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Vuelve la Carabao Cup

Hoy es el día en el que arranca la tercera ronda de la Carabao Cup, una de las competiciones más denostadas del mundo. Antes de arrancar este artículo he tenido que confirmar un par de veces si este torneo se sigue llamando así, que cambia de nombre con una facilidad pasmosa. De hecho, en los 80 llegó a llamarse Milk Cup. Tocaron techo, como podéis vislumbrar, hace décadas.

El caso es que en esta ronda ya entran las entidades que juegan en competiciones europeas. El caprichoso sorteo es puro -al contrario que en España- y ya nos ha proporcionado un Manchester City-Chelsea que promete. No está nada mal. La competición, hay que reconocerlo, es un contexto fabuloso para que muchos jóvenes ganen experiencia. No es, evidentemente, la prioridad de los grandes clubes.

En las últimas décadas se han vivido momentos para la historia. Lo recuerdo cada año en esta humilde página. Por ejemplo, es imposible obviar aquel Reading-Arsenal en el que los gunners perdían 4-0 y que terminaron ganando 5-7. Varios futbolistas, que no debían saberse las normas, lanzaron las camisetas a los aficionados que habían acompañado a la plantilla al terminar el tiempo reglamentario. Se les había olvidado que tenían que jugar una prórroga.

Otro momento moderno que no puedo descuidar es el torneo que hizo el Bradford City en la temporada 12-13. El cuadro que ahora entrena Mark Hughes jugaba, como ahora, en la League 2. Es decir: en la última categoría profesional. Empezaron a ganar partidos sin parar hasta plantarse en cuartos de final ante, de nuevo, el Arsenal del mítico Wenger. Pensándolo bien, el francés podría escribir un libro solo con las abyecciones que ha vivido en la Copa de la Liga. Por supuesto, los londinenses perdieron contra David. En semifinales, ante un Aston Villa descompuesto, el Bradford volvió a dar la sorpresa y se plantó en Wembley.

Aquella final no tuvo historia. El Swansea fue el verdugo de la cenicienta en la catedral del balompié mundial. Los campeones tenían a Michu en sus filas. Era el ídolo de Haaland. Poco más se puede decir. En aquel viaje a la final, los galeses, que estaban entrenados por el grandísimo Michael Laudrup, eliminaron al Chelsea. Eden Hazard, en el envite definitivo, decidió pegarle una patada a un recogepelotas. Sí, la copa no tiene mucho nombre. Pero, te lo aseguro, no aburre.

Imagen de cabecera: Getty Images

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Hoy es el día en el que arranca la tercera ronda de la Carabao Cup, una de las competiciones más denostadas del mundo. Antes de arrancar este artículo he tenido que confirmar un par de veces si este torneo se sigue llamando así, que cambia de nombre con una facilidad pasmosa. De hecho, en los 80 llegó a llamarse Milk Cup. Tocaron techo, como podéis vislumbrar, hace décadas.

El caso es que en esta ronda ya entran las entidades que juegan en competiciones europeas. El caprichoso sorteo es puro -al contrario que en España- y ya nos ha proporcionado un Manchester City-Chelsea que promete. No está nada mal. La competición, hay que reconocerlo, es un contexto fabuloso para que muchos jóvenes ganen experiencia. No es, evidentemente, la prioridad de los grandes clubes.

En las últimas décadas se han vivido momentos para la historia. Lo recuerdo cada año en esta humilde página. Por ejemplo, es imposible obviar aquel Reading-Arsenal en el que los gunners perdían 4-0 y que terminaron ganando 5-7. Varios futbolistas, que no debían saberse las normas, lanzaron las camisetas a los aficionados que habían acompañado a la plantilla al terminar el tiempo reglamentario. Se les había olvidado que tenían que jugar una prórroga.

Otro momento moderno que no puedo descuidar es el torneo que hizo el Bradford City en la temporada 12-13. El cuadro que ahora entrena Mark Hughes jugaba, como ahora, en la League 2. Es decir: en la última categoría profesional. Empezaron a ganar partidos sin parar hasta plantarse en cuartos de final ante, de nuevo, el Arsenal del mítico Wenger. Pensándolo bien, el francés podría escribir un libro solo con las abyecciones que ha vivido en la Copa de la Liga. Por supuesto, los londinenses perdieron contra David. En semifinales, ante un Aston Villa descompuesto, el Bradford volvió a dar la sorpresa y se plantó en Wembley.

Aquella final no tuvo historia. El Swansea fue el verdugo de la cenicienta en la catedral del balompié mundial. Los campeones tenían a Michu en sus filas. Era el ídolo de Haaland. Poco más se puede decir. En aquel viaje a la final, los galeses, que estaban entrenados por el grandísimo Michael Laudrup, eliminaron al Chelsea. Eden Hazard, en el envite definitivo, decidió pegarle una patada a un recogepelotas. Sí, la copa no tiene mucho nombre. Pero, te lo aseguro, no aburre.

Imagen de cabecera: Getty Images