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Freddie Steinmark: jugar para ganar

El 6 de diciembre de 1969 tuvo lugar un acontecimiento especial en Arkansas, en el Razorback Stadium. Allí, ante la atenta mirada de casi 50.000 espectadores, se dieron cita los Texas Longhorns y los Arkansas Razorbacks en el duelo más importante de la temporada de fútbol americano universitario, casi incluso más que la final por el campeonato nacional que tendría lugar unas semanas después. Y es que Texas había sido el mejor equipo en la temporada regular, mientras que Arkansas estaba en segunda posición, lo que otorgaba al enfrentamiento un aura especial, catalogado en el deporte norteamericano como ‘El partido del siglo’

En su casa, los Razorbacks se marcharon al último cuarto con un marcador favorable de 14-0 que parecía imposible que se les escapara. Los líderes de la liga regular estaban siendo masacrados en el aspecto físico, pero el partido dio un vuelco increíble durante los últimos 15 minutos que está al nivel y otorga aún más mordida a la historia matriz que aquí se narra. Texas acabó ganando el partido por 14-15 teniendo como una de sus estrellas a un jugador tozudo, cabezudo, todo corazón y que, lesionado visiblemente, cojeando, decidió acabar el partido en unas condiciones realmente malas, pero teniendo suma importancia en cada acción defensiva de los visitantes. Era el defensor Freddie Steinmark.

Freddie durante un partido con los Texas Longhorns (Imagen: Freddie Steinmark)

Freddie Steinmark siempre quiso jugar en la NFL. Soñó con ser quarterback, aunque en realidad lo único que le importaba era estar en el campo. En sus años de instituto en Colorado destacó como running back, aunque también actuaba como safety en la faceta defensiva. Su impacto y popularidad era tal que en su último año de secundaria recibió el premio al Mejor Atleta de su instituto. En cambio, ninguna universidad se atrevió a reclutarlo. El motivo era muy claro. Poco importaba la carta de presentación y su nota de estadísticas o premios individuales. Freddie era un muchacho que no llegaba al 1’70m de altura y que pesaba cerca de 70 kilos. Era un físico que difícilmente iba a tener cabida en el fútbol universitario. 

Pero su entrenador de instituto realizó algunas llamadas, algunas efectivas, y a Steinmark le acabó viendo el entrenador de Texas, que se sintió muy identificado con Freddie. El técnico había sufrido los mismos problemas en su juventud y avisó al jugador de que el trabajo iba a ser muy duro, que tenía un hándicap que le iba a obligar a dar más de sí que el resto. Steinmark recogió el guante y en su segunda temporada, pese a ser un Sophomore, vio cómo se le abrían las puertas de la titularidad como safety

Al poco de comenzar la temporada, comenzó a sentir un dolor insoportable en su pierna izquierda. Por miedo a perder esa posición que tanto le había costado ganar, no le dijo nada a nadie, pues una lesión en aquel momento de la campaña, con el equipo lanzado a la postemporada, podía haberle dejado fuera del equipo y quién sabe si no volver a entrar. Pero el dolor fue cada vez más fuerte. Tanto, que la cojera que le acompañaba ya era visible para todos. El punto crítico llegó aquel 6 de diciembre, en ese Partido del Siglo frente a Arkansas. Incluso a pesar de ser un jugador crucial en el esquema del entrenador, se vio obligado a retirarle en algunas jugadas puntuales.

El vuelco en la vida de Steinmark

Al término de aquel partido, y con el éxtasis de la victoria, el entrenador obligó a Steinmark a realizarse pruebas para saber qué es lo que tenía. Había unos 20 días de parón hasta la disputa del último partido de la temporada, el que decidiría el campeón nacional, y si se trataba de algo muscular podría ser tiempo suficiente para recuperarse. El diagnóstico fue el peor esperable. Freddie tenía cáncer de huesos, estaba en un estado muy avanzado y los doctores fueron francos con él. Era prácticamente imposible que superara la enfermedad y no sabían cómo había sido capaz no solo de jugar al fútbol americano, sino incluso de caminar durante todo ese tiempo. Cuatro días después de haber sido uno de los héroes de Texas en el partido, a Freddie le amputaron la pierna izquierda.

