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Ser peor

David Orenes @david_lrl 03-05-2019

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Sus ‘amigas’ dijeron a la prensa que a Caster Semenya no le gustan los hombres. Su profesor dijo que no supo que era chica hasta que cumplió los 11 años y que prefería vestir el uniforme de los chicos en lugar de la falda tradicional. Sufrió múltiples burlas desde pequeña en Ga-Masehlong, pequeño pueblo en la provincia de Limpopo. Pero Semenya salió adelante y utilizó su ruda apariencia como un arma y aliciente para cambiar los insultos por aplausos. 

Con apenas cumplida la mayoría de edad, Caster pulverizó todas las estadísticas en el campeonato africano júnior, logrando la mejor marca mundial en 800 metros, donde también batió el récord nacional, récord del campeonato y mejor marca personal en casi cuatro segundos. Ese mismo año participó en los Mundiales absolutos de Berlín, donde tuvo que pasar un test de identificación de género por los escandalosos resultados obtenidos en Sudáfrica. La IAAF comprobó que Semenya presentaba niveles de testosterona tres veces superiores a lo ‘normal’ en una mujer.

En Berlín aplastó a sus rivales para conquistar el oro y lograr, de nuevo, la mejor marca del año. “Si me ponen a Semenya y 10 hombres delante no sabría decir que ella es la mujer”, dijo la española Mayte Martínez, séptima en aquella prueba. La italiana Elisa Cusma, sexta, tampoco se mordió la lengua: “Sí, será mujer, o se sentirá mujer, pero yo sigo pensando que me ganó un hombre”. La IAAF, que en 1992 eliminó los estrictos controles de sexo a los que eran sometidos las mujeres (por sospecha de que fueran hombres disfrazados), se rigió desde entonces por la idea de que “todas las personas que desde su prepubertad han sido consideradas legal y psicosocialmente mujeres tienen el derecho a participar en competiciones deportivas femeninas, independientemente de lo que digan sus cromosomas”.

Así lo hizo Semenya, a pesar de tener que demostrar que no se dopaba, que nunca hizo trampas y que siempre fue una mujer. Los exámenes de gente conocida y desconocida que debía soportar en las calles de Ga-Masehlong eran realizados ahora por médicos expertos para decidir si le dejaban o no seguir disfrutando de su pasión, ante los ojos de todo el mundo y frente al escrutinio de la opinión pública. La IAAF se lo permitió, a cambio de reducir sus niveles de testosterona mediante medicación, algo que mermó su rendimiento de forma considerable, en parte por sus terribles efectos secundarios.

La atleta india Dutee Chand, también con hiperandrogenismo, denunció ante el TAS y consiguió que se suspendiera la regulación al menos hasta verano de 2017. Un año antes, Semenya se proclamó campeona olímpica por segunda vez (fue plata en 2012, pero más tarde recibió el oro por dopaje de la rusa Savinova), arrasando con sus rivales en su prueba favorita, la de los 800 metros. Poco después lograría su tercer título mundial tras los conseguidos en 2009 y 2017.

Poco le duraría la alegría. En abril de 2018, la IAAF aprobó una norma más restrictiva: establece el límite de los 5 nanomoles por litro de sangre durante al menos 6 meses para competir en pruebas femeninas entre 400m y la milla. Semenya recurrió ante el TAS, que falló a favor de la federación el pasado 1 de mayo. Así que el máximo organismo deportivo y la máxima autoridad del mundo del atletismo obligan a una deportista y atleta a ‘doparse’ para ser peor. ¿Se imaginan a Serena Williams realizando tratamiento hormonal para reducir su potencial? O mejor aún, ¿que le digan a LeBron James que tiene que medicarse porque es demasiado superior al resto? Hemos llegado al punto de que María Sharapova es sancionada con dos años sin jugar al tenis por ingerir una sustancia que llevaba tomando una década (y que empezó a prohibirse a principios de 2016) pero Caster Semenya está obligada a tomar medicación contra su voluntad si quiere seguir compitiendo.

Correrá sus últimos 800 metros sin limitaciones este viernes en Doha (al igual que la keniana Margaret Wambui y la burundesa Francine Niyonsaba) para después adulterar su organismo para ser peor deportista. Como si nacer más fuerte, más alta o más rápida fuese una ventaja ilegal. Si el dopaje está prohibido es porque es una ayuda adicional, una trampa química. Las condiciones de Semenya son naturales. El TAS acaba de meterse en un doble lío: coloca las habilidades y el físico privilegiado a la misma altura que las sustancias estimulantes que prohíben e instauran una norma discriminatoria (a sabiendas, lo cual es peor) imposible de contemplar en el género masculino. Los valores del deporte se resquebrajan.

