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Los tiempos de Stoichkov

Cristina Caparrós @criscaparros 10-04-2020

La calle Stroget de Copenhague es la gran conocida como la vía peatonal más larga de Europa. Sin embargo, la calle Knyaz Alxandar I en Plovdiv la supera, en una combinación de dos calles que suman 1.750 metros. Las calles peatonales atesoran el encanto de un paseo donde uno marca su propio ritmo, donde captar instantáneas, sobre todo si es la primera vez que las callejeas, con el poder de reducir la velocidad del tráfico y el estruendo de los motores. De calles peatonales hay de muy distintas, desde las más comerciales y turísticas hasta las más íntimas y solitarias. Sin embargo, por algún motivo afincado en la nostalgia, la calle peatonal suele trasladarnos a los partidos de fútbol en plena calle. Los de aquellos niños que están esperando que se abra la puerta del colegio para llegar al punto de encuentro y empezar a elegir a dedo a los integrantes de su equipo, de los que llegan tarde a la merienda porque no pueden dejar el partido a medias. No tengo el placer de conocer Plovdiv todavía, la ciudad habitada más antigua de Europa. No sé cómo son los metros que recorren la calle Knyaz Alxandar I, pero sí sé que en esa ciudad de Bulgaria nació un futbolista que no dejó indiferente a nadie, despertando sentimientos tan diversos en una misma atmósfera balompédica.

Hristo Stoichkov pisó el césped del Camp Nou por primera vez el 5 de abril de 1989, para enfrentarse al FC Barcelona de Cruyff en la Recopa de Europa. A pesar de no ganar ese partido, el delantero batió dos veces los palos que protegía Zubizarreta, con una vaselina y desde los once metros que marcan la pena máxima. Fue la primera toma de contacto en un estadio donde más tarde jugaría como local. Lo hizo bajo su modus operandi, guiado por su carácter competidor que se traducía, en cualquier idioma, a través del gol. Porque Hristo empezó como central, pero estaba hecho por y para el gol. Una fusión inquebrantable. Veloz y explosivo. Un privilegiado del hallazgo de los espacios, regateador y exterminador de líneas defensivas.

El FC Barcelona le fichó el 4 de mayo de 1990 por 265 millones de pesetas. Aterrizó en la ciudad condal para ponerse bajo las órdenes de Johan Cruyff y convertirse en uno de los pilares de un conjunto que cambió la historia del Barça. El 5 de diciembre de ese mismo año – se cumplirán 30 años – Stoichkov fue preso de su furia y protagonizó una escena ante Ildefonso Urizar Azpitarte que todos recuerdan. Una decisión tomada con su indomable corazón, aquel que le ha representado en toda su carrera. Tras ese Clásico de Supercopa de un frío diciembre, Stoichkov se borraría de 12 partidos por pisar al colegiado. Hristo siempre defendió que vio la primera amarilla porque el árbitro interpretó que estaba simulando la falta de Chendo. Urizar dijo que fue por protestar. Las quejas de Cruyff lo mandaron fuera del banquillo, y Hristo se calentó todavía más. Él, su temperamento, su protección, su lucha. Todo terminó en un pisotón, y aquel trofeo en manos del Real Madrid.

Eran los tiempos de Stoichkov. Los de sus desmarques para recibir y los de sus carreras para definir a golpe seco, sin titubear un segundo, como si su cabeza no necesitara meditar una decisión y fuera el puro instinto de su zurda. Lo discutía todo, todo lo peleaba. No era solo cuestión de fútbol, sino que aquel fútbol era otra cuestión. La de sentir de una manera absolutamente pasional. En aquella época, enfundarse una camiseta con el ocho no era cualquier cosa. Era ponerse el traje de aquel tipo que respiraba lucha en cada centímetro del terreno de juego.  De un jugador amado en su casa y detestado en la rivalidad. De aquellos que sabes que, por mucho que pasen los años, seguirá siendo de los nuestros.

La misma temporada de aquel famoso pisotón, Hristo llegó a tiempo para volver a calzarse las botas antes de que el Barça se hiciera con la Liga. Un trofeo que hacía seis años que no levantaba. Y el conjunto lo hizo bajo la extraña circunstancia de perder casi dos meses a su artífice. Johan Cruyff fue intervenido del corazón el 26 de febrero de 1991. Unas semanas más tarde, el Barça visitaba la Catedral. Stoichkov le dijo a su maestro: “lo vamos a ganar por ti”. Y lo hicieron, con una ventaja de seis goles a cero. Aquel partido fue una exhibición del conjunto blaugrana y el búlgaro fue el claro protagonista, tras anotar un póker.

