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Cima

Enrique Julián Gómez @EnriqueJulian23 30-05-2019

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Solo en algunos ciclistas, los auténticos fuera de serie, es difícil encontrar cuál ha sido el momento cumbre de sus carreras entre palmarés extensísimos. En la mayoría suele ser más fácil. Esforzados trabajadores en la sombra, gregarios para sus líderes, pocos éxitos acostumbran a sobresalir cuando se retiran. 

Es el caso de Damiano Cima, un ciclista de muchos en el profundísimo ecosistema del profesionalismo italiano. 25 años, alistado en el modesto equipo Nippo Vini Fantini y con apenas algunos éxitos en carreras menores chinas y en el terreno amateur. Pero cuando se presenta la oportunidad de correr un Giro d’Italia no se puede desaprovechar. 

Sin velocidad suficiente para los grandes sprints, sin capacidad cuesta arriba, sin excelentes dotes como rodador, las fugas en etapas llanas son un buen lugar y momento para darse a conocer, ofrecer visibilidad a los patrocinadores y soñar. 

Casi 1.000 kilómetros pasaría Damiano Cima soñando con alcanzar ese punto álgido al que solo llegan los elegidos. El casi millar de kilómetros que se ha pasado a la fuga este Giro. Normalmente con la certeza de que el pelotón, antes o después, le alcanzará. 

No esta vez: Santa Maria di Sala, a las afueras de Venezia, ofrecía una oportunidad perfecta para este tipo de forajidos. Una jornada llana, situada entre descomunales etapas de montaña y sin apenas velocistas de nivel con equipo para controlar la carrera. Cima se fue, junto a Maestri -otro habitual- y Nico Denz -ya segundo en una fuga el año pasado. Esta vez no estaba Frapporti, raro. 

Y triunfó: en un final divertidísimo gracias a la emoción de este tipo desenlaces, mezcla de tensión y sangre fría, táctica y piernas, el sprint a punto estuvo de sorprenderles. La velocidad de Ackermann, que se hará con el ciclamino en Verona, superó de hecho a Denz -demasiado generoso en el esfuerzo- y Maestri. No a Cima, un hombre relativamente rápido que supo jugar a la perfección sus cartas en los metros finales. Esfuerzo, trabajo y cabeza para alcanzar su propia cima: una etapa en el Giro

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Solo en algunos ciclistas, los auténticos fuera de serie, es difícil encontrar cuál ha sido el momento cumbre de sus carreras entre palmarés extensísimos. En la mayoría suele ser más fácil. Esforzados trabajadores en la sombra, gregarios para sus líderes, pocos éxitos acostumbran a sobresalir cuando se retiran. 

Es el caso de Damiano Cima, un ciclista de muchos en el profundísimo ecosistema del profesionalismo italiano. 25 años, alistado en el modesto equipo Nippo Vini Fantini y con apenas algunos éxitos en carreras menores chinas y en el terreno amateur. Pero cuando se presenta la oportunidad de correr un Giro d’Italia no se puede desaprovechar. 

Sin velocidad suficiente para los grandes sprints, sin capacidad cuesta arriba, sin excelentes dotes como rodador, las fugas en etapas llanas son un buen lugar y momento para darse a conocer, ofrecer visibilidad a los patrocinadores y soñar. 

Casi 1.000 kilómetros pasaría Damiano Cima soñando con alcanzar ese punto álgido al que solo llegan los elegidos. El casi millar de kilómetros que se ha pasado a la fuga este Giro. Normalmente con la certeza de que el pelotón, antes o después, le alcanzará. 

No esta vez: Santa Maria di Sala, a las afueras de Venezia, ofrecía una oportunidad perfecta para este tipo de forajidos. Una jornada llana, situada entre descomunales etapas de montaña y sin apenas velocistas de nivel con equipo para controlar la carrera. Cima se fue, junto a Maestri -otro habitual- y Nico Denz -ya segundo en una fuga el año pasado. Esta vez no estaba Frapporti, raro. 

Y triunfó: en un final divertidísimo gracias a la emoción de este tipo desenlaces, mezcla de tensión y sangre fría, táctica y piernas, el sprint a punto estuvo de sorprenderles. La velocidad de Ackermann, que se hará con el ciclamino en Verona, superó de hecho a Denz -demasiado generoso en el esfuerzo- y Maestri. No a Cima, un hombre relativamente rápido que supo jugar a la perfección sus cartas en los metros finales. Esfuerzo, trabajo y cabeza para alcanzar su propia cima: una etapa en el Giro

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