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Cuando lo caro sale caro

Llevaban en Goodison Park mucho tiempo preguntándose lo que ocurría con los fichajes. Gastaba y gastaba la entidad del Merseyside y no llegaban los resultados. Pagar 60 millones por futbolistas mediocres no era un buen plan y ellos no se habían dado cuenta. Vaya. Ha tenido que llegar el famoso fair play financiero, esa leyenda que afecta a unos pocos equipos, para darse cuenta de que gastando un millón y medio puedes firmar a dos futbolistas que te jueguen bien al fútbol. Por ello contrataron a un técnico acostumbrado a potenciar a jugadores que no son maravillas, pese a ser un prócer del otro bando. Ver al Everton de Benítez no va a provocar nunca el síndrome de Stendhal, pero lo pragmático a veces da resultados. Hoy su cuadro es colíder con Liverpool, Manchester United y Chelsea. No está mal.

El aterrizaje del madrileño tiene un parecido con Ted Lasso. La única diferencia es que uno no sabe ni lo que es un fuera de juego, pero el fondo es el mismo: deben ganarse a las aficiones de alguna manera. El del Richmond cuajó una complicidad con su gente a través de su perenne bondad; de su lealtad disfrazada de miedo. El español no vive en una serie de televisión, aunque el guion que suele escribir don fútbol suele ser más perverso que los de la ficción. Él solo tiene una opción: trabajar para sumar muchos puntos. Los pasteles de Benítez tienen que ser las victorias. No le queda otra.

A través del 4-4-2, recordando al primer Atlético de Madrid de Simeone, quiere construir un equipo difícil de superar. Las ideas son fáciles de nombrar, aunque difíciles de elaborar en poco tiempo: líneas juntas, pocos espacios y transiciones rápidas a pocos toques cuando roban el cuero. Por ello, el trote caro de James Rodríguez tiene poco futuro en Liverpool. O realiza una metamorfosis más veloz que la de Kafka o va a ser complejo verle con la zamarra azul alguna vez más.

Con pocos ingredientes la parte azul de Liverpool quiere volver a sonreír. El problema es que ya son muchos lustros con los mismos tópicos. Ancelotti también empezó muy bien, pero la plantilla perdió fuelle rápidamente. Hoy se cuestiona si el italiano estaba lo suficientemente implicado para llevar al club a una nueva dimensión. Benítez, como nos dijo Guillem Balagué en Twitch, parece más comprometido. Si la pelota le sigue entrando pronto obviarán que un día dijo que el Everton era un club pequeño y que, por supuesto, una vez levantara una orejona con ese club que tanto odian. La hemeroteca es muy traicionera.

Imagen de cabecera: @everton

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Llevaban en Goodison Park mucho tiempo preguntándose lo que ocurría con los fichajes. Gastaba y gastaba la entidad del Merseyside y no llegaban los resultados. Pagar 60 millones por futbolistas mediocres no era un buen plan y ellos no se habían dado cuenta. Vaya. Ha tenido que llegar el famoso fair play financiero, esa leyenda que afecta a unos pocos equipos, para darse cuenta de que gastando un millón y medio puedes firmar a dos futbolistas que te jueguen bien al fútbol. Por ello contrataron a un técnico acostumbrado a potenciar a jugadores que no son maravillas, pese a ser un prócer del otro bando. Ver al Everton de Benítez no va a provocar nunca el síndrome de Stendhal, pero lo pragmático a veces da resultados. Hoy su cuadro es colíder con Liverpool, Manchester United y Chelsea. No está mal.

El aterrizaje del madrileño tiene un parecido con Ted Lasso. La única diferencia es que uno no sabe ni lo que es un fuera de juego, pero el fondo es el mismo: deben ganarse a las aficiones de alguna manera. El del Richmond cuajó una complicidad con su gente a través de su perenne bondad; de su lealtad disfrazada de miedo. El español no vive en una serie de televisión, aunque el guion que suele escribir don fútbol suele ser más perverso que los de la ficción. Él solo tiene una opción: trabajar para sumar muchos puntos. Los pasteles de Benítez tienen que ser las victorias. No le queda otra.

A través del 4-4-2, recordando al primer Atlético de Madrid de Simeone, quiere construir un equipo difícil de superar. Las ideas son fáciles de nombrar, aunque difíciles de elaborar en poco tiempo: líneas juntas, pocos espacios y transiciones rápidas a pocos toques cuando roban el cuero. Por ello, el trote caro de James Rodríguez tiene poco futuro en Liverpool. O realiza una metamorfosis más veloz que la de Kafka o va a ser complejo verle con la zamarra azul alguna vez más.

Con pocos ingredientes la parte azul de Liverpool quiere volver a sonreír. El problema es que ya son muchos lustros con los mismos tópicos. Ancelotti también empezó muy bien, pero la plantilla perdió fuelle rápidamente. Hoy se cuestiona si el italiano estaba lo suficientemente implicado para llevar al club a una nueva dimensión. Benítez, como nos dijo Guillem Balagué en Twitch, parece más comprometido. Si la pelota le sigue entrando pronto obviarán que un día dijo que el Everton era un club pequeño y que, por supuesto, una vez levantara una orejona con ese club que tanto odian. La hemeroteca es muy traicionera.

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