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La revelación de los modestos

Edu Rodríguez @EduRodri1996 21-06-2018

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Que larga se hace la espera y que
ínfimo es el momento. Llevamos una semana (¡UNA SEMANA!) ya de Mundial y aunque
parezca poco tiempo para extraer conclusiones, sí lo es para dictaminar que
algo está cambiando. No hay equipos grandes ni pequeños; hay escuadras
trabajadas y ambiciosas que no entienden de límites. No deciden los mejores,
deciden los detalles.

La Copa del Mundo es una
competición única capaz de sacar lo mejor y lo peor de cualquier selección. No
hay partidos fáciles como cualquiera de las 32 participantes en Rusia puede
atestiguar. En contra de lo esperado, ninguna de las favoritas ha podido
mostrar su superioridad; algunas de ellas, incluso han estado/están cerca del
abismo. Alemania, la actual campeona, tras perder contra México, ya no puede
fallar; Argentina, la actual subcampeona, se la juega contra la Croacia de
Modric. Ni Brasil ni España ganaron su primer partido, mientras que Francia
sufrió para superar a Australia por la mínima (2-1). En el fútbol actual, donde
todo está tan estudiado, todo puede pasar.

Ante tanta igualdad, a merced de
la explotación de recursos, es entendible que, hasta el momento, el 60% de los
goles se hayan producido en acciones a balón parado. Salvo los partidos de
Rusia y el de Bélgica, hablamos de un Mundial regido por la igualdad en que
nada puede darse por hecho, independientemente del estatus de cada uno, hasta
que el árbitro no señaliza el final. Cada gol vale su peso en oro y, en este
contexto, hasta la peor selección puede complicarle la vida a la mejor en una
tarde inspirada.

Para algunos, esta falta de goles
vivida hasta el momento hace que los partidos sean menos vistosos de ver, más
aburridos. Se equivocan. Esta también es la magia: que el fútbol no solo
depende del ataque, que también existe la defensa y que esta es capaz de marcar
diferencias. Cada selección va con lo que tiene, optimizando sus recursos y
creyendo en sí mismo. Islandia, México o Suiza así lo hicieron y así
triunfaron. El Mundial solo entiende de sorpresas. Y eso favorece al
aficionado. 

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Que larga se hace la espera y que
ínfimo es el momento. Llevamos una semana (¡UNA SEMANA!) ya de Mundial y aunque
parezca poco tiempo para extraer conclusiones, sí lo es para dictaminar que
algo está cambiando. No hay equipos grandes ni pequeños; hay escuadras
trabajadas y ambiciosas que no entienden de límites. No deciden los mejores,
deciden los detalles.

La Copa del Mundo es una
competición única capaz de sacar lo mejor y lo peor de cualquier selección. No
hay partidos fáciles como cualquiera de las 32 participantes en Rusia puede
atestiguar. En contra de lo esperado, ninguna de las favoritas ha podido
mostrar su superioridad; algunas de ellas, incluso han estado/están cerca del
abismo. Alemania, la actual campeona, tras perder contra México, ya no puede
fallar; Argentina, la actual subcampeona, se la juega contra la Croacia de
Modric. Ni Brasil ni España ganaron su primer partido, mientras que Francia
sufrió para superar a Australia por la mínima (2-1). En el fútbol actual, donde
todo está tan estudiado, todo puede pasar.

Ante tanta igualdad, a merced de
la explotación de recursos, es entendible que, hasta el momento, el 60% de los
goles se hayan producido en acciones a balón parado. Salvo los partidos de
Rusia y el de Bélgica, hablamos de un Mundial regido por la igualdad en que
nada puede darse por hecho, independientemente del estatus de cada uno, hasta
que el árbitro no señaliza el final. Cada gol vale su peso en oro y, en este
contexto, hasta la peor selección puede complicarle la vida a la mejor en una
tarde inspirada.

Para algunos, esta falta de goles
vivida hasta el momento hace que los partidos sean menos vistosos de ver, más
aburridos. Se equivocan. Esta también es la magia: que el fútbol no solo
depende del ataque, que también existe la defensa y que esta es capaz de marcar
diferencias. Cada selección va con lo que tiene, optimizando sus recursos y
creyendo en sí mismo. Islandia, México o Suiza así lo hicieron y así
triunfaron. El Mundial solo entiende de sorpresas. Y eso favorece al
aficionado. 

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