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Calidad en entredicho

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 12-09-2018

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Desde que Cesare Prandelli
alcanzase el techo de la selección italiana moderna con la final de la EURO
2014, la calidad de los futbolistas de la Nazionale ha sido puesta
permanentemente en entredicho. Es una obviedad que el nivel medio de la Azzurra
ha decaído sensiblemente con respecto a la década de los noventa y a principios
de los 2000, que Italia carece de una gran figura de relieve internacional y determinante
desde el genio como eran los Baggio, Totti, Del Piero o Pirlo, pero no es menos
cierto que, pese a estar claramente por detrás en cuanto a potencial de las
tres o cuatro mejores selecciones del continente hoy día, su actual nivel
global de jugadores no está por debajo al de Portugal, por ejemplo. Un
combinado luso que es última selección que ha ganado, y también dominado, a una
Italia que solo ha vencido un partido en el último año y fue ante Arabia Saudí.

La consigna machacona de que no
hay talento suficiente ni a la altura para competir mejor ha ido calando
progresivamente en el jugador italiano, mermando una confianza en sus propios
medios que años atrás era una de las bazas competitivas más sólidas y seguras
de la Nazionale. Un mensaje que señala directamente a la escasa calidad de los
futbolistas como la principal culpable del gris presente de la selección,
equivocando el tiro y sin poner la mira más allá, sin señalar los graves
problemas federativos que ha arrastrado la estructura del fútbol transalpino y
sin evidenciar tampoco el agravio comparativo que suponen las escasísimas
oportunidades de recorrido que los clubes de la Serie A y también la selección
han venido dando a los proyectos más jóvenes de jugadores. Una tendencia que,
por suerte, parece comenzar a cambiar ligeramente y que es uno de los pocos
puntos a favor hasta el momento de la gestión Mancini, con la importancia que
está tomando Chiesa en el equipo o con las convocatorias de dos adolescentes
como Zaniolo o Pellegri.

Sin embargo, nombres en plena
edad de maduración y que podrían suponer una renovada y confiable columna
vertebral para Italia, como son los de Berardi (24), Bernardeschi (24),
Gagliardini (24), Zappacosta (26), Jorginho (26) o Romagnoli (23) suman menos
de quince internacionalidades. Otros como Bonaventura (29), plenamente
desarrollado y de demostrada calidad técnica al servicio del colectivo durante
años en el Milan, tampoco alcanzan esa mínima cifra de partidos. A los que se
suman casos como el de Benassi (24) o el de Barella (21) que ni siquiera han debutado todavía con la absoluta,
siendo dos perfiles de interiores muy necesarios, teniendo en cuenta el
contexto, los mayores déficits del sistema y el resto de compañeros de
generación, debido a su agresividad sin parangón dentro de las fronteras
transalpinas a la hora de moverse sin balón hacia adelante y de ejercer el
quite, respectivamente.

Sin mencionar al que es el
futbolista más talentoso de esta camada de no tan nuevos futbolistas italianos,
un Lorenzo Insigne (27) que ha sido el arma creativa de mayor peso en el
fantástico ciclo de Maurizio Sarri en Nápoles y que en la selección sigue sin
tener un papel central dentro de las desnortadas intenciones de juego globales.
Una decena de jugadores cuya experiencia en grandes torneos se reduce a los
cuatro encuentros –o, mejor dicho, a los cuatro ratitos (69 minutos en total)-
de Insigne entre el Mundial 2014 y la EURO 2016 y a la hora de juego de la que
tomó parte Bernardeschi en el mismo torneo francés ante Irlanda en la primera
fase. Una decena de jugadores, junto a todos los demás, a los que se les exige
que cambien la cara de la selección ellos solos y sin ayuda de casi nadie. Algo
tan injusto como imposible.

El éxito de la austera gestión de
Antonio Conte a nivel táctico y competitivo, donde las carencias de nivel eran
seguramente aún mayores, ha hecho que Italia equivocase la tendencia que debía
seguir y todavía hoy sigue pagando las consecuencias de ese fugaz notable tono
futbolístico. Su sucesor, Giampiero Ventura, fue una de las más evidentes. Un
técnico de un libreto muy similar al del exentrenador del Chelsea, para el que
el repliegue y el contragolpe eran el santo y seña, pero que no tenía ni por
asomo la ascendencia sobre el vestuario, ni tampoco el prestigio necesario para
seguir convenciendo en la exigente y poco atractiva idea de juego a un grupo de
futbolistas que se había basado totalmente en las certezas que le daban atrás
la vieja guardia, es decir, el capitán Buffon y la BBC juventina, siendo todos
ellos dos años más veteranos para continuar salvaguardando en el tiempo la
efusiva solidaridad y el desgaste que exigían los planes de Conte.

