_Inglaterra

Un aplauso

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 05-03-2019

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Everton y Liverpool siguieron acentuando una rivalidad centenaria que siempre había parecido tener un único destino: la alegría de un único bando y la destrucción del corazón del otro. Sin embargo, el último derbi ciudadano ha traído consigo una corriente positivista de sus entrenadores, que parecen haberse impregnado por la colonia del político. Estos suelen echarse mucha para que se les huela de bien lejos y parezcan amigables, con palabras bonitas y amables. Hasta que apesta. Un par de términos contradictorios que parecen mostrar un esplendor inimaginable hasta que un día las palabras sean aplastadas por los resultados. Desaceleración, crecimiento negativo, amortización del puesto de trabajo… Vivan los eufemismos.

Marco Silva se vanaglorió de la vuelta del celebérrimo apoyo de su gente, pese a darles un fútbol pobrísimo durante los 90 minutos. Olvidó su planteamiento en Anfield, en pleno diciembre, en el apogeo de su corto mandato. El Everton luchaba con los grandes en la clasificación y tuvo un plan de partido en el que el ataque estaba en la pizarra. Sin embargo, con la llegada de invierno, el portugués – por el que se hizo un gran esfuerzo por sus servicios- ha decidido ponerle un nórdico a su equipo, de aquellos que parece que duermes entre llamas. Su 4-4-1-1 con Richarlison en el banquillo tenía un mensaje muy claro: tengo mucho miedo.

Dominic Calvert Lewin, maratoniano delantero, era el único argumento de un conjunto que a principios de curso llenaba el área rival con sus interiores, extremos e incluso laterales. Ahora se encomienda a un hombre y al crucifijo de su mesilla de noche. Que baje dios y lo vea. Marco Silva mostró su «orgullo» en rueda de prensa a pesar de que le costó muchísimo conseguir conectar con su doble pivote, que venían a recibir atrás sin estar perfilados y con el miedo en el cuerpo. Los pases de Idrissa Gueye y de Morgan Schneiderlin tenían un patrón cristalino: echarla atrás.

Jurgen Klopp también parece contento. Ha perdido la destacada ventaja que tenía hace unas semanas y se bloqueó ante un conjunto acogotado, que no encuentra la manera de vencer a su eterno rival. La espera, de hecho, empieza a enrojecer a más de uno. En el último triunfo ante los reds, hace ya casi una década, marcaron Tim Cahill y Mikel Arteta, dos futbolistas ya retirados. Los reds evidenciaron su falta de ideas, definición y juego de los últimos partidos. Su entrenador pide calma, pero la perdió con un periodista y un recogepelotas que le aplaudió sarcásticamente. Siguen en la pelea, pero sus réditos en defensa deben ser trasladados al ataque, donde no están muy boyantes últimamente.

Ya lo dijo George Orwell, célebre autor de libros tan imprescindibles como 1984: «Si el líder dice de tal evento esto no ocurrió, pues no ocurrió. Si dice que dos y dos son cinco, pues dos y dos son cinco. Esta perspectiva me preocupa mucho más que las bombas». Ambos son positivos. La realidad es que mucho debe cambiar de aquí a final de temporada, especialmente en los toffees, si quieren acabar entre vítores. Pero dos y dos siempre serán cuatro.

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Everton y Liverpool siguieron acentuando una rivalidad centenaria que siempre había parecido tener un único destino: la alegría de un único bando y la destrucción del corazón del otro. Sin embargo, el último derbi ciudadano ha traído consigo una corriente positivista de sus entrenadores, que parecen haberse impregnado por la colonia del político. Estos suelen echarse mucha para que se les huela de bien lejos y parezcan amigables, con palabras bonitas y amables. Hasta que apesta. Un par de términos contradictorios que parecen mostrar un esplendor inimaginable hasta que un día las palabras sean aplastadas por los resultados. Desaceleración, crecimiento negativo, amortización del puesto de trabajo… Vivan los eufemismos.

Marco Silva se vanaglorió de la vuelta del celebérrimo apoyo de su gente, pese a darles un fútbol pobrísimo durante los 90 minutos. Olvidó su planteamiento en Anfield, en pleno diciembre, en el apogeo de su corto mandato. El Everton luchaba con los grandes en la clasificación y tuvo un plan de partido en el que el ataque estaba en la pizarra. Sin embargo, con la llegada de invierno, el portugués – por el que se hizo un gran esfuerzo por sus servicios- ha decidido ponerle un nórdico a su equipo, de aquellos que parece que duermes entre llamas. Su 4-4-1-1 con Richarlison en el banquillo tenía un mensaje muy claro: tengo mucho miedo.

Dominic Calvert Lewin, maratoniano delantero, era el único argumento de un conjunto que a principios de curso llenaba el área rival con sus interiores, extremos e incluso laterales. Ahora se encomienda a un hombre y al crucifijo de su mesilla de noche. Que baje dios y lo vea. Marco Silva mostró su «orgullo» en rueda de prensa a pesar de que le costó muchísimo conseguir conectar con su doble pivote, que venían a recibir atrás sin estar perfilados y con el miedo en el cuerpo. Los pases de Idrissa Gueye y de Morgan Schneiderlin tenían un patrón cristalino: echarla atrás.

Jurgen Klopp también parece contento. Ha perdido la destacada ventaja que tenía hace unas semanas y se bloqueó ante un conjunto acogotado, que no encuentra la manera de vencer a su eterno rival. La espera, de hecho, empieza a enrojecer a más de uno. En el último triunfo ante los reds, hace ya casi una década, marcaron Tim Cahill y Mikel Arteta, dos futbolistas ya retirados. Los reds evidenciaron su falta de ideas, definición y juego de los últimos partidos. Su entrenador pide calma, pero la perdió con un periodista y un recogepelotas que le aplaudió sarcásticamente. Siguen en la pelea, pero sus réditos en defensa deben ser trasladados al ataque, donde no están muy boyantes últimamente.

Ya lo dijo George Orwell, célebre autor de libros tan imprescindibles como 1984: «Si el líder dice de tal evento esto no ocurrió, pues no ocurrió. Si dice que dos y dos son cinco, pues dos y dos son cinco. Esta perspectiva me preocupa mucho más que las bombas». Ambos son positivos. La realidad es que mucho debe cambiar de aquí a final de temporada, especialmente en los toffees, si quieren acabar entre vítores. Pero dos y dos siempre serán cuatro.

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