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Sevilla, esto es la Champions

Con una racha de nueve victorias consecutivas se presentó el Sevilla a la ida de los octavos de final de la Champions. El Borussia Dortmund, por su parte, protagonizó una racha antagónica: una sola victoria en las últimas seis jornadas de la Bundesliga. El Sánchez Pizjuán esperaba la puesta en escena y todos, desde fuera, nos las dimos de analistas y otorgamos al Sevilla el rol de claro favorito. Pero esto es la Champions, amigas y amigos. Cruel, bella e indescifrable, no entiende de dinámicas. Ajena a las rachas de los equipos, la Champions impone su propia ley. 

Temido en el viejo continente por su inmaculada trayectoria en la Europa League, el cuadro hispalense encaró la eliminatoria ante los alemanes con la moral por las nubes. Cuarto en Liga, con pie y medio en la final copera y sumido en una dinámica imparable, con una de las mejores parejas de centrales del planeta y un técnico, Julen Lopetegui, que ha conseguido que el puzzle encajara por completo. Las razones futbolísticas, sumadas a las turbulencias que se sucedían en Dortmund semana tras semana, no hacían más que alimentar la etiqueta de favorito que poseía el Sevilla.

Llegados hasta este punto, después de análisis, previas, charlas, encuestas, estrategias, tácticas y un sinfín de elementos usados para prever (sin éxito, siempre) el devenir del partido, suena el himno de la Champions. Y cuando en un estadio retumba el “THE CHAAAMPIOOOONNS”, las lógicas desaparecen y se da paso a lo irracional. Desde el primer minuto se apreció lo que nadie se esperaba: parecía que había más jugadores vestidos de amarillo que de blanco.

Los del Borussia Dortmund escucharon el himno y se pusieron el traje de gala. Era una noche grande, una de las que sirven para olvidar una mala dinámica y darle la vuelta a la tortilla. Pitó el árbitro y sombras amarillas empezaron a correr hacia adelante, sin descanso. Presión arriba para recordar que aspiran a consagrarse como uno de los grandes de Europa. Lo contrario pasó en el otro lado del verde. El Sevilla FC se empequeñeció, salió aturdido, como si el escenario le superara por momentos. Es en los momentos más singulares cuando los pies distintos, los que poseen una magia especial, marcan la diferencia. El Sevilla no estaba cómodo sobre el tapete pero Suso, uno de esos jugadores a los que el talento se le cae de los bolsillos, se alió con la fortuna y pudo avanzar a los hispalenses. 

De poco sirvió. El Dortmund tenía un as en la manga. Un superhombre, un ser que parece llegado del futuro y diseñado para atacar espacios y reventar redes. Erling Braut Haaland, nacido a mediados del 2000, decidió que este era su partido. Con recortes en una baldosa o carreras de 50 metros, el noruego empezó a cocer una tormenta sobre el Sánchez Pizjuán. Asistió y marcó por partida doble, pero más allá de eso, la sensación que dio fue de una superioridad pasmosa y absoluta sobre el resto de mortales. Poseedor de un físico que no concuerda con su arranque y velocidad, señalando cada desmarque y disparando como si tuviera escopetas en sus piernas, el de Haaland fue un partido de un chaval de la ESO que va a jugar con los de 2º de primaria. Se siente superior, abusa, hace lo que quiere.

Haaland celebrando su segundo gol de la noche. Foto de Fran Santiago/Getty Images

No olvidemos que en frente de Haaland no había dos desconocidos. Jules Koundé y Diego Carlos, tantas veces alabados, fueron atropellados por el ‘Golden Boy’. Una obra perfecta que se resume en la jugada que acaba por ser el primer gol de Haaland (1-2): recibe cerca de la divisoria, encara portería y Diego Carlos empieza a correr hacia atrás como un poseído. Parecía que el campo hiciera bajada hacia el arco de Bono y Haaland fuera una avalancha imparable. Lo que prometía ser una lucha entre delantero y defensas top mundial acabó convirtiéndose en un niño maltratando a sus juguetes. 

A pesar de eso, y como eso es la Champions y nada está escrito, el Sevilla renunció a la muerte y se mantuvo con vida. Con la pelota en sus pies, el Sevilla no generó miedo y el Dortmund, cómodo encerrado y contraatacando con cuchillos entre dientes, fue el que siempre dio sensación de peligro. Cuando el partido ya se consumía, De Jong aprovechó un centro con música de Óscar para poner el 2 a 3 final y recordar a todos que siguen siendo el Sevilla.

“Dicen que nunca se rinde”, pronuncia el himno hispalense. La frase se puede leer también en un rótulo del Sánchez Pizjuán. El Sevilla no conoce de rendiciones e irá a Dortmund vivo, pero en el Westfalenstadion volverá a sonar el himno de la Champions. Ante eso, no hace falta hacer predicciones. En la Champions es mejor callar y disfrutar. A ver qué sorpresa nos espera a la vuelta de la esquina.

