_Fútbol Internacional

El castigo de Giroud

Es horrible que los superhéroes tengan esa capacidad tan singular para aparecer en el momento exacto o peor aún, cuando todo parece perdido. Nos quieren hacer sufrir. Se va a morir la chica, va a explotar el mundo… No importa. Allí llegan. Quizás por ello no sean humanos. Si arribaran antes, sin haber rezado a todos los dioses y sin agotar todas nuestras lágrimas, se acabarían transformando en meros sujetos que tuvieron su mérito en una preciosa tarde primaveral que pintaba a ser apacible. Bah, al final ese tipo, según dicen, acabó salvándonos a todos. Tampoco es para tanto.

Igual Giroud no es un prócer por ello. No le aman porque llegó con tiempo, cuando la Tierra era un lugar seguro y firme, en el segundo partido, cuando el guion no estaba rogando personajes secundarios llamados a forzar caídas por las escaleras o cuando no se preparaba la chequera para producir efectos especiales. Era, simplemente, el segundo partido de la copa del mundo. Quedaba mucho fútbol.

Frente a Australia, al inicio, a los franceses les costó horrores abrir espacios. Griezmann quería abarcar demasiado y las diagonales de Mbappé no acababan de hacer daño, como si este estuviera limándose las uñas para lo que se avecinaba. Por ello, en el siguiente encuentro, Deschamps optó por poner a Giroud arriba y darle toda la libertad a su espalda al genio del Atlético de Madrid. Sabía que si conectaba con el del Arsenal este se las bajaría y devolvería todas con puntualidad suiza; siempre dónde, cómo y cuándo quisiera. Y sin despeinarse. Esa mutación del argumento llegó en un momento inesperado a la par que fundamental ya que no había ni derrotas ni dramas previos con los que escandalizarse: fue como una tormenta de verano. En pleno invierno. Y en sequía.

El ariete galo tiene la perenne etiqueta de jugador que recibe el insulto fácil y burlón, que acaba siendo muy común en las redes sociales. Sin embargo, parece que adopta con naturalidad ese castigo divino como si fuera Sísifo: no importa que cuaje un partido de enjundia en el que defienda, asista y abra huecos. Si no marca le reprocharán todo y acabarán pidiendo que caiga colina abajo a pesar de haber realizado una buena labor. Una penitencia eterna.

Giroud ha disparado nueve veces en todo el Mundial sin ver puerta, una estadística que parece ridiculizarle. Raspando un poco, sin embargo, uno puede encontrar la realidad: hay uno en su equipo que chuta casi el doble. Es Griezmann, un chico que aparenta estar encantado con él porque tiene a su vera un socio que le fija centrales, cae a banda y puede oxigenar a su equipo cuando el juego no es fluido. El fútbol no siempre te dará lo que le des. Giroud ha estado empujando la piedra muchos años y puede que al final, de forma heroica, como un superhéroe, acabe encontrando un premio que poca gente puede presumir: llegar a la cima, mirar desde las alturas irreverentemente, y levantar la copa del mundo. Qué más se puede pedir.

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Es horrible que los superhéroes tengan esa capacidad tan singular para aparecer en el momento exacto o peor aún, cuando todo parece perdido. Nos quieren hacer sufrir. Se va a morir la chica, va a explotar el mundo… No importa. Allí llegan. Quizás por ello no sean humanos. Si arribaran antes, sin haber rezado a todos los dioses y sin agotar todas nuestras lágrimas, se acabarían transformando en meros sujetos que tuvieron su mérito en una preciosa tarde primaveral que pintaba a ser apacible. Bah, al final ese tipo, según dicen, acabó salvándonos a todos. Tampoco es para tanto.

Igual Giroud no es un prócer por ello. No le aman porque llegó con tiempo, cuando la Tierra era un lugar seguro y firme, en el segundo partido, cuando el guion no estaba rogando personajes secundarios llamados a forzar caídas por las escaleras o cuando no se preparaba la chequera para producir efectos especiales. Era, simplemente, el segundo partido de la copa del mundo. Quedaba mucho fútbol.

Frente a Australia, al inicio, a los franceses les costó horrores abrir espacios. Griezmann quería abarcar demasiado y las diagonales de Mbappé no acababan de hacer daño, como si este estuviera limándose las uñas para lo que se avecinaba. Por ello, en el siguiente encuentro, Deschamps optó por poner a Giroud arriba y darle toda la libertad a su espalda al genio del Atlético de Madrid. Sabía que si conectaba con el del Arsenal este se las bajaría y devolvería todas con puntualidad suiza; siempre dónde, cómo y cuándo quisiera. Y sin despeinarse. Esa mutación del argumento llegó en un momento inesperado a la par que fundamental ya que no había ni derrotas ni dramas previos con los que escandalizarse: fue como una tormenta de verano. En pleno invierno. Y en sequía.

El ariete galo tiene la perenne etiqueta de jugador que recibe el insulto fácil y burlón, que acaba siendo muy común en las redes sociales. Sin embargo, parece que adopta con naturalidad ese castigo divino como si fuera Sísifo: no importa que cuaje un partido de enjundia en el que defienda, asista y abra huecos. Si no marca le reprocharán todo y acabarán pidiendo que caiga colina abajo a pesar de haber realizado una buena labor. Una penitencia eterna.

Giroud ha disparado nueve veces en todo el Mundial sin ver puerta, una estadística que parece ridiculizarle. Raspando un poco, sin embargo, uno puede encontrar la realidad: hay uno en su equipo que chuta casi el doble. Es Griezmann, un chico que aparenta estar encantado con él porque tiene a su vera un socio que le fija centrales, cae a banda y puede oxigenar a su equipo cuando el juego no es fluido. El fútbol no siempre te dará lo que le des. Giroud ha estado empujando la piedra muchos años y puede que al final, de forma heroica, como un superhéroe, acabe encontrando un premio que poca gente puede presumir: llegar a la cima, mirar desde las alturas irreverentemente, y levantar la copa del mundo. Qué más se puede pedir.

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