_Italia

En busca del gen ganador perdido

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 24-10-2018

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No hay en el fútbol una mejor
inyección de confianza, ni una fuerza motriz más poderosa para mejorar, ni unos
cimientos más prometedores para la construcción del futuro a corto plazo que
enlazar resultados positivos uno tras otro, especialmente cuando estos llegan
en un principio de manera agónica o no especialmente merecida en la balanza
global del juego. Desde la victoria en el último suspiro ante el Tottenham, el
Inter de Milán cuenta sus partidos por victorias tanto en Serie A como en
Champions League, ha ganado otros tres encuentros más en el último cuarto de
hora, ha erigido una estructura bastante fiable a través de un 4-2-3-1 como
base, ha desarrollado un espíritu de equipo fundamental para creer en sí mismo
y ha encontrado una prometedora estabilidad competitiva y también emocional que
hacía mucho tiempo que no se veía en el conjunto nerazzurro.

El Inter de Spalletti apuntaba a
ser otra cosa a principio de temporada: un equipo muchísimo más rico en cuanto
a su variedad táctica y en sus maneras de atacar el área adversaria y de
combinar por dentro en la mitad rival, de mayor caudal y atrevimiento
ofensivos; sin embargo, il Biscione, después de las dudas iniciales y
aunque de una forma más matizada, ha vuelto a parapetarse tras el refugio que
le supone el juego exterior y los centros laterales como método principal de
generar peligro. Los nerazzurri ya fueron la temporada pasada el equipo
que más goles marcó de cabeza en la Serie A y en el presente curso ya vuelven a
liderar esa estadística, junto al Cagliari del súper especialista aéreo
Pavoletti, con Mauro Icardi como adalid mundial de una figura quizá arcaica de
nueve, que se alimenta y vive casi exclusivamente del remate de primeras, que
es capaz de extraer dos goles de media ocasión y que, desde un plan de mínimos
futbolísticos por parte de sus compañeros, se encarga personalmente de
maximizarlo en cuanto a resultados.

La parte contraproducente de la
ecuación es que la obligatoriedad de entregarse totalmente de nuevo al juego
del killer argentino, única gran certeza del Inter desde hace un lustro,
requiere prescindir por completo de una pieza añadida a la hora de armar
ataques posicionales más complejos o elaborados. Una circunstancia que
Spalletti ha tenido que corregir para no seguir arrastrando una falta de
control de los ritmos en la zona ancha demasiado contraproducente, incluso para
el plan más o menos simple de alimentar a su nueve en zona de gol. Si bien es
cierto que con Nainggolan en tres cuartos y asentando en el once la figura de
Vecino -más agresivo y de mayor recorrido que Gagliardini y que le da al equipo
muchos intangibles, además de ser el segundo encargado de rellenar el área en
los envíos desde los costados-, el técnico toscano opta de partida en su
medular por hacer preponderar la energía, la hiperactividad y la intensidad en
detrimento de la precisión; ha sido Borja Valero, precisamente desde su debut
en la temporada en los últimos minutos del duelo ante los Spurs que supuso un
cambio de paradigma y mentalidad tremendo, con su condición de
futbolista más cerebral de la plantilla y su creciente participación, aunque
sea mayoritariamente desde el banquillo, quien ha mostrado el camino e
inyectado en el Inter la semilla de la jerarquía y el mando suficientes que
necesitaba el equipo para gobernar los encuentros en mucha mayor medida.

Fluctuando entre el interior
zurdo como rol principal, el apoyo constante al mediocentro y las recepciones
en zonas de mediapunta; la tremenda madurez con el balón del centrocampista
español, el considerable grado de continuidad, poso y fluidez que le otorga a
la circulación y la variedad interior-exterior que le da al juego con sus
combinaciones y triangulaciones ha permitido al Inter, en muchas fases, salir
de su propio encasillamiento en sus modos de atacar al rival, a veces demasiado
planos y excesivamente en brazos del fútbol menos racional de los extremos,
especialmente si Candreva está sobre el césped comandando el impulso de la
cantidad ofensiva por encima de una calidad de la maniobra más determinante.
Sin Valero, aunque el Inter haya ganado ciertos mecanismos
independientes para ejercer el dominio, los dos bastiones a la hora de sumar pases del
equipo son Skriniar y Brozovic, en un primer y un segundo escalón, como encargados
principales de dotar a los nerazzurri de los automatismos con pelota que
estaban echando de menos y de generar confianza a la propia estructura
colectiva.

