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El precio que se paga

David Orenes @david_lrl 05-03-2020

La gimnasia es uno de las actividades físicas más exigentes. De las que más tiempo roba. Y probablemente la que se inicia de forma más prematura. Con cinco o seis años los gimnastas ya empiezan a prepararse como deportistas de élite. Poco después pasan a vivir en los centros de alto rendimiento y se atan a unas dietas que pueden perjudicar su crecimiento.

Flexibilidad, equilibrio y coordinación son algunas de las habilidades que precisan las gimnastas (el sector femenino es mayoría en este deporte), que desde muy pequeñas deben hacer serios sacrificios. No en vano, cada estrella tiene su historia de superación detrás. Simone Biles se salvó del mundo de drogas y alcohol en el que se encontraba sumida su madre siendo adoptada por sus abuelos. Cuando descubrió la gimnasia se dedicó a ella en cuerpo y alma, y con 15 años dejó el centro de enseñanza para estudiar en casa y ampliar sus entrenamientos hasta las 32 horas semanales. Ya convertida en la mejor del mundo, reveló que fue una de las 250 víctimas de abuso sexual del horripilante médico Larry Nassar.

Ella, como muchas otras, tuvo que tomar medicación contra la ansiedad en aquellos terribles momentos. Tanto sacrificio no fue correspondido por una federación a la que criticó duramente: «Hemos hecho todo lo que nos han pedido, incluso cuando no queríamos y ellos no han podido hacer un maldito trabajo. Teníais un trabajo. Literalmente teníais un trabajo y no pudisteis protegernos», señaló entre lágrimas ante los medios el pasado año, reconociendo lo duro que es para ella regresar a las mismas instalaciones y realizar rutinas tan básicas como acudir al fisioterapeuta.

Para las gimnastas, acudir al médico o fisio, incluso pasar por el quirófano, se convierte en algo habitual. La intensidad con la que trabajan las extremidades les lleva a padecer lesiones musculares de todo tipo. En Río, España logró una plata histórica en gimnasia rítmica por equipos, quedando solo por detrás de la invencible Rusia. Las cinco integrantes (Alejandra Quereda, Elena López, Lourdes Mohedano, Sandra Aguilar y Artemi Gavezou) volvieron destrozadas a casa. Las dos primeras incluso tuvieron que ser operadas. Algo más que normal para una Elena que ha pasado por quirófano hasta en cuatro ocasiones. En 2013 disputó el Mundial con el menisco roto. “El tema de las lesiones es lo que más me ha costado. El tener que recuperarte y volver a demostrar que puedes llegar al alto nivel y a tantas horas de entrenamiento. Ha sido la parte más dura”, reconoce la valenciana.

No fue más fácil para Quereda, que desde 2013 sufre molestias en la cadera por culpa de una rotura en el labrum, un anillo que protege el hueso y ayuda a aislar la articulación. Ahora es seleccionadora de gimnasia rítmica individual y tiene aparcada la carrera de medicina, que llegó a compaginar con ocho o nueve horas de entrenamientos diarios. Sin duda, otro de los sacrificios de ser gimnasta.

Nadie se libra de las complicaciones ni del sufrimiento que lleva al éxito. Tampoco una Nadia Comaneci que ganó nueve medallas olímpicas, cinco de oro. Su entrenador, el legendario Béla Károlyi, era famoso por sus desmesurada exigencia, hasta el punto de, según se dice, obligar a las gimnastas a entrenar o competir lesionadas (una de ellas confesó en su biografía que disputó pruebas con los huesos rotos), y a reducir considerablemente sus ingestas diarias de calorías (unas 900). Comaneci, más fuerte que ninguna (cuando Béla me decía que hiciera cinco rutinas en la barra, yo hacía siete), superó todas las expectativas y se convirtió en leyenda para después huir (literalmente) del régimen comunista que la tenía vigilada las 24 horas en Rumanía. En Estados Unidos encontró su segunda casa.

El trabajo de Karolyi estaba sin duda inspirado en el sistema centralista de reclutamiento soviético o chino. Curiosamente, ambas escuelas (con permiso de USA) son las más importantes del mundo y las que más han sido sometidas a escarnio público. En China, gimnastas y entrenadores firmaron un contrato en 2007 en el que se obligaban a no lesionarse, con amenazas económicas o incluso suspensiones de por vida. La edad también ha sido objeto de polémica, hasta el punto de que el COI ha investigado y sancionado a gimnastas que fueron medallistas en Sidney 2000 y Pekín 2008 al considerar que se había falseado sus fichas y que por lo tanto eran menores.

Al país asiático siempre se le ha considerado una fábrica de campeones olímpicos, construidos a partir de la más férrea disciplina. Muchas instituciones han denunciado que los jóvenes pasan por auténticas torturas en su desarrollo. Niños de seis años haciendo las mismas flexiones que uno de 20. Obligados a hacer el pino durante media hora. Sin cena para que la constitución sea lo más delgada posible… e incluso ocultar la muerte de un familiar para mantener la concentración. Un maltrato tanto físico como psicológico que a la larga les pasa factura. Es el precio que se paga.

