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El gran aficionado

Jacobo Correa @JacoCorrea 09-04-2018

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Comienzo el domingo con un ojo en
el Levante – Las Palmas y el otro en Twitter. Por la tarde juega el C.D.
Tenerife y desde hace días se anuncia que está todo el papel vendido. Quiero
estar informado, conocer la última hora. El choque ante el Sevilla Atlético
puede acercar aún más al representativo insular al playoff de ascenso a Primera División. Cualquiera lo diría hace
unos meses… La llegada de Joseba Etxeberria ha impulsado a los blanquiazules y,
lo más importante, ha conseguido que el aficionado vuelva a creer. Yo, enemigo
de la efervescencia, he optado por ser prudente pese a las excelentes
sensaciones que transmite el grupo. Sin embargo, creo que es lógico que la
buena dinámica traiga consigo la ilusión de las masas. De modo que, hasta
cierto punto, no me sorprende que conseguir una entrada para el duelo
vespertino sea poco menos que una quimera. Lo interpreto como algo bueno.

Pero algunos de los tweets que descubro me provocan
malestar. Son varias las cuentas que critican a los que se suman ahora que el
viento sopla en dirección favorable. Leo cosas como “subecarros”, “seguidores
veleta”
u “oportunistas”, en tono
recriminatorio. Y me cabrea. De verdad. Son las lindezas de aficionados que
creen saber más que nadie del club y ser del club más que nadie. ¿Los
argumentos para justificar su superioridad moral? Que quien se sienta ahora a
su lado no se sabe más de cuatro o cinco nombres de los jugadores que corren
por el verde, que algunos de estos nuevos tienen ataques de entrenador o que los
no abonados que ahora los acompañan vienen con la camiseta de hace varias
temporadas, ya caducas (¿?) a su parecer. Es curioso, son tan reflexivos que le
dan más importancia a todo esto que a un estadio repleto. No entienden que todo
el que se haya sumado recientemente o pueda sumarse a partir de ahora, ayuda.
Que les pregunten a los jugadores a ver si prefieren siete o veinte mil voces
empujando. No hay más, señoras y señores. Menos medallitas y más raciocinio.

Igual con lo siguiente voy a
hacer enfadar a este colectivo un poco más. Yo aún no he ido al Heliodoro
Rodríguez López este año, pero lo haré dentro de dos semanas. ¡Me subo al
carro! Y cuidado, que gritaré. Puedo, ¿no? Gritar otra vez. Si digo otra vez es
porque, aunque lleve tiempo fuera, lo hice cuando nos estábamos jugando otro
ascenso. Y no hablo de principios de siglo, con Rafa Benítez, que también. Voy
mucho más atrás, cuando siendo niño vi cómo se dudaba del fichaje de El Gharef,
las faltas con rosca de Guina, los centros de Víctor o los remates del Rommel
Fernández, nuestro eterno Panzer. Iba
cada quince días a dejarme la garganta con mi padre. Seguí haciéndolo muchos
años, en mi adolescencia y luego como mayor de edad. Hasta que, debido a mi
situación particular en un determinado momento de mi vida, dejé de hacerlo. ¡Y
mira por dónde! No era más del club entonces de lo que soy ahora. Mi
sentimiento es el mismo, aunque haya quien no sea capaz de asimilar eso. Pero
cuidado, que tampoco soy más por haber estado ahí en otro tiempo (o durante
tanto tiempo). Así que es por ello, entre otras cosas, que no apruebo que se
den lecciones de tinerfeñismo (o de lo que sea) sin saber de las circunstancias
de otras personas.

Además del fútbol, me gusta el
baloncesto. Asisto al Santiago Martín en cada encuentro del Club Baloncesto
Canarias como local y llevo comentando este deporte en radio desde que
estábamos en LEB. Por tanto, he podido observar cómo ha crecido el equipo. Y he
sido testigo de cómo en las gradas de La
Hamburguesa ha ido quedando cada vez
menos espacio libre. Ahora el recinto registra llenos cuando vienen los grandes
o nos jugamos algo. Pues bien, resulta que no recuerdo a un abonado recriminar
a un espectador esporádico que acuda a estos choques. Por el contrario, se
alegran cuando se cuelga el cartel de no hay billetes. Y si uno de los nuevos
pregunta por un jugador o situación táctica, normalmente los habituales explican.
Es tan simple como que ese, hasta entonces extraño, llega para sumar. No parece
tan difícil de comprender.