Que su carrera se había terminado era una evidencia, pero que él seguía siendo un Longhorns, al menos esa temporada, también. Por eso, como Texas tenía que jugar el último partido de la temporada, él quería estar allí para dar alas a su equipo. El rival, además, no era otro que Notre Dame, la universidad para la que Freddie había soñado jugar y que no había confiado en él. Debía presenciar ese partido, era una cuestión personal. Los médicos se opusieron en rotundo. Freddie no tenía fuerzas para salir de la cama, no sabía andar en muletas y estaba realmente en una fase de salud crítica. Además, internamente, su cuerpo no regaba bien el flujo sanguíneo en una posición que no fuera totalmente tumbado. Debía estar en cama. Pero paso a paso, caída a caída y golpe a golpe, fue aprendiendo a caminar por los pasillos del hospital. No quería entrar en el Cotton Bowl, entonces la casa de los Dallas Cowboys de la NFL, sentado en una silla de ruedas.

Y ahí estuvo, el día de año nuevo, con paso lento, ovacionado por las más de 70.000 personas que se dieron cita y recibido con cariño y amor por parte de sus compañeros, que sabían de qué pasta estaba hecho un safety que había llegado hasta ahí por ser pura entrega y determinación. Freddie vio desde la banda cómo su equipo se hacía con el campeonato nacional, y cómo él se podía retirar alegre, siendo campeón al máximo nivel y habiendo sido clave en toda la temporada. 

Familiares y excompañeros rindiendo homenaje a Freddie años más tarde

Un año y medio después y con solo 22 años, Freddie murió. El cáncer se lo llevó. Aguantó mucho más de lo que los expertos habían augurado. Durante todo ese tiempo, escribió un libro autobiográfico con la colaboración de Blackie Sherrod, periodista del Dallas Times Herald. Freddie nunca llegó a ver publicada su obra, titulada I play to win’ (Yo juego para ganar) pues falleció tres meses antes de que pudiera ver la luz. El marcador del estadio de los Texas Longhorns lleva el nombre de Freddie Steinmark en su honor y en 2015 se le rindió un tremendo homenaje cuando toda su familia fue invitada al partido y los jugadores saltaron al campo con la equipación retro que había vestido Freddie junto a sus compañeros casi 50 años antes. 

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El 6 de diciembre de 1969 tuvo lugar un acontecimiento especial en Arkansas, en el Razorback Stadium. Allí, ante la atenta mirada de casi 50.000 espectadores, se dieron cita los Texas Longhorns y los Arkansas Razorbacks en el duelo más importante de la temporada de fútbol americano universitario, casi incluso más que la final por el campeonato nacional que tendría lugar unas semanas después. Y es que Texas había sido el mejor equipo en la temporada regular, mientras que Arkansas estaba en segunda posición, lo que otorgaba al enfrentamiento un aura especial, catalogado en el deporte norteamericano como ‘El partido del siglo’

En su casa, los Razorbacks se marcharon al último cuarto con un marcador favorable de 14-0 que parecía imposible que se les escapara. Los líderes de la liga regular estaban siendo masacrados en el aspecto físico, pero el partido dio un vuelco increíble durante los últimos 15 minutos que está al nivel y otorga aún más mordida a la historia matriz que aquí se narra. Texas acabó ganando el partido por 14-15 teniendo como una de sus estrellas a un jugador tozudo, cabezudo, todo corazón y que, lesionado visiblemente, cojeando, decidió acabar el partido en unas condiciones realmente malas, pero teniendo suma importancia en cada acción defensiva de los visitantes. Era el defensor Freddie Steinmark.

Freddie durante un partido con los Texas Longhorns (Imagen: Freddie Steinmark)

Freddie Steinmark siempre quiso jugar en la NFL. Soñó con ser quarterback, aunque en realidad lo único que le importaba era estar en el campo. En sus años de instituto en Colorado destacó como running back, aunque también actuaba como safety en la faceta defensiva. Su impacto y popularidad era tal que en su último año de secundaria recibió el premio al Mejor Atleta de su instituto. En cambio, ninguna universidad se atrevió a reclutarlo. El motivo era muy claro. Poco importaba la carta de presentación y su nota de estadísticas o premios individuales. Freddie era un muchacho que no llegaba al 1’70m de altura y que pesaba cerca de 70 kilos. Era un físico que difícilmente iba a tener cabida en el fútbol universitario. 