La llegada de Roberto Mancini
tras el batacazo histórico que supuso quedar fuera de Rusia 2018 fue, en ese
sentido, un soplo de aire fresco, pero el técnico de Jesi no ha conseguido
dotar a Italia de un simple camino a seguir. Al menos no todavía. El último
partido contra Portugal fue un despropósito de intenciones. El ‘Mancio’ salió
con una doble punta Zaza – Immobile de claros tintes contragolpeadores, pero
puso como ancla de su sistema a un Jorginho que apenas encontró un segundo
apoyo cerebral en Bonaventura para intentar crear jugadas y dejó, por tanto, a
su libre albedrío a sus delanteros, ambos muy lejos del área y del juego sin
ser unos dechados de virtudes con el balón en los pies tan alejados del arco
rival sin metros por delante que explotar. Asimismo, también puso en evidencia
a Lazzari y a Caldara por todo el sector derecho defensivo, siendo superados
una y otra vez por un jugador eléctrico pero discreto como Bruma, y en líneas
generales nunca supo a qué altura debía o podía jugar su equipo en ataque ni en
defensa, ni tampoco potenció en absoluto las posibles sinergias más positivas
entre sus futbolistas y sus líneas.

Es evidente que la reconstrucción
italiana no es para nada sencilla, pero seguir poniendo el foco en la mala
calidad de los futbolistas y seguir creyendo firmemente que Italia no tiene,
por nombres, el talento suficiente como para erigir una estructura competitiva
para pelear por el dominio de los ritmos del partido ante equipos lejos de ser
superpotencias como Polonia o Portugal sería infravalorar de un modo irreal y
negativo tus propios mimbres futbolísticos. Lo que hace falta, y con urgencia,
es pensar y crear tácticamente para el talento que sí tienes, dejar de dudar de
él hasta el extremo y no continuar evidenciando de la calidad de la que careces
intentando perseguir el ideal histórico del cerrojo y la salida temible con fuoriclassi
mundiales que se han esfumado sin herederos o buscando realizar una presión
muy elevada e intensa para la que por detrás no estás preparado y quedarte, a
la postre, a medio camino de todo.

Lo que sí tiene Italia es un arco
bien cubierto, con uno de los porteros jóvenes más prometedores; dos parejas de
centrales veterana y prometedora que, si bien no son rápidos ni puede
desenvolverse a campo abierto, sí pueden plantear un bloque medio como los
teóricos titulares Bonucci y Chiellini hacen en la Juventus, para dar el primer
pase limpio hacia fuera, en largo o para abastecer en primer término a un regista
que es el faro de un equipo como el Chelsea. Un Jorginho que tiene en el
infravaloradísimo e inteligente Bonaventura a un interior asociativo, conductor
y de recorrido hasta el pico del área con el que puede conformar una sociedad
similar a la que ejerció con Hamsik, mientras se sigue esperando al estallido
redentor del impacto de Marco Verratti con la maglia azzurra que nunca
parece terminar de llegar.

Una medular que cuenta con
opciones de calidad para sus envíos más verticales hacia la mediapunta, por la
derecha con perfiles que pueden desarrollar movimientos fuera-dentro
permanentes, ayudar hacia atrás porque saben lo que es ejercer de carrileros y
amenazar con el disparo o la combinación en corto (Chiesa, Bernardeschi,
Politano); por la izquierda con un creador de jugadas de ataque consagrado y
determinante si se le crea el contexto adecuado (Insigne); con laterales
profundos por ambos costados que compensen esas derivas interiores y sepan
elegir muy bien cuando llegar a línea de fondo y cuando permanecer para
equilibrar al equipo (Zappacosta, Florenzi, Biraghi, tal vez Barreca si
recupera su mejor versión o una complementariedad de ellos con los más
defensivos D’Ambrosio o Criscito); y en el área hay una terna de delanteros de
buen nivel que, bien surtidos y a pesar de no ser garantías superlativas en su
posición, sí suponen focos de peligro tanto dentro de la zona de gol como
amenazando al espacio (Belotti, Immobile, Zaza) o que pueden suministrar apoyos
de calidad para una versión ofensiva más controladora y reposada (Balotelli)
que lance más a los extremo hacia el área.