Hay una especie de competición
por ser el “más mejor aficionado” del
Tenerife. Siento no ser académico, pero procedía escribirlo así, a la altura
del logro. Cuanto más ultra eres, más mereces todo. Hoy un amigo bromeaba en
las redes con que no había celebrado los goles porque no sabía si era digno de
ello. Le he contestado que, en una próxima ocasión, primero pidiese permiso a
los que reparten carnets de blanquiazul de verdad, del que vale, del auténtico.
No sé, igual es mejor que se cubra las espaldas (guiño, guiño).

Me pregunto si todos estos que
eligen quiénes sí y quiénes no, se plantean cuál es la situación del recién
llegado. ¿Acaso se paran a pensar que quizás hay gente que no puede pagarse un
abono y, sin embargo, ahora hace el esfuerzo para apoyar al equipo? ¿De verdad
creen que dominan el juego más que otros por el simple hecho de sentarse en su
poltrona cada quince días? Seguro que hasta ellos mismos conocen a personas que,
en este momento, se privan de ciertas cosas para tener la oportunidad de vivir
lo que puede ser un sueño y saben de tipos muy entendidos, de gran riqueza
táctica, que eligen el sofá de su casa por comodidad o por evitar sufrir más de
la cuenta. Y es que no lo sabemos todo. Cada cual tiene sus motivos. También para
no asistir a un campo de fútbol. O incluso para comenzar a hacerlo cuando lo
crea conveniente.

Escribo esto con el Tenerife como
epicentro, pero es algo extensible a muchas de aficiones y a otras ciudades. He
de confesar que yo esto lo he visto en la isla de enfrente, por ejemplo. Y
otras personas me han contado historias similares de otros lugares. La epidemia
de lo absurdo…

En fin, que a ver si comprendemos
de una vez que siempre, siempre, va a crecer la afluencia de público cuando las
cosas van bien. Porque a mucha gente le gusta el deporte. Pero, como es lógico,
le gusta más aún si su representativo gana más que pierde. Y no pasa nada por
ello. No es algo malo. Es totalmente natural. ¿Que tú que estás leyendo esto
vas siempre? Pues enhorabuena, mereces toda la admiración posible, en serio. Pero,
por favor, no hagas menos al resto. Si ese desconocido ahora te acompaña al
estadio, con una bufanda de tu equipo, es de los tuyos. No te equivoques… DE
LOS TUYOS.

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Comienzo el domingo con un ojo en
el Levante – Las Palmas y el otro en Twitter. Por la tarde juega el C.D.
Tenerife y desde hace días se anuncia que está todo el papel vendido. Quiero
estar informado, conocer la última hora. El choque ante el Sevilla Atlético
puede acercar aún más al representativo insular al playoff de ascenso a Primera División. Cualquiera lo diría hace
unos meses… La llegada de Joseba Etxeberria ha impulsado a los blanquiazules y,
lo más importante, ha conseguido que el aficionado vuelva a creer. Yo, enemigo
de la efervescencia, he optado por ser prudente pese a las excelentes
sensaciones que transmite el grupo. Sin embargo, creo que es lógico que la
buena dinámica traiga consigo la ilusión de las masas. De modo que, hasta
cierto punto, no me sorprende que conseguir una entrada para el duelo
vespertino sea poco menos que una quimera. Lo interpreto como algo bueno.

Pero algunos de los tweets que descubro me provocan
malestar. Son varias las cuentas que critican a los que se suman ahora que el
viento sopla en dirección favorable. Leo cosas como “subecarros”, “seguidores
veleta”
u “oportunistas”, en tono
recriminatorio. Y me cabrea. De verdad. Son las lindezas de aficionados que
creen saber más que nadie del club y ser del club más que nadie. ¿Los
argumentos para justificar su superioridad moral? Que quien se sienta ahora a
su lado no se sabe más de cuatro o cinco nombres de los jugadores que corren
por el verde, que algunos de estos nuevos tienen ataques de entrenador o que los
no abonados que ahora los acompañan vienen con la camiseta de hace varias
temporadas, ya caducas (¿?) a su parecer. Es curioso, son tan reflexivos que le
dan más importancia a todo esto que a un estadio repleto. No entienden que todo
el que se haya sumado recientemente o pueda sumarse a partir de ahora, ayuda.
Que les pregunten a los jugadores a ver si prefieren siete o veinte mil voces
empujando. No hay más, señoras y señores. Menos medallitas y más raciocinio.