La del 10 de abril de 1991 fue una cita especial. Johan Cruyff volvía al banquillo tras la operación, en la semifinal de la Recopa que el Barça jugó frente a la Juventus. Al descanso, el Barcelona iba perdiendo, pero con los ajustes tácticos del técnico y el corazón que definía a ese equipo, logró darle la vuelta al marcador y vencer por 3-1. El búlgaro, que marcó dos goles, fue el mejor del partido. Noches como aquellas fueron origen y causa para confeccionar un conjunto que cambiaría la historia del club.

El Dream Team marcó un antes y un después. La temporada 91-92 fue la de un equipo ganador, que tomó la amistad como cimiento de sus éxitos, motivado por un técnico que estaba revolucionando el planeta fútbol a través de un juego exquisito. El 20 de mayo logró la primera Copa de Europa a través de ese mítico lanzamiento de falta. Hristo se colocaba bien la camiseta mientras Koeman daba algunos pasos hacia atrás, antes de volver al punto donde se encontraba el balón, para intercambiar algunas palabras con el búlgaro. Tocó Stoichkov, la frenó Bakero, y Koeman ejecutó un trallazo que batió a Pagliuca. El Barça alcanzaba la gloria con un juego, el fútbol total, que seducía a nivel mundial.

Stoichkov es también un icono en su país. Su evolución y madurez, trascendió a ser un futbolista valorado de manera global. Lideró a su selección en el Mundial del 94, en Estados Unidos. Bulgaria se enfrentó a Grecia, Argentina y Nigeria en la fase de grupos, más tarde eliminaba a México en octavos y el 10 de julio se enfrentó a la poderosa Alemania, campeona en Italia 90, en cuartos. Aquella selección hizo historia alcanzando las semifinales, que perdió frente a Italia. “Dios es búlgaro pero el árbitro es francés”. La gesta de Bulgaria en ese Mundial fue una de las sorpresas y la revelación del torneo. Stoichkov marcó seis goles en 7 partidos y fue el máximo goleador de la competición, junto a Salenko. Más tarde, Histo Stoichkov seria reconocido mundialmente, logrando el Balón de Oro, por delante de Roberto Baggio y Paolo Maldini.

El verano del 95 Stoichkov fichó por el Parma, donde estaría un año antes de regresar al FC Barcelona. Una vez salió definitivamente del conjunto azulgrana, volvió al CSKA y pasó por Al-Nasr en Arabia Saudí, Kashiwa Reysol en Japón y Chicago Fire, retirándose en el DC United en Estados Unidos. Tras tantos años, su vínculo azulgrana sigue intacto, como si de algún modo permaneciera en él la necesidad de defender sus colores.

A través de fechas clave se escribe la historia de un jugador que, entre afecto y desafecto, no dejó a nadie indiferente. Así era Hristo Stoichkov, un delantero con velocidad, que trazaba diagonales a toda pastilla y que, con espacios, aniquilaba a sus rivales. Y por encima de todo, era fiel. Querido por su afición, defendido de sus arrebatos. Un jugador que marcó una época, capaz de dotar a un equipo de carácter ganador.

Cada 20 de mayo se abre una botella de cava para celebrar esa victoria en el emblemático estadio de Wembley. La primera es siempre especial. Nunca le importó lo que dijeran si hacía lo que le dictaba su naturaleza. No le avergonzó bromear sobre el alcohol que le hizo besar a Koeman, y le quitó asperezas a ese pisotón con la naturalidad que le definía. Los tiempos han cambiado, desde los tacos de esas botas, la forma de jugar y leer el fútbol, y la manera de sentir. Y como Hristo, pocos sintieron. Toda esa provocación y sinceridad, al fin y al cabo, eran parte de su corazón, indomable pero fiel.

Muchos niños encontraron en Stoichkov su ídolo de la infancia. Aquellos que alucinaban cada vez que pisaba el área para llevar a cabo sus claras intenciones. La pedían para él en cada desmarque, como si el que conducía el balón pudiera escucharles. Gritaban cada gol y, como él, saltaban y levantaban el puño para celebrarlo. Fieles practicantes, indultando sus errores y elogiando cada acierto. Hristo era un póster en la habitación, el cromo más anhelado cada vez que abrían un sobre, ese jugador que esperas que esté sentado en el lado del autocar que va a pasar frente a ti antes de ir a la Plaça Sant Jaume. Hristo es esa leyenda que explica, en parte, eso de que el fútbol te acabe atrapando, es una frase que causa nostalgia, es un resumen de highlights que te hacen sentir niño de nuevo, es de aquellos jugadores que una vez dejan de vestir tus colores sabes que se quedan para siempre.

Si alguna vez viajas a Bulgaria y visitas Plovdiv, recuerda que tiene la calle peatonal más larga de Europa y, sobre todo, que allí nació Hristo Stoichkov. El que, probablemente, jugó alguna vez un partido en una calle peatonal antes de convertirse en el mejor jugador búlgaro de todos los tiempos, marcando una época que quedó escrita en la historia del fútbol.

