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Lo que Bosman se llevó: Merseyside millionaires (II)

Sergio Vilariño @SVilarino 14-05-2021

Tras casi una década sumido en la mediocridad futbolística e institucional, con breves momentos de brillantez, pero mucho más frecuentes momentos de auténtico miedo, con el descenso como posibilidad palpable, el Everton volvió al primer plano futbolístico a comienzos de la década de 1980. Fue durante ese tiempo que el Everton recuperó su influencia a nivel institucional también. La sombra de Littlewoods seguía siendo alargada, ahora en la figura de Sir Philip Carter, directivo de la empresa. Ya desde 1980, Carter empezó a reunirse con otros clubes para intentar cambiar el status quo del fútbol inglés. Los primeros en sentarse a su mesa fueron Manchester United y Tottenham. Consideraban que las reglas de la Football League eran totalmente injustas para los grandes clubes. Como ya dijimos anteriormente, los noventa y dos clubes que la componían, desde la First a la Fourth Division, tenían un voto cada uno y la cosa no había cambiado nada desde los años 60. Para tomar cualquier decisión, los clubes modestos podían derrotar a los poderosos porque eran más. Todos los clubes cedían el 4% de sus taquillas anuales para un bote común. Pero obviamente, el 4% del United no era el mismo que el del Shrewsbury y eso tenía a los grandes con la mosca detrás de la oreja. Los contratos publicitarios y de televisión eran conseguidos principalmente por el prestigio y el atractivo del fútbol de primera división. Pero eran repartidos entre los 92 clubes. A comienzos de los 80, los grandes clubes básicamente financiaban al resto mientras ellos mismos tenían problemas económicos. Nos suena.

Otra de las ideas de Carter fue reunirse con Celtic y Rangers con la intención de traer el Old Firm a una nueva Superliga. Añadir el potencial económico y social de los dos gigantes del fútbol escocés era totalmente atractivo. No es casualidad que, precisamente en aquel momento, fuese cuando clubes como Dundee o Aberdeen (the New Firm) empezaban desafiar a los dos tradicionales colosos del país. Esta opción de la Superliga era también atractiva para Celtic y Rangers, aunque oficialmente esta idea era imposible. Legalmente podía ser bloqueada por la mera existencia de dos federaciones diferentes en Escocia e Inglaterra, a pesar de pertenecer al mismo país, el Reino Unido. Era uno de los privilegios de ser países fundadores del juego. Pero para Carter era una manera de mostrar que estaba dispuesto a desafiar al establishment para defender sus intereses.

Durante un par de años, Carter siguió reuniéndose con dirigentes de todo tipo. Grandes clubes (Liverpool, Arsenal) o humildes (Jimmy Hill, del Coventry, con el que las relaciones eran cordiales desde su lucha conjunta por la abolición del salario máximo hacía más de veinte años). Con la Football League y la FA sabiendo de sus planes, las reuniones fueron casi clandestinas. Los grandes poderes estaban pendientes, obviamente. En 1982, el comité ejecutivo de la Football League, con Sir Norman Chester a la cabeza, presentó un dosier para intentar controlar el desarrollo económico de la liga. Había que encauzar la economía de los clubes si querían que fuesen viables. La realidad es que los sueldos de los jugadores estaban creciendo a niveles nunca vistos y las taquillas estaban bajando. Cada vez menos gente iba a ver el fútbol. La inseguridad de los estadios (el hooliganismo estaba en su cénit), y la crisis económica estaban afectando a la liga. Chester quería reducir la liga profesional a dos divisiones, lo cual no tenía ningún futuro. Casi 50 equipos podían oponer su voto a esa medida. Pero lo cierto es que el estado de las cuentas de la mayoría de clubes era ruinoso. Se necesitaba un 75% (luego un 60), de los votos. Pero Chester no era tonto. Y se las ingenió para convencer a ambas partes. ¿Cómo lo hizo? Su propuesta de hacer que los clubes se quedasen con la taquilla de sus partidos, acabando con los 30 peniques por adulto que se pagaban al equipo visitante (más el 4% a la FL), beneficiaba claramente a los equipos de primera división, y aún más a los grandes. Para hacernos una idea, United y Arsenal metían entre los dos a más gente en su estadio que el resto de la primera división en una jornada cualquiera. A cambio de esto, Chester aprobó que los directivos pudiesen cobrar. No es un error: estamos en 1983 y en Inglaterra los directivos de los clubes seguían siendo amateur. Había llegado el momento de empezar a hacerse rica con el fútbol para un montón de gente que nunca había soñado con ello. Más bocas que alimentar. ¿A costa de quién?

