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Siempre vuelve a salir el sol

Sergio Merino Rueda @SergioMerino8 10-03-2020

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Moto2

Los aficionados al deporte tendemos a convertirlo todo en forofismo. El egoísmo inherente al ser humano provoca que nos obliguemos a amar u odiar a un deportista o club para poder tener un aliciente cuando veamos una competición deportiva. En cierto modo es entendible. La desmotivación es también inherente al ser humano y necesitamos estímulos que nos mantengan vivos.

Lo que pasa es que el forofismo suele tener connotaciones negativas en determinados deportes, y así sucede en el motociclismo. No existe ningún riesgo en odiar, siempre de forma sana, un equipo de fútbol o baloncesto y desear que pierda todos sus partidos. Es hasta necesaria esa rivalidad, siempre afrontada desde la madurez que nos permita discernir un juego de la vida real. Pero cuando los deportistas se juegan la vida en su trabajo debemos valorarlo por encima de los colores, el número que lleve y jamás justificar acciones que pongan en riesgo a un compañero.

Una de las reflexiones que me ha dejado el Gran Premio de Qatar, el primero del año, es esta. Otra de ellas es que hay ciertos pilotos y países que nadie es capaz de obligarse a odiar. Hay victorias y podios que nos alegran a todos por igual, aun incluso si superan a nuestro piloto favorito. Y me he dado cuenta de que nos pasa un poco eso con Japón. Pocas naciones son tan moteras como el país nipón; por fábricas, por historia y por la larga tradición de pilotos japoneses que han sido protagonistas en el campeonato del mundo. Y me atrevería a decir que ningún país ha sido tan castigado por el destino como el imperio del sol naciente.

El 6 de abril de 2003, precisamente en el Gran Premio de Japón, un terrible accidente se cobró la vida de Daijiro Kato. Unos años más tarde, el 5 de septiembre de 2010, en San Marino, el destino se llevó de forma cruel a Shōya Tomizawa. Segundo golpe para el país nipón en apenas una década. Un dolor difícil de superar.

En Losail, curiosamente donde Tomizawa se convirtió en el primer ganador de la historia de una carrera de Moto2, Tetsuya Nagashima firmó una remontada espectacular para imponerse en la primera cita del Campeonato del Mundo de 2020. Más tarde, una sanción a Jaume Masiá permitió que el japonés Ai Ougura subiese a la tercera plaza del podio de Moto3. También en la categoría pequeña hay que destacar la quinta plaza de Tatsuki Suzuki.

No sé si veremos a algún piloto japonés como campeón del mundo a final de temporada. De lo que estoy convencido es que ese país merece una gran alegría, que ningún aficionado al motociclismo es capaz de odiarlos y que todos seríamos un poco más felices si el destino decide reparar una parte del dolor causado.

Estas sin mis reflexiones del Gran Premio de Qatar. Por muy oscuro que parezca el futuro, al final siempre vuelve a salir el sol.

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Los aficionados al deporte tendemos a convertirlo todo en forofismo. El egoísmo inherente al ser humano provoca que nos obliguemos a amar u odiar a un deportista o club para poder tener un aliciente cuando veamos una competición deportiva. En cierto modo es entendible. La desmotivación es también inherente al ser humano y necesitamos estímulos que nos mantengan vivos.

Lo que pasa es que el forofismo suele tener connotaciones negativas en determinados deportes, y así sucede en el motociclismo. No existe ningún riesgo en odiar, siempre de forma sana, un equipo de fútbol o baloncesto y desear que pierda todos sus partidos. Es hasta necesaria esa rivalidad, siempre afrontada desde la madurez que nos permita discernir un juego de la vida real. Pero cuando los deportistas se juegan la vida en su trabajo debemos valorarlo por encima de los colores, el número que lleve y jamás justificar acciones que pongan en riesgo a un compañero.

Una de las reflexiones que me ha dejado el Gran Premio de Qatar, el primero del año, es esta. Otra de ellas es que hay ciertos pilotos y países que nadie es capaz de obligarse a odiar. Hay victorias y podios que nos alegran a todos por igual, aun incluso si superan a nuestro piloto favorito. Y me he dado cuenta de que nos pasa un poco eso con Japón. Pocas naciones son tan moteras como el país nipón; por fábricas, por historia y por la larga tradición de pilotos japoneses que han sido protagonistas en el campeonato del mundo. Y me atrevería a decir que ningún país ha sido tan castigado por el destino como el imperio del sol naciente.

El 6 de abril de 2003, precisamente en el Gran Premio de Japón, un terrible accidente se cobró la vida de Daijiro Kato. Unos años más tarde, el 5 de septiembre de 2010, en San Marino, el destino se llevó de forma cruel a Shōya Tomizawa. Segundo golpe para el país nipón en apenas una década. Un dolor difícil de superar.

En Losail, curiosamente donde Tomizawa se convirtió en el primer ganador de la historia de una carrera de Moto2, Tetsuya Nagashima firmó una remontada espectacular para imponerse en la primera cita del Campeonato del Mundo de 2020. Más tarde, una sanción a Jaume Masiá permitió que el japonés Ai Ougura subiese a la tercera plaza del podio de Moto3. También en la categoría pequeña hay que destacar la quinta plaza de Tatsuki Suzuki.

No sé si veremos a algún piloto japonés como campeón del mundo a final de temporada. De lo que estoy convencido es que ese país merece una gran alegría, que ningún aficionado al motociclismo es capaz de odiarlos y que todos seríamos un poco más felices si el destino decide reparar una parte del dolor causado.

Estas sin mis reflexiones del Gran Premio de Qatar. Por muy oscuro que parezca el futuro, al final siempre vuelve a salir el sol.

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