_Atletismo

La difícil decisión de Jimmy Gressier

Diego G. Argota @DiegoGArgota21 16-09-2020

Cuando Jimmy Gressier afrontaba los últimos metros para coronarse por segunda vez Campeón de Europa de Cross Country, por su cabeza se barruntaban un montón de cosas. Era 2018, tenía 21 años y el título Sub23 se iba a ir para Francia gracias a su superioridad con respecto al resto. Pero quería ser diferente, porque ciertamente sentía que lo era. Entonces, le pidió un par de banderas a gente al azar del público y enfiló la cinta de meta, embarrada por la lluvia y el frío que habían azotado esos días Tilburgo ya con la idea muy clara de cómo iba a celebrarlo. Nada más llegar al barrizal final, se quiso deslizar con la rodilla como los futbolistas cuando festejan un gol en el córner y cortar la cinta de meta con la cabeza (o incluso pasarla por debajo). El ridículo no pudo ser mayor, pues Jimmy se quedó clavado por completo en el suelo y sí, rompió la cinta con el impulso y la inercia de su cabeceo, pero bien pudo costarle aquello, que le dejó con la boca embarrada, una lesión de rodilla o algo parecido.

Y es que un año antes también había ganado la misma prueba, pero con muy poca holgura como para pensar en un deleite desmedido. Por eso, cuando cosechó su tercera corona, en 2019 en Lisboa, el regodeo fue mayúsculo. Se convirtió en el primer atleta en ser tres veces consecutivas campeón de la disciplina y el francés afrontó la recta de meta con una celebración múltiple. Primero hizo el avión, abriendo los brazos y yendo de lado a lado; luego se puso a caminar, casi como un marchador; al pasar meta, cruzó los brazos en la entonces celebración que habían puesto de moda los Mbappe, Neymar y todo un sinfín de brasileños (originalmente el primero en hacerlo fue Falcao, el de fútbol sala) y siguió llevándose el dedo a la boca mandando callar al público que, lejos de polémicas, lo único que hacía era jalearle, para terminar, ahora sí, mandando un beso a la cámara. Un buen mejunje. Estaba fuera de sí, pero no se le ocurrieron cosas como hacer mecer a un bebé o tirarse patas arriba cual cucaracha.

Jimmy Gressier, en Holanda, en una de sus excéntricas celebraciones.

Porque Jimmy Gressier siempre fue un atleta con cabeza de futbolista. El hombre de la gorra, conocido así en el mundillo por su regusto personal en enfundarse una siempre que se calza las zapatillas, tuvo que tomar la difícil decisión de su vida con apenas 16 años. Nació y creció en Bolonia sobre el Mar, ciudad al norte del país que vio crecer a Papin y a Ribery. Pasaba sus tardes en el mismo césped que vio deslumbrar al hoy futbolista de la Fiorentina y por su cabeza siempre estuvo la firme idea de ser futbolista. Sus entrenadores le decían que valía, siempre era el mejor en los partidos y en la localidad se le tenía como un talento en ciernes. Pero si quizás pudiera haber tenido una buena carrera con el balón, su talento para ser una superestrella del atletismo era evidente. A esos 16 años, Gressier fue seleccionado para representar a Francia en la Copa del Mundo de fútbol Escolar que se celebraba ese año en Guatemala, pero también para el Campeonato del Mundo juvenil de Cross Country que se disputaba en China. Lejos de elegir una disciplina, aunque la presión de los entrenadores de los dos bandos ya era mayúscula, el galo aceptó ambos retos.

Solo unos meses después, tomó la decisión. Si bien una carrera en el mundo del fútbol, aunque fuera a un nivel menor, le habría granjeado una gran reputación y un número llamativo en la cuenta corriente del banco, las misivas de sus técnicos de atletismo, que le auguraban un futuro olímpico, acabaron por decantar la balanza.

Entonces llegaron los éxitos, pero también los batacazos de manera paralela. Porque a las tres coronas seguidas en el campo a través, le fue alternando malos resultados en la pista. Gressier era un tipo habituado a correr en el Cross Country, llenándose de barro hasta las rodillas, pero que rara vez se había puesto unas zapatillas de clavos para pisar el tartán. Había además un hándicap y es que, cuando terminaba la época del Cross, sin apenas descanso comenzaba la de pista y no tenía el cuerpo habituado para ello. “Todo el mundo me decía que era muy difícil correr en pista y que nunca triunfaría alguien como yo, que había nacido para correr en el campo. Y en cierto modo, se lo creyó. Aunque nunca lo aceptó.

