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Volver a ser Djokovic

David Sánchez @dasanchez__ 24-08-2018

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“Me he sentido como si fuera mi primer partido en el
circuito. No me he encontrado bien, completamente fuera de ritmo”. Estas
declaraciones se le escapaban de la boca a Novak Djokovic después de perder en
la segunda ronda del Masters 1000 de Indian Wells ante el número 109 del mundo,
el japonés Taro Daniel.

Novak, que se había alejado de las pistas en Wimbledon
2017 para recuperarse de una lesión en el codo derecho, reapareció en Australia
este año, después de seis meses ausente en el circuito, y tomó la decisión de
operarse, días más tarde, en la ciudad suiza de Ginebra.

El retorno sobre el cemento californiano prolongaba una
crisis en su juego que hacía saltar todas las alarmas después de haber firmado
la cuarta ronda en Melbourne. La situación, incluso, se agravó a su paso por
Miami, donde fue fulminado en su debut y la gira europea de tierra batida
terminó de acrecentar una sensación preocupante en el que fuera número uno
mundial, por última vez, allá por finales de octubre de 2016.

Su despedida ente Martin Klizan (140º del mundo) en
Barcelona y la segunda ronda en Madrid demostraban que el balcánico estaba a
años luz del que fue, de aquel tenista que, en 2011, tuvo un arranque de
temporada de 41-0 en partidos ganados al que solo Federer, en Roland Garros,
pudo apartar.

223 semanas al frente de la tabla, 48 títulos entre 2011
y 2016 -11 de ellos de Grand Slam-. Todo parecía quedar atrás. Eran muchas las
razones que pesaban sobre la cabeza de un Djokovic, cuyos golpeos eran inofensivos,
cuya mentalidad permanecía en horas bajas temerosa a la realidad presente dando
la bienvenida a la ansiedad.

El serbio, aquejado de una inseguridad escabrosa como el
peor de los males, caminaba por el circuito dando bandazos y buscando respuesta
al fracaso en forma de una excesiva presión resultadista contraproducente.

Debía encaminar una transformación personal hacia un
nuevo escenario de trabajo. Fijarse retos. Luchar por ellos. Sentirse de nuevo
tenista. Recobrar las sensaciones y ser feliz disfrutando con su trabajo.
Djokovic hacía tiempo que había dejado de disfrutar. Y eso era lo intolerable.

Sin embargo, todo cambió en Roma. Las semifinales en la
ciudad italiana vislumbraron el ápice necesario. Y eso que Rafa Nadal fue su
escollo y que el balear lo sacó del cuadro (7-6 6-3). Pero Novak preparaba su
vuelta a la acción. Aquel 19 de mayo se construyó la primera piedra del nuevo
forjado con el que el balcánico pretendía volver a acaparar los focos.

Tras ello vinieron los cuartos de final en Roland Garros
y final en Queen’s. La hierba vio a un Djokovic soberbio que, pese a continuar
con sequía de títulos, llegó a la final del torneo londinense sin ceder un solo
parcial. Perdió ante Cilic, sí, pero preparaba algo grande. En Wimbledon,
Djokovic renació.

Sobre el tapete inmaculado del All England Club, el de
Belgrado elevó su cuarto trofeo más de dos años después de su último gran
título. Lo hizo tras un torneo inmejorable en el que sacó a Nadal en unas
semifinales históricas. El 13º Grand Slam para él había llegado pero, lo más
importante, el infierno había quedado atrás. Djokovic se había liberado.

El ‘ciclón’ Stefanos Tsitsipas apartó al serbio, en
Toronto, antes de recalar en Cincinnati, donde Djokovic sabía que podía hacer
algo sin precedentes. Nadie antes, en 28 años de historia de los Masters Series
–ahora Masters 1000-, había conseguido todos y cada uno de los nueve eventos de
esta categoría que relucen en el calendario cada año.

Era una oportunidad única para reclamar la atención
mundial y enfundarse la vitola de favorito para el último
Grande del año. Novak no falló. Es un hombre renovado y asusta. Apartó
a Federer en la final (6-4 6-4). Poco le importó el calvario de semana que hubo
en Ohio con una lluvia incesante que les obligó, a ambos, a jugar incluso dos
partidos en un mismo día. Cincinnati era suyo. El
Golden Masters. Sentirse tenista de nuevo.

“Los malos tiempos que sufrí en el pasado siempre estarán
en mi cabeza para valorar cosas así. He pasado por una especie de montaña rusa
en esta etapa debido a las lesiones”. El viaje acabó. Hoy Djokovic parece ser
Djokovic. 

