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Estos Houston Rockets merecen un aplauso

Desde la llegada de James Harden a Houston, allá por el año 2012, los Rockets sólo han alcanzado las Finales de Conferencia dos veces: en 2015 y en 2018, ambas saldadas con derrota ante el mismo rival, los Golden State Warriors. Aunque a los texanos se les resiste alcanzar unas Finales, es de agradecer sus esfuerzos por ir a por todas cada año.

James Harden y la consolidación del Moreyball

El fichaje de La Barba fue todo un bombazo. Venía de ser el Sexto Hombre del Año, pero también uno de los señalados de la derrota de los Oklahoma City Thunder ante los Miami Heat en las Finales de 2012. Ese verano OKC tenía que elegir a qué pieza joven renovar: o Harden o Serge Ibaka. El elegido fue el hispano-congoleño. Daryl Morey, mánager general de los Houston Rockets, olió la sangre y adquirió al escolta vía traspaso antes de darle una extensión de contrato por cinco años y ochenta millones de dólares.

Harden puso fin a la transición en la que se encontraban los texanos desde el final de la era de Tracy McGrady-Yao Ming-Rick Adelman e inició una etapa en la que Morey ha dado rienda suelta a su visión del baloncesto. Una basada en la eficiencia: triples, tiros libres y canastas bajo el aro. Todo a través de la generación de espacios.

El proyecto 1.0 de la era Harden tuvo otro movimiento de impacto en la llegada en 2013 de un Dwight Howard que todavía era una pieza muy codiciada en la NBA. La dupla Barba-Superman tocó techo en la temporada 2014-15: 56-26 en temporada regular y eliminación en las Finales del Oeste ante los Warriors. Sólo un año después, 41-41 (cambio de entrenador en noviembre incluido) y adiós en primera ronda ante, otra vez, los californianos. Howard, que no acabó de congeniar con Harden, acabó traspasado a los Atlanta Hawks.

Lejos de colgar el cartel de cerrado por reforma, los Rockets siguieron adelante y Morey se la jugó fichando como entrenador a un Mike D’Antoni devaluado tras su paso por los banquillos de New York Knicks y Los Angeles Lakers. Los texanos se convirtieron en la némesis en el Oeste de los mejores Warriors de siempre y de hecho les tuvieron contra las cuerdas en las Finales de conferencia de 2018, año en el que los Rockets fueron el mejor equipo de la liga (65-17, la mejor campaña de su historia). Con 3-2 a favor y dos partidos por jugarse en Houston, entraron en barrena: se dejaron remontar 17 puntos en el sexto partido (25 puntos anotados en toda la segunda parte) y fallaron 27 triples seguidos en el decisivo game seven.

La temporada de 2019 fue bastante peor que su antecesora y una simple derrota en el último partido liguero es hizo caer a los Rockets al cuarto puesto del Oeste, o dicho de otro modo, en el cuadro de Playoffs de los Warriors. Se cruzaron en semis y llegaron a estar 2-2, pero el equipo de Oakland acabó avanzando incluso sin Kevin Durant. Con unas sensaciones malísimas, la principal consecuencia fue el adiós a Chris Paul, cuya llegada fue un movimiento maestro de Daryl Morey en 2017 ante la disolución de la Lob City de los Clippers. Aunque sobre el parqué el rendimiento del base fue más que bueno, tampoco hizo migas con Harden.

De Westbrook y el ultra small ball… ¿a una reformulación del modelo?

El sustituto de CP3 fue Russell Westbrook, la antítesis de lo que busca Morey en un jugador de baloncesto. Un movimiento más de corazón que de cerebro, pero también una forma, en pleno shock por las formaciones de duplas como la de Kevin Durant y Kyrie Irving en Brooklyn o las de LeBron James y Anthony Davis y Kawhi Leonard y Paul George en Los Ángeles, de recordarle al mundo NBA que los Houston Rockets seguían ahí.

El experimento Harden-Westbrook no terminaba de arrancar y los texanos se vieron obligados a ir un paso más allá en su aplicación del Moreyball. Así, Clint Capela acabó traspasado a los Hawks y P.J. Tucker (1,96 metros de altura) se convirtió en el pívot de un quinteto compuesto por él, James Harden, Danuel House, Russell Westbrook y Robert Covington. Sólo este último medía más de dos metros.