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La gimnasia es uno de las actividades físicas más exigentes. De las que más tiempo roba. Y probablemente la que se inicia de forma más prematura. Con cinco o seis años los gimnastas ya empiezan a prepararse como deportistas de élite. Poco después pasan a vivir en los centros de alto rendimiento y se atan a unas dietas que pueden perjudicar su crecimiento.

Flexibilidad, equilibrio y coordinación son algunas de las habilidades que precisan las gimnastas (el sector femenino es mayoría en este deporte), que desde muy pequeñas deben hacer serios sacrificios. No en vano, cada estrella tiene su historia de superación detrás. Simone Biles se salvó del mundo de drogas y alcohol en el que se encontraba sumida su madre siendo adoptada por sus abuelos. Cuando descubrió la gimnasia se dedicó a ella en cuerpo y alma, y con 15 años dejó el centro de enseñanza para estudiar en casa y ampliar sus entrenamientos hasta las 32 horas semanales. Ya convertida en la mejor del mundo, reveló que fue una de las 250 víctimas de abuso sexual del horripilante médico Larry Nassar.

Ella, como muchas otras, tuvo que tomar medicación contra la ansiedad en aquellos terribles momentos. Tanto sacrificio no fue correspondido por una federación a la que criticó duramente: «Hemos hecho todo lo que nos han pedido, incluso cuando no queríamos y ellos no han podido hacer un maldito trabajo. Teníais un trabajo. Literalmente teníais un trabajo y no pudisteis protegernos», señaló entre lágrimas ante los medios el pasado año, reconociendo lo duro que es para ella regresar a las mismas instalaciones y realizar rutinas tan básicas como acudir al fisioterapeuta.

Para las gimnastas, acudir al médico o fisio, incluso pasar por el quirófano, se convierte en algo habitual. La intensidad con la que trabajan las extremidades les lleva a padecer lesiones musculares de todo tipo. En Río, España logró una plata histórica en gimnasia rítmica por equipos, quedando solo por detrás de la invencible Rusia. Las cinco integrantes (Alejandra Quereda, Elena López, Lourdes Mohedano, Sandra Aguilar y Artemi Gavezou) volvieron destrozadas a casa. Las dos primeras incluso tuvieron que ser operadas. Algo más que normal para una Elena que ha pasado por quirófano hasta en cuatro ocasiones. En 2013 disputó el Mundial con el menisco roto. “El tema de las lesiones es lo que más me ha costado. El tener que recuperarte y volver a demostrar que puedes llegar al alto nivel y a tantas horas de entrenamiento. Ha sido la parte más dura”, reconoce la valenciana.

No fue más fácil para Quereda, que desde 2013 sufre molestias en la cadera por culpa de una rotura en el labrum, un anillo que protege el hueso y ayuda a aislar la articulación. Ahora es seleccionadora de gimnasia rítmica individual y tiene aparcada la carrera de medicina, que llegó a compaginar con ocho o nueve horas de entrenamientos diarios. Sin duda, otro de los sacrificios de ser gimnasta.

Nadie se libra de las complicaciones ni del sufrimiento que lleva al éxito. Tampoco una Nadia Comaneci que ganó nueve medallas olímpicas, cinco de oro. Su entrenador, el legendario Béla Károlyi, era famoso por sus desmesurada exigencia, hasta el punto de, según se dice, obligar a las gimnastas a entrenar o competir lesionadas (una de ellas confesó en su biografía que disputó pruebas con los huesos rotos), y a reducir considerablemente sus ingestas diarias de calorías (unas 900). Comaneci, más fuerte que ninguna (cuando Béla me decía que hiciera cinco rutinas en la barra, yo hacía siete), superó todas las expectativas y se convirtió en leyenda para después huir (literalmente) del régimen comunista que la tenía vigilada las 24 horas en Rumanía. En Estados Unidos encontró su segunda casa.

El trabajo de Karolyi estaba sin duda inspirado en el sistema centralista de reclutamiento soviético o chino. Curiosamente, ambas escuelas (con permiso de USA) son las más importantes del mundo y las que más han sido sometidas a escarnio público. En China, gimnastas y entrenadores firmaron un contrato en 2007 en el que se obligaban a no lesionarse, con amenazas económicas o incluso suspensiones de por vida. La edad también ha sido objeto de polémica, hasta el punto de que el COI ha investigado y sancionado a gimnastas que fueron medallistas en Sidney 2000 y Pekín 2008 al considerar que se había falseado sus fichas y que por lo tanto eran menores.

Al país asiático siempre se le ha considerado una fábrica de campeones olímpicos, construidos a partir de la más férrea disciplina. Muchas instituciones han denunciado que los jóvenes pasan por auténticas torturas en su desarrollo. Niños de seis años haciendo las mismas flexiones que uno de 20. Obligados a hacer el pino durante media hora. Sin cena para que la constitución sea lo más delgada posible… e incluso ocultar la muerte de un familiar para mantener la concentración. Un maltrato tanto físico como psicológico que a la larga les pasa factura. Es el precio que se paga.