En 2017 quedó en décima posición en la prueba de 5.000 metros en categoría Sub20. En 2017, ya como sub23, fue descalificado por pisar por dentro de la cuerda. 2018, donde no hubo europeo, tampoco fue un año idílico en pista, aunque conquistó los Juegos Mediterráneos en una prueba con un cartel muy bajo. Era inexplicable cómo, aquel que aterrorizaba a todos en el campo, era incapaz de ser rápido en pista. “Tenía mucha presión. Siempre estaba muy nervioso. Las sensaciones no eran buenas y mi entrenador seguía queriendo que hiciera solo campo”.

Pero entonces llegó 2019, el campeonato de Europa al aire libre en pista y, lejos de amilanarse, Gressier dobló la apuesta. No contento con el 5.000, se inscribió también en la prueba de 10.000 que se celebraba dos días después. No tuvo rival en ninguna y consiguió un doblete histórico que le ha proyectado a ser uno de los mejores reclamos de su país y una perla del atletismo europeo. Ese doble título le ha dado las alas necesarias para cambiar la gorra por una cinta de pelo y afrontar todo lo que le echen sobre el tartán. El especialista en barro se ha convertido en un multiatleta que busca ir a Tokio el próximo año sin saber muy bien qué disciplina elegir, pues el Cross Country no es olímpico. El 5.000 metros habría sido su prueba si no se hubieran pospuesto los juegos a 2021, pero con un año más de preparación, los objetivos se le han abierto.

Ya como reclamo en algunos meetings de la Diamond League, Gressier ha probado en los últimos meses a disputar carreras de 1.500m y de 3.000 metros vallas, que particularmente le encantan. “Siempre quise hacer vallas, pero mi entrenador no quería que las entrenara”. En todas ha mostrado una solvencia tremenda para alguien no habituado al tartán. Gressier, que este fin de semana se ha convertido en campeón de Francia de 5.000 metros en pista, tiene, por ejemplo, su mejor marca a un segundo de la mínima para ir a Tokio en el 1.500 (y margen de mejora suficiente), que es quizás la disciplina que peor se le dé.

Su sueño es ser campeón. Sabe que en un 5.000 es imposible competir con los atletas de origen africano a día de hoy, y que quizás las carreras de obstáculos es donde mayor recorrido puede tener alguien como él. “Las vallas, los saltos, las aceleraciones… Es quizás lo más parecido al Cross, que es lo que mejor se me da”. Y no ha llegado siquiera a Tokio, que no se olvida de los Juegos que acogerá París en 2024, donde correrá en casa. “Allí pienso en maratón. Nunca he corrido uno, pero creo que soy fuerte en la carrera larga”. Afortunadamente no eligió el fútbol… Porque a ello no se puede jugar con gorra.

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Cuando Jimmy Gressier afrontaba los últimos metros para coronarse por segunda vez Campeón de Europa de Cross Country, por su cabeza se barruntaban un montón de cosas. Era 2018, tenía 21 años y el título Sub23 se iba a ir para Francia gracias a su superioridad con respecto al resto. Pero quería ser diferente, porque ciertamente sentía que lo era. Entonces, le pidió un par de banderas a gente al azar del público y enfiló la cinta de meta, embarrada por la lluvia y el frío que habían azotado esos días Tilburgo ya con la idea muy clara de cómo iba a celebrarlo. Nada más llegar al barrizal final, se quiso deslizar con la rodilla como los futbolistas cuando festejan un gol en el córner y cortar la cinta de meta con la cabeza (o incluso pasarla por debajo). El ridículo no pudo ser mayor, pues Jimmy se quedó clavado por completo en el suelo y sí, rompió la cinta con el impulso y la inercia de su cabeceo, pero bien pudo costarle aquello, que le dejó con la boca embarrada, una lesión de rodilla o algo parecido.

Y es que un año antes también había ganado la misma prueba, pero con muy poca holgura como para pensar en un deleite desmedido. Por eso, cuando cosechó su tercera corona, en 2019 en Lisboa, el regodeo fue mayúsculo. Se convirtió en el primer atleta en ser tres veces consecutivas campeón de la disciplina y el francés afrontó la recta de meta con una celebración múltiple. Primero hizo el avión, abriendo los brazos y yendo de lado a lado; luego se puso a caminar, casi como un marchador; al pasar meta, cruzó los brazos en la entonces celebración que habían puesto de moda los Mbappe, Neymar y todo un sinfín de brasileños (originalmente el primero en hacerlo fue Falcao, el de fútbol sala) y siguió llevándose el dedo a la boca mandando callar al público que, lejos de polémicas, lo único que hacía era jalearle, para terminar, ahora sí, mandando un beso a la cámara. Un buen mejunje. Estaba fuera de sí, pero no se le ocurrieron cosas como hacer mecer a un bebé o tirarse patas arriba cual cucaracha.

Jimmy Gressier, en Holanda, en una de sus excéntricas celebraciones.

