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La leyenda del caballero número 2

Diego G. Argota @Diego21Garcia 07-05-2019

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Cuenta la leyenda que hace 33 años nació en la ciudad de Rosario de Uruguay un muchacho cuyos padres nunca supieron si era del todo normal. Quizás como Hércules, hijo de un dios y un mortal, le fueron heredadas unas habilidades innatas que escapaban a lo racional. O puede que, como narran algunos cuentos célebres, se cayera en algún tipo de marmita que le concediera unos poderes sobrehumanos. 

Era 24 de mayo de 2014 cuando, por unos instantes, ese semidios se convirtió en el único Dios absoluto para toda una serie de fieles rojiblancos. Con un cabezazo nada ortodoxo pero igual de valioso, Diego Roberto Godín Leal, con el título de Don, hizo por un momento al Atlético campeón de Europa. Solo siete días después de haberle hecho campeón de España con una situación muy parecida en un campo tan difícil como el Camp Nou en el que valía todo menos perder. 

Si el Atlético hubiera aguantado un par de minutos más aquella noche en Portugal, algo sobre lo que juré no volver a hablar jamás y que este caballero me ha hecho hoy romper, puede que Diego Godín hubiera sido elegido como el mejor jugador de la historia del Atlético de Madrid. El más importante. Aquel que habría dado el título de Liga y el de Europa con sendos cabezazos teniendo su origen en la zaga en un lapso de apenas siete días. El momento idóneo para deshacer el club y retirarse del fútbol en la élite. Ya no había nada más que hacer. Pero la historia es cruel y su nombre, que pasará a los anales de la historia (es también el extranjero con más partidos con la rojiblanca), siempre tendrá aquella mancha de lo que pudo ser y no fue en Da Luz. Faltó tan poco…

El Faraón solo fue capitán general del barco una temporada portando la cinta que heredó de Gabi y que ahora llevará, salvo carambola rocambolesca, su mejor amigo en la plantilla: Griezmann, un cuasi compatriota con el que ha compartido todo. Pero lo de Godín fue una historia de amor inenarrable. Al principio, con luces y sombras, como esos dos enamorados que tienen sus más y sus menos en las primeras citas. Que se van a casa ilusionados con esa tarde compartida paseando por Madrid unos días, y otros desconsolados porque ese feeling parece haberse acabado. Pero Diego, que se presentó con el dorsal 25, acabó rápido portando ese número 2 que ha alzado a lo más alto tantas y tantas veces.

Porque Godín llegó en una época difícil para el Atlético, donde los centrales corrían turno como en una carnicería y costaba mucho, más allá de Perea, ver cómo un zaguero aguantaba un par de temporadas a un aceptable nivel. Godín, que cometió errores groseros, acabó limando sus carencias, que eran pocas pero sonoras, para rendir a un nivel superlativo.

La pareja que formó con Miranda, quizás algo efímera, es la mejor de la época reciente del Atlético y puede costar encontrar una superior en toda la historia del club. La compenetración con el brasileño parecía venir desde la cuna. Y aunque no es lo mismo, la sintonía que tiene hoy con su compañero Giménez también es de sobresaliente. Entre charrúas anda el juego y el veterano ha enseñado todo a Josema para que sea ahora él quien coja el testigo y represente no solo todo lo que Godín marcaba sobre el campo, sino a esa legión de charrúas que son muy característicos en la piel del aficionado atlético. 

Nueve años y casi 400 partidos después (suma 387, a falta de los dos restantes para terminar el curso), Godín se marcha con 27 goles en el zurrón (21 de ellos de cabeza) y ocho títulos bajo el brazo. Solo le faltó uno por ganar, ese que el Atlético no tiene y que él le estuvo dando hasta aquel fatídico minuto. 

Hoy se ha despedido, todo lágrimas y no de cocodrilo. No sé si Godín es el mejor defensa de la historia del Atlético de Madrid, pero sí es el defensa del mejor Atlético de la historia. “Me voy y quería tener que decirlo yo, que no se supiera por otros”. Se marcha quién sabe si a reencontrarse con su alma gemela Joao Miranda. Quedan dos partidos. Dos, como él. Y sobre todo un baño de masas que se dará en el último partido en casa, ante el Sevilla, con prácticamente nada por jugar para los rojiblancos. Solo habrá una fiesta y una desgarradora despedida. Todo en uno.

Pero Godín es mucho más que aquellos cabezazos de Lisboa y Barcelona, aunque sea eso lo que quede en la retina. Porque igual que Luis siempre será el 8, que el 9 será de Torres o de Gárate, el 2 será de Godín. Deberán pasar muchos años para que un extranjero le supere en la clasificación de partidos jugados. El Faraón es el máximo exponente de un juego aéreo que una vez hizo temible y característico al club. Godín es un gol de la victoria fundamental ante el Levante en aquella 2013-2014. Es quien hizo gritar las gargantas del fondo sur hace un par de meses contra la Juventus, aquel que siendo defensa fue capaz de anotar ocho tantos en una temporada en un equipo nada goleador o ese que, lesionado, optó por quedarse en el campo ante el Athletic y acabar marcando el gol de la remontada. La leyenda del hombre que venció a sus rivales pese a estar muerto. La leyenda del caballero número 2. 