Una idea mixta, en definitiva.
Una idea que trate de sumar lo mejor que dejó Prandelli –casi todo olvidado- y
lo mejor que supuso la era Conte, los dos últimos grandes técnicos al frente de
Italia. Una idea que cuente con variantes tácticas, pero que sea clara y
nítida, que permita a Italia defenderse con la pelota, no despreciar la
posesión para armar ataques más estáticos, cerrar bien el área y que, si
encuentra la figura de un recuperador agresivo -tal vez los ya mencionados
Benassi o Barella puedan asentarse en dicho rol que es junto al lateral
izquierdo la carencia más notoria-, le permita ejecutar transiciones ofensivas
más cortas, desde más cerca y por tanto de mayor peligro para poder conformarse
como un equipo que juegue más junto y ordenado para aprovechar la electricidad
de su línea de tres cuartos. Una idea que tan reforzada ha salido del Mundial
de Rusia 2018 con el triunfo de Francia o con otros equipos, con sus obvios
matices particulares, como la ya citada Portugal, Bélgica, Croacia o incluso
Inglaterra, y con la que la mayoría de las selecciones cuenta como certeza
cristalina sobre la que construir su presente e ir añadiendo matices y
elementos para su futuro inmediato.

Un plan de juego que Roberto
Mancini, más allá de ir probando jugadores de cara a la Eurocopa de dentro de
dos años y sobre todo del Mundial de 2022 en una tarea regeneradora que sí
parece estar llevando a cabo desde la convicción, necesita y requiere para que
su proyecto no suponga el enésimo estrepitoso fracaso de la Nazionale. Para que
Italia, confiando de verdad y no con medias tintas en una calidad que sí está
pero que está muy lejos de ser potenciada al máximo de sus posibilidades y más
lejos aún de ser explotada con fe y con conocimientos que generen un catálogo
de automatismos para plantar cara en la élite a nivel de selecciones, pueda
desenvolverse en casi cualquier contexto de partido. Para que Italia vuelva a
desarrollar un juego a la altura de quien es, para que vuelva a parecerse
competitivamente a quien fue y para que deje de ser por fin un gigante dormido,
olvidándose por completo de esa palabra que hoy carece de razón de ser, para
erigirse en una selección emergente, capaz no de hacer posible lo imposible,
sino de hacer posible lo posible. Que, visto lo visto, no es poca cosa.

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Desde que Cesare Prandelli
alcanzase el techo de la selección italiana moderna con la final de la EURO
2014, la calidad de los futbolistas de la Nazionale ha sido puesta
permanentemente en entredicho. Es una obviedad que el nivel medio de la Azzurra
ha decaído sensiblemente con respecto a la década de los noventa y a principios
de los 2000, que Italia carece de una gran figura de relieve internacional y determinante
desde el genio como eran los Baggio, Totti, Del Piero o Pirlo, pero no es menos
cierto que, pese a estar claramente por detrás en cuanto a potencial de las
tres o cuatro mejores selecciones del continente hoy día, su actual nivel
global de jugadores no está por debajo al de Portugal, por ejemplo. Un
combinado luso que es última selección que ha ganado, y también dominado, a una
Italia que solo ha vencido un partido en el último año y fue ante Arabia Saudí.

La consigna machacona de que no
hay talento suficiente ni a la altura para competir mejor ha ido calando
progresivamente en el jugador italiano, mermando una confianza en sus propios
medios que años atrás era una de las bazas competitivas más sólidas y seguras
de la Nazionale. Un mensaje que señala directamente a la escasa calidad de los
futbolistas como la principal culpable del gris presente de la selección,
equivocando el tiro y sin poner la mira más allá, sin señalar los graves
problemas federativos que ha arrastrado la estructura del fútbol transalpino y
sin evidenciar tampoco el agravio comparativo que suponen las escasísimas
oportunidades de recorrido que los clubes de la Serie A y también la selección
han venido dando a los proyectos más jóvenes de jugadores. Una tendencia que,
por suerte, parece comenzar a cambiar ligeramente y que es uno de los pocos
puntos a favor hasta el momento de la gestión Mancini, con la importancia que
está tomando Chiesa en el equipo o con las convocatorias de dos adolescentes
como Zaniolo o Pellegri.

