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Sed en Río

Miguel Ángel Ruiz @migruizruiz 04-04-2019

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Imaginar a Obdulio caminar por las calles de Rio buscando un lugar donde poder tomar un trago y entender todo lo que había sucedido ese día no es complejo. Más bien, costaría analizar qué ocurrió ese día. Brasil buscaba en su casa un triunfo que muchos querían celebrar la semana antes, creyendo que ningún equipo sería capaz de doblegar el talento de los hombres de Flávio Costa. Su paseo, seguro, fue largo, pues sería difícil en toda la ciudad encontrar un lugar en el que tuvieran el ánimo de poner una copa. Uno se imagina la búsqueda entre calles vacías, como en la célebre película de Amenábar, con el protagonista paseando por una ciudad fantasma. Obdulio tenía sed, pero en Rio solo había lágrimas. Los brasileños quisieron huir de sus vidas, de su destino y, sobre todo, de su pasado. De ese pasado cruel que les enseñó el hueco por el que Ghiggia coló el balón. De ese silencio asesino que convirtió la fiesta brasileña en un drama de cine mudo. Obdulio Varela tenía sed, pero poca gente en Rio querría servir al “Negro jefe”, capitán de la Uruguay campeona del Mundo en Maracaná.

Ese estadio estaba hecho para la fiesta. La vida, el carnaval, el amor por ese deporte… todo aquello estaba impregnado en los muros del coloso balompédico de la ciudad de Rio de Janeiro. Un trono perfecto para un rey esperado desde el inicio. Maracaná era la joya de la corona. Pero fueron muchas las víctimas que surgieron del llamado “Maracanazo”. Algunas de ellas duran hasta nuestros días, como el uniforme blanco que vistió Brasil hasta 1950. La tragedia trajo consigo la revisión de un uniforme nuevo que no llevara a los recuerdos dolorosos y la mala suerte, con nuevos colores, con nuevos diseños, con nuevas esperanzas, ideadas por un joven nacido en la frontera con el rival, Uruguay, y que vistió los éxitos futuros que le llegarían a Brasil.

Otras víctimas agonizaron por largo tiempo. Moacir Barbosa lo vio en primera persona, a unos centímetros de su cara, a escasos centímetros de sus manos. El portero brasileño no pudo llegar a parar el disparo del delantero uruguayo. El jugador de Peñarol declaró que el balón entró porque no pudo disparar cómodo, que no lo hizo bien, pero que fue ese el detalle que consiguió el gol. Para Moacir, fue su tumba. Tras el Mundial de 1950, dejó de ser el portero brillante del que todo el mundo hablaba. Dejó de ser el héroe de las gestas que la Brasil de la época lograba goleando a sus rivales allá donde fuera. El ostracismo de su figura se tradujo en una penitencia eterna, en la que vivió con dolor y con culpa. Tiempo después de la trágica derrota, él mismo partió uno a uno los travesaños de la portería de Maracaná por la que entró el balón definitivo y los quemó en su jardín, compartiendo una barbacoa con viejos compañeros de ese equipo. Ya retirado, en 1993, sus pasos le llevarían a querer visitar a la selección de Mario Zagallo, concentrada antes de la disputa del Mundial de 1994, en la que Brasil acabaría por llevarse el trofeo de ganador. Al llegar al recinto, el propio Mário Zagallo exigió que Barbosa saliera de las dependencias de la ‘Seleçao’ para evitar la mala suerte.

Ese 16 de julio de 1950, las vidas de Moacir y Obdulio se juntaron en el verde césped de Maracaná, para alejarse en sus destinos esa misma noche, donde uno buscaba el perdón y otro un lugar donde celebrar su conquista lejos de la reclusión del hotel de concentración. Dos vidas unidas por un instante, pero alejadas por las consecuencias del mismo. Lo que era un partido de fútbol, acabó siendo el “Hiroshima brasileño”, el dolor de una nación. Eran once contra once, pero, en verdad, pagaron todos. Obdulio al final encontró un bar, convidó y le convidaron, miró a la cara al dolor de quienes se encontró y vio con lástima lo que horas antes habían desatado en el coloso de Rio. Fueron muchas copas las que tomaron los uruguayos ese día, celebrando la conquista en tierra vecina. Muchas, mientras Brasil seguía echando en falta solo una.

