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Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 25-11-2019

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Chelsea Frank Lampard

Ver a Frank Lampard lleva a una gran explosión de recuerdos. Como Tarantino en Pulp Fiction, las memorias de sus goles en Champions League, las tardes de Premier League en la 1, con José Miguel Díaz, o el inacabable catálogo de disparos que expuso en las competiciones domésticas se amontonan fugazmente. Algunas, en esta década, suenan cercanas al pleistoceno. Otras, de 2006, parecen de anoche. Lo que ocurre es que, como todos, se va haciendo mayor. En todo este tiempo en el que se nos ha pasado más de diez años en dos suspiros, el genio ha colgado las botas. Hoy, casi sin tiempo a prepararse, es entrenador del Chelsea. En el momento más complejo de la era Roman Abramovich.

Decía Groucho Marx que “había muchas cosas en la vida más importantes que el dinero, pero costaban mucho”. Los blues siguen poseyendo mucho, pero no pueden usarlo. Su sanción, que les cerró la puerta a contratar futbolistas durante dos ventanas, ha obligado a los londinenses a pedirle a Lampard que mire con buenos ojos a la cantera. Un clásico. Él, obcecado, impuso que tenía que darle las llaves de este proyecto a dos futbolistas: Tammy Abraham, por delante de Olivier Giroud y Mitchy Batsuayi, y Mason Mount.

Ambos, ya internacionales con Inglaterra, han sentado las bases de un Chelsea atrevido y juguetón. Su 4-2-3-1 les reúne en el perfil izquierdo, donde cuajan trastadas tarde tras tarde. Por ello, este año Lampard ha optado por un doble pivote que solo tiene una certeza: tiene que estar Jorginho. Con la ausencia de N’golo Kanté por lesión hasta ahora, imprescindible para cualquier elenco, el transalpino se erige como base de un conjunto que le gusta tener el balón. Sin embargo, la gran diferencia con el inmovilismo de Maurizio Sarri, es que ya no es el único ancla. Allí le acompaña Mateo Kovacic, un emplazamiento que quizás no favorezca al ex del Napoli, acostumbrado a navegar por el campo a sus anchas; dirigiendo a su conjunto con el cuero y con las manos, como si fuera la videoconsola. El croata debe ser muy profundo.

Los londinenses no le están compitiendo el primer puesto al Liverpool por una simple razón: la defensa. Kourt Zouma y Christensen se olvidaron de defender en los prolegómenos de curso, desprovistos de destreza para detener a cualquiera que se le pusiera delante. No importaba si era Champions League o Premier League. Ay, esa pérdida de David Luiz. ¿Qué iban a hacer con ese tal Fikayo Tomori? Pues ponerlo. El ex del Derby County debutó en el Molineux ante el Wolverhampton, en un choque en el que su técnico jugueteó con los tres centrales, y se salió. Marcó un golazo y se impuso en el once. Su capacidad para dominar el juego aéreo y anticiparse es inusual para un central de su experiencia.

Su duelo en el Etihad expresó un fútbol y un cariz completamente distinto a lo que se suele vivir en el reino de Pep Guardiola. De sopetón, los cityzens se vieron con dos líneas de cuatro y dos puntas en bloque medio, agazapados. Nadie sabía qué pasaba. Kanté, de mediapunta tras volver de lesión, se paseó por el terreno de juego como si fuera el mejor en esa demarcación. Su vuelta deja una certeza: este equipo puede competir ante el conjunto que le dé la gana. Así ganaba, con facilidad, hasta que un gol desafortunado de Kevin de Bruyne y una maravilla de Riyad Mahrez les dejó sin puntos. Sin embargo, compitiendo así, es difícil que este conjunto no vuelva a tener ese nombre que consiguió con su entrenador en el verde. Cuando éramos mucho más jóvenes.

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Ver a Frank Lampard lleva a una gran explosión de recuerdos. Como Tarantino en Pulp Fiction, las memorias de sus goles en Champions League, las tardes de Premier League en la 1, con José Miguel Díaz, o el inacabable catálogo de disparos que expuso en las competiciones domésticas se amontonan fugazmente. Algunas, en esta década, suenan cercanas al pleistoceno. Otras, de 2006, parecen de anoche. Lo que ocurre es que, como todos, se va haciendo mayor. En todo este tiempo en el que se nos ha pasado más de diez años en dos suspiros, el genio ha colgado las botas. Hoy, casi sin tiempo a prepararse, es entrenador del Chelsea. En el momento más complejo de la era Roman Abramovich.

Decía Groucho Marx que “había muchas cosas en la vida más importantes que el dinero, pero costaban mucho”. Los blues siguen poseyendo mucho, pero no pueden usarlo. Su sanción, que les cerró la puerta a contratar futbolistas durante dos ventanas, ha obligado a los londinenses a pedirle a Lampard que mire con buenos ojos a la cantera. Un clásico. Él, obcecado, impuso que tenía que darle las llaves de este proyecto a dos futbolistas: Tammy Abraham, por delante de Olivier Giroud y Mitchy Batsuayi, y Mason Mount.

Ambos, ya internacionales con Inglaterra, han sentado las bases de un Chelsea atrevido y juguetón. Su 4-2-3-1 les reúne en el perfil izquierdo, donde cuajan trastadas tarde tras tarde. Por ello, este año Lampard ha optado por un doble pivote que solo tiene una certeza: tiene que estar Jorginho. Con la ausencia de N’golo Kanté por lesión hasta ahora, imprescindible para cualquier elenco, el transalpino se erige como base de un conjunto que le gusta tener el balón. Sin embargo, la gran diferencia con el inmovilismo de Maurizio Sarri, es que ya no es el único ancla. Allí le acompaña Mateo Kovacic, un emplazamiento que quizás no favorezca al ex del Napoli, acostumbrado a navegar por el campo a sus anchas; dirigiendo a su conjunto con el cuero y con las manos, como si fuera la videoconsola. El croata debe ser muy profundo.

Los londinenses no le están compitiendo el primer puesto al Liverpool por una simple razón: la defensa. Kourt Zouma y Christensen se olvidaron de defender en los prolegómenos de curso, desprovistos de destreza para detener a cualquiera que se le pusiera delante. No importaba si era Champions League o Premier League. Ay, esa pérdida de David Luiz. ¿Qué iban a hacer con ese tal Fikayo Tomori? Pues ponerlo. El ex del Derby County debutó en el Molineux ante el Wolverhampton, en un choque en el que su técnico jugueteó con los tres centrales, y se salió. Marcó un golazo y se impuso en el once. Su capacidad para dominar el juego aéreo y anticiparse es inusual para un central de su experiencia.

Su duelo en el Etihad expresó un fútbol y un cariz completamente distinto a lo que se suele vivir en el reino de Pep Guardiola. De sopetón, los cityzens se vieron con dos líneas de cuatro y dos puntas en bloque medio, agazapados. Nadie sabía qué pasaba. Kanté, de mediapunta tras volver de lesión, se paseó por el terreno de juego como si fuera el mejor en esa demarcación. Su vuelta deja una certeza: este equipo puede competir ante el conjunto que le dé la gana. Así ganaba, con facilidad, hasta que un gol desafortunado de Kevin de Bruyne y una maravilla de Riyad Mahrez les dejó sin puntos. Sin embargo, compitiendo así, es difícil que este conjunto no vuelva a tener ese nombre que consiguió con su entrenador en el verde. Cuando éramos mucho más jóvenes.

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Hacerse un Everton

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96
02-12-2019

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25-11-2019