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Tal como éramos

Iván Libreros @IvanLibreros95 04-07-2018

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Qué largos se hicieron los primeros soles del mes de julio. Larguísimos. Como la duración de ‘Novecento’. El calor madrileño oprimía como una argolla las glándulas sudoríparas de todos los presentes en la capital del reino. Para mí, sin embargo, el calor era la menor de mis preocupaciones. Se puede decir que era un asunto nimio. Mi cabeza sólo tenía hueco para un asunto: la resolución del futuro deportivo de Gordon Hayward. 

Aunque el asunto había estallado definitivamente tras el punto y final de la temporada 2016/2017, los aficionados Jazz llevábamos meses preocupados por este tema. Sabíamos que estando en el Oeste, coto de caza privado de los Warriors, el proyecto que se estaba fraguando en Salt Lake City tenía muchas papeletas de caer en el olvido con el paso de las campañas. Y esa podía ser una razón con demasiado peso para que Gordon, un muchacho con las mismas dosis de talento y ambición, volase del nido y rompiera el corazón de una ciudad nuevamente ilusionada.

Recuerdo fundir la batería de mi móvil mirando y refrescando constantemente Twitter, en busca de una nueva actualización del caso. Hayward se había entrevistado con Jazz, Heat y Celtics, siendo sólo los verdes motivo real de preocupación. Finalmente, el 4 de julio y tras varios tira y afloja entre los pesos pesados del periodismo deportivo americano en redes sociales, un tweet del portal The Players’ Tribune enlazando un artículo titulado ‘Thank You, Utah’ sentenciaba mi inquebrantable fe. 

Aquella pieza era una misiva del alero en la que se despedía de la que había sido su casa durante siete largos y preciosos años. Decía así adiós el último hombre al que había jurado amor eterno (LeBron al margen). Mi historia con Hayward iba más allá de los márgenes de la razón. Una de las últimas decisiones que tomó Jerry Sloan, patriarca mormón, antes de abandonar el cargo en 2011 fue, precisamente, drafteara Hayward con el noveno picken la camada que se presentó ante el mundo en 2010. Lo vi crecer a un océano de distancia, sin importar el cambio horario ni los fracasos. Lo vi mejorar, no sólo en la calidad de sus peinados, sino en su polivalente y letal juego.

Hasta que llegó el día de conocernos. Noviembre de 2014. Decido viajar a Salt Lake City para ver el encuentro entre los Jazz y los Cavaliers, equipo al que había vuelto LeBron tras su periplo en Florida. Fueron sólo tres días de escapada, ya se sabe que estas aventuras son bastante caras, pero la ocasión merecía la pena. El día del partido, recuerdo desayunar en la cafetería Blue Copper, un local a las afueras de la ciudad donde el café es bocado de dioses. Tras un rato de charla distendida con mi compañero de viaje, era hora de pedir la cuenta y marcharnos a visitar un parque nacional que no quedaba lejos. 

Los casi veinte dólares que pagamos fueron anestesiados por la sonrisa de Jimena, una preciosidad latina color caoba que, guiños del destino, había sido puesto en aquella cafetería para alegrarnos la mañana. Al salir por la puerta, vimos entrar a una mujer. Mi compañero no la reconoció, pero yo sí. Era Robyn, la mujer de Gordon Hayward. Tímidamente, y sin querer asaltar a la chica, me acerqué a saludar y presentarme, simplemente como gesto de respeto y reconocimiento hacia su marido y hacia ella, evidentemente. Le conté que veníamos desde Madrid para ver a los Jazz, y quedó tan impresionada por nuestra quijotesca travesía que nos invitó a acercarse a su asiento al finalizar el partido para presentarnos a Gordon. Imaginen mi cara.

El encuentro fue todo lo que merecía esperar, pero el final del guión estaba lejos de empeorar. Con 100-100 y sólo 3.4 segundos en el reloj de posesión, Utah Jazz puso el balón en juego. Hayward recibe, penetra, pega un pasito hacia atrás para quitarse a Tristan Thompson del medio y anota sobre la bocina una canasta maravillosa que hizo estallar el Delta Center. Pese a la euforia, no pude evitar tragar un poco de saliva por James, las cosas como son. Mi pastor.

La emoción casi me hizo pasar por alto la cita con Robyn, menos mal que ella es una persona de palabra. Enfrente de nuestra posición, unas filas más abajo, se quedó sentada junto a unos amigos tras finalizar el partido, como esperando a que aquellos dos madrileños que se había encontrado hacía apenas unas horas recordasen sus palabras. Diez minutos después del final, el estadio estaba prácticamente desalojado, así que pudimos movernos con facilidad hasta su asiento. Tras ejecutar el saludo protocolario (dando las gracias cada treinta segundos), nos dispusimos a esperar hasta que Robyn hiciera una señal. Una que llegó cuando un mensaje saltó a la pantalla de su iPhone. Let’s go.