Aunque esta mejora obviamente en
ese sentido con Borja Valero sumándose al peso que tienen el eslovaco y al
croata en una tercera altura a la hora de asentar el bloque en campo rival como
su gestor y de mejorar la progresión de las cadenas de pases como dinamizador,
el Inter ya se siente más cómodo, incluso sin el ex de la Fiorentina
sobre el césped, defendiéndose con la pelota que estando mucho tiempo sin ella,
sobre todo cuando João Miranda no está en el campo para fortalecer la defensa
del área en un bloque más bajo, y eso supone un avance muy importante. Más allá
de la aportación puntual pero clave de Valero y de la mejoría global en la
gestión de la posesión, apoyada muchas veces también en la técnica de Kwadwo
Asamoah desde el lateral izquierdo, el Inter está consiguiendo crear su
identidad desde un punto de vista más conservador que atrevido y desde un
sistema no excesivamente dinámico de la divisoria en adelante, pero sí bastante
compacto y que cuenta con Icardi como exprimidor.

A través de una
salida óptima, siempre rasa y aquí sí elaborada para consolidar la posesión y
el inicio del ataque, pero sin desprotegerse en exceso y dejando posteriormente
las mayores dosis de imaginación y riesgo en las botas de unos extremos muy
focalizados en los centros y no especialmente eléctricos con el balón en los
pies en conducción -Perisic todavía está buscando su mejor punto de forma para
amenazar al espacio y estirar por la izquierda, Politano casi siempre busca el
carril interior y se continúa a la espera de un impacto reseñable de un Keita
que sí es ese perfil más agresivo y autosuficiente-; el Inter está siendo capaz
de al menos igualar los partidos por dentro, donde los venía perdiendo desde
hace años por su falta de control de casi todo lo que sucedía en dicha parcela,
y los intenta desequilibrar por fuera, hacia donde se dirige la distribución del
juego y desde donde continúan partiendo la mayor parte de los envíos hacia el
diferencial Icardi.

Los nerazurri
son un conjunto que está trabajando y sacando buenos réditos de la presión
adelantada con un Nainggolan que es vital en esta tarea y que logra contagiar a
todos los demás, que se está configurando como un equipo muy aguerrido y que
está aprendiendo a vivir a altos niveles de tensión, siempre muy metido en las
disputas y en las fricciones durante todos los encuentros y casi siempre
vencedor de ellas, lo que le permite imponerse en las segundas jugadas y alejar
el peligro de su mitad al mismo tiempo que obtiene oportunidades de ataques
cortos y rápidos tras robo. En el debe, todavía hay algunas desconexiones
defensivas evidentes a la hora de llevar a cabo la transición defensiva cuando
el contrincante supera esa presión adelantada y, más allá del aporte de Borja
Valero, convertido en un vital jugador número doce, seguramente falte extraer
más ventajas con el partido en curso desde el banquillo, con jugadores como
Lautaro o el ya citado Keita, un añadido que se antoja imprescindible para
mantener en el tiempo el ritmo de victorias actual.

La gestación de un
renovado carácter altamente competitivo y la recuperación paulatina de una
grandeza ganadora después de superar el importante bache inicial de imagen y
resultados es lo mejor que se puede decir de este Inter 2018/2019 hasta la
fecha. Y no es poca cosa. Un equipo que está aprendiendo a vencer y a manejarse
con un considerable aplomo dentro de los partidos sin necesidad de practicar un
fútbol muy brillante, es un equipo cada vez más peligroso para cualquier rival.
Es un equipo que quiere dejar atrás la larga fase de reconstrucción que ha
venido arrastrando, que ha tomado por fin conciencia del peso del escudo que
lleva bordado en el pecho y que así lo demuestra con su rendimiento, que ya se
ha puesto a buscar con ahínco el gen ganador perdido, como demuestran las
victorias en Champions o en el derby della Madonnina, y que, además,
parece más cerca que nunca, por plantilla y por la mentalidad futbolística que
transmite, de poder recuperarlo, de ser por fin alternativa al Scudetto en
Italia y certeza competitiva en Europa.