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Cuenta la leyenda que hace 33 años nació en la ciudad de Rosario de Uruguay un muchacho cuyos padres nunca supieron si era del todo normal. Quizás como Hércules, hijo de un dios y un mortal, le fueron heredadas unas habilidades innatas que escapaban a lo racional. O puede que, como narran algunos cuentos célebres, se cayera en algún tipo de marmita que le concediera unos poderes sobrehumanos. 

Era 24 de mayo de 2014 cuando, por unos instantes, ese semidios se convirtió en el único Dios absoluto para toda una serie de fieles rojiblancos. Con un cabezazo nada ortodoxo pero igual de valioso, Diego Roberto Godín Leal, con el título de Don, hizo por un momento al Atlético campeón de Europa. Solo siete días después de haberle hecho campeón de España con una situación muy parecida en un campo tan difícil como el Camp Nou en el que valía todo menos perder. 

Si el Atlético hubiera aguantado un par de minutos más aquella noche en Portugal, algo sobre lo que juré no volver a hablar jamás y que este caballero me ha hecho hoy romper, puede que Diego Godín hubiera sido elegido como el mejor jugador de la historia del Atlético de Madrid. El más importante. Aquel que habría dado el título de Liga y el de Europa con sendos cabezazos teniendo su origen en la zaga en un lapso de apenas siete días. El momento idóneo para deshacer el club y retirarse del fútbol en la élite. Ya no había nada más que hacer. Pero la historia es cruel y su nombre, que pasará a los anales de la historia (es también el extranjero con más partidos con la rojiblanca), siempre tendrá aquella mancha de lo que pudo ser y no fue en Da Luz. Faltó tan poco…

El Faraón solo fue capitán general del barco una temporada portando la cinta que heredó de Gabi y que ahora llevará, salvo carambola rocambolesca, su mejor amigo en la plantilla: Griezmann, un cuasi compatriota con el que ha compartido todo. Pero lo de Godín fue una historia de amor inenarrable. Al principio, con luces y sombras, como esos dos enamorados que tienen sus más y sus menos en las primeras citas. Que se van a casa ilusionados con esa tarde compartida paseando por Madrid unos días, y otros desconsolados porque ese feeling parece haberse acabado. Pero Diego, que se presentó con el dorsal 25, acabó rápido portando ese número 2 que ha alzado a lo más alto tantas y tantas veces.

Porque Godín llegó en una época difícil para el Atlético, donde los centrales corrían turno como en una carnicería y costaba mucho, más allá de Perea, ver cómo un zaguero aguantaba un par de temporadas a un aceptable nivel. Godín, que cometió errores groseros, acabó limando sus carencias, que eran pocas pero sonoras, para rendir a un nivel superlativo.

La pareja que formó con Miranda, quizás algo efímera, es la mejor de la época reciente del Atlético y puede costar encontrar una superior en toda la historia del club. La compenetración con el brasileño parecía venir desde la cuna. Y aunque no es lo mismo, la sintonía que tiene hoy con su compañero Giménez también es de sobresaliente. Entre charrúas anda el juego y el veterano ha enseñado todo a Josema para que sea ahora él quien coja el testigo y represente no solo todo lo que Godín marcaba sobre el campo, sino a esa legión de charrúas que son muy característicos en la piel del aficionado atlético. 

Nueve años y casi 400 partidos después (suma 387, a falta de los dos restantes para terminar el curso), Godín se marcha con 27 goles en el zurrón (21 de ellos de cabeza) y ocho títulos bajo el brazo. Solo le faltó uno por ganar, ese que el Atlético no tiene y que él le estuvo dando hasta aquel fatídico minuto. 

Hoy se ha despedido, todo lágrimas y no de cocodrilo. No sé si Godín es el mejor defensa de la historia del Atlético de Madrid, pero sí es el defensa del mejor Atlético de la historia. “Me voy y quería tener que decirlo yo, que no se supiera por otros”. Se marcha quién sabe si a reencontrarse con su alma gemela Joao Miranda. Quedan dos partidos. Dos, como él. Y sobre todo un baño de masas que se dará en el último partido en casa, ante el Sevilla, con prácticamente nada por jugar para los rojiblancos. Solo habrá una fiesta y una desgarradora despedida. Todo en uno.

Pero Godín es mucho más que aquellos cabezazos de Lisboa y Barcelona, aunque sea eso lo que quede en la retina. Porque igual que Luis siempre será el 8, que el 9 será de Torres o de Gárate, el 2 será de Godín. Deberán pasar muchos años para que un extranjero le supere en la clasificación de partidos jugados. El Faraón es el máximo exponente de un juego aéreo que una vez hizo temible y característico al club. Godín es un gol de la victoria fundamental ante el Levante en aquella 2013-2014. Es quien hizo gritar las gargantas del fondo sur hace un par de meses contra la Juventus, aquel que siendo defensa fue capaz de anotar ocho tantos en una temporada en un equipo nada goleador o ese que, lesionado, optó por quedarse en el campo ante el Athletic y acabar marcando el gol de la remontada. La leyenda del hombre que venció a sus rivales pese a estar muerto. La leyenda del caballero número 2. 

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