Este small ball exagerado al principio benefició a Westbrook y los Rockets ascendieron: 9-2 en febrero gracias a una defensa intensa y a la generación de espacios en ataque. Pero llegó marzo y los texanos sólo pudieron ganar un partido antes del parón (1-4). En un año tan irregular, la prueba de fuego para un proyecto tan radical era la burbuja de Orlando y ahí las sensaciones no fueron mucho mejores: 4-4 antes de pasarlas canutas para eliminar a los Thunder de Chris Paul (4-3) y finalmente caer con contundencia ante los Lakers.

El desarrollo de la temporada 2019-20 ha dejado más dudas que certezas en el Toyota Center. De momento lo único seguro es que el entrenador no será D’Antoni. Haciendo balance de sus cuatro años al frente de los Rockets, la nota es notable. Hizo lo que se le pidió desde las oficinas, ganó el premio al Entrenador de Año en 2017, potenció a Harden hasta un nivel de MVP (lo fue en 2018 y pudo serlo perfectamente otras dos veces) y fue capaz de quitarle el trono de liga regular a los todopoderosos Warriors. La nota baja no por no alcanzar las Finales de la NBA, sino por la forma de caer. Y es que lo peor de las eliminaciones de los texanos es la sensación de que no tienen un plan B cuando La Barba cortocircuita y los triples no entran, algo que ha pasado muchas veces en Playoffs.

Dwight Howard con Daryl Morey en 2015.

Ahora la pelota está en tejado de Morey. Su visión del juego no gusta a los más puristas (o tiquismiquis, según cómo se mire) y cada eliminación de los Rockets hace esbozar una sonrisa en la cara de sus detractores. Tanto por contratos como por escasez de rondas de Draft, el GM tiene muy poco margen de maniobra para hacer cambios importantes. ¿Deshacerse de un nuevamente cuestionado Westbrook? ¿Recuperar algo de juego interior a través de hombres altos? Lo dicho, demasiadas incógnitas.

Independientemente de lo que suceda en los próximos meses y de filias y fobias con el estilo, a estos Rockets del Moreyball hay que aplaudirles por ser de los pocos equipos realmente valientes que han querido luchar contra uno de los mejores equipos de todos los tiempos. Un modelo de juego atrevido, movimientos constantes… todo para intentar ganar cuanto antes. No todas las franquicias pueden decir lo mismo.

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Desde la llegada de James Harden a Houston, allá por el año 2012, los Rockets sólo han alcanzado las Finales de Conferencia dos veces: en 2015 y en 2018, ambas saldadas con derrota ante el mismo rival, los Golden State Warriors. Aunque a los texanos se les resiste alcanzar unas Finales, es de agradecer sus esfuerzos por ir a por todas cada año.

James Harden y la consolidación del Moreyball

El fichaje de La Barba fue todo un bombazo. Venía de ser el Sexto Hombre del Año, pero también uno de los señalados de la derrota de los Oklahoma City Thunder ante los Miami Heat en las Finales de 2012. Ese verano OKC tenía que elegir a qué pieza joven renovar: o Harden o Serge Ibaka. El elegido fue el hispano-congoleño. Daryl Morey, mánager general de los Houston Rockets, olió la sangre y adquirió al escolta vía traspaso antes de darle una extensión de contrato por cinco años y ochenta millones de dólares.

Harden puso fin a la transición en la que se encontraban los texanos desde el final de la era de Tracy McGrady-Yao Ming-Rick Adelman e inició una etapa en la que Morey ha dado rienda suelta a su visión del baloncesto. Una basada en la eficiencia: triples, tiros libres y canastas bajo el aro. Todo a través de la generación de espacios.

El proyecto 1.0 de la era Harden tuvo otro movimiento de impacto en la llegada en 2013 de un Dwight Howard que todavía era una pieza muy codiciada en la NBA. La dupla Barba-Superman tocó techo en la temporada 2014-15: 56-26 en temporada regular y eliminación en las Finales del Oeste ante los Warriors. Sólo un año después, 41-41 (cambio de entrenador en noviembre incluido) y adiós en primera ronda ante, otra vez, los californianos. Howard, que no acabó de congeniar con Harden, acabó traspasado a los Atlanta Hawks.

