_Betis

Una obra de ingeniería

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 15-12-2021

El 2021 de Manuel Pellegrini y su Betis es para enmarcar. El chileno, año y medio después de su regreso a la competición en la que se ha convertido por méritos propios en uno de los entrenadores más relevantes de las últimas dos décadas en La Liga, ha retomado el legado dejado en el Villarreal, a quien dotó de relato y estatus, y del Málaga, a quien regaló los momentos cumbre de su historia, para aplicar en el Betis, que ya era un club con una línea editorial definida, una estabilidad competitiva de primer nivel. Un valor añadido que ha elevado su techo, aún por alcanzar, hasta cotas difícilmente imaginables antes de su llegada.

Pellegrini siempre se ha caracterizado por armonizar ataque y defensa. Sin luchas de poder entre ambos balances, sin tener que preponderar una facción u otra de su equipo para definir su ideario con esa elección. Es un hombre que siempre ha nadado cómodo entre esas dos aguas, que parece caminar tranquilamente entre las caras opuestas de una misma moneda, fundiéndolas, tratando con ambas cabezas del juego con la seguridad del negociador infalible, sirviéndose como armas de su sensibilidad exigente, su equilibrio gustoso y su querencia por un dominio generalmente asociativo pero que a su vez mantenga a raya el orden y el rigor.

Un perfecto yin yang que se apoya sobre su mesura convencida y convincente, sobre su coherencia, su expresivo perfil bajo, su intuición desde la reflexión y sobre una inteligencia que nace de la pasión pero se desarrolla desde la razón pura. Y este Betis, erigido a su imagen y semejanza, ha alcanzado con esas virtudes ambivalentes, aunque en un perfecto equilibrio, una madurez táctica gigantesca con la que ha podido ir dejando atrás paulatinamente la colección de errores defensivos no forzados que tanto le habían lastrado en los últimos cursos.

Pellegrini también ha permitido que se ponga en valor la rotación manteniendo a todo el grupo enchufado al proyecto, ha dado paso a la cantera cuando lo ha requerido y lo han merecido, sin echarlos jamás a los leones antes de tiempo, y ha enseñado a su plantilla a leer a los diversos momentos de cada partido para acabar por marcar la diferencia con la habitual superioridad técnica de sus pupilos para imponerse desde el balón o, al menos, para hacer pesar sus posesiones en la mitad rival. Una competitividad feroz que también ha sido posible gracias, todo hay que decirlo, a optar en muchas ocasiones por minimizar los riesgos, especialmente tras adelantarse. Una decisión que casi siempre le ha rendido positivamente.

Su gestión de los contextos del equipo en el corto, medio y largo plazo ha rozado la perfección. No en vano, Pellegrini es uno de esos técnicos que podemos denominar de proceso, sereno de manera contracultural en la victoria y en la derrota, en el triunfo y en el desastre con el que tan rápidamente se etiqueta en el fútbol, tratando de la misma manera a ambos impostores, como decía Kipling. Sin volantazos, sin empecinamientos, sin variar el rumbo de su intención ante el mínimo inconveniente, pero sin negarse a hacerlo ante la persistencia de dificultades.

De hecho, desde su llegada a Sevilla no ha parado de añadir matices a su plan principal. Los mediapuntas de vocación adaptados al rol de extremos interiores, acompañados del desdoble de los laterales, ha sido la idea principal que siempre ha acompañado a Pellegrini, una genuina seña de identidad que ayudó en su día a la consolidación de ese tipo de figuras posicionales en el fútbol español, aunque en el Betis también ha mostrado un amplio puñado de alternativas.

Por ejemplo, la apuesta por Aitor Ruibal y su espléndido retorno defensivo para sujetar la estructura, la de Tello para ser doblemente percutor por fuera junto al lateral por el lado débil del ataque, la de un doble mediocentro con Canales para darle más calidad a la salida y desplegarse hacia el área desde posiciones de partida más lejanas, la de buscar salidas más directas por medio del pie de Claudio Bravo sobre el nueve o el movimiento del extremo, la elección cambiante entre un punta más de atacar espacios amplios como Borja Iglesias o uno que acude más al apoyo y a mezclar con los centrocampistas como William José, etc., etc., etc.

Una adaptación medida al milímetro que nunca pierde de vista su esencia porque esa piel camaleónica también forma parte de ella, es más, la define. Una matización constante, jamás una revolución de un fin de semana para otro, en busca de una consistencia y una solidez que son cualidades que todo ingeniero desea en todos sus proyectos. Todo bajo control para que nada se desmorone, con todos los imprevistos lo más previstos posible. Una paciencia y una confianza en su proceso cuyo mensaje ha calado en el Betis, que necesitaba su transmisión de cautela y su gestión ambiental para mantenerse cuerdo, centrado, concentrado y focalizado.

