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Los caminos de la Roma

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 05-09-2018

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Ha quedado demostrado en el inicio de la presente temporada que el 4-3-3 de Eusebio Di Francesco, y de la propia Roma durante el curso pasado ya con el técnico pescarese al mando, ha entrado en un pequeño conflicto y en cierta incongruencia con los movimientos de salidas y entradas que ha llevado a cabo Monchi desde la dirección deportiva. Los giallorossi han comenzado la Serie A arrastrando unas sensaciones dubitativas en cuanto al juego, ya que el típico sistema de su técnico, plagado de triangulaciones por bandas y de intenciones verticales, con los centrales adelantados y lanzando a los laterales, ha sido incapaz de imponerse en contextos de partidos abiertos, de intercambio de golpes, que eran los predilectos de la Roma en las últimas campañas.

Sus rivales le están haciendo tanto daño o más que el que ella ejerce en ellos a través de las transiciones ofensivas. Algo desconocido. La pérdida de energía en los interiores y la arriesgada venta a escala deportiva del último especialista dotado técnica y físicamente para el doble recorrido ataque-defensa que encarnaba Kevin Strootman, ha puesto en evidencia a sus recambios a la hora de seguir manteniendo el buen funcionamiento del ya citado sistema. Ni Lorenzo Pellegrini, ni Bryan Cristante -un futbolista liviano en la parcela defensiva y un llegador de facto, respectivamente-, ni por supuesto Javier Pastore son jugadores que vayan a realizar los necesarios esfuerzos en las ayudas a la espalda de Florenzi y de Kolarov, a quienes Di Francesco necesita obligatoriamente altos para mantener la eficacia y la eficiencia de su táctica preferida, ni tampoco que vayan a apoyar con consistencia y con empaque al triángulo trasero formado por Manolas, Fazio y De Rossi.

El cambio de la pareja de interiores que formaban Nainggolan y Strootman por los recién llegados N’Zonzi y Pastore ejemplifica a la perfección el nuevo paradigma y la renovada concepción implantada desde la dirección deportiva. La lógica, en este sentido, se impuso desde el mismo momento en el que el caos defensivo se hizo notorio, mientras la Atalanta pasaba por encima de la Roma en la segunda jornada. Di Francesco sustituyó y señaló al unísono al descanso a Pellegrini y a Cristante, pero al mismo tiempo también evidenció con ese doble cambio una carencia mucho más allá de lo individual. Los giallorossi pasaron entonces a un 4-2-3-1 con un centro del campo a tres alturas, donde De Rossi ejercía de ancla, N’Zonzi se situaba más adelantado en el sector derecho y Pastore pululaba por la mediapunta desde el interior contrario. Un dibujo que cambió la dinámica del partido y que, además, encaja a la perfección con lo que Monchi ha buscado con su segundo mercato veraniego en el Calcio, es decir, una estructura con similitudes respecto a la de sus dos últimos proyectos en Sevilla, donde N’Zonzi sacaba a relucir su talento para defender hacia delante y realizar entregas tensas ya en campo rival hacia la figura del centrocampista creativo, Banega en la 2015/2016 y Nasri en la 2016/2017, encargado de llevar la manija con muchísimo peso y de activar y habilitar tanto a los extremos como al nueve de forma directa.

Es obvio que, de continuar con ese esquema como base para el resto del curso, esa tarea de tamaña responsabilidad recae, y así ha querido el club que sea, sobre Javier Pastore, el fichaje clave de este mercado estival en la Roma y también el hombre que requiere la formación de nuevos automatismos colectivos para rendir al máximo de su potencial. Un jugador que viene de sumar menos de quince titularidades en la Ligue 1 en los tres últimos años y que no supone de primeras una certeza competitiva de tanta continuidad como requiere su nuevo equipo, pese a su indiscutible clase y aptitudes para capitanear un cambio estructural en una Roma que necesita sí o sí estar entre los cuatro primeros en Italia y que quiere volver competir a buen tono en la Champions League tras ser semifinalista la pasada edición.