Una vez apaciguados los mandamases, se intentó reducir la First Division a 20 equipos, la Second con 24, y la Third con otros 24. Se reducía así el número de clubes profesionales a 68 (en lugar de 92). Pero como se suele decir, los pavos no votan a favor de la Navidad. La propuesta fue rechazada.

En 1985, con el Everton camino de un doblete de Liga y Recopa de Europa, Mr. Carter se convierte en el líder del llamado Big Five (Everton, Manchester United, Liverpool, Tottenham y Arsenal), que abiertamente apuestan por una Superliga. Hacía dieciocho años que los de Manchester no ganaban la liga, catorce los gunners y más de veinte los Spurs. Daba igual, esto no era cuestión de fútbol. A ellos se sumarían trece o quince clubes, y no dependerían de la Football League. De nuevo un concepto que suena familiar. La propuesta ganó todavía más fuerza con los desastres de Heysel y Bradford, que alejaron aún más gente de los estadios y obligaron a muchos clubes a emprender costosas reformas en sus decrépitos estadios. Gastos inesperados que hundirían aún más a los clubes.

Una primera división con menos clubes, aunque elitista para los tradicionalistas, reduciría la carga de partidos y mejoraría las posibilidades de la selección inglesa en torneos internacionales. Keith Burkinshaw, técnico del Tottenham aportaba una razón extra. Menos partidos significaban no solo piernas más frescas, sino más tiempo para entrenar y mejorar el nivel técnico y táctico de jugadores y equipos. Burkinshaw atacaba directamente a la base del juego en Inglaterra, que consideraba estaba quedándose atrás. Carter y los demás grandes siguieron ejerciendo presión, reuniéndose con equipos más modestos, creando la idea de una segunda categoría asociada a su proyecto inicial y participe de los beneficios en patrocinios y televisión. La Football League tuvo que diseñar un nuevo sistema de ascensos, que incluía el famoso play off en la Second Division, para aumentar los beneficios económicos de los clubes modestos y mantenerlos fieles.