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Imaginar a Obdulio caminar por las calles de Rio buscando un lugar donde poder tomar un trago y entender todo lo que había sucedido ese día no es complejo. Más bien, costaría analizar qué ocurrió ese día. Brasil buscaba en su casa un triunfo que muchos querían celebrar la semana antes, creyendo que ningún equipo sería capaz de doblegar el talento de los hombres de Flávio Costa. Su paseo, seguro, fue largo, pues sería difícil en toda la ciudad encontrar un lugar en el que tuvieran el ánimo de poner una copa. Uno se imagina la búsqueda entre calles vacías, como en la célebre película de Amenábar, con el protagonista paseando por una ciudad fantasma. Obdulio tenía sed, pero en Rio solo había lágrimas. Los brasileños quisieron huir de sus vidas, de su destino y, sobre todo, de su pasado. De ese pasado cruel que les enseñó el hueco por el que Ghiggia coló el balón. De ese silencio asesino que convirtió la fiesta brasileña en un drama de cine mudo. Obdulio Varela tenía sed, pero poca gente en Rio querría servir al “Negro jefe”, capitán de la Uruguay campeona del Mundo en Maracaná.

Ese estadio estaba hecho para la fiesta. La vida, el carnaval, el amor por ese deporte… todo aquello estaba impregnado en los muros del coloso balompédico de la ciudad de Rio de Janeiro. Un trono perfecto para un rey esperado desde el inicio. Maracaná era la joya de la corona. Pero fueron muchas las víctimas que surgieron del llamado “Maracanazo”. Algunas de ellas duran hasta nuestros días, como el uniforme blanco que vistió Brasil hasta 1950. La tragedia trajo consigo la revisión de un uniforme nuevo que no llevara a los recuerdos dolorosos y la mala suerte, con nuevos colores, con nuevos diseños, con nuevas esperanzas, ideadas por un joven nacido en la frontera con el rival, Uruguay, y que vistió los éxitos futuros que le llegarían a Brasil.

Otras víctimas agonizaron por largo tiempo. Moacir Barbosa lo vio en primera persona, a unos centímetros de su cara, a escasos centímetros de sus manos. El portero brasileño no pudo llegar a parar el disparo del delantero uruguayo. El jugador de Peñarol declaró que el balón entró porque no pudo disparar cómodo, que no lo hizo bien, pero que fue ese el detalle que consiguió el gol. Para Moacir, fue su tumba. Tras el Mundial de 1950, dejó de ser el portero brillante del que todo el mundo hablaba. Dejó de ser el héroe de las gestas que la Brasil de la época lograba goleando a sus rivales allá donde fuera. El ostracismo de su figura se tradujo en una penitencia eterna, en la que vivió con dolor y con culpa. Tiempo después de la trágica derrota, él mismo partió uno a uno los travesaños de la portería de Maracaná por la que entró el balón definitivo y los quemó en su jardín, compartiendo una barbacoa con viejos compañeros de ese equipo. Ya retirado, en 1993, sus pasos le llevarían a querer visitar a la selección de Mario Zagallo, concentrada antes de la disputa del Mundial de 1994, en la que Brasil acabaría por llevarse el trofeo de ganador. Al llegar al recinto, el propio Mário Zagallo exigió que Barbosa saliera de las dependencias de la ‘Seleçao’ para evitar la mala suerte.

Ese 16 de julio de 1950, las vidas de Moacir y Obdulio se juntaron en el verde césped de Maracaná, para alejarse en sus destinos esa misma noche, donde uno buscaba el perdón y otro un lugar donde celebrar su conquista lejos de la reclusión del hotel de concentración. Dos vidas unidas por un instante, pero alejadas por las consecuencias del mismo. Lo que era un partido de fútbol, acabó siendo el “Hiroshima brasileño”, el dolor de una nación. Eran once contra once, pero, en verdad, pagaron todos. Obdulio al final encontró un bar, convidó y le convidaron, miró a la cara al dolor de quienes se encontró y vio con lástima lo que horas antes habían desatado en el coloso de Rio. Fueron muchas copas las que tomaron los uruguayos ese día, celebrando la conquista en tierra vecina. Muchas, mientras Brasil seguía echando en falta solo una.

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