Lejos de colgar el cartel de cerrado por reforma, los Rockets siguieron adelante y Morey se la jugó fichando como entrenador a un Mike D’Antoni devaluado tras su paso por los banquillos de New York Knicks y Los Angeles Lakers. Los texanos se convirtieron en la némesis en el Oeste de los mejores Warriors de siempre y de hecho les tuvieron contra las cuerdas en las Finales de conferencia de 2018, año en el que los Rockets fueron el mejor equipo de la liga (65-17, la mejor campaña de su historia). Con 3-2 a favor y dos partidos por jugarse en Houston, entraron en barrena: se dejaron remontar 17 puntos en el sexto partido (25 puntos anotados en toda la segunda parte) y fallaron 27 triples seguidos en el decisivo game seven.

La temporada de 2019 fue bastante peor que su antecesora y una simple derrota en el último partido liguero es hizo caer a los Rockets al cuarto puesto del Oeste, o dicho de otro modo, en el cuadro de Playoffs de los Warriors. Se cruzaron en semis y llegaron a estar 2-2, pero el equipo de Oakland acabó avanzando incluso sin Kevin Durant. Con unas sensaciones malísimas, la principal consecuencia fue el adiós a Chris Paul, cuya llegada fue un movimiento maestro de Daryl Morey en 2017 ante la disolución de la Lob City de los Clippers. Aunque sobre el parqué el rendimiento del base fue más que bueno, tampoco hizo migas con Harden.

De Westbrook y el ultra small ball… ¿a una reformulación del modelo?

El sustituto de CP3 fue Russell Westbrook, la antítesis de lo que busca Morey en un jugador de baloncesto. Un movimiento más de corazón que de cerebro, pero también una forma, en pleno shock por las formaciones de duplas como la de Kevin Durant y Kyrie Irving en Brooklyn o las de LeBron James y Anthony Davis y Kawhi Leonard y Paul George en Los Ángeles, de recordarle al mundo NBA que los Houston Rockets seguían ahí.

El experimento Harden-Westbrook no terminaba de arrancar y los texanos se vieron obligados a ir un paso más allá en su aplicación del Moreyball. Así, Clint Capela acabó traspasado a los Hawks y P.J. Tucker (1,96 metros de altura) se convirtió en el pívot de un quinteto compuesto por él, James Harden, Danuel House, Russell Westbrook y Robert Covington. Sólo este último medía más de dos metros.

Este small ball exagerado al principio benefició a Westbrook y los Rockets ascendieron: 9-2 en febrero gracias a una defensa intensa y a la generación de espacios en ataque. Pero llegó marzo y los texanos sólo pudieron ganar un partido antes del parón (1-4). En un año tan irregular, la prueba de fuego para un proyecto tan radical era la burbuja de Orlando y ahí las sensaciones no fueron mucho mejores: 4-4 antes de pasarlas canutas para eliminar a los Thunder de Chris Paul (4-3) y finalmente caer con contundencia ante los Lakers.

El desarrollo de la temporada 2019-20 ha dejado más dudas que certezas en el Toyota Center. De momento lo único seguro es que el entrenador no será D’Antoni. Haciendo balance de sus cuatro años al frente de los Rockets, la nota es notable. Hizo lo que se le pidió desde las oficinas, ganó el premio al Entrenador de Año en 2017, potenció a Harden hasta un nivel de MVP (lo fue en 2018 y pudo serlo perfectamente otras dos veces) y fue capaz de quitarle el trono de liga regular a los todopoderosos Warriors. La nota baja no por no alcanzar las Finales de la NBA, sino por la forma de caer. Y es que lo peor de las eliminaciones de los texanos es la sensación de que no tienen un plan B cuando La Barba cortocircuita y los triples no entran, algo que ha pasado muchas veces en Playoffs.

Dwight Howard con Daryl Morey en 2015.

Ahora la pelota está en tejado de Morey. Su visión del juego no gusta a los más puristas (o tiquismiquis, según cómo se mire) y cada eliminación de los Rockets hace esbozar una sonrisa en la cara de sus detractores. Tanto por contratos como por escasez de rondas de Draft, el GM tiene muy poco margen de maniobra para hacer cambios importantes. ¿Deshacerse de un nuevamente cuestionado Westbrook? ¿Recuperar algo de juego interior a través de hombres altos? Lo dicho, demasiadas incógnitas.

Independientemente de lo que suceda en los próximos meses y de filias y fobias con el estilo, a estos Rockets del Moreyball hay que aplaudirles por ser de los pocos equipos realmente valientes que han querido luchar contra uno de los mejores equipos de todos los tiempos. Un modelo de juego atrevido, movimientos constantes… todo para intentar ganar cuanto antes. No todas las franquicias pueden decir lo mismo.

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