La ITV y la BBC ejercieron su presión ante lo que veían era una estratagema para hacer subir el precio de los derechos televisivos, y lo hicieron no retransmitiendo fútbol de ningún tipo durante cuatro largos meses a finales de 1985. La liga había rechazado la oferta de 19 millones de libras por cuatro años, argumentando que el fútbol televisado reduciría la asistencia a los estadios. Estábamos a mediados de los ochenta, pero los argumentos seguían enrocados en discusiones e ideas de inicios de los 60. Así pues, los aficionados se perdieron la racha de diez victorias consecutivas del United de Ron Atkinson y la explosión goleadora de Frank McAvennie. El escocés había sido fichado del St. Mirren por el West Ham y marcó dieciocho goles antes de Navidad. Los equipos no lo conocían y acabó como máximo goleador. Los red devils, a pesar de su fulgurante inicio, no ganaron la liga, que fue a parar al Liverpool, en el primer año de Kenny Dalglish como jugador-entrenador. Por cierto, King Kenny salió del banquillo para marcar el gol que daba el título. No contento con ello, completó el doblete al derrotar al Everton en la final de Wembley. El partido entre los dos mejores equipos de Inglaterra, el primer derby del Mersey en una final y una audiencia absolutamente brutal. Alas para Mr. Carter. La Football League fue capaz de contener la idea de la Superliga concediendo una serie de medidas para tener contentos a los clubes, pero no había marcha atrás. El gobierno de Margaret Thatcher había declarado la guerra a todo lo que sonase a obrero, y el fútbol entraba en ese paquete. Poco después de que la liga celebrase su centenario, y tras las reformas obligadas por el gobierno tras el desastre de Hillsborough, los cinco grandes liderados por Carter, con la ayuda de Rupert Murdoch, magnate televisivo y dueño de la plataforma Sky, daban a luz a la Premier League, acabando con más de cien años de Football League. Curiosamente, tras haber conseguido el objetivo por el que llevaban luchando casi una década, el Everton entró en una etapa de mediocridad en la era Premier League. Una FA Cup en 1995 es todo lo que se han podido llevar a la boca en los últimos 30 años, y el fantasma del descenso ha visitado Goodison Park alguna que otra vez. Algunos dirán que es puro karma, otros apuntarán a la cambiante naturaleza del juego. Ser grande es una condición temporal. Lo que distingue a unos y a otros es la capacidad de perder esa categoría y poder volver a ella, de recuperarla. Pasa muy pocas veces.

Han pasado casi treinta años desde la ruptura de los grandes con las instituciones. Eso es lo que fue la creación de la Premier. Han pasado casi cuarenta desde los tejemanejes de Mr. Carter y más de sesenta desde la llegada de John Moores a Goodison Park. Las discusiones siguen siendo las mismas. ¿Dónde está el fallo? ¿Cómo puede ser que en 2021 los clubes grandes (del momento), tras décadas de recibir prebendas y ventajas, sigan con los mismos problemas y sigan señalando a los mismos? Quizá la solución esté en ver que la idiosincrasia misma del fútbol lleva años, ¡décadas!, admitiendo y aceptando que sea un negocio en el que los números rojos son aceptables y hasta aconsejables.

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Tras casi una década sumido en la mediocridad futbolística e institucional, con breves momentos de brillantez, pero mucho más frecuentes momentos de auténtico miedo, con el descenso como posibilidad palpable, el Everton volvió al primer plano futbolístico a comienzos de la década de 1980. Fue durante ese tiempo que el Everton recuperó su influencia a nivel institucional también. La sombra de Littlewoods seguía siendo alargada, ahora en la figura de Sir Philip Carter, directivo de la empresa. Ya desde 1980, Carter empezó a reunirse con otros clubes para intentar cambiar el status quo del fútbol inglés. Los primeros en sentarse a su mesa fueron Manchester United y Tottenham. Consideraban que las reglas de la Football League eran totalmente injustas para los grandes clubes. Como ya dijimos anteriormente, los noventa y dos clubes que la componían, desde la First a la Fourth Division, tenían un voto cada uno y la cosa no había cambiado nada desde los años 60. Para tomar cualquier decisión, los clubes modestos podían derrotar a los poderosos porque eran más. Todos los clubes cedían el 4% de sus taquillas anuales para un bote común. Pero obviamente, el 4% del United no era el mismo que el del Shrewsbury y eso tenía a los grandes con la mosca detrás de la oreja. Los contratos publicitarios y de televisión eran conseguidos principalmente por el prestigio y el atractivo del fútbol de primera división. Pero eran repartidos entre los 92 clubes. A comienzos de los 80, los grandes clubes básicamente financiaban al resto mientras ellos mismos tenían problemas económicos. Nos suena.