Atravesamos las entrañas del pabellón hasta la puerta del vestuario local, donde Robyn abrió la puerta con una naturalidad asombrosa. Allí, prácticamente vestido de calle, estaba Hayward. No podía creer lo que veían mis ojos. Tras hablar unos instantes con su esposa, Gordon nos atendió de una forma exquisita. Parecíamos dos marcianos que no sabíamos ni qué decir, circunstancia que él supo entender a la perfección para acabar de romper nuestros esquemas. Hablamos de todo: su etapa en Butler, su vida en Salt Lake City, su feliz matrimonio, la Liga ACB y, sobre todo, su relación con los mitos de la franquicia como John y Karl. Apenas fueron diez minutos, pero para mí fueron eternos, como el recuerdo de Alfredo y Totó. No sé si el viaje de vuelta lo hicimos en avión o volamos nosotros solos a Barajas. Desde ese día supe que el futuro sólo podía ir a peor.

Por eso lloré su marcha aquel infame 4 de julio. Por eso su adiós me dolió más que cualquier ruptura. Por eso ese chico era tan especial, porque tenía en su corazón el destino de toda una comunidad. Porque Utah no es un sitio cualquiera, es el sitio donde estar hasta envejecer. Fuimos Robert Redford y Barbra Streisand en ‘Tal como éramos’, pero siempre quisimos ser Lauren Bacall y Humphrey Bogart en ‘El sueño eterno’. Los recuerdos son lo único que queda cuando los cabrones (Celtics) se han llevado todo lo demás. Cuídate rubio, sobre todo esa maltrecha pierna. Nos veremos en Belice.

“- No regreses. No pienses en nosotros. No telefonees. No escribas. No te dejes engañar por la nostalgia. Olvídate de todos. Si no resistes y vuelves, no quiero que me veas. No te dejaré entrar en mi casa, ¿entendido?

– Gracias por todo lo que has hecho por mí.

– Hagas lo que hagas, ámalo, como amabas la cabina del Paradiso cuando eras niño.”

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Qué largos se hicieron los primeros soles del mes de julio. Larguísimos. Como la duración de ‘Novecento’. El calor madrileño oprimía como una argolla las glándulas sudoríparas de todos los presentes en la capital del reino. Para mí, sin embargo, el calor era la menor de mis preocupaciones. Se puede decir que era un asunto nimio. Mi cabeza sólo tenía hueco para un asunto: la resolución del futuro deportivo de Gordon Hayward. 

Aunque el asunto había estallado definitivamente tras el punto y final de la temporada 2016/2017, los aficionados Jazz llevábamos meses preocupados por este tema. Sabíamos que estando en el Oeste, coto de caza privado de los Warriors, el proyecto que se estaba fraguando en Salt Lake City tenía muchas papeletas de caer en el olvido con el paso de las campañas. Y esa podía ser una razón con demasiado peso para que Gordon, un muchacho con las mismas dosis de talento y ambición, volase del nido y rompiera el corazón de una ciudad nuevamente ilusionada.

Recuerdo fundir la batería de mi móvil mirando y refrescando constantemente Twitter, en busca de una nueva actualización del caso. Hayward se había entrevistado con Jazz, Heat y Celtics, siendo sólo los verdes motivo real de preocupación. Finalmente, el 4 de julio y tras varios tira y afloja entre los pesos pesados del periodismo deportivo americano en redes sociales, un tweet del portal The Players’ Tribune enlazando un artículo titulado ‘Thank You, Utah’ sentenciaba mi inquebrantable fe. 

Aquella pieza era una misiva del alero en la que se despedía de la que había sido su casa durante siete largos y preciosos años. Decía así adiós el último hombre al que había jurado amor eterno (LeBron al margen). Mi historia con Hayward iba más allá de los márgenes de la razón. Una de las últimas decisiones que tomó Jerry Sloan, patriarca mormón, antes de abandonar el cargo en 2011 fue, precisamente, drafteara Hayward con el noveno picken la camada que se presentó ante el mundo en 2010. Lo vi crecer a un océano de distancia, sin importar el cambio horario ni los fracasos. Lo vi mejorar, no sólo en la calidad de sus peinados, sino en su polivalente y letal juego.

