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La chica danesa

Hay historias que marcan, historias que superan las barreras del
espacio y el tiempo, historias que, por su capacidad de conectar con el
público, terminan haciendo historia. El séptimo arte nos permitió hace unos
años ser testigos, gracias a La chica
danesa
, de una de esas historias que dejan huella. Un valiente relato de
los años 20 que narra la vida de Lili Elbe, la primera persona en someterse a
una cirugía de reasignación de sexo. Aquella chica danesa hizo historia,
aquella chica danesa luchó, creyó, persiguió su sueño y lo consiguió.

Aquella chica danesa cede hoy el testigo a Caroline Wozniacki, la tenista
que ha hecho historia en este 2018 por ser la primera mujer de Dinamarca que
logra alzarse con un título de Grand Slam. A ello se suma el haber sido capaz
de recuperar el número uno mundial cinco años después. Un relato completamente
distinto al de Elbe narrativamente hablando, pero idéntico en su esencial: se
tú mismo, lucha por tus ideales y persigue tus sueños. Así ha sido, y
afortunadamente es, la carrera de esta sencilla chica danesa de 27 años a la
que muchos llaman The Danish Wall (El muro danés).

Un muro inquebrantable dentro y fuera de la pista. Un muro físico
que no se fractura, que se mantiene firme y resiste golpe tras golpe hasta
provocar la extenuación de su rival. Al mismo tiempo, un muro psicológico que
ha permitido que la danesa se mantenga en la élite del tenis profesional, sin
tirar la toalla, a pesar de los momentos de crisis. 2015 y 2016 fueron años muy
duros para Wozniacki, temporadas en las que las lesiones hicieron mella en el
muro y lo debilitaron, pero nunca lo derribaron. Tras campañas brillantes como
las de 2010 y 2011 en las que cerraría el año siendo número uno y sumaría seis
títulos en cada una, llegarían las lesiones y las dudas sobre su continuidad en
el circuito.

Pero si de algo es ejemplo Wozniacki, y así lo ha demostrado en
este último Abierto de Australia, es de saber cómo salir adelante y llegar, sin
tener que hacer ruido ni agitar a la masas, a colarse en una nueva final de
Grand Slam cuatro años después. Sus dos primeros intentos – Abierto de Estados
Unidos 2009 (frente a Kim Clijsters) y 2014 (ante Serena Williams) – fueron
fallidos, pero 2018 tenía reservada una página de su historia para la danesa y
ésta, sin duda, no desaprovecharía la oportunidad de sumar el título número 28
de su carrera.

Una oportunidad que ella misma se fabricó. Porque a Wozniacki nada
le ha sido concedido por gracia divina. El tenis no le ha regalado nada y, sin
embargo, ella nos ha regalo el mayor ejemplo de superación, esfuerzo y trabajo
que hayamos podido ver en este deporte. Cuando no contaba en ninguna de las
quinielas, cuando las nuevas generaciones llegaban pisando fuerte y arrasando
con todo a su paso, cuando su nombre dejaba de sonar en boca de los entendidos,
ella volvió.

Volvió para demostrar de nuevo al mundo que los dones evidentes –
un servicio potente, un juego de volea insuperable o una derecha poderosa –
nada tienen que hacer ante a un muro de hierro construido a base de trabajo,
dedicación y, sobre todo, fe en uno mismo. Porque, como en la vida, en el tenis
hay que creer, hay que luchar y hay que levantarse tras cada derrota. Porque, a
veces… y sólo a veces, las historias de chicas sencillas también dejan huella.

Periodista deportivo. También estudié Comunicación Audiovisual. Actualmente colaboro en @SpheraSports. Antes estuve en @ColpisaDeportes, Grada360 y @EFEdeportes.

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