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La calle Stroget de Copenhague es la gran conocida como la vía peatonal más larga de Europa. Sin embargo, la calle Knyaz Alxandar I en Plovdiv la supera, en una combinación de dos calles que suman 1.750 metros. Las calles peatonales atesoran el encanto de un paseo donde uno marca su propio ritmo, donde captar instantáneas, sobre todo si es la primera vez que las callejeas, con el poder de reducir la velocidad del tráfico y el estruendo de los motores. De calles peatonales hay de muy distintas, desde las más comerciales y turísticas hasta las más íntimas y solitarias. Sin embargo, por algún motivo afincado en la nostalgia, la calle peatonal suele trasladarnos a los partidos de fútbol en plena calle. Los de aquellos niños que están esperando que se abra la puerta del colegio para llegar al punto de encuentro y empezar a elegir a dedo a los integrantes de su equipo, de los que llegan tarde a la merienda porque no pueden dejar el partido a medias. No tengo el placer de conocer Plovdiv todavía, la ciudad habitada más antigua de Europa. No sé cómo son los metros que recorren la calle Knyaz Alxandar I, pero sí sé que en esa ciudad de Bulgaria nació un futbolista que no dejó indiferente a nadie, despertando sentimientos tan diversos en una misma atmósfera balompédica.

Hristo Stoichkov pisó el césped del Camp Nou por primera vez el 5 de abril de 1989, para enfrentarse al FC Barcelona de Cruyff en la Recopa de Europa. A pesar de no ganar ese partido, el delantero batió dos veces los palos que protegía Zubizarreta, con una vaselina y desde los once metros que marcan la pena máxima. Fue la primera toma de contacto en un estadio donde más tarde jugaría como local. Lo hizo bajo su modus operandi, guiado por su carácter competidor que se traducía, en cualquier idioma, a través del gol. Porque Hristo empezó como central, pero estaba hecho por y para el gol. Una fusión inquebrantable. Veloz y explosivo. Un privilegiado del hallazgo de los espacios, regateador y exterminador de líneas defensivas.

El FC Barcelona le fichó el 4 de mayo de 1990 por 265 millones de pesetas. Aterrizó en la ciudad condal para ponerse bajo las órdenes de Johan Cruyff y convertirse en uno de los pilares de un conjunto que cambió la historia del Barça. El 5 de diciembre de ese mismo año – se cumplirán 30 años – Stoichkov fue preso de su furia y protagonizó una escena ante Ildefonso Urizar Azpitarte que todos recuerdan. Una decisión tomada con su indomable corazón, aquel que le ha representado en toda su carrera. Tras ese Clásico de Supercopa de un frío diciembre, Stoichkov se borraría de 12 partidos por pisar al colegiado. Hristo siempre defendió que vio la primera amarilla porque el árbitro interpretó que estaba simulando la falta de Chendo. Urizar dijo que fue por protestar. Las quejas de Cruyff lo mandaron fuera del banquillo, y Hristo se calentó todavía más. Él, su temperamento, su protección, su lucha. Todo terminó en un pisotón, y aquel trofeo en manos del Real Madrid.

Eran los tiempos de Stoichkov. Los de sus desmarques para recibir y los de sus carreras para definir a golpe seco, sin titubear un segundo, como si su cabeza no necesitara meditar una decisión y fuera el puro instinto de su zurda. Lo discutía todo, todo lo peleaba. No era solo cuestión de fútbol, sino que aquel fútbol era otra cuestión. La de sentir de una manera absolutamente pasional. En aquella época, enfundarse una camiseta con el ocho no era cualquier cosa. Era ponerse el traje de aquel tipo que respiraba lucha en cada centímetro del terreno de juego.  De un jugador amado en su casa y detestado en la rivalidad. De aquellos que sabes que, por mucho que pasen los años, seguirá siendo de los nuestros.

La misma temporada de aquel famoso pisotón, Hristo llegó a tiempo para volver a calzarse las botas antes de que el Barça se hiciera con la Liga. Un trofeo que hacía seis años que no levantaba. Y el conjunto lo hizo bajo la extraña circunstancia de perder casi dos meses a su artífice. Johan Cruyff fue intervenido del corazón el 26 de febrero de 1991. Unas semanas más tarde, el Barça visitaba la Catedral. Stoichkov le dijo a su maestro: “lo vamos a ganar por ti”. Y lo hicieron, con una ventaja de seis goles a cero. Aquel partido fue una exhibición del conjunto blaugrana y el búlgaro fue el claro protagonista, tras anotar un póker.