El centrocampista cordobés comenzó contra el Torino como interior derecho para pasar al izquierdo durante el partido e inició el duelo ante la Atalanta como extremo zurdo –en los tres casos, nulo sin balón e irrelevante con él- para después ser ese interior que flota por tres cuartos de cancha, donde directamente jugó frente al Milan. Una figura que el nuevo y hasta el momento puntual sistema sí protege y sí sostiene y que es, con total seguridad, la disposición que crea un mejor escenario para que la gran apuesta de Monchi por él sea ganadora pese a su difícil encaje de primeras. Y es que así Pastore puede participar en la gestación bajando a la medular o siendo receptor entre líneas de los balones enjuagados de N’Zonzi, puede hacer recaer las persecuciones en los frescos extremos a cambio de tenerlos bien surtidos con sus aperturas y sus envíos a los espacios y, a falta de comprobar si Justin Kluivert puede erigirse en ese segundo espada a nivel numérico ya en su primera temporada en la capital italiana, puede ser asimismo el principal asistente de Edin Dzeko, que sigue siendo el jugador franquicia y el más determinante del equipo, a través del último o del penúltimo pase. En definitiva, ser el paradigma de una idea que busca dotar de mayor poso, elaboración y calidad de las posesiones al equipo, en detrimento del fútbol de transiciones en el que la Roma se había especializado y del que ahora las aptitudes de su nuevo centro del campo parecen alejarse.

Sin embargo, con el 3-4-1-2 que puso en liza la Roma para enfrentarse al Milan -al menos el cuarto dibujo de Di Francesco en tres partidos- Pastore volvió a intervenir muy poco y a hacerlo de modo impreciso a pesar de partir de trequartista con todas las de la ley. Defensivamente, la Roma estuvo más pérdida que nunca con tres centrales y su técnico volvió a tener que hacer cambios en el descanso, regresando al 4-2-3-1 que mejor se adapta a su actual plantel a pesar de que el exentrenador del Sassuolo sea todavía reacio a establecerlo como patrón. Un Di Francesco con cuya búsqueda de alternativas tácticas sin cesar y sobre la marcha demuestra no estar convencido absolutamente de ninguna. La defensa de los dos goles milanistas evidencia un problema de falta de tiempo de entendimiento posicional de las caras nuevas con las ya presentes que puede resultar lógico hasta cierto punto, pero también ponen de manifiesto unos desajustes de sistema preocupantes, especialmente sin la pelota. La Roma jugó desconectada, se echó en manos de sus carrileros esta vez porque los necesita como pocos equipos en la Serie A, pero nunca tuvo fluidez de pase hacia la zona de tres cuartos, y tanto Dzeko como Schick estuvieron preocupantemente desasistidos ante el bloque que encontraba la Roma en los tres centrocampistas rossoneri. Ordenados, efusivos y sobrios atrás y sabiendo cuándo ser agresivos con pelota y cuándo añadir poso a los ataques, el Milan le hizo un 26-5 en disparos a un conjunto giallarosso que retrocede muchísimo hasta su propia área porque carece de mecanismos de presión efectiva y de recuperación hacia delante.

La realidad hoy día del equipo capitalino es que las opciones en plantilla como recambios de primer nivel de los titulares para este más coherente 4-2-3-1 se quedan demasiado cortas, al menos hasta la llegada de la ventana invernal de traspasos, y la alternativa estilística para responder a la altura de las expectativas en un contexto de máxima exigencia en tres competiciones, a pesar de que los recursos de banquillo sí son muy interesantes, es regresar al 4-3-3 preferido por Di Francesco que ha hecho aguas en el inicio de la temporada u optar por una vía más directa del primer esquema, con Cristante a modo de segundo punta, como ya ejerció como Gasperini, y con un doble pivote De Rossi – N’Zonzi que trabaje prácticamente a la misma altura, aunque esta disposición menos dinámica y profunda casa poco con el ideario de Di Francesco hasta la fecha.

La sensación, más allá de las potencialidades de unas tácticas o de otras, es que a la Roma no le importa demasiado alejarse de los contendientes por el título este curso si lo que consigue a cambio es consolidarse como un equipo fijo en la Champions League, ir sembrando en cada jornada de la Serie A el crecimiento exponencial de su renovado paradigma en busca convertirse en un equipo que se ordene mejor y sea más compacto a través del balón sin renunciar a su incisivo colmillo, aunque entendido como valor añadido y no como discurso principal, y también el de sus más jóvenes futbolistas ofensivos (Ünder, Kluivert, Coric, Schick…), pero para ello también necesita sentirse cómoda y saber qué vía debe elegir para ello. Los equilibrios, como siempre, le tocará hacerlos al entrenador. Di Francesco ya se ha puesto manos a la obra. Y visto lo visto, el trabajo no le va a faltar. Encontrar los nuevos caminos que la Roma requiere para volver a alcanzar su mejor competitividad va a llevar su tiempo.

