_Italia

Uomo vincente

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 27-05-2019

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Hay
pocos entrenadores en Italia en los últimos años que hayan arrastrado una
etiqueta de técnico perdedor, de estratega no apto para los equipos grandes del
Calcio de un modo más absurdo e injusto que Gian Piero Gasperini. Un juicio sumarísimo
extraído de la ridícula muestra que suponen las cuatro jornadas de Serie A que
el preparador piamontés se mantuvo en el banquillo del Inter de Milán, allá por
la temporada 2011/2012. Más injusto aun cuando el ‘Gasp’ es un entrenador con
una mentalidad y una idea de juego totalmente opuesta a lo que entendemos por
una propuesta conservadora y de equipo pequeño.

Gasperini
practica un fútbol de autor y lo lleva haciendo desde sus primeros años en los
banquillos del Crotone y del Genoa, siempre desde una visión futbolística muy
bielsista aderezada con todo el tacticismo italiano, nada habitual en el fútbol
transalpino donde las presiones altas y las persecuciones individuales en campo
contrario están muy lejos todavía de ser un rasgo característico y ni siquiera
habitual. Un fútbol cien por cien ambicioso y valiente que clasificó al Genoa
en cinco de sus siete temporadas en el ‘Grifone’ por encima del décimo puesto,
incluyendo una quinta y una sexta posición en la tabla. Basta con ver el estado
del conjunto rossoblù desde su marcha a Bérgamo.

De él
llegó a decir José Mourinho en 2008 que era el entrenador más difícil al que se
había enfrentado. Con un proyecto estable y sin cambiar de plantilla
prácticamente en su totalidad verano tras verano, Gasperini ha demostrado en
los tres últimos cursos en la Atalanta de lo que es capaz. De hacer alquimia.
De convertir a un equipo de media tabla y sin mayores aspiraciones que
mantenerse en zonas clasificatorias tranquilas cada temporada, a pasear de
nuevo a la Dea por Europa, a convertirla en el equipo más atractivo de ver de
la Serie A en solitario desde la salida de Maurizio Sarri del San Paolo, de
hacer de la Atalanta un torbellino de ocasiones, energía, vistosidad,
electricidad, verticalidad, entusiasmo. En un torbellino de fútbol que, por
ejemplo, puede presumir de ser el único equipo junto a Real Madrid y FC
Barcelona que ha ganado por tres goles o más a la Juventus en los últimos tres
cursos.

Desborde, regate, buen pie,
agresividad, dinamismo ordenado, efectividad y concentración en los duelos
individuales, fluidez y solidaridad colectivas. Llegadores multifuncionales,
centrales de recorrido, con zancada para la conducción y anticipadores.
Laterales reconvertidos en centrales en defensa de tres efectivos también
esenciales y marca de la casa en su forma de entender el fútbol. Atrevimiento
en todos y cada uno de los roles y una referencia arriba que canalice todo el
torrente ofensivo vertical y por banda y ofrezca valiosas descargas y
aperturas. Todo ello estructurado en un 3-4-2-1 / 3-4-3 que desprecia las
funciones clásicas de un regista o un organizador, porque el organizador
de su juego es el propio sistema y cada uno de sus once polivalentes patas,
dependiendo de en qué lugar del campo se encuentre la acción en ese preciso
momento.

Un sistema que adquiere todo su sentido
y que tiene su auténtica razón de ser a través del robo adelantado y de la
transición rápida en una estructura compleja que necesita de jugadores dúctiles
y físicamente muy preparados para consolidar sin fisuras el plan que Gasperini
lleva por bandera, antagónico al manido cliché catenacciaro, ese que
castiga como nadie en Italia toda salida rasa del rival que no sea espléndida
en su ejecución y cada una de sus dudas con la absoluta fuerza de sus certezas,
y con el que ha llevado a cabo auténticas exhibiciones (0-5 en Génova, Verona o
Frosinone, un 1-5 en Goodison Park, plantarle cara a Lyon o Dortmund, el 4-1
endosado al Inter o el 2-6 al Sassuolo de este año, un 0-8 en Sarajevo en la
primera previa de la pasada Europa League, los duelos ante la Juventus…),
aunque algunas de ellas se hayan quedado sin premio, como la injusta previa de
Europa League perdida ante el Copenhague o el más reciente e igual marcador de
0-0 frente al Empoli en uno de los encuentros de la temporada en el fútbol
europeo y en el que los bergamascos dispararon 47 veces, 18 de ellas entre
palos.

