlético, poco ortodoxo, ha ido aprobando todo sin esforzarse, con un cinco raspado, sin deleites ni por arriba ni por abajo. Nunca ha sacado un 10 y apenas un puñado de suspensos, algunos por merecimiento propio, y otros porque el profesor de turno y silbato le tenía manía.

Pero las notas se dan en junio y puede que, este equipo, superdotado, necesite muy poco para volver a enchufarse y ser el alumno de Matrícula de Honor de hace escasos años. Ese que sacó un 10 en el colegio del hijo del vecino y ese que representó al país en los exámenes más difíciles como uno de los mejores cerebritos del mundo. Y el Atlético, miguita a miguita, ha mantenido la vida y las esperanzas en Liga, aunque Messi se empeñe en destrozar ilusiones cada fin de semana y haya que rezar para ganarlo todo mientras el Barcelona se deja algún que otro punto tonto. Una quimera. ¿La Champions? Una ilusión de partido a partido.

Y claro, los imposibles son menos imposibles con Diego Costa. El de Lagarto ha vuelto y parece dispuesto para quedarse. Desoyendo cánticos de sirenas de aquellos que le colocan en China por estar acabado para el máximo nivel, y lejos aún de su mejor versión, ha dado dos exhibiciones futbolísticas en poco más de 90 minutos y tres días que invitan al optimismo.

Fue la novedad y la sorpresa de Simeone ante la Juventus para hacer saber a Chiellini y Bonucci lo que es una verdadera jaqueca. Bajó todos los balones con criterio y siempre prolongó a un rival aquellos que eran imposibles de amansar. Cayó a banda para sacar de quicio a De Sciglio y percutió por dentro cuando tuvo la ocasión, más allá de volver a demostrar que con él sobre el verde, Griezmann es más Griezmann que nunca.

Fue en esa pequeña punta de velocidad donde se le vio que no está fino al 100%. O que quizás ya nunca vuelva a tener esa juventud y ese chorro de potencia de hace cinco años, antes de someterse a aquel tratamiento con placenta de yegua que él mismo afirma le destrozó muscularmente hablando.

También se pudo experimentar en la tarde del domingo ante el Villarreal. Y no es que Diego esté lento. Simplemente, es que hace años era él solo contra cuatro jugadores al galope y era él quien parecía ir en superioridad numérica.

Con el hispanobrasileño de esta manera, además, sus propios compañeros se contagian. Diego desprende algo. Ese punto de canallería y rebelión contra los estatutos que provocan hacer pensar a más de uno que sobre el campo está aletargado. Simeone sabe que cuenta con Morata para que ambos alternen, se piquen y se potencien el uno al otro.

Por lo pronto, su baja en la batalla de Turín se antoja complicada. Es como cuando te otorgan ciertos privilegios que desconocías o que olvidabas haber tenido y de golpe te los arrebatan. Un palo. Bonucci y Chiellini, que no han tenido empresa más difícil en sus 15 años como profesionales, están de enhorabuena. El Atlético también, un lagarto anda suelto.

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