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Ha quedado demostrado en el inicio de la presente temporada que el 4-3-3 de Eusebio Di Francesco, y de la propia Roma durante el curso pasado ya con el técnico pescarese al mando, ha entrado en un pequeño conflicto y en cierta incongruencia con los movimientos de salidas y entradas que ha llevado a cabo Monchi desde la dirección deportiva. Los giallorossi han comenzado la Serie A arrastrando unas sensaciones dubitativas en cuanto al juego, ya que el típico sistema de su técnico, plagado de triangulaciones por bandas y de intenciones verticales, con los centrales adelantados y lanzando a los laterales, ha sido incapaz de imponerse en contextos de partidos abiertos, de intercambio de golpes, que eran los predilectos de la Roma en las últimas campañas.

Sus rivales le están haciendo tanto daño o más que el que ella ejerce en ellos a través de las transiciones ofensivas. Algo desconocido. La pérdida de energía en los interiores y la arriesgada venta a escala deportiva del último especialista dotado técnica y físicamente para el doble recorrido ataque-defensa que encarnaba Kevin Strootman, ha puesto en evidencia a sus recambios a la hora de seguir manteniendo el buen funcionamiento del ya citado sistema. Ni Lorenzo Pellegrini, ni Bryan Cristante -un futbolista liviano en la parcela defensiva y un llegador de facto, respectivamente-, ni por supuesto Javier Pastore son jugadores que vayan a realizar los necesarios esfuerzos en las ayudas a la espalda de Florenzi y de Kolarov, a quienes Di Francesco necesita obligatoriamente altos para mantener la eficacia y la eficiencia de su táctica preferida, ni tampoco que vayan a apoyar con consistencia y con empaque al triángulo trasero formado por Manolas, Fazio y De Rossi.

El cambio de la pareja de interiores que formaban Nainggolan y Strootman por los recién llegados N’Zonzi y Pastore ejemplifica a la perfección el nuevo paradigma y la renovada concepción implantada desde la dirección deportiva. La lógica, en este sentido, se impuso desde el mismo momento en el que el caos defensivo se hizo notorio, mientras la Atalanta pasaba por encima de la Roma en la segunda jornada. Di Francesco sustituyó y señaló al unísono al descanso a Pellegrini y a Cristante, pero al mismo tiempo también evidenció con ese doble cambio una carencia mucho más allá de lo individual. Los giallorossi pasaron entonces a un 4-2-3-1 con un centro del campo a tres alturas, donde De Rossi ejercía de ancla, N’Zonzi se situaba más adelantado en el sector derecho y Pastore pululaba por la mediapunta desde el interior contrario. Un dibujo que cambió la dinámica del partido y que, además, encaja a la perfección con lo que Monchi ha buscado con su segundo mercato veraniego en el Calcio, es decir, una estructura con similitudes respecto a la de sus dos últimos proyectos en Sevilla, donde N’Zonzi sacaba a relucir su talento para defender hacia delante y realizar entregas tensas ya en campo rival hacia la figura del centrocampista creativo, Banega en la 2015/2016 y Nasri en la 2016/2017, encargado de llevar la manija con muchísimo peso y de activar y habilitar tanto a los extremos como al nueve de forma directa.

Es obvio que, de continuar con ese esquema como base para el resto del curso, esa tarea de tamaña responsabilidad recae, y así ha querido el club que sea, sobre Javier Pastore, el fichaje clave de este mercado estival en la Roma y también el hombre que requiere la formación de nuevos automatismos colectivos para rendir al máximo de su potencial. Un jugador que viene de sumar menos de quince titularidades en la Ligue 1 en los tres últimos años y que no supone de primeras una certeza competitiva de tanta continuidad como requiere su nuevo equipo, pese a su indiscutible clase y aptitudes para capitanear un cambio estructural en una Roma que necesita sí o sí estar entre los cuatro primeros en Italia y que quiere volver competir a buen tono en la Champions League tras ser semifinalista la pasada edición.

