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El futbolista soñador

El día de su presentación como nuevo jugador del Manchester City, Wilfried Bony confirmó que estaba cumpliendo el sueño de su vida. “Hace 15 años que he estado soñando con jugar para el Manchester City”. Posiblemente nadie le informó que en el año 2000 (Bony llegó al equipo citizen en 2015) el Manchester City jugaba en la Segunda División del fútbol inglés (recién ascendido este mismo año desde Tercera) y que a sus 12 años, es muy difícil que el delantero supiera incluso de la existencia del club durante su infancia pasada en Abiyán.

En tiempos donde la hemeroteca está al alcance de un solo clic, los futbolistas no se recatan ni se preocupan de ser meticulosos con sus palabras. Todo lo contrario. Sabedores del sentimentalismo apasionado de sus aficiones, tratan de meter el primer gol y tener un apoyo desmedido desde la grada besándose el escudo el día de su presentación o regalándoles los oídos en la primera comparecencia pública. El fútbol, tan cambiante como complejo, es un abanico de posibilidades inmenso movido, sobre todo, por intereses personales económicos. ¿Quién no querría jugar en todas las grandes ligas? ¿Quién no querría vivir en distintos países y conocer distintas culturas o aprender distintos idiomas? ¿Quién, teniendo la posibilidad, no soñaría con echar raíces en París, Milán o Madrid en busca de las aventuras que da una carrera joven, corta y desenfrenada?

Álvaro Morata ha sido el último en caer en la tentación de tirar de palabrería (solo él sabe si barata o verdadera) para intentar ganarse a la afición rojiblanca. Si ya llevaba meses tirando de fotos antiguas en las que aparece vestido de colchonero (jugó en el Atleti hasta los 15 y era un habitual de las gradas del Calderón), ahora ha adornado las imágenes con palabras y un gesto que se quedó en la retina de todos antes de que el fútbol se cancelara. En Anfield, tras batir a Adrián y doblegar al Liverpool, pidió perdón. ¿Por qué? Quizás por fallar ocasiones con anterioridad, quizás por caer en fuera de juego en diversos partidos, quizás por varios meses sin marcar que le habían puesto en entredicho.

Pero no, Morata pidió perdón por haber vestido otras camisetas. “Siempre soñé con jugar en el Calderón. Pero cuando dejé de ser un niño jugando al fútbol sentí un poco de presión. No era titular y decidí marcharme. Por desgracia, jugué allí con otras camisetas que no fueron la del Atlético, pero yo siempre fui del Atleti”. Solo él sabrá entonces cómo, en una de las noches más duras del aficionado rojiblanco, se burló de él en Cibeles, o cómo, micrófono en mano, lo repitió un día después en el balcón del Ayuntamiento. O cómo, cuando retornó al Real Madrid tras ser cedido por la Juventus, no dejaba de afirmar que volvía al equipo de su vida. O cómo, cuando firmó por el Chelsea y se fue cedido a Turín, calificó su llegada de sueños. Uno tiene muchos sueños. De hecho, hay uno cada noche, aunque la mayoría queden en el subsconciente. Hay algunos que son incompatibles.

Hay jugadores como Marcos Llorente, que no reniegan de su pasado, que no regalan los oídos, que saben dónde están, que esto del fútbol ya es un tema más profesional y que el sentimentalismo queda para el aficionado. Y los hay como Courtois o como Morata, que hacen creer que cualquier tiempo pasado nos parece peor. Pero el fútbol va de ganar. Quedan ya muy pocos románticos y los valores se suelen agotar ahí donde llegan el dinero y los goles. Contaba Guti, uno de los futbolistas que mayor aversión han generado entre la afición rojiblanca, que estuvo a un palmo de vestir la camiseta del Atleti. Él no quería y en el Vicente Calderón no habría sido bien recibido. “Me habrían odiado las dos aficiones”. Guti entraba como moneda de cambio en una operación por Pablo Ibáñez que se habría llevado a cabo si Juan Palacios hubiera ganado las elecciones en vez de Ramón Calderón. Y ahí se presentan dos escenarios: si Guti hubiera jugado mal, habría seguido siendo odiado. Si Guti hubiera jugado bien, la mayoría le hubiera perdonado y quién sabe hasta qué nivel. Como a Juanfran, como, por tramos, a Reyes. ¿Alguien sabe que equipo abandonó Raúl cuando llegó al Real Madrid?