Además de todo ello, son asimismo fundamentales la
anticipación, la confianza para los desplazamientos laterales en largo que
hagan moverse a todo el sistema rival, la continua permuta de los volantes con
unos extremos –habitualmente mediapuntas resituados- con libertad medida para
trazar diagonales y generar el necesario juego combinativo interior en tres
cuartos de cancha, donde el Papu Gómez –en el rol más cercano a la base de la
acción de toda su carrera– y Josip Ilicic se visten de playmaker y fantasista
al mismo tiempo y todo el tiempo, destinado a encontrar los espacios clave
en los carriles intermedio o exterior, donde las cadenas laterales son el rasgo
fundamental de la fase ofensiva de la Dea y la herramienta perfecta para
devolver acto seguido el balón dentro en zonas de verdadero peligro.

También son cruciales en su funcionamiento táctico el
recorrido y el doble trabajo de unos mediocentros que tienen que rotarse para
que uno de ellos siempre pueda llegar a pisar área cuando el punta central, que
tiene que saber utilizar su cuerpo y ser un valor por alto para sacar partido
del caudal por los costados entre otras muchas cosas, sale para combinar en
corto de espaldas, para atacar el espacio inmediatamente después, descargar el
juego más vertical o arrastrar marcas cayendo a las bandas, estirando y
facilitando así la llegada de segunda línea por el carril central. Y, por
supuesto, la salida en conducción de los centrales de ambos costados,
encargados de acelerar la jugada desde sus primeros compases, de ser agresivos
en sus conducciones y de ser los principales gestores en la zona en la que el
equipo es más pausado con el balón, de insuflar la actitud colectiva desde los
primeros compases.

Gian Piero Gasperini, que ya había dejado a la Atalanta
cuarta en su primera temporada en el club, aunque por entonces esa plaza no
daba acceso a la Champions League, nunca ha ganado un título, apenas ha
dirigido una quincena de partidos en su carrera en una fase final de una
competición continental y viene de perder la Coppa Italia ante la Lazio de
Simone Inzaghi, uno de sus mejores antagonistas ideológicos dentro del Calcio.
Y si tampoco hubiese conseguido finalmente clasificar esta vez a su Atalanta, a
su excepcional obra maestra, para la mejor competición de clubes del mundo,
Gasperini –muy lejos de ser una revelación eventual– seguiría siendo eso a lo
que cuatro partidos hace ocho años no pueden ser una argumentación válida para
llevar la contraria a su verdadera etiqueta. Una etiqueta que lleva escrito
bien grande la palabra ganador, por el simple y a la vez tan complejo hecho de
que su fútbol también lo es y siempre lo ha sido. Y es que ser, actuar y pensar
como un «uomo vincente” desde la inferioridad de medios durante toda una
carrera, a excepción de cuatro partidos, es ganar por goleada día tras día.

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Hay
pocos entrenadores en Italia en los últimos años que hayan arrastrado una
etiqueta de técnico perdedor, de estratega no apto para los equipos grandes del
Calcio de un modo más absurdo e injusto que Gian Piero Gasperini. Un juicio sumarísimo
extraído de la ridícula muestra que suponen las cuatro jornadas de Serie A que
el preparador piamontés se mantuvo en el banquillo del Inter de Milán, allá por
la temporada 2011/2012. Más injusto aun cuando el ‘Gasp’ es un entrenador con
una mentalidad y una idea de juego totalmente opuesta a lo que entendemos por
una propuesta conservadora y de equipo pequeño.

Gasperini
practica un fútbol de autor y lo lleva haciendo desde sus primeros años en los
banquillos del Crotone y del Genoa, siempre desde una visión futbolística muy
bielsista aderezada con todo el tacticismo italiano, nada habitual en el fútbol
transalpino donde las presiones altas y las persecuciones individuales en campo
contrario están muy lejos todavía de ser un rasgo característico y ni siquiera
habitual. Un fútbol cien por cien ambicioso y valiente que clasificó al Genoa
en cinco de sus siete temporadas en el ‘Grifone’ por encima del décimo puesto,
incluyendo una quinta y una sexta posición en la tabla. Basta con ver el estado
del conjunto rossoblù desde su marcha a Bérgamo.

De él
llegó a decir José Mourinho en 2008 que era el entrenador más difícil al que se
había enfrentado. Con un proyecto estable y sin cambiar de plantilla
prácticamente en su totalidad verano tras verano, Gasperini ha demostrado en
los tres últimos cursos en la Atalanta de lo que es capaz. De hacer alquimia.
De convertir a un equipo de media tabla y sin mayores aspiraciones que
mantenerse en zonas clasificatorias tranquilas cada temporada, a pasear de
nuevo a la Dea por Europa, a convertirla en el equipo más atractivo de ver de
la Serie A en solitario desde la salida de Maurizio Sarri del San Paolo, de
hacer de la Atalanta un torbellino de ocasiones, energía, vistosidad,
electricidad, verticalidad, entusiasmo. En un torbellino de fútbol que, por
ejemplo, puede presumir de ser el único equipo junto a Real Madrid y FC
Barcelona que ha ganado por tres goles o más a la Juventus en los últimos tres
cursos.