Pellegrini ha sido siempre, además, un entrenador que se ha caracterizado por comprender al talento especial, al distinto, por asimilarlo, por dejar expresarse al expresivo, por darle una carrocería para enfatizarlo, sin aislarlo aunque sin tampoco endiosarlo. No sorprende, en este sentido, que Nabil Fekir se esté pensando muy seriamente continuar en un club que cuando llegó parecía estar muy por debajo de su estatus y que ahora parece haberlo integrado en él.

Por otro lado, el chileno también ha sido siempre un técnico al que se le tiene por ofensivo, y con argumentos de peso para creerlo, sin embargo, su trabajo, a pesar de que es obvio que se expresa a través de la libertad y la movilidad de los cinco elementos de arriba, parte en todo momento de un orden defensivo, de un doble pivote que sirve de infraestructura para el resto, en una escuela de pensamiento muy sudamericana, más pragmática que dogmática.

El control es el rasgo más importante de su estilo, el dominio territorial a través de la posesión es su clara intención y la búsqueda del equilibrio en todo momento es su principal batalla, su plataforma para hacer crecer al equipo en lo resultadista. Principios para un método con el que ha dotado al Betis de los pilares más sólidos que ha tenido el club desde que una vez pisara la gran competición continental de clubes a la que ahora, con él y por él, aspira a volver.

En su justa dimensión, que no es otra precisamente que la misma en la que está ahora y en la que brilló en Villarreal y en Málaga, Pellegrini es un entrenador de grandes obras. Grandes obras como la que está llevando a cabo en el Betis, quién sabe si una de las últimas de su indiscutible trayectoria. Entrar en Champions o pelear por un título son, en clave verdiblanca, posibilidades que parecían quimeras, como en su día lo fueron la presa Hoover, el canal de Panamá, el Eurotúnel o el resto de las grandes obras de la ingeniería mundial. Posibilidades que en los últimos quince años de Betis tan solo el Ingeniero Pellegrini las ha hecho factibles.

Imagen de cabecera: Real Betis Balompié

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El 2021 de Manuel Pellegrini y su Betis es para enmarcar. El chileno, año y medio después de su regreso a la competición en la que se ha convertido por méritos propios en uno de los entrenadores más relevantes de las últimas dos décadas en La Liga, ha retomado el legado dejado en el Villarreal, a quien dotó de relato y estatus, y del Málaga, a quien regaló los momentos cumbre de su historia, para aplicar en el Betis, que ya era un club con una línea editorial definida, una estabilidad competitiva de primer nivel. Un valor añadido que ha elevado su techo, aún por alcanzar, hasta cotas difícilmente imaginables antes de su llegada.

Pellegrini siempre se ha caracterizado por armonizar ataque y defensa. Sin luchas de poder entre ambos balances, sin tener que preponderar una facción u otra de su equipo para definir su ideario con esa elección. Es un hombre que siempre ha nadado cómodo entre esas dos aguas, que parece caminar tranquilamente entre las caras opuestas de una misma moneda, fundiéndolas, tratando con ambas cabezas del juego con la seguridad del negociador infalible, sirviéndose como armas de su sensibilidad exigente, su equilibrio gustoso y su querencia por un dominio generalmente asociativo pero que a su vez mantenga a raya el orden y el rigor.

Un perfecto yin yang que se apoya sobre su mesura convencida y convincente, sobre su coherencia, su expresivo perfil bajo, su intuición desde la reflexión y sobre una inteligencia que nace de la pasión pero se desarrolla desde la razón pura. Y este Betis, erigido a su imagen y semejanza, ha alcanzado con esas virtudes ambivalentes, aunque en un perfecto equilibrio, una madurez táctica gigantesca con la que ha podido ir dejando atrás paulatinamente la colección de errores defensivos no forzados que tanto le habían lastrado en los últimos cursos.

Pellegrini también ha permitido que se ponga en valor la rotación manteniendo a todo el grupo enchufado al proyecto, ha dado paso a la cantera cuando lo ha requerido y lo han merecido, sin echarlos jamás a los leones antes de tiempo, y ha enseñado a su plantilla a leer a los diversos momentos de cada partido para acabar por marcar la diferencia con la habitual superioridad técnica de sus pupilos para imponerse desde el balón o, al menos, para hacer pesar sus posesiones en la mitad rival. Una competitividad feroz que también ha sido posible gracias, todo hay que decirlo, a optar en muchas ocasiones por minimizar los riesgos, especialmente tras adelantarse. Una decisión que casi siempre le ha rendido positivamente.