Hasta que llegó el día de conocernos. Noviembre de 2014. Decido viajar a Salt Lake City para ver el encuentro entre los Jazz y los Cavaliers, equipo al que había vuelto LeBron tras su periplo en Florida. Fueron sólo tres días de escapada, ya se sabe que estas aventuras son bastante caras, pero la ocasión merecía la pena. El día del partido, recuerdo desayunar en la cafetería Blue Copper, un local a las afueras de la ciudad donde el café es bocado de dioses. Tras un rato de charla distendida con mi compañero de viaje, era hora de pedir la cuenta y marcharnos a visitar un parque nacional que no quedaba lejos. 

Los casi veinte dólares que pagamos fueron anestesiados por la sonrisa de Jimena, una preciosidad latina color caoba que, guiños del destino, había sido puesto en aquella cafetería para alegrarnos la mañana. Al salir por la puerta, vimos entrar a una mujer. Mi compañero no la reconoció, pero yo sí. Era Robyn, la mujer de Gordon Hayward. Tímidamente, y sin querer asaltar a la chica, me acerqué a saludar y presentarme, simplemente como gesto de respeto y reconocimiento hacia su marido y hacia ella, evidentemente. Le conté que veníamos desde Madrid para ver a los Jazz, y quedó tan impresionada por nuestra quijotesca travesía que nos invitó a acercarse a su asiento al finalizar el partido para presentarnos a Gordon. Imaginen mi cara.

El encuentro fue todo lo que merecía esperar, pero el final del guión estaba lejos de empeorar. Con 100-100 y sólo 3.4 segundos en el reloj de posesión, Utah Jazz puso el balón en juego. Hayward recibe, penetra, pega un pasito hacia atrás para quitarse a Tristan Thompson del medio y anota sobre la bocina una canasta maravillosa que hizo estallar el Delta Center. Pese a la euforia, no pude evitar tragar un poco de saliva por James, las cosas como son. Mi pastor.

La emoción casi me hizo pasar por alto la cita con Robyn, menos mal que ella es una persona de palabra. Enfrente de nuestra posición, unas filas más abajo, se quedó sentada junto a unos amigos tras finalizar el partido, como esperando a que aquellos dos madrileños que se había encontrado hacía apenas unas horas recordasen sus palabras. Diez minutos después del final, el estadio estaba prácticamente desalojado, así que pudimos movernos con facilidad hasta su asiento. Tras ejecutar el saludo protocolario (dando las gracias cada treinta segundos), nos dispusimos a esperar hasta que Robyn hiciera una señal. Una que llegó cuando un mensaje saltó a la pantalla de su iPhone. Let’s go.

Atravesamos las entrañas del pabellón hasta la puerta del vestuario local, donde Robyn abrió la puerta con una naturalidad asombrosa. Allí, prácticamente vestido de calle, estaba Hayward. No podía creer lo que veían mis ojos. Tras hablar unos instantes con su esposa, Gordon nos atendió de una forma exquisita. Parecíamos dos marcianos que no sabíamos ni qué decir, circunstancia que él supo entender a la perfección para acabar de romper nuestros esquemas. Hablamos de todo: su etapa en Butler, su vida en Salt Lake City, su feliz matrimonio, la Liga ACB y, sobre todo, su relación con los mitos de la franquicia como John y Karl. Apenas fueron diez minutos, pero para mí fueron eternos, como el recuerdo de Alfredo y Totó. No sé si el viaje de vuelta lo hicimos en avión o volamos nosotros solos a Barajas. Desde ese día supe que el futuro sólo podía ir a peor.

Por eso lloré su marcha aquel infame 4 de julio. Por eso su adiós me dolió más que cualquier ruptura. Por eso ese chico era tan especial, porque tenía en su corazón el destino de toda una comunidad. Porque Utah no es un sitio cualquiera, es el sitio donde estar hasta envejecer. Fuimos Robert Redford y Barbra Streisand en ‘Tal como éramos’, pero siempre quisimos ser Lauren Bacall y Humphrey Bogart en ‘El sueño eterno’. Los recuerdos son lo único que queda cuando los cabrones (Celtics) se han llevado todo lo demás. Cuídate rubio, sobre todo esa maltrecha pierna. Nos veremos en Belice.

“- No regreses. No pienses en nosotros. No telefonees. No escribas. No te dejes engañar por la nostalgia. Olvídate de todos. Si no resistes y vuelves, no quiero que me veas. No te dejaré entrar en mi casa, ¿entendido?

– Gracias por todo lo que has hecho por mí.

– Hagas lo que hagas, ámalo, como amabas la cabina del Paradiso cuando eras niño.”

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