Regaladores de oídos ha habido muchos. Kun Agüero renovó su contrato en 2011. “No es solo poner una firma. Es renovar un compromiso. Quiero seguir creciendo con el club muchos años”. Cuatro meses después, se despedía para siempre, de malas maneras. En 2013, Arda Turan hablaba del mejor momento de su vida, de no abandonar nunca el Atlético, un equipo por el que sentía algo especial. Dos años después, su nuevo sueño era azulgrana. “Siempre soñé con jugar en el Barcelona”. Filipe Luis también es un asiduo a lo que la afición llama tribunero. Pocos meses antes de ganar la Liga con el Atlético, afirmó que “Podría haber ganado más dinero y más títulos en otro equipo, pero no sería tan feliz como aquí”. Cinco meses después, se marchó al Chelsea. Y luego volvió, asegurando que sabía que había cometido un error y que solo pensaba en retirarse de rojiblanco. En 2019, en cambio, y con un año de contrato, intentó marcharse a París a solo unos días del cierre de mercado. En la previa de la final de Champions en Lisboa, Tiago Mendes puso a Simeone como un Dios, de manera literal. “Es un Dios. Lo seguiríamos para tirarnos de un puente”. Pocas semanas después, se marchó libre al Chelsea (aunque, al quedarse sin inscripción, el club inglés le cortó y volvió a firmar con el Atlético). Diego Costa amplió su contrato a la vez que soñaba con seguir muchos años como colchonero y un mes más tarde ya tenía las maletas hechas y lo de los hermanos Hernández, Lucas y Theo, también da para un capítulo extenso.

El aficionado busca sentimentalismo en aquellos que de verdad lo han demostrado. Dicen más los gestos que las palabras. A Koke, Gabi o Torres nunca hubo que pedirles cuentas, ellos nunca debieron dar explicaciones. No lo hicieron. Morata tampoco ha de hacerlo. Recordar cada dos por tres lo feliz que es ahora y lo mal que lo hizo en el pasado más que realzar su figura genera un efecto rebote en quienes nunca le perdonarán lo que hizo y cómo lo hizo, creciendo aún más la aversión de aquel a quien consideran hipócrita, y solo aumentará el apoyo de aquellos cuya simpatía ya tiene ganada desde hace muchos años. Son tiempos donde el fútbol se mueve por millones de cosas que no atienden al corazón. No todos pueden ser Totti.

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El día de su presentación como nuevo jugador del Manchester City, Wilfried Bony confirmó que estaba cumpliendo el sueño de su vida. “Hace 15 años que he estado soñando con jugar para el Manchester City”. Posiblemente nadie le informó que en el año 2000 (Bony llegó al equipo citizen en 2015) el Manchester City jugaba en la Segunda División del fútbol inglés (recién ascendido este mismo año desde Tercera) y que a sus 12 años, es muy difícil que el delantero supiera incluso de la existencia del club durante su infancia pasada en Abiyán.

En tiempos donde la hemeroteca está al alcance de un solo clic, los futbolistas no se recatan ni se preocupan de ser meticulosos con sus palabras. Todo lo contrario. Sabedores del sentimentalismo apasionado de sus aficiones, tratan de meter el primer gol y tener un apoyo desmedido desde la grada besándose el escudo el día de su presentación o regalándoles los oídos en la primera comparecencia pública. El fútbol, tan cambiante como complejo, es un abanico de posibilidades inmenso movido, sobre todo, por intereses personales económicos. ¿Quién no querría jugar en todas las grandes ligas? ¿Quién no querría vivir en distintos países y conocer distintas culturas o aprender distintos idiomas? ¿Quién, teniendo la posibilidad, no soñaría con echar raíces en París, Milán o Madrid en busca de las aventuras que da una carrera joven, corta y desenfrenada?

Álvaro Morata ha sido el último en caer en la tentación de tirar de palabrería (solo él sabe si barata o verdadera) para intentar ganarse a la afición rojiblanca. Si ya llevaba meses tirando de fotos antiguas en las que aparece vestido de colchonero (jugó en el Atleti hasta los 15 y era un habitual de las gradas del Calderón), ahora ha adornado las imágenes con palabras y un gesto que se quedó en la retina de todos antes de que el fútbol se cancelara. En Anfield, tras batir a Adrián y doblegar al Liverpool, pidió perdón. ¿Por qué? Quizás por fallar ocasiones con anterioridad, quizás por caer en fuera de juego en diversos partidos, quizás por varios meses sin marcar que le habían puesto en entredicho.