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“Me he sentido como si fuera mi primer partido en el
circuito. No me he encontrado bien, completamente fuera de ritmo”. Estas
declaraciones se le escapaban de la boca a Novak Djokovic después de perder en
la segunda ronda del Masters 1000 de Indian Wells ante el número 109 del mundo,
el japonés Taro Daniel.

Novak, que se había alejado de las pistas en Wimbledon
2017 para recuperarse de una lesión en el codo derecho, reapareció en Australia
este año, después de seis meses ausente en el circuito, y tomó la decisión de
operarse, días más tarde, en la ciudad suiza de Ginebra.

El retorno sobre el cemento californiano prolongaba una
crisis en su juego que hacía saltar todas las alarmas después de haber firmado
la cuarta ronda en Melbourne. La situación, incluso, se agravó a su paso por
Miami, donde fue fulminado en su debut y la gira europea de tierra batida
terminó de acrecentar una sensación preocupante en el que fuera número uno
mundial, por última vez, allá por finales de octubre de 2016.

Su despedida ente Martin Klizan (140º del mundo) en
Barcelona y la segunda ronda en Madrid demostraban que el balcánico estaba a
años luz del que fue, de aquel tenista que, en 2011, tuvo un arranque de
temporada de 41-0 en partidos ganados al que solo Federer, en Roland Garros,
pudo apartar.

223 semanas al frente de la tabla, 48 títulos entre 2011
y 2016 -11 de ellos de Grand Slam-. Todo parecía quedar atrás. Eran muchas las
razones que pesaban sobre la cabeza de un Djokovic, cuyos golpeos eran inofensivos,
cuya mentalidad permanecía en horas bajas temerosa a la realidad presente dando
la bienvenida a la ansiedad.

El serbio, aquejado de una inseguridad escabrosa como el
peor de los males, caminaba por el circuito dando bandazos y buscando respuesta
al fracaso en forma de una excesiva presión resultadista contraproducente.

Debía encaminar una transformación personal hacia un
nuevo escenario de trabajo. Fijarse retos. Luchar por ellos. Sentirse de nuevo
tenista. Recobrar las sensaciones y ser feliz disfrutando con su trabajo.
Djokovic hacía tiempo que había dejado de disfrutar. Y eso era lo intolerable.

Sin embargo, todo cambió en Roma. Las semifinales en la
ciudad italiana vislumbraron el ápice necesario. Y eso que Rafa Nadal fue su
escollo y que el balear lo sacó del cuadro (7-6 6-3). Pero Novak preparaba su
vuelta a la acción. Aquel 19 de mayo se construyó la primera piedra del nuevo
forjado con el que el balcánico pretendía volver a acaparar los focos.

Tras ello vinieron los cuartos de final en Roland Garros
y final en Queen’s. La hierba vio a un Djokovic soberbio que, pese a continuar
con sequía de títulos, llegó a la final del torneo londinense sin ceder un solo
parcial. Perdió ante Cilic, sí, pero preparaba algo grande. En Wimbledon,
Djokovic renació.

Sobre el tapete inmaculado del All England Club, el de
Belgrado elevó su cuarto trofeo más de dos años después de su último gran
título. Lo hizo tras un torneo inmejorable en el que sacó a Nadal en unas
semifinales históricas. El 13º Grand Slam para él había llegado pero, lo más
importante, el infierno había quedado atrás. Djokovic se había liberado.

El ‘ciclón’ Stefanos Tsitsipas apartó al serbio, en
Toronto, antes de recalar en Cincinnati, donde Djokovic sabía que podía hacer
algo sin precedentes. Nadie antes, en 28 años de historia de los Masters Series
–ahora Masters 1000-, había conseguido todos y cada uno de los nueve eventos de
esta categoría que relucen en el calendario cada año.

Era una oportunidad única para reclamar la atención
mundial y enfundarse la vitola de favorito para el último
Grande del año. Novak no falló. Es un hombre renovado y asusta. Apartó
a Federer en la final (6-4 6-4). Poco le importó el calvario de semana que hubo
en Ohio con una lluvia incesante que les obligó, a ambos, a jugar incluso dos
partidos en un mismo día. Cincinnati era suyo. El
Golden Masters. Sentirse tenista de nuevo.

“Los malos tiempos que sufrí en el pasado siempre estarán
en mi cabeza para valorar cosas así. He pasado por una especie de montaña rusa
en esta etapa debido a las lesiones”. El viaje acabó. Hoy Djokovic parece ser
Djokovic. 

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