Sin embargo, nombres en plena
edad de maduración y que podrían suponer una renovada y confiable columna
vertebral para Italia, como son los de Berardi (24), Bernardeschi (24),
Gagliardini (24), Zappacosta (26), Jorginho (26) o Romagnoli (23) suman menos
de quince internacionalidades. Otros como Bonaventura (29), plenamente
desarrollado y de demostrada calidad técnica al servicio del colectivo durante
años en el Milan, tampoco alcanzan esa mínima cifra de partidos. A los que se
suman casos como el de Benassi (24) o el de Barella (21) que ni siquiera han debutado todavía con la absoluta,
siendo dos perfiles de interiores muy necesarios, teniendo en cuenta el
contexto, los mayores déficits del sistema y el resto de compañeros de
generación, debido a su agresividad sin parangón dentro de las fronteras
transalpinas a la hora de moverse sin balón hacia adelante y de ejercer el
quite, respectivamente.

Sin mencionar al que es el
futbolista más talentoso de esta camada de no tan nuevos futbolistas italianos,
un Lorenzo Insigne (27) que ha sido el arma creativa de mayor peso en el
fantástico ciclo de Maurizio Sarri en Nápoles y que en la selección sigue sin
tener un papel central dentro de las desnortadas intenciones de juego globales.
Una decena de jugadores cuya experiencia en grandes torneos se reduce a los
cuatro encuentros –o, mejor dicho, a los cuatro ratitos (69 minutos en total)-
de Insigne entre el Mundial 2014 y la EURO 2016 y a la hora de juego de la que
tomó parte Bernardeschi en el mismo torneo francés ante Irlanda en la primera
fase. Una decena de jugadores, junto a todos los demás, a los que se les exige
que cambien la cara de la selección ellos solos y sin ayuda de casi nadie. Algo
tan injusto como imposible.

El éxito de la austera gestión de
Antonio Conte a nivel táctico y competitivo, donde las carencias de nivel eran
seguramente aún mayores, ha hecho que Italia equivocase la tendencia que debía
seguir y todavía hoy sigue pagando las consecuencias de ese fugaz notable tono
futbolístico. Su sucesor, Giampiero Ventura, fue una de las más evidentes. Un
técnico de un libreto muy similar al del exentrenador del Chelsea, para el que
el repliegue y el contragolpe eran el santo y seña, pero que no tenía ni por
asomo la ascendencia sobre el vestuario, ni tampoco el prestigio necesario para
seguir convenciendo en la exigente y poco atractiva idea de juego a un grupo de
futbolistas que se había basado totalmente en las certezas que le daban atrás
la vieja guardia, es decir, el capitán Buffon y la BBC juventina, siendo todos
ellos dos años más veteranos para continuar salvaguardando en el tiempo la
efusiva solidaridad y el desgaste que exigían los planes de Conte.

La llegada de Roberto Mancini
tras el batacazo histórico que supuso quedar fuera de Rusia 2018 fue, en ese
sentido, un soplo de aire fresco, pero el técnico de Jesi no ha conseguido
dotar a Italia de un simple camino a seguir. Al menos no todavía. El último
partido contra Portugal fue un despropósito de intenciones. El ‘Mancio’ salió
con una doble punta Zaza – Immobile de claros tintes contragolpeadores, pero
puso como ancla de su sistema a un Jorginho que apenas encontró un segundo
apoyo cerebral en Bonaventura para intentar crear jugadas y dejó, por tanto, a
su libre albedrío a sus delanteros, ambos muy lejos del área y del juego sin
ser unos dechados de virtudes con el balón en los pies tan alejados del arco
rival sin metros por delante que explotar. Asimismo, también puso en evidencia
a Lazzari y a Caldara por todo el sector derecho defensivo, siendo superados
una y otra vez por un jugador eléctrico pero discreto como Bruma, y en líneas
generales nunca supo a qué altura debía o podía jugar su equipo en ataque ni en
defensa, ni tampoco potenció en absoluto las posibles sinergias más positivas
entre sus futbolistas y sus líneas.

Es evidente que la reconstrucción
italiana no es para nada sencilla, pero seguir poniendo el foco en la mala
calidad de los futbolistas y seguir creyendo firmemente que Italia no tiene,
por nombres, el talento suficiente como para erigir una estructura competitiva
para pelear por el dominio de los ritmos del partido ante equipos lejos de ser
superpotencias como Polonia o Portugal sería infravalorar de un modo irreal y
negativo tus propios mimbres futbolísticos. Lo que hace falta, y con urgencia,
es pensar y crear tácticamente para el talento que sí tienes, dejar de dudar de
él hasta el extremo y no continuar evidenciando de la calidad de la que careces
intentando perseguir el ideal histórico del cerrojo y la salida temible con fuoriclassi
mundiales que se han esfumado sin herederos o buscando realizar una presión
muy elevada e intensa para la que por detrás no estás preparado y quedarte, a
la postre, a medio camino de todo.

