_Tenis

Un pasado verde y glorioso

Gonzalo de Melo @gonzalodemelo 06-05-2020

Pasados imperiales y reinados victorianos dieron forma a los deportes de masas que hoy conocemos; todos con el denominador común del césped natural, nada de artificial, y del pensamiento de antaño con el que se relacionaba el deporte con el ocio en el campo.

Ese es el germen con el que nació, entre otros muchos, el tenis. Y aunque parezca mentira a día de hoy, tres de los cuatro Grand Slam se disputaron sobre césped, una superficie que, de no ser por Wimbledon, habría desaparecido tras prácticamente dos siglos de existencia (finales del siglo XIX, todo el siglo XX y los primeros 20 años del XXI).

El principal problema es el mantenimiento, además de la extrema sensibilidad que tiene a según qué tipo de climas. Si llueve mucho, aparte de ser muy peligroso por los resbalones para los tenistas, adiós; si hace demasiado calor, es irregular. Y a eso se le suma la precisión con la que debe ser cortado, ya que la altura debe estar entre los 6 y los 9 milímetros. Ah, y no se olviden de cortarlo a diario. En Wimbledon lo hacen, siempre a 8 milímetros. Es verde, glorioso, pero muy caro e incómodo para tenistas que ven cómo la pelota no rebota, sino que desliza.

Getty Images

Por si no fuera poco, en cualquiera de esas pistas se pueden jugar hasta tres partidos por día, con el desgaste que eso conlleva. En fin; una pequeña pesadilla para esos 8 torneos que se disputan, a día de hoy, sobre esa superficie: tres en Reino Unido, dos en Alemania, uno en Países Bajos, uno en Turquía y otro en Estados Unidos. Todos concentrados entre los meses de junio y julio.

Centrándonos en los torneos de Grand Slam, todos ellos, a excepción de Roland Garros, nacieron bajo el verde del césped. Y persistieron hasta hace no mucho. En Australia se jugó en hierba de 1905 a 1988, año en el que se trasladó la sede del club de tenis de Kooyong al Flinders Park (Melbourne Park en la actualidad). Si ya es difícil mantener el césped con las temperaturas del verano londinense (de entre 15 y 25 grados cuando se juega Wimbledon), imagínense lo mismo con el verano australiano, con picos de 40 grados. Antieconómico. Pista rápida, estadios más grandes y mayor rendimiento económico: recorto brutalmente mis gastos de mantenimiento y hago más taquilla.

El caso más curioso fue el del US Open: de 1881 a 1975 se jugó sobre césped, de 1975 a 1978 se optó por hacer una transición a la tierra batida, en una jugada que hubiera firmado Nadal, y desde entonces se disputa sobre cemento, la más común de las superficies.

El único que mantiene su pasado verde y glorioso es Wimbledon. Al igual que Roland Garros y su tierra batida. Superficies naturales en un mundo cada vez más sintético y artificial.

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Pasados imperiales y reinados victorianos dieron forma a los deportes de masas que hoy conocemos; todos con el denominador común del césped natural, nada de artificial, y del pensamiento de antaño con el que se relacionaba el deporte con el ocio en el campo.

Ese es el germen con el que nació, entre otros muchos, el tenis. Y aunque parezca mentira a día de hoy, tres de los cuatro Grand Slam se disputaron sobre césped, una superficie que, de no ser por Wimbledon, habría desaparecido tras prácticamente dos siglos de existencia (finales del siglo XIX, todo el siglo XX y los primeros 20 años del XXI).

El principal problema es el mantenimiento, además de la extrema sensibilidad que tiene a según qué tipo de climas. Si llueve mucho, aparte de ser muy peligroso por los resbalones para los tenistas, adiós; si hace demasiado calor, es irregular. Y a eso se le suma la precisión con la que debe ser cortado, ya que la altura debe estar entre los 6 y los 9 milímetros. Ah, y no se olviden de cortarlo a diario. En Wimbledon lo hacen, siempre a 8 milímetros. Es verde, glorioso, pero muy caro e incómodo para tenistas que ven cómo la pelota no rebota, sino que desliza.

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Por si no fuera poco, en cualquiera de esas pistas se pueden jugar hasta tres partidos por día, con el desgaste que eso conlleva. En fin; una pequeña pesadilla para esos 8 torneos que se disputan, a día de hoy, sobre esa superficie: tres en Reino Unido, dos en Alemania, uno en Países Bajos, uno en Turquía y otro en Estados Unidos. Todos concentrados entre los meses de junio y julio.

Centrándonos en los torneos de Grand Slam, todos ellos, a excepción de Roland Garros, nacieron bajo el verde del césped. Y persistieron hasta hace no mucho. En Australia se jugó en hierba de 1905 a 1988, año en el que se trasladó la sede del club de tenis de Kooyong al Flinders Park (Melbourne Park en la actualidad). Si ya es difícil mantener el césped con las temperaturas del verano londinense (de entre 15 y 25 grados cuando se juega Wimbledon), imagínense lo mismo con el verano australiano, con picos de 40 grados. Antieconómico. Pista rápida, estadios más grandes y mayor rendimiento económico: recorto brutalmente mis gastos de mantenimiento y hago más taquilla.

El caso más curioso fue el del US Open: de 1881 a 1975 se jugó sobre césped, de 1975 a 1978 se optó por hacer una transición a la tierra batida, en una jugada que hubiera firmado Nadal, y desde entonces se disputa sobre cemento, la más común de las superficies.

El único que mantiene su pasado verde y glorioso es Wimbledon. Al igual que Roland Garros y su tierra batida. Superficies naturales en un mundo cada vez más sintético y artificial.