Imagen de cabecera: Fran Santiago/Getty Images

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Con una racha de nueve victorias consecutivas se presentó el Sevilla a la ida de los octavos de final de la Champions. El Borussia Dortmund, por su parte, protagonizó una racha antagónica: una sola victoria en las últimas seis jornadas de la Bundesliga. El Sánchez Pizjuán esperaba la puesta en escena y todos, desde fuera, nos las dimos de analistas y otorgamos al Sevilla el rol de claro favorito. Pero esto es la Champions, amigas y amigos. Cruel, bella e indescifrable, no entiende de dinámicas. Ajena a las rachas de los equipos, la Champions impone su propia ley. 

Temido en el viejo continente por su inmaculada trayectoria en la Europa League, el cuadro hispalense encaró la eliminatoria ante los alemanes con la moral por las nubes. Cuarto en Liga, con pie y medio en la final copera y sumido en una dinámica imparable, con una de las mejores parejas de centrales del planeta y un técnico, Julen Lopetegui, que ha conseguido que el puzzle encajara por completo. Las razones futbolísticas, sumadas a las turbulencias que se sucedían en Dortmund semana tras semana, no hacían más que alimentar la etiqueta de favorito que poseía el Sevilla.

Llegados hasta este punto, después de análisis, previas, charlas, encuestas, estrategias, tácticas y un sinfín de elementos usados para prever (sin éxito, siempre) el devenir del partido, suena el himno de la Champions. Y cuando en un estadio retumba el “THE CHAAAMPIOOOONNS”, las lógicas desaparecen y se da paso a lo irracional. Desde el primer minuto se apreció lo que nadie se esperaba: parecía que había más jugadores vestidos de amarillo que de blanco.

Los del Borussia Dortmund escucharon el himno y se pusieron el traje de gala. Era una noche grande, una de las que sirven para olvidar una mala dinámica y darle la vuelta a la tortilla. Pitó el árbitro y sombras amarillas empezaron a correr hacia adelante, sin descanso. Presión arriba para recordar que aspiran a consagrarse como uno de los grandes de Europa. Lo contrario pasó en el otro lado del verde. El Sevilla FC se empequeñeció, salió aturdido, como si el escenario le superara por momentos. Es en los momentos más singulares cuando los pies distintos, los que poseen una magia especial, marcan la diferencia. El Sevilla no estaba cómodo sobre el tapete pero Suso, uno de esos jugadores a los que el talento se le cae de los bolsillos, se alió con la fortuna y pudo avanzar a los hispalenses. 

De poco sirvió. El Dortmund tenía un as en la manga. Un superhombre, un ser que parece llegado del futuro y diseñado para atacar espacios y reventar redes. Erling Braut Haaland, nacido a mediados del 2000, decidió que este era su partido. Con recortes en una baldosa o carreras de 50 metros, el noruego empezó a cocer una tormenta sobre el Sánchez Pizjuán. Asistió y marcó por partida doble, pero más allá de eso, la sensación que dio fue de una superioridad pasmosa y absoluta sobre el resto de mortales. Poseedor de un físico que no concuerda con su arranque y velocidad, señalando cada desmarque y disparando como si tuviera escopetas en sus piernas, el de Haaland fue un partido de un chaval de la ESO que va a jugar con los de 2º de primaria. Se siente superior, abusa, hace lo que quiere.

Haaland celebrando su segundo gol de la noche. Foto de Fran Santiago/Getty Images

No olvidemos que en frente de Haaland no había dos desconocidos. Jules Koundé y Diego Carlos, tantas veces alabados, fueron atropellados por el ‘Golden Boy’. Una obra perfecta que se resume en la jugada que acaba por ser el primer gol de Haaland (1-2): recibe cerca de la divisoria, encara portería y Diego Carlos empieza a correr hacia atrás como un poseído. Parecía que el campo hiciera bajada hacia el arco de Bono y Haaland fuera una avalancha imparable. Lo que prometía ser una lucha entre delantero y defensas top mundial acabó convirtiéndose en un niño maltratando a sus juguetes. 

A pesar de eso, y como eso es la Champions y nada está escrito, el Sevilla renunció a la muerte y se mantuvo con vida. Con la pelota en sus pies, el Sevilla no generó miedo y el Dortmund, cómodo encerrado y contraatacando con cuchillos entre dientes, fue el que siempre dio sensación de peligro. Cuando el partido ya se consumía, De Jong aprovechó un centro con música de Óscar para poner el 2 a 3 final y recordar a todos que siguen siendo el Sevilla.

“Dicen que nunca se rinde”, pronuncia el himno hispalense. La frase se puede leer también en un rótulo del Sánchez Pizjuán. El Sevilla no conoce de rendiciones e irá a Dortmund vivo, pero en el Westfalenstadion volverá a sonar el himno de la Champions. Ante eso, no hace falta hacer predicciones. En la Champions es mejor callar y disfrutar. A ver qué sorpresa nos espera a la vuelta de la esquina.

Imagen de cabecera: Fran Santiago/Getty Images

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Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96
17-09-2021