Lo que sí tiene Italia es un arco
bien cubierto, con uno de los porteros jóvenes más prometedores; dos parejas de
centrales veterana y prometedora que, si bien no son rápidos ni puede
desenvolverse a campo abierto, sí pueden plantear un bloque medio como los
teóricos titulares Bonucci y Chiellini hacen en la Juventus, para dar el primer
pase limpio hacia fuera, en largo o para abastecer en primer término a un regista
que es el faro de un equipo como el Chelsea. Un Jorginho que tiene en el
infravaloradísimo e inteligente Bonaventura a un interior asociativo, conductor
y de recorrido hasta el pico del área con el que puede conformar una sociedad
similar a la que ejerció con Hamsik, mientras se sigue esperando al estallido
redentor del impacto de Marco Verratti con la maglia azzurra que nunca
parece terminar de llegar.

Una medular que cuenta con
opciones de calidad para sus envíos más verticales hacia la mediapunta, por la
derecha con perfiles que pueden desarrollar movimientos fuera-dentro
permanentes, ayudar hacia atrás porque saben lo que es ejercer de carrileros y
amenazar con el disparo o la combinación en corto (Chiesa, Bernardeschi,
Politano); por la izquierda con un creador de jugadas de ataque consagrado y
determinante si se le crea el contexto adecuado (Insigne); con laterales
profundos por ambos costados que compensen esas derivas interiores y sepan
elegir muy bien cuando llegar a línea de fondo y cuando permanecer para
equilibrar al equipo (Zappacosta, Florenzi, Biraghi, tal vez Barreca si
recupera su mejor versión o una complementariedad de ellos con los más
defensivos D’Ambrosio o Criscito); y en el área hay una terna de delanteros de
buen nivel que, bien surtidos y a pesar de no ser garantías superlativas en su
posición, sí suponen focos de peligro tanto dentro de la zona de gol como
amenazando al espacio (Belotti, Immobile, Zaza) o que pueden suministrar apoyos
de calidad para una versión ofensiva más controladora y reposada (Balotelli)
que lance más a los extremo hacia el área.

Una idea mixta, en definitiva.
Una idea que trate de sumar lo mejor que dejó Prandelli –casi todo olvidado- y
lo mejor que supuso la era Conte, los dos últimos grandes técnicos al frente de
Italia. Una idea que cuente con variantes tácticas, pero que sea clara y
nítida, que permita a Italia defenderse con la pelota, no despreciar la
posesión para armar ataques más estáticos, cerrar bien el área y que, si
encuentra la figura de un recuperador agresivo -tal vez los ya mencionados
Benassi o Barella puedan asentarse en dicho rol que es junto al lateral
izquierdo la carencia más notoria-, le permita ejecutar transiciones ofensivas
más cortas, desde más cerca y por tanto de mayor peligro para poder conformarse
como un equipo que juegue más junto y ordenado para aprovechar la electricidad
de su línea de tres cuartos. Una idea que tan reforzada ha salido del Mundial
de Rusia 2018 con el triunfo de Francia o con otros equipos, con sus obvios
matices particulares, como la ya citada Portugal, Bélgica, Croacia o incluso
Inglaterra, y con la que la mayoría de las selecciones cuenta como certeza
cristalina sobre la que construir su presente e ir añadiendo matices y
elementos para su futuro inmediato.

Un plan de juego que Roberto
Mancini, más allá de ir probando jugadores de cara a la Eurocopa de dentro de
dos años y sobre todo del Mundial de 2022 en una tarea regeneradora que sí
parece estar llevando a cabo desde la convicción, necesita y requiere para que
su proyecto no suponga el enésimo estrepitoso fracaso de la Nazionale. Para que
Italia, confiando de verdad y no con medias tintas en una calidad que sí está
pero que está muy lejos de ser potenciada al máximo de sus posibilidades y más
lejos aún de ser explotada con fe y con conocimientos que generen un catálogo
de automatismos para plantar cara en la élite a nivel de selecciones, pueda
desenvolverse en casi cualquier contexto de partido. Para que Italia vuelva a
desarrollar un juego a la altura de quien es, para que vuelva a parecerse
competitivamente a quien fue y para que deje de ser por fin un gigante dormido,
olvidándose por completo de esa palabra que hoy carece de razón de ser, para
erigirse en una selección emergente, capaz no de hacer posible lo imposible,
sino de hacer posible lo posible. Que, visto lo visto, no es poca cosa.

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