Otra de las ideas de Carter fue reunirse con Celtic y Rangers con la intención de traer el Old Firm a una nueva Superliga. Añadir el potencial económico y social de los dos gigantes del fútbol escocés era totalmente atractivo. No es casualidad que, precisamente en aquel momento, fuese cuando clubes como Dundee o Aberdeen (the New Firm) empezaban desafiar a los dos tradicionales colosos del país. Esta opción de la Superliga era también atractiva para Celtic y Rangers, aunque oficialmente esta idea era imposible. Legalmente podía ser bloqueada por la mera existencia de dos federaciones diferentes en Escocia e Inglaterra, a pesar de pertenecer al mismo país, el Reino Unido. Era uno de los privilegios de ser países fundadores del juego. Pero para Carter era una manera de mostrar que estaba dispuesto a desafiar al establishment para defender sus intereses.

Durante un par de años, Carter siguió reuniéndose con dirigentes de todo tipo. Grandes clubes (Liverpool, Arsenal) o humildes (Jimmy Hill, del Coventry, con el que las relaciones eran cordiales desde su lucha conjunta por la abolición del salario máximo hacía más de veinte años). Con la Football League y la FA sabiendo de sus planes, las reuniones fueron casi clandestinas. Los grandes poderes estaban pendientes, obviamente. En 1982, el comité ejecutivo de la Football League, con Sir Norman Chester a la cabeza, presentó un dosier para intentar controlar el desarrollo económico de la liga. Había que encauzar la economía de los clubes si querían que fuesen viables. La realidad es que los sueldos de los jugadores estaban creciendo a niveles nunca vistos y las taquillas estaban bajando. Cada vez menos gente iba a ver el fútbol. La inseguridad de los estadios (el hooliganismo estaba en su cénit), y la crisis económica estaban afectando a la liga. Chester quería reducir la liga profesional a dos divisiones, lo cual no tenía ningún futuro. Casi 50 equipos podían oponer su voto a esa medida. Pero lo cierto es que el estado de las cuentas de la mayoría de clubes era ruinoso. Se necesitaba un 75% (luego un 60), de los votos. Pero Chester no era tonto. Y se las ingenió para convencer a ambas partes. ¿Cómo lo hizo? Su propuesta de hacer que los clubes se quedasen con la taquilla de sus partidos, acabando con los 30 peniques por adulto que se pagaban al equipo visitante (más el 4% a la FL), beneficiaba claramente a los equipos de primera división, y aún más a los grandes. Para hacernos una idea, United y Arsenal metían entre los dos a más gente en su estadio que el resto de la primera división en una jornada cualquiera. A cambio de esto, Chester aprobó que los directivos pudiesen cobrar. No es un error: estamos en 1983 y en Inglaterra los directivos de los clubes seguían siendo amateur. Había llegado el momento de empezar a hacerse rica con el fútbol para un montón de gente que nunca había soñado con ello. Más bocas que alimentar. ¿A costa de quién?

Una vez apaciguados los mandamases, se intentó reducir la First Division a 20 equipos, la Second con 24, y la Third con otros 24. Se reducía así el número de clubes profesionales a 68 (en lugar de 92). Pero como se suele decir, los pavos no votan a favor de la Navidad. La propuesta fue rechazada.

En 1985, con el Everton camino de un doblete de Liga y Recopa de Europa, Mr. Carter se convierte en el líder del llamado Big Five (Everton, Manchester United, Liverpool, Tottenham y Arsenal), que abiertamente apuestan por una Superliga. Hacía dieciocho años que los de Manchester no ganaban la liga, catorce los gunners y más de veinte los Spurs. Daba igual, esto no era cuestión de fútbol. A ellos se sumarían trece o quince clubes, y no dependerían de la Football League. De nuevo un concepto que suena familiar. La propuesta ganó todavía más fuerza con los desastres de Heysel y Bradford, que alejaron aún más gente de los estadios y obligaron a muchos clubes a emprender costosas reformas en sus decrépitos estadios. Gastos inesperados que hundirían aún más a los clubes.