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No hay en el fútbol una mejor
inyección de confianza, ni una fuerza motriz más poderosa para mejorar, ni unos
cimientos más prometedores para la construcción del futuro a corto plazo que
enlazar resultados positivos uno tras otro, especialmente cuando estos llegan
en un principio de manera agónica o no especialmente merecida en la balanza
global del juego. Desde la victoria en el último suspiro ante el Tottenham, el
Inter de Milán cuenta sus partidos por victorias tanto en Serie A como en
Champions League, ha ganado otros tres encuentros más en el último cuarto de
hora, ha erigido una estructura bastante fiable a través de un 4-2-3-1 como
base, ha desarrollado un espíritu de equipo fundamental para creer en sí mismo
y ha encontrado una prometedora estabilidad competitiva y también emocional que
hacía mucho tiempo que no se veía en el conjunto nerazzurro.

El Inter de Spalletti apuntaba a
ser otra cosa a principio de temporada: un equipo muchísimo más rico en cuanto
a su variedad táctica y en sus maneras de atacar el área adversaria y de
combinar por dentro en la mitad rival, de mayor caudal y atrevimiento
ofensivos; sin embargo, il Biscione, después de las dudas iniciales y
aunque de una forma más matizada, ha vuelto a parapetarse tras el refugio que
le supone el juego exterior y los centros laterales como método principal de
generar peligro. Los nerazzurri ya fueron la temporada pasada el equipo
que más goles marcó de cabeza en la Serie A y en el presente curso ya vuelven a
liderar esa estadística, junto al Cagliari del súper especialista aéreo
Pavoletti, con Mauro Icardi como adalid mundial de una figura quizá arcaica de
nueve, que se alimenta y vive casi exclusivamente del remate de primeras, que
es capaz de extraer dos goles de media ocasión y que, desde un plan de mínimos
futbolísticos por parte de sus compañeros, se encarga personalmente de
maximizarlo en cuanto a resultados.

La parte contraproducente de la
ecuación es que la obligatoriedad de entregarse totalmente de nuevo al juego
del killer argentino, única gran certeza del Inter desde hace un lustro,
requiere prescindir por completo de una pieza añadida a la hora de armar
ataques posicionales más complejos o elaborados. Una circunstancia que
Spalletti ha tenido que corregir para no seguir arrastrando una falta de
control de los ritmos en la zona ancha demasiado contraproducente, incluso para
el plan más o menos simple de alimentar a su nueve en zona de gol. Si bien es
cierto que con Nainggolan en tres cuartos y asentando en el once la figura de
Vecino -más agresivo y de mayor recorrido que Gagliardini y que le da al equipo
muchos intangibles, además de ser el segundo encargado de rellenar el área en
los envíos desde los costados-, el técnico toscano opta de partida en su
medular por hacer preponderar la energía, la hiperactividad y la intensidad en
detrimento de la precisión; ha sido Borja Valero, precisamente desde su debut
en la temporada en los últimos minutos del duelo ante los Spurs que supuso un
cambio de paradigma y mentalidad tremendo, con su condición de
futbolista más cerebral de la plantilla y su creciente participación, aunque
sea mayoritariamente desde el banquillo, quien ha mostrado el camino e
inyectado en el Inter la semilla de la jerarquía y el mando suficientes que
necesitaba el equipo para gobernar los encuentros en mucha mayor medida.

Fluctuando entre el interior
zurdo como rol principal, el apoyo constante al mediocentro y las recepciones
en zonas de mediapunta; la tremenda madurez con el balón del centrocampista
español, el considerable grado de continuidad, poso y fluidez que le otorga a
la circulación y la variedad interior-exterior que le da al juego con sus
combinaciones y triangulaciones ha permitido al Inter, en muchas fases, salir
de su propio encasillamiento en sus modos de atacar al rival, a veces demasiado
planos y excesivamente en brazos del fútbol menos racional de los extremos,
especialmente si Candreva está sobre el césped comandando el impulso de la
cantidad ofensiva por encima de una calidad de la maniobra más determinante.
Sin Valero, aunque el Inter haya ganado ciertos mecanismos
independientes para ejercer el dominio, los dos bastiones a la hora de sumar pases del
equipo son Skriniar y Brozovic, en un primer y un segundo escalón, como encargados
principales de dotar a los nerazzurri de los automatismos con pelota que
estaban echando de menos y de generar confianza a la propia estructura
colectiva.