Desborde, regate, buen pie,
agresividad, dinamismo ordenado, efectividad y concentración en los duelos
individuales, fluidez y solidaridad colectivas. Llegadores multifuncionales,
centrales de recorrido, con zancada para la conducción y anticipadores.
Laterales reconvertidos en centrales en defensa de tres efectivos también
esenciales y marca de la casa en su forma de entender el fútbol. Atrevimiento
en todos y cada uno de los roles y una referencia arriba que canalice todo el
torrente ofensivo vertical y por banda y ofrezca valiosas descargas y
aperturas. Todo ello estructurado en un 3-4-2-1 / 3-4-3 que desprecia las
funciones clásicas de un regista o un organizador, porque el organizador
de su juego es el propio sistema y cada uno de sus once polivalentes patas,
dependiendo de en qué lugar del campo se encuentre la acción en ese preciso
momento.

Un sistema que adquiere todo su sentido
y que tiene su auténtica razón de ser a través del robo adelantado y de la
transición rápida en una estructura compleja que necesita de jugadores dúctiles
y físicamente muy preparados para consolidar sin fisuras el plan que Gasperini
lleva por bandera, antagónico al manido cliché catenacciaro, ese que
castiga como nadie en Italia toda salida rasa del rival que no sea espléndida
en su ejecución y cada una de sus dudas con la absoluta fuerza de sus certezas,
y con el que ha llevado a cabo auténticas exhibiciones (0-5 en Génova, Verona o
Frosinone, un 1-5 en Goodison Park, plantarle cara a Lyon o Dortmund, el 4-1
endosado al Inter o el 2-6 al Sassuolo de este año, un 0-8 en Sarajevo en la
primera previa de la pasada Europa League, los duelos ante la Juventus…),
aunque algunas de ellas se hayan quedado sin premio, como la injusta previa de
Europa League perdida ante el Copenhague o el más reciente e igual marcador de
0-0 frente al Empoli en uno de los encuentros de la temporada en el fútbol
europeo y en el que los bergamascos dispararon 47 veces, 18 de ellas entre
palos.

Además de todo ello, son asimismo fundamentales la
anticipación, la confianza para los desplazamientos laterales en largo que
hagan moverse a todo el sistema rival, la continua permuta de los volantes con
unos extremos –habitualmente mediapuntas resituados- con libertad medida para
trazar diagonales y generar el necesario juego combinativo interior en tres
cuartos de cancha, donde el Papu Gómez –en el rol más cercano a la base de la
acción de toda su carrera– y Josip Ilicic se visten de playmaker y fantasista
al mismo tiempo y todo el tiempo, destinado a encontrar los espacios clave
en los carriles intermedio o exterior, donde las cadenas laterales son el rasgo
fundamental de la fase ofensiva de la Dea y la herramienta perfecta para
devolver acto seguido el balón dentro en zonas de verdadero peligro.

También son cruciales en su funcionamiento táctico el
recorrido y el doble trabajo de unos mediocentros que tienen que rotarse para
que uno de ellos siempre pueda llegar a pisar área cuando el punta central, que
tiene que saber utilizar su cuerpo y ser un valor por alto para sacar partido
del caudal por los costados entre otras muchas cosas, sale para combinar en
corto de espaldas, para atacar el espacio inmediatamente después, descargar el
juego más vertical o arrastrar marcas cayendo a las bandas, estirando y
facilitando así la llegada de segunda línea por el carril central. Y, por
supuesto, la salida en conducción de los centrales de ambos costados,
encargados de acelerar la jugada desde sus primeros compases, de ser agresivos
en sus conducciones y de ser los principales gestores en la zona en la que el
equipo es más pausado con el balón, de insuflar la actitud colectiva desde los
primeros compases.

Gian Piero Gasperini, que ya había dejado a la Atalanta
cuarta en su primera temporada en el club, aunque por entonces esa plaza no
daba acceso a la Champions League, nunca ha ganado un título, apenas ha
dirigido una quincena de partidos en su carrera en una fase final de una
competición continental y viene de perder la Coppa Italia ante la Lazio de
Simone Inzaghi, uno de sus mejores antagonistas ideológicos dentro del Calcio.
Y si tampoco hubiese conseguido finalmente clasificar esta vez a su Atalanta, a
su excepcional obra maestra, para la mejor competición de clubes del mundo,
Gasperini –muy lejos de ser una revelación eventual– seguiría siendo eso a lo
que cuatro partidos hace ocho años no pueden ser una argumentación válida para
llevar la contraria a su verdadera etiqueta. Una etiqueta que lleva escrito
bien grande la palabra ganador, por el simple y a la vez tan complejo hecho de
que su fútbol también lo es y siempre lo ha sido. Y es que ser, actuar y pensar
como un «uomo vincente” desde la inferioridad de medios durante toda una
carrera, a excepción de cuatro partidos, es ganar por goleada día tras día.

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