Porque Jimmy Gressier siempre fue un atleta con cabeza de futbolista. El hombre de la gorra, conocido así en el mundillo por su regusto personal en enfundarse una siempre que se calza las zapatillas, tuvo que tomar la difícil decisión de su vida con apenas 16 años. Nació y creció en Bolonia sobre el Mar, ciudad al norte del país que vio crecer a Papin y a Ribery. Pasaba sus tardes en el mismo césped que vio deslumbrar al hoy futbolista de la Fiorentina y por su cabeza siempre estuvo la firme idea de ser futbolista. Sus entrenadores le decían que valía, siempre era el mejor en los partidos y en la localidad se le tenía como un talento en ciernes. Pero si quizás pudiera haber tenido una buena carrera con el balón, su talento para ser una superestrella del atletismo era evidente. A esos 16 años, Gressier fue seleccionado para representar a Francia en la Copa del Mundo de fútbol Escolar que se celebraba ese año en Guatemala, pero también para el Campeonato del Mundo juvenil de Cross Country que se disputaba en China. Lejos de elegir una disciplina, aunque la presión de los entrenadores de los dos bandos ya era mayúscula, el galo aceptó ambos retos.

Solo unos meses después, tomó la decisión. Si bien una carrera en el mundo del fútbol, aunque fuera a un nivel menor, le habría granjeado una gran reputación y un número llamativo en la cuenta corriente del banco, las misivas de sus técnicos de atletismo, que le auguraban un futuro olímpico, acabaron por decantar la balanza.

Entonces llegaron los éxitos, pero también los batacazos de manera paralela. Porque a las tres coronas seguidas en el campo a través, le fue alternando malos resultados en la pista. Gressier era un tipo habituado a correr en el Cross Country, llenándose de barro hasta las rodillas, pero que rara vez se había puesto unas zapatillas de clavos para pisar el tartán. Había además un hándicap y es que, cuando terminaba la época del Cross, sin apenas descanso comenzaba la de pista y no tenía el cuerpo habituado para ello. “Todo el mundo me decía que era muy difícil correr en pista y que nunca triunfaría alguien como yo, que había nacido para correr en el campo. Y en cierto modo, se lo creyó. Aunque nunca lo aceptó.

En 2017 quedó en décima posición en la prueba de 5.000 metros en categoría Sub20. En 2017, ya como sub23, fue descalificado por pisar por dentro de la cuerda. 2018, donde no hubo europeo, tampoco fue un año idílico en pista, aunque conquistó los Juegos Mediterráneos en una prueba con un cartel muy bajo. Era inexplicable cómo, aquel que aterrorizaba a todos en el campo, era incapaz de ser rápido en pista. “Tenía mucha presión. Siempre estaba muy nervioso. Las sensaciones no eran buenas y mi entrenador seguía queriendo que hiciera solo campo”.

Pero entonces llegó 2019, el campeonato de Europa al aire libre en pista y, lejos de amilanarse, Gressier dobló la apuesta. No contento con el 5.000, se inscribió también en la prueba de 10.000 que se celebraba dos días después. No tuvo rival en ninguna y consiguió un doblete histórico que le ha proyectado a ser uno de los mejores reclamos de su país y una perla del atletismo europeo. Ese doble título le ha dado las alas necesarias para cambiar la gorra por una cinta de pelo y afrontar todo lo que le echen sobre el tartán. El especialista en barro se ha convertido en un multiatleta que busca ir a Tokio el próximo año sin saber muy bien qué disciplina elegir, pues el Cross Country no es olímpico. El 5.000 metros habría sido su prueba si no se hubieran pospuesto los juegos a 2021, pero con un año más de preparación, los objetivos se le han abierto.

Ya como reclamo en algunos meetings de la Diamond League, Gressier ha probado en los últimos meses a disputar carreras de 1.500m y de 3.000 metros vallas, que particularmente le encantan. “Siempre quise hacer vallas, pero mi entrenador no quería que las entrenara”. En todas ha mostrado una solvencia tremenda para alguien no habituado al tartán. Gressier, que este fin de semana se ha convertido en campeón de Francia de 5.000 metros en pista, tiene, por ejemplo, su mejor marca a un segundo de la mínima para ir a Tokio en el 1.500 (y margen de mejora suficiente), que es quizás la disciplina que peor se le dé.

Su sueño es ser campeón. Sabe que en un 5.000 es imposible competir con los atletas de origen africano a día de hoy, y que quizás las carreras de obstáculos es donde mayor recorrido puede tener alguien como él. “Las vallas, los saltos, las aceleraciones… Es quizás lo más parecido al Cross, que es lo que mejor se me da”. Y no ha llegado siquiera a Tokio, que no se olvida de los Juegos que acogerá París en 2024, donde correrá en casa. “Allí pienso en maratón. Nunca he corrido uno, pero creo que soy fuerte en la carrera larga”. Afortunadamente no eligió el fútbol… Porque a ello no se puede jugar con gorra.