El centrocampista cordobés comenzó contra el Torino como interior derecho para pasar al izquierdo durante el partido e inició el duelo ante la Atalanta como extremo zurdo –en los tres casos, nulo sin balón e irrelevante con él- para después ser ese interior que flota por tres cuartos de cancha, donde directamente jugó frente al Milan. Una figura que el nuevo y hasta el momento puntual sistema sí protege y sí sostiene y que es, con total seguridad, la disposición que crea un mejor escenario para que la gran apuesta de Monchi por él sea ganadora pese a su difícil encaje de primeras. Y es que así Pastore puede participar en la gestación bajando a la medular o siendo receptor entre líneas de los balones enjuagados de N’Zonzi, puede hacer recaer las persecuciones en los frescos extremos a cambio de tenerlos bien surtidos con sus aperturas y sus envíos a los espacios y, a falta de comprobar si Justin Kluivert puede erigirse en ese segundo espada a nivel numérico ya en su primera temporada en la capital italiana, puede ser asimismo el principal asistente de Edin Dzeko, que sigue siendo el jugador franquicia y el más determinante del equipo, a través del último o del penúltimo pase. En definitiva, ser el paradigma de una idea que busca dotar de mayor poso, elaboración y calidad de las posesiones al equipo, en detrimento del fútbol de transiciones en el que la Roma se había especializado y del que ahora las aptitudes de su nuevo centro del campo parecen alejarse.

Sin embargo, con el 3-4-1-2 que puso en liza la Roma para enfrentarse al Milan -al menos el cuarto dibujo de Di Francesco en tres partidos- Pastore volvió a intervenir muy poco y a hacerlo de modo impreciso a pesar de partir de trequartista con todas las de la ley. Defensivamente, la Roma estuvo más pérdida que nunca con tres centrales y su técnico volvió a tener que hacer cambios en el descanso, regresando al 4-2-3-1 que mejor se adapta a su actual plantel a pesar de que el exentrenador del Sassuolo sea todavía reacio a establecerlo como patrón. Un Di Francesco con cuya búsqueda de alternativas tácticas sin cesar y sobre la marcha demuestra no estar convencido absolutamente de ninguna. La defensa de los dos goles milanistas evidencia un problema de falta de tiempo de entendimiento posicional de las caras nuevas con las ya presentes que puede resultar lógico hasta cierto punto, pero también ponen de manifiesto unos desajustes de sistema preocupantes, especialmente sin la pelota. La Roma jugó desconectada, se echó en manos de sus carrileros esta vez porque los necesita como pocos equipos en la Serie A, pero nunca tuvo fluidez de pase hacia la zona de tres cuartos, y tanto Dzeko como Schick estuvieron preocupantemente desasistidos ante el bloque que encontraba la Roma en los tres centrocampistas rossoneri. Ordenados, efusivos y sobrios atrás y sabiendo cuándo ser agresivos con pelota y cuándo añadir poso a los ataques, el Milan le hizo un 26-5 en disparos a un conjunto giallarosso que retrocede muchísimo hasta su propia área porque carece de mecanismos de presión efectiva y de recuperación hacia delante.

La realidad hoy día del equipo capitalino es que las opciones en plantilla como recambios de primer nivel de los titulares para este más coherente 4-2-3-1 se quedan demasiado cortas, al menos hasta la llegada de la ventana invernal de traspasos, y la alternativa estilística para responder a la altura de las expectativas en un contexto de máxima exigencia en tres competiciones, a pesar de que los recursos de banquillo sí son muy interesantes, es regresar al 4-3-3 preferido por Di Francesco que ha hecho aguas en el inicio de la temporada u optar por una vía más directa del primer esquema, con Cristante a modo de segundo punta, como ya ejerció como Gasperini, y con un doble pivote De Rossi – N’Zonzi que trabaje prácticamente a la misma altura, aunque esta disposición menos dinámica y profunda casa poco con el ideario de Di Francesco hasta la fecha.

La sensación, más allá de las potencialidades de unas tácticas o de otras, es que a la Roma no le importa demasiado alejarse de los contendientes por el título este curso si lo que consigue a cambio es consolidarse como un equipo fijo en la Champions League, ir sembrando en cada jornada de la Serie A el crecimiento exponencial de su renovado paradigma en busca convertirse en un equipo que se ordene mejor y sea más compacto a través del balón sin renunciar a su incisivo colmillo, aunque entendido como valor añadido y no como discurso principal, y también el de sus más jóvenes futbolistas ofensivos (Ünder, Kluivert, Coric, Schick…), pero para ello también necesita sentirse cómoda y saber qué vía debe elegir para ello. Los equilibrios, como siempre, le tocará hacerlos al entrenador. Di Francesco ya se ha puesto manos a la obra. Y visto lo visto, el trabajo no le va a faltar. Encontrar los nuevos caminos que la Roma requiere para volver a alcanzar su mejor competitividad va a llevar su tiempo.

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