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Una vez más

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 23-10-2018

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Claude Puel no llegó a Leicester con estrella. El técnico francés, que lleva exactamente un año en el cargo, no ha podido esbozar más de media sonrisa en las Midlands por los constantes rumores que afirman que está en peligro, a pesar de conseguir victorias importantes. Eran triunfos amargos guisados con la sensación de salvar el pellejo en vez de ser feliz. Era como el momento en el que uno se liaba a dar vueltas en el Snake y cuando quería darse cuenta estaba ahogado por sus propios movimientos, desesperados e inseguros. Siguiente partida. 

A Puel, aun así, no le ha temblado la mano a la hora de dar golpes de timón. De hecho, nunca estuvo de acuerdo con aquellos optimistas que le dijeron que tuviera paciencia con los pesos pesados, aquellos que cumplieron un sueño inimaginable dos años atrás. Fue realista y puso las velas para que la nave no se hundiera, planeando un futuro con jugadores que precisamente poseían ello, un mañana que parece agradable. 

Por ello el Leicester apostó por Maddison, por ejemplo, un futbolista de 21 años tocado por una varita mágica. El mediapunta, en su temporada de debut en la Premier, ha mostrado signos de su porvenir con su insistencia por participar, recibir, girar y pasar o chutar. El ex del Norwich, además, también se aprieta los machos en defensa, un quid pro quo con Puel: tú defiendes y a cambio te doy la llave maestra del equipo. 

En la zona de atrás el galo suele amasar a sus centrales -fuertes y altísimos- con el cemento armado del centro del campo, un cóctel nutritivo gracias a la seguridad de Schmeichel. Además, orquestan toda una presión para que la embestida contraria vaya por las bandas, donde Chilwell y, normalmente, Ricardo Pereira se lo pasan como enanos. Ellos, asimismo, son dos piezas imprescindibles en la construcción de sus ofensivas, que llevan el sello en la solapa. 

El ex entrenador del Southampton, teniendo a Vardy en la punta, sabe que no tiene tiempo para la reflexión. Sus partidos se juegan en muchos metros y a un ritmo frenético, típico de una ciudad en jornada laboral a las 9 de la mañana, desquiciada por la nieve. Por ello, cuando el Leicester roba el balón sus alas cabalgan como si estuvieran en plena persecución, a sabiendas que un mínimo buen balón para Vardy puede acabar en el fondo de las mallas. Un planteamiento condescendiente, que evoca a un pasado que nunca volverá, y que hace que Puel esté en el alambre constantemente. Una y otra vez.

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Claude Puel no llegó a Leicester con estrella. El técnico francés, que lleva exactamente un año en el cargo, no ha podido esbozar más de media sonrisa en las Midlands por los constantes rumores que afirman que está en peligro, a pesar de conseguir victorias importantes. Eran triunfos amargos guisados con la sensación de salvar el pellejo en vez de ser feliz. Era como el momento en el que uno se liaba a dar vueltas en el Snake y cuando quería darse cuenta estaba ahogado por sus propios movimientos, desesperados e inseguros. Siguiente partida. 

A Puel, aun así, no le ha temblado la mano a la hora de dar golpes de timón. De hecho, nunca estuvo de acuerdo con aquellos optimistas que le dijeron que tuviera paciencia con los pesos pesados, aquellos que cumplieron un sueño inimaginable dos años atrás. Fue realista y puso las velas para que la nave no se hundiera, planeando un futuro con jugadores que precisamente poseían ello, un mañana que parece agradable. 

Por ello el Leicester apostó por Maddison, por ejemplo, un futbolista de 21 años tocado por una varita mágica. El mediapunta, en su temporada de debut en la Premier, ha mostrado signos de su porvenir con su insistencia por participar, recibir, girar y pasar o chutar. El ex del Norwich, además, también se aprieta los machos en defensa, un quid pro quo con Puel: tú defiendes y a cambio te doy la llave maestra del equipo. 

En la zona de atrás el galo suele amasar a sus centrales -fuertes y altísimos- con el cemento armado del centro del campo, un cóctel nutritivo gracias a la seguridad de Schmeichel. Además, orquestan toda una presión para que la embestida contraria vaya por las bandas, donde Chilwell y, normalmente, Ricardo Pereira se lo pasan como enanos. Ellos, asimismo, son dos piezas imprescindibles en la construcción de sus ofensivas, que llevan el sello en la solapa. 

El ex entrenador del Southampton, teniendo a Vardy en la punta, sabe que no tiene tiempo para la reflexión. Sus partidos se juegan en muchos metros y a un ritmo frenético, típico de una ciudad en jornada laboral a las 9 de la mañana, desquiciada por la nieve. Por ello, cuando el Leicester roba el balón sus alas cabalgan como si estuvieran en plena persecución, a sabiendas que un mínimo buen balón para Vardy puede acabar en el fondo de las mallas. Un planteamiento condescendiente, que evoca a un pasado que nunca volverá, y que hace que Puel esté en el alambre constantemente. Una y otra vez.

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