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Fútbol

El partido de aquel domingo

Recuerdo que era un jueves gris y frío. Un día como otro cualquiera. Hubiera sido igual que el resto de los días de no ser por la inesperada aparición de aquel hombre. Me impresionó su presencia. Alto, fornido, cada uno de sus gestos y movimientos denotaban seguridad en sí mismo, con su traje impecable y las botas negras relucientes. Nada más verle, todos nos quedamos impasibles, esperando para ver qué iba a hacer y tratando de adivinar qué le había impulsado a acercarse allí.

Echó un rápido vistazo a su alrededor y dirigió su paso con firmeza hacia un tipo pequeño, de tez más bien morena y rasgos agitanados. Observé como parecía que aquel hombre le preguntaba al otro si se trataba de la persona que estaba buscando, a lo que el tipo pequeño respondió con un asentimiento dubitativo. Ambos se desplazaron a un lugar algo más retirado de las miradas y los oídos de los demás. El hombre del traje impecable empezó a hablarle y, a medida que la charla se iba sucediendo, los ojos del otro fueron agrandándose cada vez más.

Después de que el hombre alto se marchara, el tipo pequeño permaneció un rato inmóvil. Estaba pensativo y parecía sorprendido. En ese momento habría dado lo que fuera por saber qué le había comunicado el otro, aunque no tardaría mucho en enterarme. De repente, aquel hombrecillo se puso en acción como un resorte. Estaba emocionado, impaciente por hablar con unos chicos jóvenes que le contemplaban estupefactos.

Les conocía, sabía que eran sus primos, y yo tenía buena relación con ellos. Así que aproveché la oportunidad y me acerqué hasta donde se encontraban. Les estaba contando que se iba a organizar un partido de fútbol, que el hombre que había venido le había encargado a él que fuera el entrenador de un equipo y que ahora tenía que elegir a los jugadores. Los chicos mostraron rápido su entusiasmo. Estaban tan contentos que era como si hubieran recibido la mejor noticia de su vida. Sin dudarlo, intervine en la conversación.

  • Ey, chicos… Perdone, señor… Bueno, entrenador. Yo he jugado al fútbol en la escuela. De extremo derecho. Creo que no lo hago mal. Podría jugar ese partido.
  • Estupendo, chaval, cuento contigo. Me tenéis que ayudar a buscar gente. El partido es este domingo.

Los días siguientes ya no fueron iguales. No hablábamos de otra cosa que no fuera el partido de fútbol. El entrenador había reunido a su equipo de jugadores y había organizado un primer entrenamiento. Aunque era verdad que de pequeño había jugado al fútbol en la escuela, volver a dar patadas a un balón junto a aquellos compañeros para mí resultó como una nueva experiencia.

El viernes por la tarde, al terminar la jornada de trabajo, sucedió algo imprevisto. Unos chicos habían ido al campo de fútbol. Ocupaban la zona de una de las porterías y corrían tras una pelota de no muy buen aspecto. De pronto apareció un hombre enjuto, parecía mayor, su rostro crispado, y se dirigía con rapidez hacia aquellos muchachos haciendo toda clase de aspavientos y vociferando.

  • ¡¡¡¿Pero qué estáis haciendo?!!! Me vais a buscar la ruina. Vamos, fuera. Salir de ahí ahora mismo. ¿Cómo se os ha ocurrido…?
  • Oiga, que no estamos haciendo nada malo. Sólo…
  • Estáis locos. Venga, ya podéis iros. ¿Es que no os habéis enterado de que el domingo se va a jugar un partido? Vamos, salid del campo, que tiene que estar impecable para el domingo.

Así fue como me enteré de que había una persona encargada de cuidar el campo de fútbol. Por fin supe que no era un milagro de la naturaleza que el campo estuviera siempre bien. Aquel hombre enjuto se dedicaba en cuerpo y alma a mantenerlo en perfectas condiciones.

El sábado, los jugadores del equipo de fútbol tuvimos una comida especial. Una buena ración, abundante. Me senté enfrente del chico alto. Era polaco. A mí me parecía un gigante. Había hecho deporte toda su vida y era el portero del equipo. En el entrenamiento ya me había dado la impresión de que ese tío era un atleta. Y un gran tipo. Todo el tiempo estaba sonriendo y no paraba de decirme que yo tenía que marcar un gol, que ya se encargaba él de pararlo todo. Y entonces soltaba una sonora carcajada. Era difícil encontrar a alguien allí que se riera de aquella manera.

Aquel domingo hacía frío, un frío de invierno duro e intenso que se metía entre los huesos como si fueran puñaladas. Recuerdo que cuando salí hacia el campo de fútbol escuché el inconfundible ruido de la llegada del tren. Antes de empezar el partido me fijé que allí estaba el hombre del traje impecable y las botas negras relucientes. Sonreía. Parecía contento, dispuesto a disfrutar de aquella gélida mañana de domingo. Era un hombre feliz.

También me fijé en las caras de la gente que se congregaba alrededor del campo de fútbol. Caras expectantes y ateridas. Hacía mucho frío. De la chimenea del edificio que se veía a la derecha salía, como siempre, ese humo negro, denso, incesante. Cuando comenzó el partido me invadió una sensación de miedo y de inseguridad. Pensaba que no sabía si iba a jugar bien. Si iba a tener fuerzas para aguantar todo el tiempo. Yo no era más que un chaval de 19 años y los del otro equipo eran todos más grandes, más altos y fuertes que yo.

A medida que transcurría el partido me sentía cada vez más decaído. Mis compañeros ponían todo su empeño, pero tampoco estaban en su mejor forma. Entonces, como impulsados por una fuerza imaginaria, los espectadores se pusieron a animarnos. Empezaron a jalearnos para ayudarnos y aquella reacción de la gente me llenó de energía; hizo que me sintiera orgulloso de poder estar jugando aquel partido. Incluso pude oír las risas cuando alguno de nosotros falló, pero hasta eso me dio ánimo. Ver que aquellas personas se lo estaban pasando bien, poder sentir el calor de la gente, saber que estaban teniendo un rato alegre en sus vidas.

Fue entonces cuando el hombre del traje impecable se puso serio. Tenía un semblante que nunca antes le había visto. Paró el partido y ordenó que se desalojara a la gente. Les llevaron detrás de la valla que rodeaba el campo y, aunque más alejados, desde allí siguieron animándonos.

Ganamos aquel partido. Nunca se me podrá olvidar. Después del partido de aquel domingo seguimos jugando al fútbol. Recuerdo que en mi equipo había muy buenos jugadores, futbolistas que habían jugado en clubes importantes y que incluso habían llegado a ser internacionales con la selección de su país. Pero lo que más recuerdo es que a partir de aquel día, a partir de aquel frío domingo, el hombre del traje impecable y las botas negras relucientes se encargó de que los jugadores del equipo de fútbol estuviéramos bien alimentados. Por eso pudimos tener algo de carne en los huesos. Por eso pude sobrevivir en Auschwitz.

Este relato, ‘El partido de aquel domingo’ está relacionado con el tema. Pertenece al libro «El fútbol es (también) así» (Editorial Pábilo – octubre 2019) (www.pabiloeditorial.com)

Imagen de cabecera: Bruce Bennett/Getty Images

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