Aunque esta mejora obviamente en
ese sentido con Borja Valero sumándose al peso que tienen el eslovaco y al
croata en una tercera altura a la hora de asentar el bloque en campo rival como
su gestor y de mejorar la progresión de las cadenas de pases como dinamizador,
el Inter ya se siente más cómodo, incluso sin el ex de la Fiorentina
sobre el césped, defendiéndose con la pelota que estando mucho tiempo sin ella,
sobre todo cuando João Miranda no está en el campo para fortalecer la defensa
del área en un bloque más bajo, y eso supone un avance muy importante. Más allá
de la aportación puntual pero clave de Valero y de la mejoría global en la
gestión de la posesión, apoyada muchas veces también en la técnica de Kwadwo
Asamoah desde el lateral izquierdo, el Inter está consiguiendo crear su
identidad desde un punto de vista más conservador que atrevido y desde un
sistema no excesivamente dinámico de la divisoria en adelante, pero sí bastante
compacto y que cuenta con Icardi como exprimidor.

A través de una
salida óptima, siempre rasa y aquí sí elaborada para consolidar la posesión y
el inicio del ataque, pero sin desprotegerse en exceso y dejando posteriormente
las mayores dosis de imaginación y riesgo en las botas de unos extremos muy
focalizados en los centros y no especialmente eléctricos con el balón en los
pies en conducción -Perisic todavía está buscando su mejor punto de forma para
amenazar al espacio y estirar por la izquierda, Politano casi siempre busca el
carril interior y se continúa a la espera de un impacto reseñable de un Keita
que sí es ese perfil más agresivo y autosuficiente-; el Inter está siendo capaz
de al menos igualar los partidos por dentro, donde los venía perdiendo desde
hace años por su falta de control de casi todo lo que sucedía en dicha parcela,
y los intenta desequilibrar por fuera, hacia donde se dirige la distribución del
juego y desde donde continúan partiendo la mayor parte de los envíos hacia el
diferencial Icardi.

Los nerazurri
son un conjunto que está trabajando y sacando buenos réditos de la presión
adelantada con un Nainggolan que es vital en esta tarea y que logra contagiar a
todos los demás, que se está configurando como un equipo muy aguerrido y que
está aprendiendo a vivir a altos niveles de tensión, siempre muy metido en las
disputas y en las fricciones durante todos los encuentros y casi siempre
vencedor de ellas, lo que le permite imponerse en las segundas jugadas y alejar
el peligro de su mitad al mismo tiempo que obtiene oportunidades de ataques
cortos y rápidos tras robo. En el debe, todavía hay algunas desconexiones
defensivas evidentes a la hora de llevar a cabo la transición defensiva cuando
el contrincante supera esa presión adelantada y, más allá del aporte de Borja
Valero, convertido en un vital jugador número doce, seguramente falte extraer
más ventajas con el partido en curso desde el banquillo, con jugadores como
Lautaro o el ya citado Keita, un añadido que se antoja imprescindible para
mantener en el tiempo el ritmo de victorias actual.

La gestación de un
renovado carácter altamente competitivo y la recuperación paulatina de una
grandeza ganadora después de superar el importante bache inicial de imagen y
resultados es lo mejor que se puede decir de este Inter 2018/2019 hasta la
fecha. Y no es poca cosa. Un equipo que está aprendiendo a vencer y a manejarse
con un considerable aplomo dentro de los partidos sin necesidad de practicar un
fútbol muy brillante, es un equipo cada vez más peligroso para cualquier rival.
Es un equipo que quiere dejar atrás la larga fase de reconstrucción que ha
venido arrastrando, que ha tomado por fin conciencia del peso del escudo que
lleva bordado en el pecho y que así lo demuestra con su rendimiento, que ya se
ha puesto a buscar con ahínco el gen ganador perdido, como demuestran las
victorias en Champions o en el derby della Madonnina, y que, además,
parece más cerca que nunca, por plantilla y por la mentalidad futbolística que
transmite, de poder recuperarlo, de ser por fin alternativa al Scudetto en
Italia y certeza competitiva en Europa.

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