Una primera división con menos clubes, aunque elitista para los tradicionalistas, reduciría la carga de partidos y mejoraría las posibilidades de la selección inglesa en torneos internacionales. Keith Burkinshaw, técnico del Tottenham aportaba una razón extra. Menos partidos significaban no solo piernas más frescas, sino más tiempo para entrenar y mejorar el nivel técnico y táctico de jugadores y equipos. Burkinshaw atacaba directamente a la base del juego en Inglaterra, que consideraba estaba quedándose atrás. Carter y los demás grandes siguieron ejerciendo presión, reuniéndose con equipos más modestos, creando la idea de una segunda categoría asociada a su proyecto inicial y participe de los beneficios en patrocinios y televisión. La Football League tuvo que diseñar un nuevo sistema de ascensos, que incluía el famoso play off en la Second Division, para aumentar los beneficios económicos de los clubes modestos y mantenerlos fieles.

La ITV y la BBC ejercieron su presión ante lo que veían era una estratagema para hacer subir el precio de los derechos televisivos, y lo hicieron no retransmitiendo fútbol de ningún tipo durante cuatro largos meses a finales de 1985. La liga había rechazado la oferta de 19 millones de libras por cuatro años, argumentando que el fútbol televisado reduciría la asistencia a los estadios. Estábamos a mediados de los ochenta, pero los argumentos seguían enrocados en discusiones e ideas de inicios de los 60. Así pues, los aficionados se perdieron la racha de diez victorias consecutivas del United de Ron Atkinson y la explosión goleadora de Frank McAvennie. El escocés había sido fichado del St. Mirren por el West Ham y marcó dieciocho goles antes de Navidad. Los equipos no lo conocían y acabó como máximo goleador. Los red devils, a pesar de su fulgurante inicio, no ganaron la liga, que fue a parar al Liverpool, en el primer año de Kenny Dalglish como jugador-entrenador. Por cierto, King Kenny salió del banquillo para marcar el gol que daba el título. No contento con ello, completó el doblete al derrotar al Everton en la final de Wembley. El partido entre los dos mejores equipos de Inglaterra, el primer derby del Mersey en una final y una audiencia absolutamente brutal. Alas para Mr. Carter. La Football League fue capaz de contener la idea de la Superliga concediendo una serie de medidas para tener contentos a los clubes, pero no había marcha atrás. El gobierno de Margaret Thatcher había declarado la guerra a todo lo que sonase a obrero, y el fútbol entraba en ese paquete. Poco después de que la liga celebrase su centenario, y tras las reformas obligadas por el gobierno tras el desastre de Hillsborough, los cinco grandes liderados por Carter, con la ayuda de Rupert Murdoch, magnate televisivo y dueño de la plataforma Sky, daban a luz a la Premier League, acabando con más de cien años de Football League. Curiosamente, tras haber conseguido el objetivo por el que llevaban luchando casi una década, el Everton entró en una etapa de mediocridad en la era Premier League. Una FA Cup en 1995 es todo lo que se han podido llevar a la boca en los últimos 30 años, y el fantasma del descenso ha visitado Goodison Park alguna que otra vez. Algunos dirán que es puro karma, otros apuntarán a la cambiante naturaleza del juego. Ser grande es una condición temporal. Lo que distingue a unos y a otros es la capacidad de perder esa categoría y poder volver a ella, de recuperarla. Pasa muy pocas veces.

Han pasado casi treinta años desde la ruptura de los grandes con las instituciones. Eso es lo que fue la creación de la Premier. Han pasado casi cuarenta desde los tejemanejes de Mr. Carter y más de sesenta desde la llegada de John Moores a Goodison Park. Las discusiones siguen siendo las mismas. ¿Dónde está el fallo? ¿Cómo puede ser que en 2021 los clubes grandes (del momento), tras décadas de recibir prebendas y ventajas, sigan con los mismos problemas y sigan señalando a los mismos? Quizá la solución esté en ver que la idiosincrasia misma del fútbol lleva años, ¡décadas!, admitiendo y aceptando que sea un negocio en el que los números rojos son aceptables y hasta aconsejables.

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