_Italia

Italia encuentra un camino

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 17-10-2018

etiquetas:

Hacía más de dos años, desde que el combinado de Antonio Conte batiese a España y llevase a la entonces vigente campeona del mundo hasta la tanda de penaltis en la Eurocopa 2016, que la selección italiana no cuajaba un partido mínimamente optimista para su seleccionador, para sus futbolistas, para su afición, para su presente, para su futuro y para sí misma. Cuando la resignación por el descenso de categoría en la Nations League era ya palpable y en pleno injusto y superficial debate sobre la escasa calidad del jugador italiano actual en líneas generales, Roberto Mancini, independientemente del convencimiento previo en la idea, parece haber encontrado al fin el fondo y la forma para su proyecto al frente de la selección transalpina, justo cuando se encontraba ya contra las cuerdas en su primera competición en el cargo. Un clásico azzurro.

El siempre esperado Marco Verratti se unió en el centro del campo a Jorginho, que necesitaba como el comer un íntimo socio para no verse muchas veces aislado en la medular italiana y sin opciones fiables de continuidad en corto, y ambos se convirtieron rápidamente en la fuerza motriz del equipo, hasta el punto de que todo pareció adquirir una coherencia absoluta a su alrededor. Más allá de que su simbiosis esté obviamente todavía por pulir y engrasar, su convivencia es un símbolo. Ante Polonia en Chorzów, con ambos centrocampistas por encima de los 110 pases realizados, Italia mostró un enorme poso asociativo, una consolidación de su maniobra ofensiva que le llevó a alcanzar el 70% de la posesión y una consistencia con la pelota que parecía ciencia ficción en comparación con sus dos últimos años de juego.

Para ello, Mancini apostó por impulsar la creatividad de la que la Nazionale carecía totalmente, propiciando la movilidad y la calidad técnica por delante de sus dos hombres fuertes, escoltados a su vez por un Nicolò Barella más intenso, aguerrido, inteligente sin balón y polifuncional por delante de ambos mediocentros, quienes casi siempre compartían altura en posiciones cercanas entre sí. Con los apoyos certeros de Insigne como falso nueve, teniendo mucho recorrido en perpendicular al arco y absoluta licencia para bajar a recibir y girar para favorecer que Chiesa y Bernardeschi ganasen altura y se acercasen a los picos del área; las líneas de pase de Verratti y Jorginho se multiplicaron y el sentido asociativo inundó todo el sistema desde la más que fiable y experimentada pareja de centrales, que tan bien le viene a Italia para dar cuajo a sus nuevas intenciones, formada por Chiellini y por un Bonucci que siempre tiene la potestad de combinar el inicio raso ahora buscado con un envío largo y cruzado al extremo para ganar la espalda de la zaga rival. La especialidad de la casa.

Chiesa rompe y estira, Bernardeschi apoya y ejecuta, Insigne pulula e interpreta, Jorginho distribuye y lanza, Verratti toca y asienta… Amalgamar a esos cinco talentos ofensivos es instituir un bloque cimental y sumar a ese quinteto a los ya citados defensas centrales, a un perfil mixto como Barella, destinado a corregir y a sumarse al tridente de atacantes para saltar a una presión alta que es importantísima para dar continuidad durante el partido a esta estructura, y a dos laterales como Florenzi y Biraghi, quienes poseen en su fútbol una energía muy elevada, bidireccional y constante que el exigente sistema requiere para no partirse, para no escatimar una ayuda, para rellenar los costados del área cuando los Federicos tracen la diagonal interior y para manejarse asiduamente en ritmos altos que favorezcan la creación de peligro a través de la circulación de pelota previa supone, todo ello, perfilar un equipo con todas las letras. Perfilar un horizonte.

A falta de que la necesariamente renovada base de Italia gane confianza en sus nuevas maneras de hacer las cosas, de que el sistema se asiente y progrese en sus automatismos y en sus sociedades de carácter más individual, de que el seleccionador no retroceda sobre sus pasos sino que avance en su remozado estilo y de que ese 4-3-3 con falso nueve encuentre un líder productivo que le dé a la selección punch ante la portería rival sin que eche en falta la figura de un delantero centro de corte más físico y clásico, o por el contrario, de que Chiesa, Bernardeschi e Insigne logren repartirse esa responsabilidad goleadora y encontrar mecanismos efectivos para rellenar el área de una forma más elaborada pero que sea al mismo tiempo capaz de compensar la falta de un rematador puro, la lección número uno de Roberto Mancini al frente de la Azzurra parece aprendida. Hay veces en el fútbol que para comenzar a construir algo provechoso basta con mandar a los buenos al campo y acto seguido, comenzar a pensar en generar para ellos el contexto que más favorezca a sus virtudes.