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Sus ‘amigas’ dijeron a la prensa que a Caster Semenya no le gustan los hombres. Su profesor dijo que no supo que era chica hasta que cumplió los 11 años y que prefería vestir el uniforme de los chicos en lugar de la falda tradicional. Sufrió múltiples burlas desde pequeña en Ga-Masehlong, pequeño pueblo en la provincia de Limpopo. Pero Semenya salió adelante y utilizó su ruda apariencia como un arma y aliciente para cambiar los insultos por aplausos. 

Con apenas cumplida la mayoría de edad, Caster pulverizó todas las estadísticas en el campeonato africano júnior, logrando la mejor marca mundial en 800 metros, donde también batió el récord nacional, récord del campeonato y mejor marca personal en casi cuatro segundos. Ese mismo año participó en los Mundiales absolutos de Berlín, donde tuvo que pasar un test de identificación de género por los escandalosos resultados obtenidos en Sudáfrica. La IAAF comprobó que Semenya presentaba niveles de testosterona tres veces superiores a lo ‘normal’ en una mujer.

En Berlín aplastó a sus rivales para conquistar el oro y lograr, de nuevo, la mejor marca del año. “Si me ponen a Semenya y 10 hombres delante no sabría decir que ella es la mujer”, dijo la española Mayte Martínez, séptima en aquella prueba. La italiana Elisa Cusma, sexta, tampoco se mordió la lengua: “Sí, será mujer, o se sentirá mujer, pero yo sigo pensando que me ganó un hombre”. La IAAF, que en 1992 eliminó los estrictos controles de sexo a los que eran sometidos las mujeres (por sospecha de que fueran hombres disfrazados), se rigió desde entonces por la idea de que “todas las personas que desde su prepubertad han sido consideradas legal y psicosocialmente mujeres tienen el derecho a participar en competiciones deportivas femeninas, independientemente de lo que digan sus cromosomas”.

Así lo hizo Semenya, a pesar de tener que demostrar que no se dopaba, que nunca hizo trampas y que siempre fue una mujer. Los exámenes de gente conocida y desconocida que debía soportar en las calles de Ga-Masehlong eran realizados ahora por médicos expertos para decidir si le dejaban o no seguir disfrutando de su pasión, ante los ojos de todo el mundo y frente al escrutinio de la opinión pública. La IAAF se lo permitió, a cambio de reducir sus niveles de testosterona mediante medicación, algo que mermó su rendimiento de forma considerable, en parte por sus terribles efectos secundarios.

La atleta india Dutee Chand, también con hiperandrogenismo, denunció ante el TAS y consiguió que se suspendiera la regulación al menos hasta verano de 2017. Un año antes, Semenya se proclamó campeona olímpica por segunda vez (fue plata en 2012, pero más tarde recibió el oro por dopaje de la rusa Savinova), arrasando con sus rivales en su prueba favorita, la de los 800 metros. Poco después lograría su tercer título mundial tras los conseguidos en 2009 y 2017.

Poco le duraría la alegría. En abril de 2018, la IAAF aprobó una norma más restrictiva: establece el límite de los 5 nanomoles por litro de sangre durante al menos 6 meses para competir en pruebas femeninas entre 400m y la milla. Semenya recurrió ante el TAS, que falló a favor de la federación el pasado 1 de mayo. Así que el máximo organismo deportivo y la máxima autoridad del mundo del atletismo obligan a una deportista y atleta a ‘doparse’ para ser peor. ¿Se imaginan a Serena Williams realizando tratamiento hormonal para reducir su potencial? O mejor aún, ¿que le digan a LeBron James que tiene que medicarse porque es demasiado superior al resto? Hemos llegado al punto de que María Sharapova es sancionada con dos años sin jugar al tenis por ingerir una sustancia que llevaba tomando una década (y que empezó a prohibirse a principios de 2016) pero Caster Semenya está obligada a tomar medicación contra su voluntad si quiere seguir compitiendo.

Correrá sus últimos 800 metros sin limitaciones este viernes en Doha (al igual que la keniana Margaret Wambui y la burundesa Francine Niyonsaba) para después adulterar su organismo para ser peor deportista. Como si nacer más fuerte, más alta o más rápida fuese una ventaja ilegal. Si el dopaje está prohibido es porque es una ayuda adicional, una trampa química. Las condiciones de Semenya son naturales. El TAS acaba de meterse en un doble lío: coloca las habilidades y el físico privilegiado a la misma altura que las sustancias estimulantes que prohíben e instauran una norma discriminatoria (a sabiendas, lo cual es peor) imposible de contemplar en el género masculino. Los valores del deporte se resquebrajan.

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