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Relaciones tóxicas

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 11-05-2018

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Detrás
de toda opinión en la prensa, está la base de un “experto”. Este no es un texto
para reivindicar el papel de ellos porque, de hecho, nos los cruzamos a todas
horas, aunque la mayoría no aparezca en los medios. Nos encanta hablar de lo
que sea, hayamos estado en ese sector toda la vida o no hayamos leído un
artículo en la vida. Somos caníbales de la información. Incluso cuando Arsene
Wenger y Arsenal aparecen en nuestros propios debates, ya sean internos o
externos, levantamos el dedo, pidiendo permiso, para dar nuestro veredicto. Y la
realidad, es que no tenemos ni la más remota idea.

El
técnico alsaciano, durante sus 22 cursos en Londres, fue mucho más que el
entrenador del cuadro gunner. Llegó a un club que jugaba al pelotazo y lo
transformó en una escuadra mucho más continental. Wenger se amarró a sus
propias ideas sin soltar las bases que el inexplicable fútbol inglés posee.
Porque más allá de jugar con cuatro o tres defensas él se atrevió a dar paso a adolescentes,
con un discurso inamovible, aunque todo su entorno quisiera derruirlo infinitas
veces pidiéndole fichajes de enjundia.

Él
fue un financiero que quiso tener una economía saludable y trabajó sin descanso
para que ello no pudiera notarse en el terreno de juego. Cuando las cosas no
fueron bien, le acabaron tildando de perdedor. Porque ganar seis títulos en los
últimos cinco años no es suficiente. De nuevo, algunos olvidaron que perder es
lo más natural en el fútbol y machacaron al Arsenal sin pudor. Qué perdedores.

Cuando
se esfumaron aquellos triunfos en 2005 las dudas, de malas maneras y a las ocho
de la mañana, llamaron a la puerta de su despacho. Nunca más se esfumaron de
allí y los aficionados comenzaron a pedir su cabeza. De hecho, se dijo que
Arsenal y Wenger tenían una relación tóxica, que debería haberse acabado hace
años. Opinadores de nuevo. El lazo que les unía no puede ser relatado. Es como
un folio en blanco -el miedo del escritor- en el que te tiras horas pensando en
un guion que nunca podrá ser plasmado. Te acabas frustrando y concluyes tu
noche viendo las caídas más graciosas del 2012 en Youtube. A otra cosa.

El
francés estaba demasiado enamorado como para poder explicarla y nadie puede
negarlo. Quisieron decirle que debía acabarse pero, normalmente, preferimos
pasarlo mal si estamos con quien queremos. Y él estaba donde quería, así que se
quedó. Porque la conexión con su club era tan grande que no podía imaginarse el
día en el que iba a coger sus cosas y darle la espalda al Emirates, el hogar
que prácticamente construyó con sus propias manos. O Arsenal o morir solía
pensar. Cuestión de amor. Wenger volvió a enseñar que todo, incluso lo mejor
que nos sucede en la vida, tiene fecha de caducidad.

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Detrás
de toda opinión en la prensa, está la base de un “experto”. Este no es un texto
para reivindicar el papel de ellos porque, de hecho, nos los cruzamos a todas
horas, aunque la mayoría no aparezca en los medios. Nos encanta hablar de lo
que sea, hayamos estado en ese sector toda la vida o no hayamos leído un
artículo en la vida. Somos caníbales de la información. Incluso cuando Arsene
Wenger y Arsenal aparecen en nuestros propios debates, ya sean internos o
externos, levantamos el dedo, pidiendo permiso, para dar nuestro veredicto. Y la
realidad, es que no tenemos ni la más remota idea.

El
técnico alsaciano, durante sus 22 cursos en Londres, fue mucho más que el
entrenador del cuadro gunner. Llegó a un club que jugaba al pelotazo y lo
transformó en una escuadra mucho más continental. Wenger se amarró a sus
propias ideas sin soltar las bases que el inexplicable fútbol inglés posee.
Porque más allá de jugar con cuatro o tres defensas él se atrevió a dar paso a adolescentes,
con un discurso inamovible, aunque todo su entorno quisiera derruirlo infinitas
veces pidiéndole fichajes de enjundia.

Él
fue un financiero que quiso tener una economía saludable y trabajó sin descanso
para que ello no pudiera notarse en el terreno de juego. Cuando las cosas no
fueron bien, le acabaron tildando de perdedor. Porque ganar seis títulos en los
últimos cinco años no es suficiente. De nuevo, algunos olvidaron que perder es
lo más natural en el fútbol y machacaron al Arsenal sin pudor. Qué perdedores.

Cuando
se esfumaron aquellos triunfos en 2005 las dudas, de malas maneras y a las ocho
de la mañana, llamaron a la puerta de su despacho. Nunca más se esfumaron de
allí y los aficionados comenzaron a pedir su cabeza. De hecho, se dijo que
Arsenal y Wenger tenían una relación tóxica, que debería haberse acabado hace
años. Opinadores de nuevo. El lazo que les unía no puede ser relatado. Es como
un folio en blanco -el miedo del escritor- en el que te tiras horas pensando en
un guion que nunca podrá ser plasmado. Te acabas frustrando y concluyes tu
noche viendo las caídas más graciosas del 2012 en Youtube. A otra cosa.

El
francés estaba demasiado enamorado como para poder explicarla y nadie puede
negarlo. Quisieron decirle que debía acabarse pero, normalmente, preferimos
pasarlo mal si estamos con quien queremos. Y él estaba donde quería, así que se
quedó. Porque la conexión con su club era tan grande que no podía imaginarse el
día en el que iba a coger sus cosas y darle la espalda al Emirates, el hogar
que prácticamente construyó con sus propias manos. O Arsenal o morir solía
pensar. Cuestión de amor. Wenger volvió a enseñar que todo, incluso lo mejor
que nos sucede en la vida, tiene fecha de caducidad.

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