Igual con lo siguiente voy a
hacer enfadar a este colectivo un poco más. Yo aún no he ido al Heliodoro
Rodríguez López este año, pero lo haré dentro de dos semanas. ¡Me subo al
carro! Y cuidado, que gritaré. Puedo, ¿no? Gritar otra vez. Si digo otra vez es
porque, aunque lleve tiempo fuera, lo hice cuando nos estábamos jugando otro
ascenso. Y no hablo de principios de siglo, con Rafa Benítez, que también. Voy
mucho más atrás, cuando siendo niño vi cómo se dudaba del fichaje de El Gharef,
las faltas con rosca de Guina, los centros de Víctor o los remates del Rommel
Fernández, nuestro eterno Panzer. Iba
cada quince días a dejarme la garganta con mi padre. Seguí haciéndolo muchos
años, en mi adolescencia y luego como mayor de edad. Hasta que, debido a mi
situación particular en un determinado momento de mi vida, dejé de hacerlo. ¡Y
mira por dónde! No era más del club entonces de lo que soy ahora. Mi
sentimiento es el mismo, aunque haya quien no sea capaz de asimilar eso. Pero
cuidado, que tampoco soy más por haber estado ahí en otro tiempo (o durante
tanto tiempo). Así que es por ello, entre otras cosas, que no apruebo que se
den lecciones de tinerfeñismo (o de lo que sea) sin saber de las circunstancias
de otras personas.

Además del fútbol, me gusta el
baloncesto. Asisto al Santiago Martín en cada encuentro del Club Baloncesto
Canarias como local y llevo comentando este deporte en radio desde que
estábamos en LEB. Por tanto, he podido observar cómo ha crecido el equipo. Y he
sido testigo de cómo en las gradas de La
Hamburguesa ha ido quedando cada vez
menos espacio libre. Ahora el recinto registra llenos cuando vienen los grandes
o nos jugamos algo. Pues bien, resulta que no recuerdo a un abonado recriminar
a un espectador esporádico que acuda a estos choques. Por el contrario, se
alegran cuando se cuelga el cartel de no hay billetes. Y si uno de los nuevos
pregunta por un jugador o situación táctica, normalmente los habituales explican.
Es tan simple como que ese, hasta entonces extraño, llega para sumar. No parece
tan difícil de comprender.

Hay una especie de competición
por ser el “más mejor aficionado” del
Tenerife. Siento no ser académico, pero procedía escribirlo así, a la altura
del logro. Cuanto más ultra eres, más mereces todo. Hoy un amigo bromeaba en
las redes con que no había celebrado los goles porque no sabía si era digno de
ello. Le he contestado que, en una próxima ocasión, primero pidiese permiso a
los que reparten carnets de blanquiazul de verdad, del que vale, del auténtico.
No sé, igual es mejor que se cubra las espaldas (guiño, guiño).

Me pregunto si todos estos que
eligen quiénes sí y quiénes no, se plantean cuál es la situación del recién
llegado. ¿Acaso se paran a pensar que quizás hay gente que no puede pagarse un
abono y, sin embargo, ahora hace el esfuerzo para apoyar al equipo? ¿De verdad
creen que dominan el juego más que otros por el simple hecho de sentarse en su
poltrona cada quince días? Seguro que hasta ellos mismos conocen a personas que,
en este momento, se privan de ciertas cosas para tener la oportunidad de vivir
lo que puede ser un sueño y saben de tipos muy entendidos, de gran riqueza
táctica, que eligen el sofá de su casa por comodidad o por evitar sufrir más de
la cuenta. Y es que no lo sabemos todo. Cada cual tiene sus motivos. También para
no asistir a un campo de fútbol. O incluso para comenzar a hacerlo cuando lo
crea conveniente.

Escribo esto con el Tenerife como
epicentro, pero es algo extensible a muchas de aficiones y a otras ciudades. He
de confesar que yo esto lo he visto en la isla de enfrente, por ejemplo. Y
otras personas me han contado historias similares de otros lugares. La epidemia
de lo absurdo…

En fin, que a ver si comprendemos
de una vez que siempre, siempre, va a crecer la afluencia de público cuando las
cosas van bien. Porque a mucha gente le gusta el deporte. Pero, como es lógico,
le gusta más aún si su representativo gana más que pierde. Y no pasa nada por
ello. No es algo malo. Es totalmente natural. ¿Que tú que estás leyendo esto
vas siempre? Pues enhorabuena, mereces toda la admiración posible, en serio. Pero,
por favor, no hagas menos al resto. Si ese desconocido ahora te acompaña al
estadio, con una bufanda de tu equipo, es de los tuyos. No te equivoques… DE
LOS TUYOS.

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