Su gestión de los contextos del equipo en el corto, medio y largo plazo ha rozado la perfección. No en vano, Pellegrini es uno de esos técnicos que podemos denominar de proceso, sereno de manera contracultural en la victoria y en la derrota, en el triunfo y en el desastre con el que tan rápidamente se etiqueta en el fútbol, tratando de la misma manera a ambos impostores, como decía Kipling. Sin volantazos, sin empecinamientos, sin variar el rumbo de su intención ante el mínimo inconveniente, pero sin negarse a hacerlo ante la persistencia de dificultades.

De hecho, desde su llegada a Sevilla no ha parado de añadir matices a su plan principal. Los mediapuntas de vocación adaptados al rol de extremos interiores, acompañados del desdoble de los laterales, ha sido la idea principal que siempre ha acompañado a Pellegrini, una genuina seña de identidad que ayudó en su día a la consolidación de ese tipo de figuras posicionales en el fútbol español, aunque en el Betis también ha mostrado un amplio puñado de alternativas.

Por ejemplo, la apuesta por Aitor Ruibal y su espléndido retorno defensivo para sujetar la estructura, la de Tello para ser doblemente percutor por fuera junto al lateral por el lado débil del ataque, la de un doble mediocentro con Canales para darle más calidad a la salida y desplegarse hacia el área desde posiciones de partida más lejanas, la de buscar salidas más directas por medio del pie de Claudio Bravo sobre el nueve o el movimiento del extremo, la elección cambiante entre un punta más de atacar espacios amplios como Borja Iglesias o uno que acude más al apoyo y a mezclar con los centrocampistas como William José, etc., etc., etc.

Una adaptación medida al milímetro que nunca pierde de vista su esencia porque esa piel camaleónica también forma parte de ella, es más, la define. Una matización constante, jamás una revolución de un fin de semana para otro, en busca de una consistencia y una solidez que son cualidades que todo ingeniero desea en todos sus proyectos. Todo bajo control para que nada se desmorone, con todos los imprevistos lo más previstos posible. Una paciencia y una confianza en su proceso cuyo mensaje ha calado en el Betis, que necesitaba su transmisión de cautela y su gestión ambiental para mantenerse cuerdo, centrado, concentrado y focalizado.

Pellegrini ha sido siempre, además, un entrenador que se ha caracterizado por comprender al talento especial, al distinto, por asimilarlo, por dejar expresarse al expresivo, por darle una carrocería para enfatizarlo, sin aislarlo aunque sin tampoco endiosarlo. No sorprende, en este sentido, que Nabil Fekir se esté pensando muy seriamente continuar en un club que cuando llegó parecía estar muy por debajo de su estatus y que ahora parece haberlo integrado en él.

Por otro lado, el chileno también ha sido siempre un técnico al que se le tiene por ofensivo, y con argumentos de peso para creerlo, sin embargo, su trabajo, a pesar de que es obvio que se expresa a través de la libertad y la movilidad de los cinco elementos de arriba, parte en todo momento de un orden defensivo, de un doble pivote que sirve de infraestructura para el resto, en una escuela de pensamiento muy sudamericana, más pragmática que dogmática.

El control es el rasgo más importante de su estilo, el dominio territorial a través de la posesión es su clara intención y la búsqueda del equilibrio en todo momento es su principal batalla, su plataforma para hacer crecer al equipo en lo resultadista. Principios para un método con el que ha dotado al Betis de los pilares más sólidos que ha tenido el club desde que una vez pisara la gran competición continental de clubes a la que ahora, con él y por él, aspira a volver.

En su justa dimensión, que no es otra precisamente que la misma en la que está ahora y en la que brilló en Villarreal y en Málaga, Pellegrini es un entrenador de grandes obras. Grandes obras como la que está llevando a cabo en el Betis, quién sabe si una de las últimas de su indiscutible trayectoria. Entrar en Champions o pelear por un título son, en clave verdiblanca, posibilidades que parecían quimeras, como en su día lo fueron la presa Hoover, el canal de Panamá, el Eurotúnel o el resto de las grandes obras de la ingeniería mundial. Posibilidades que en los últimos quince años de Betis tan solo el Ingeniero Pellegrini las ha hecho factibles.

Imagen de cabecera: Real Betis Balompié

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