Sp_

siguenos en:

©2019 Copyright Sphera Sports | Derechos reservados

Hacía más de dos años, desde que el combinado de Antonio Conte batiese a España y llevase a la entonces vigente campeona del mundo hasta la tanda de penaltis en la Eurocopa 2016, que la selección italiana no cuajaba un partido mínimamente optimista para su seleccionador, para sus futbolistas, para su afición, para su presente, para su futuro y para sí misma. Cuando la resignación por el descenso de categoría en la Nations League era ya palpable y en pleno injusto y superficial debate sobre la escasa calidad del jugador italiano actual en líneas generales, Roberto Mancini, independientemente del convencimiento previo en la idea, parece haber encontrado al fin el fondo y la forma para su proyecto al frente de la selección transalpina, justo cuando se encontraba ya contra las cuerdas en su primera competición en el cargo. Un clásico azzurro.

El siempre esperado Marco Verratti se unió en el centro del campo a Jorginho, que necesitaba como el comer un íntimo socio para no verse muchas veces aislado en la medular italiana y sin opciones fiables de continuidad en corto, y ambos se convirtieron rápidamente en la fuerza motriz del equipo, hasta el punto de que todo pareció adquirir una coherencia absoluta a su alrededor. Más allá de que su simbiosis esté obviamente todavía por pulir y engrasar, su convivencia es un símbolo. Ante Polonia en Chorzów, con ambos centrocampistas por encima de los 110 pases realizados, Italia mostró un enorme poso asociativo, una consolidación de su maniobra ofensiva que le llevó a alcanzar el 70% de la posesión y una consistencia con la pelota que parecía ciencia ficción en comparación con sus dos últimos años de juego.

Para ello, Mancini apostó por impulsar la creatividad de la que la Nazionale carecía totalmente, propiciando la movilidad y la calidad técnica por delante de sus dos hombres fuertes, escoltados a su vez por un Nicolò Barella más intenso, aguerrido, inteligente sin balón y polifuncional por delante de ambos mediocentros, quienes casi siempre compartían altura en posiciones cercanas entre sí. Con los apoyos certeros de Insigne como falso nueve, teniendo mucho recorrido en perpendicular al arco y absoluta licencia para bajar a recibir y girar para favorecer que Chiesa y Bernardeschi ganasen altura y se acercasen a los picos del área; las líneas de pase de Verratti y Jorginho se multiplicaron y el sentido asociativo inundó todo el sistema desde la más que fiable y experimentada pareja de centrales, que tan bien le viene a Italia para dar cuajo a sus nuevas intenciones, formada por Chiellini y por un Bonucci que siempre tiene la potestad de combinar el inicio raso ahora buscado con un envío largo y cruzado al extremo para ganar la espalda de la zaga rival. La especialidad de la casa.

Chiesa rompe y estira, Bernardeschi apoya y ejecuta, Insigne pulula e interpreta, Jorginho distribuye y lanza, Verratti toca y asienta… Amalgamar a esos cinco talentos ofensivos es instituir un bloque cimental y sumar a ese quinteto a los ya citados defensas centrales, a un perfil mixto como Barella, destinado a corregir y a sumarse al tridente de atacantes para saltar a una presión alta que es importantísima para dar continuidad durante el partido a esta estructura, y a dos laterales como Florenzi y Biraghi, quienes poseen en su fútbol una energía muy elevada, bidireccional y constante que el exigente sistema requiere para no partirse, para no escatimar una ayuda, para rellenar los costados del área cuando los Federicos tracen la diagonal interior y para manejarse asiduamente en ritmos altos que favorezcan la creación de peligro a través de la circulación de pelota previa supone, todo ello, perfilar un equipo con todas las letras. Perfilar un horizonte.

A falta de que la necesariamente renovada base de Italia gane confianza en sus nuevas maneras de hacer las cosas, de que el sistema se asiente y progrese en sus automatismos y en sus sociedades de carácter más individual, de que el seleccionador no retroceda sobre sus pasos sino que avance en su remozado estilo y de que ese 4-3-3 con falso nueve encuentre un líder productivo que le dé a la selección punch ante la portería rival sin que eche en falta la figura de un delantero centro de corte más físico y clásico, o por el contrario, de que Chiesa, Bernardeschi e Insigne logren repartirse esa responsabilidad goleadora y encontrar mecanismos efectivos para rellenar el área de una forma más elaborada pero que sea al mismo tiempo capaz de compensar la falta de un rematador puro, la lección número uno de Roberto Mancini al frente de la Azzurra parece aprendida. Hay veces en el fútbol que para comenzar a construir algo provechoso basta con mandar a los buenos al campo y acto seguido, comenzar a pensar en generar para ellos el contexto que más favorezca a sus virtudes.

etiquetas:

_Italia

Un insigne hijo de Nápoles

Joel Sierra @_JoeLSierra_
12-01-2022

_Italia

El milagro de la Atalanta

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96
07-01-2022