La del 10 de abril de 1991 fue una cita especial. Johan Cruyff volvía al banquillo tras la operación, en la semifinal de la Recopa que el Barça jugó frente a la Juventus. Al descanso, el Barcelona iba perdiendo, pero con los ajustes tácticos del técnico y el corazón que definía a ese equipo, logró darle la vuelta al marcador y vencer por 3-1. El búlgaro, que marcó dos goles, fue el mejor del partido. Noches como aquellas fueron origen y causa para confeccionar un conjunto que cambiaría la historia del club.

El Dream Team marcó un antes y un después. La temporada 91-92 fue la de un equipo ganador, que tomó la amistad como cimiento de sus éxitos, motivado por un técnico que estaba revolucionando el planeta fútbol a través de un juego exquisito. El 20 de mayo logró la primera Copa de Europa a través de ese mítico lanzamiento de falta. Hristo se colocaba bien la camiseta mientras Koeman daba algunos pasos hacia atrás, antes de volver al punto donde se encontraba el balón, para intercambiar algunas palabras con el búlgaro. Tocó Stoichkov, la frenó Bakero, y Koeman ejecutó un trallazo que batió a Pagliuca. El Barça alcanzaba la gloria con un juego, el fútbol total, que seducía a nivel mundial.

Stoichkov es también un icono en su país. Su evolución y madurez, trascendió a ser un futbolista valorado de manera global. Lideró a su selección en el Mundial del 94, en Estados Unidos. Bulgaria se enfrentó a Grecia, Argentina y Nigeria en la fase de grupos, más tarde eliminaba a México en octavos y el 10 de julio se enfrentó a la poderosa Alemania, campeona en Italia 90, en cuartos. Aquella selección hizo historia alcanzando las semifinales, que perdió frente a Italia. “Dios es búlgaro pero el árbitro es francés”. La gesta de Bulgaria en ese Mundial fue una de las sorpresas y la revelación del torneo. Stoichkov marcó seis goles en 7 partidos y fue el máximo goleador de la competición, junto a Salenko. Más tarde, Histo Stoichkov seria reconocido mundialmente, logrando el Balón de Oro, por delante de Roberto Baggio y Paolo Maldini.

El verano del 95 Stoichkov fichó por el Parma, donde estaría un año antes de regresar al FC Barcelona. Una vez salió definitivamente del conjunto azulgrana, volvió al CSKA y pasó por Al-Nasr en Arabia Saudí, Kashiwa Reysol en Japón y Chicago Fire, retirándose en el DC United en Estados Unidos. Tras tantos años, su vínculo azulgrana sigue intacto, como si de algún modo permaneciera en él la necesidad de defender sus colores.

A través de fechas clave se escribe la historia de un jugador que, entre afecto y desafecto, no dejó a nadie indiferente. Así era Hristo Stoichkov, un delantero con velocidad, que trazaba diagonales a toda pastilla y que, con espacios, aniquilaba a sus rivales. Y por encima de todo, era fiel. Querido por su afición, defendido de sus arrebatos. Un jugador que marcó una época, capaz de dotar a un equipo de carácter ganador.

Cada 20 de mayo se abre una botella de cava para celebrar esa victoria en el emblemático estadio de Wembley. La primera es siempre especial. Nunca le importó lo que dijeran si hacía lo que le dictaba su naturaleza. No le avergonzó bromear sobre el alcohol que le hizo besar a Koeman, y le quitó asperezas a ese pisotón con la naturalidad que le definía. Los tiempos han cambiado, desde los tacos de esas botas, la forma de jugar y leer el fútbol, y la manera de sentir. Y como Hristo, pocos sintieron. Toda esa provocación y sinceridad, al fin y al cabo, eran parte de su corazón, indomable pero fiel.

Muchos niños encontraron en Stoichkov su ídolo de la infancia. Aquellos que alucinaban cada vez que pisaba el área para llevar a cabo sus claras intenciones. La pedían para él en cada desmarque, como si el que conducía el balón pudiera escucharles. Gritaban cada gol y, como él, saltaban y levantaban el puño para celebrarlo. Fieles practicantes, indultando sus errores y elogiando cada acierto. Hristo era un póster en la habitación, el cromo más anhelado cada vez que abrían un sobre, ese jugador que esperas que esté sentado en el lado del autocar que va a pasar frente a ti antes de ir a la Plaça Sant Jaume. Hristo es esa leyenda que explica, en parte, eso de que el fútbol te acabe atrapando, es una frase que causa nostalgia, es un resumen de highlights que te hacen sentir niño de nuevo, es de aquellos jugadores que una vez dejan de vestir tus colores sabes que se quedan para siempre.

Si alguna vez viajas a Bulgaria y visitas Plovdiv, recuerda que tiene la calle peatonal más larga de Europa y, sobre todo, que allí nació Hristo Stoichkov. El que, probablemente, jugó alguna vez un partido en una calle peatonal antes de convertirse en el mejor jugador búlgaro de todos los tiempos, marcando una época que quedó escrita en la historia del fútbol.