Pero no, Morata pidió perdón por haber vestido otras camisetas. “Siempre soñé con jugar en el Calderón. Pero cuando dejé de ser un niño jugando al fútbol sentí un poco de presión. No era titular y decidí marcharme. Por desgracia, jugué allí con otras camisetas que no fueron la del Atlético, pero yo siempre fui del Atleti”. Solo él sabrá entonces cómo, en una de las noches más duras del aficionado rojiblanco, se burló de él en Cibeles, o cómo, micrófono en mano, lo repitió un día después en el balcón del Ayuntamiento. O cómo, cuando retornó al Real Madrid tras ser cedido por la Juventus, no dejaba de afirmar que volvía al equipo de su vida. O cómo, cuando firmó por el Chelsea y se fue cedido a Turín, calificó su llegada de sueños. Uno tiene muchos sueños. De hecho, hay uno cada noche, aunque la mayoría queden en el subsconciente. Hay algunos que son incompatibles.

Hay jugadores como Marcos Llorente, que no reniegan de su pasado, que no regalan los oídos, que saben dónde están, que esto del fútbol ya es un tema más profesional y que el sentimentalismo queda para el aficionado. Y los hay como Courtois o como Morata, que hacen creer que cualquier tiempo pasado nos parece peor. Pero el fútbol va de ganar. Quedan ya muy pocos románticos y los valores se suelen agotar ahí donde llegan el dinero y los goles. Contaba Guti, uno de los futbolistas que mayor aversión han generado entre la afición rojiblanca, que estuvo a un palmo de vestir la camiseta del Atleti. Él no quería y en el Vicente Calderón no habría sido bien recibido. “Me habrían odiado las dos aficiones”. Guti entraba como moneda de cambio en una operación por Pablo Ibáñez que se habría llevado a cabo si Juan Palacios hubiera ganado las elecciones en vez de Ramón Calderón. Y ahí se presentan dos escenarios: si Guti hubiera jugado mal, habría seguido siendo odiado. Si Guti hubiera jugado bien, la mayoría le hubiera perdonado y quién sabe hasta qué nivel. Como a Juanfran, como, por tramos, a Reyes. ¿Alguien sabe que equipo abandonó Raúl cuando llegó al Real Madrid?

Regaladores de oídos ha habido muchos. Kun Agüero renovó su contrato en 2011. “No es solo poner una firma. Es renovar un compromiso. Quiero seguir creciendo con el club muchos años”. Cuatro meses después, se despedía para siempre, de malas maneras. En 2013, Arda Turan hablaba del mejor momento de su vida, de no abandonar nunca el Atlético, un equipo por el que sentía algo especial. Dos años después, su nuevo sueño era azulgrana. “Siempre soñé con jugar en el Barcelona”. Filipe Luis también es un asiduo a lo que la afición llama tribunero. Pocos meses antes de ganar la Liga con el Atlético, afirmó que “Podría haber ganado más dinero y más títulos en otro equipo, pero no sería tan feliz como aquí”. Cinco meses después, se marchó al Chelsea. Y luego volvió, asegurando que sabía que había cometido un error y que solo pensaba en retirarse de rojiblanco. En 2019, en cambio, y con un año de contrato, intentó marcharse a París a solo unos días del cierre de mercado. En la previa de la final de Champions en Lisboa, Tiago Mendes puso a Simeone como un Dios, de manera literal. “Es un Dios. Lo seguiríamos para tirarnos de un puente”. Pocas semanas después, se marchó libre al Chelsea (aunque, al quedarse sin inscripción, el club inglés le cortó y volvió a firmar con el Atlético). Diego Costa amplió su contrato a la vez que soñaba con seguir muchos años como colchonero y un mes más tarde ya tenía las maletas hechas y lo de los hermanos Hernández, Lucas y Theo, también da para un capítulo extenso.

El aficionado busca sentimentalismo en aquellos que de verdad lo han demostrado. Dicen más los gestos que las palabras. A Koke, Gabi o Torres nunca hubo que pedirles cuentas, ellos nunca debieron dar explicaciones. No lo hicieron. Morata tampoco ha de hacerlo. Recordar cada dos por tres lo feliz que es ahora y lo mal que lo hizo en el pasado más que realzar su figura genera un efecto rebote en quienes nunca le perdonarán lo que hizo y cómo lo hizo, creciendo aún más la aversión de aquel a quien consideran hipócrita, y solo aumentará el apoyo de aquellos cuya simpatía ya tiene ganada desde hace muchos años. Son tiempos donde el fútbol se mueve por millones de cosas que no atienden al corazón. No todos pueden ser Totti.

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Diego G. Argota @Diego21Garcia
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