Pero su entrenador de instituto realizó algunas llamadas, algunas efectivas, y a Steinmark le acabó viendo el entrenador de Texas, que se sintió muy identificado con Freddie. El técnico había sufrido los mismos problemas en su juventud y avisó al jugador de que el trabajo iba a ser muy duro, que tenía un hándicap que le iba a obligar a dar más de sí que el resto. Steinmark recogió el guante y en su segunda temporada, pese a ser un Sophomore, vio cómo se le abrían las puertas de la titularidad como safety

Al poco de comenzar la temporada, comenzó a sentir un dolor insoportable en su pierna izquierda. Por miedo a perder esa posición que tanto le había costado ganar, no le dijo nada a nadie, pues una lesión en aquel momento de la campaña, con el equipo lanzado a la postemporada, podía haberle dejado fuera del equipo y quién sabe si no volver a entrar. Pero el dolor fue cada vez más fuerte. Tanto, que la cojera que le acompañaba ya era visible para todos. El punto crítico llegó aquel 6 de diciembre, en ese Partido del Siglo frente a Arkansas. Incluso a pesar de ser un jugador crucial en el esquema del entrenador, se vio obligado a retirarle en algunas jugadas puntuales.

El vuelco en la vida de Steinmark

Al término de aquel partido, y con el éxtasis de la victoria, el entrenador obligó a Steinmark a realizarse pruebas para saber qué es lo que tenía. Había unos 20 días de parón hasta la disputa del último partido de la temporada, el que decidiría el campeón nacional, y si se trataba de algo muscular podría ser tiempo suficiente para recuperarse. El diagnóstico fue el peor esperable. Freddie tenía cáncer de huesos, estaba en un estado muy avanzado y los doctores fueron francos con él. Era prácticamente imposible que superara la enfermedad y no sabían cómo había sido capaz no solo de jugar al fútbol americano, sino incluso de caminar durante todo ese tiempo. Cuatro días después de haber sido uno de los héroes de Texas en el partido, a Freddie le amputaron la pierna izquierda.

Que su carrera se había terminado era una evidencia, pero que él seguía siendo un Longhorns, al menos esa temporada, también. Por eso, como Texas tenía que jugar el último partido de la temporada, él quería estar allí para dar alas a su equipo. El rival, además, no era otro que Notre Dame, la universidad para la que Freddie había soñado jugar y que no había confiado en él. Debía presenciar ese partido, era una cuestión personal. Los médicos se opusieron en rotundo. Freddie no tenía fuerzas para salir de la cama, no sabía andar en muletas y estaba realmente en una fase de salud crítica. Además, internamente, su cuerpo no regaba bien el flujo sanguíneo en una posición que no fuera totalmente tumbado. Debía estar en cama. Pero paso a paso, caída a caída y golpe a golpe, fue aprendiendo a caminar por los pasillos del hospital. No quería entrar en el Cotton Bowl, entonces la casa de los Dallas Cowboys de la NFL, sentado en una silla de ruedas.

Y ahí estuvo, el día de año nuevo, con paso lento, ovacionado por las más de 70.000 personas que se dieron cita y recibido con cariño y amor por parte de sus compañeros, que sabían de qué pasta estaba hecho un safety que había llegado hasta ahí por ser pura entrega y determinación. Freddie vio desde la banda cómo su equipo se hacía con el campeonato nacional, y cómo él se podía retirar alegre, siendo campeón al máximo nivel y habiendo sido clave en toda la temporada. 

Familiares y excompañeros rindiendo homenaje a Freddie años más tarde

Un año y medio después y con solo 22 años, Freddie murió. El cáncer se lo llevó. Aguantó mucho más de lo que los expertos habían augurado. Durante todo ese tiempo, escribió un libro autobiográfico con la colaboración de Blackie Sherrod, periodista del Dallas Times Herald. Freddie nunca llegó a ver publicada su obra, titulada I play to win’ (Yo juego para ganar) pues falleció tres meses antes de que pudiera ver la luz. El marcador del estadio de los Texas Longhorns lleva el nombre de Freddie Steinmark en su honor y en 2015 se le rindió un tremendo homenaje cuando toda su familia fue invitada al partido y los jugadores saltaron al campo con la equipación retro que había vestido Freddie junto a sus compañeros casi 50 años antes. 

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