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El hombre que nunca quiso parar

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 01-06-2018

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Lisboa
nunca necesitó un espejo. Siempre fue superior a las ciudades colindantes. De
hecho, ninguna nunca quiso ser más grande que la capital porque sabían, que en
el intento, iban a hacerse daño. Tienen respeto. Oporto, con su característica
belleza, defiende que nada puede imitarla, aunque la mire con una pizca de
sumisión. Lisboa es el pez grande de un estanque pequeño que sabe que nadie se
lo puede comer. Y, también, tiene la enigmática capacidad de guardar secretos
como los pasteles de Belén. Allí nació el hombre que no quiso detenerse.
Incluso en el contexto de superioridad del lugar en el que nació quiso mirar
más allá. Quería ir a un estanque más grande.

Marco
Silva arrancó su carrera en el Estoril, donde cuajó tres temporadas para el
recuerdo. Subió a primera división y consiguió las dos mejores posiciones de la
historia del club, de forma consecutiva. El Sporting, de su Lisboa natal,
decidió llamarle. Los leones, en plena reconstrucción, decidieron darle las
llaves del club a un hombre hambriento que acabó consiguiendo alzar el primer
título sportinguista en siete años. Sin embargo, Bruno de Carvalho, siempre
polémico, decidió fichar al técnico del acérrimo rival, Jorge Jesus. Tocaba ir
al extranjero.

En
Grecia comenzaron a criticarle por su falta de lealtad. Avasalló en su liga
doméstica y consiguió memorables victorias europeas. Sin embargo, decidió
marcharse alegando problemas personales. En Inglaterra nadie se fio de sus
credenciales, como si llegara un pobre con una mano delante y otra detrás. Aun
así, se ganó el respeto ipso facto. Pero, tras el desgraciado descenso con el
Hull, firmó por un Watford con el que arrancó su proyecto rozando la
Champions  y que acabó en la calle por
una “injustificada oferta de un equipo de Premier”, según la directiva. Ahí
aparece el Everton.

Su
vínculo con el club toffee estaba escrito desde octubre. Silva nunca quiso apagar
el fuego que le relacionaba con el conjunto de Liverpool. Tampoco le echó
gasolina pero aquel silencio acabó quemándole. Ahora aterriza a Goodison Park
con una sensación atípica. El proyecto del Everton debe liderarlo un entrenador
dispuesto a traer un fútbol ilusionante agarrado, a su vez, con resultados. Él
tiene todas las características para hacerlo. Pero él nunca quiso parar. 

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Lisboa
nunca necesitó un espejo. Siempre fue superior a las ciudades colindantes. De
hecho, ninguna nunca quiso ser más grande que la capital porque sabían, que en
el intento, iban a hacerse daño. Tienen respeto. Oporto, con su característica
belleza, defiende que nada puede imitarla, aunque la mire con una pizca de
sumisión. Lisboa es el pez grande de un estanque pequeño que sabe que nadie se
lo puede comer. Y, también, tiene la enigmática capacidad de guardar secretos
como los pasteles de Belén. Allí nació el hombre que no quiso detenerse.
Incluso en el contexto de superioridad del lugar en el que nació quiso mirar
más allá. Quería ir a un estanque más grande.

Marco
Silva arrancó su carrera en el Estoril, donde cuajó tres temporadas para el
recuerdo. Subió a primera división y consiguió las dos mejores posiciones de la
historia del club, de forma consecutiva. El Sporting, de su Lisboa natal,
decidió llamarle. Los leones, en plena reconstrucción, decidieron darle las
llaves del club a un hombre hambriento que acabó consiguiendo alzar el primer
título sportinguista en siete años. Sin embargo, Bruno de Carvalho, siempre
polémico, decidió fichar al técnico del acérrimo rival, Jorge Jesus. Tocaba ir
al extranjero.

En
Grecia comenzaron a criticarle por su falta de lealtad. Avasalló en su liga
doméstica y consiguió memorables victorias europeas. Sin embargo, decidió
marcharse alegando problemas personales. En Inglaterra nadie se fio de sus
credenciales, como si llegara un pobre con una mano delante y otra detrás. Aun
así, se ganó el respeto ipso facto. Pero, tras el desgraciado descenso con el
Hull, firmó por un Watford con el que arrancó su proyecto rozando la
Champions  y que acabó en la calle por
una “injustificada oferta de un equipo de Premier”, según la directiva. Ahí
aparece el Everton.

Su
vínculo con el club toffee estaba escrito desde octubre. Silva nunca quiso apagar
el fuego que le relacionaba con el conjunto de Liverpool. Tampoco le echó
gasolina pero aquel silencio acabó quemándole. Ahora aterriza a Goodison Park
con una sensación atípica. El proyecto del Everton debe liderarlo un entrenador
dispuesto a traer un fútbol ilusionante agarrado, a su vez, con resultados. Él
tiene todas las características para hacerlo. Pero él nunca quiso parar. 

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