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Saber decir adiós

Iván Libreros @IvanLibreros95 14-09-2018

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Hay
que entender, o al menos poner todo nuestro empeño en ello, que la vida de un
deportista de élite es un oasis en el desierto de lo cotidiano. Son héroes
pagados a precio de diamante cuyos aciertos y hazañas insuflan esperanza en el corazón
del resto de mortales que no hemos podido por talento, empeño o fortuna
alcanzar ese estatus.

Pero
incluso ellos, estrellas de la NBA con un legado inabarcable, tienen que saber
decir adiós, por muy duro que sea. Y es en esa tesitura donde también se
distinguen los buenos de los muy buenos. Hace unos días recibimos la triste
noticia de la despedida de Manu Ginóbili como jugador profesional, abandonando
los Spurs tras cuatro anillos y muchas noches de gloria. Ginóbili se va, sin
ninguna duda, por la puerta grande. Pese a su avanzada edad (deportiva) sus
últimos dos años sin Duncan han sido un increíble ejercicio de profesionalidad.

No
sólo dentro de la pista, donde ha rendido a un nivel extraordinario, sino como
mentor fuera de ella. Le honra también las formas, en silencio y sin armar
líos, una consecuencia directa de su personalidad. Se han juntado varias circunstancias
para catalogar como magnífico el fin de su etapa baloncestística: el momento,
la manera y su gran aportación final.

Esto
choca de lleno con otras ilustres despedidas de los últimos años. Kobe se fue,
a excepción del último partido ante Utah, firmando unas últimas temporadas
horrorosas en lo personal. Lesiones, malos partidos y una situación grupal malísima.
No obstante, quiso estirar el chicle para recibir una palmadita en el hombro en
cada parqué de la liga, una decisión tan lícita como egocéntrica. Lo comparas
con el final de Duncan ese mismo año, y te dan ganas de reírte.

Michael
Jordan lo dejó tres veces. La primera por razones personales de peso, la
segunda en la cima más absoluta y la tercera como una película de serie B con
un final agradable. ¿Era necesario que el más grande se fuera así? Sólo él lo
sabe al 100%, pero está claro que empañó su verdadero final en Salt Lake City tras
cosechar el sexto anillo en 1998. No obstante, no fue un caso Kobe ni por
asomo.

La
última dicotomía que plantea este asunto es la de aquellos jugadores que siguen
en activo y no deberían porque su rendimiento es bastante bajo, sobre todo el
de esas grandes estrellas que lo han sido todo en la NBA. Por ejemplo, ¿tiene
necesidad un hombre como Pau Gasol de seguir hasta los 40 años por muy bien que
afirme encontrarse? No se ve él mismo decadente desde su primer año en Chicago,
decisión por cierto bastante discutible teniendo sobre la mesa otros proyectos
como el de Oklahoma en su momento.

Steve
Nash en su día fue otro caso claro de abandono tardío. Claro que recordaremos
sus años maravillosos en Phoenix, pero también aquellos dos años infames en Los
Ángeles cobrando a precio de oro mientras se perdía partidos por una lesión
tras coger las bolsas de la compra.

Todas
esas reflexiones siempre tienen que convivir con el derecho supremo del jugador
a decidir lo que le dé la gana respecto a su vida y su futuro, pero son hechos
que manchan un poco las reputaciones y los legados. Por eso saber decir adiós
es casi tan importante como vivir los años dorados con entereza, pues ser una
estrella de la NBA es algo más que canastas, anillos y trofeos.

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Hay
que entender, o al menos poner todo nuestro empeño en ello, que la vida de un
deportista de élite es un oasis en el desierto de lo cotidiano. Son héroes
pagados a precio de diamante cuyos aciertos y hazañas insuflan esperanza en el corazón
del resto de mortales que no hemos podido por talento, empeño o fortuna
alcanzar ese estatus.

Pero
incluso ellos, estrellas de la NBA con un legado inabarcable, tienen que saber
decir adiós, por muy duro que sea. Y es en esa tesitura donde también se
distinguen los buenos de los muy buenos. Hace unos días recibimos la triste
noticia de la despedida de Manu Ginóbili como jugador profesional, abandonando
los Spurs tras cuatro anillos y muchas noches de gloria. Ginóbili se va, sin
ninguna duda, por la puerta grande. Pese a su avanzada edad (deportiva) sus
últimos dos años sin Duncan han sido un increíble ejercicio de profesionalidad.

No
sólo dentro de la pista, donde ha rendido a un nivel extraordinario, sino como
mentor fuera de ella. Le honra también las formas, en silencio y sin armar
líos, una consecuencia directa de su personalidad. Se han juntado varias circunstancias
para catalogar como magnífico el fin de su etapa baloncestística: el momento,
la manera y su gran aportación final.

Esto
choca de lleno con otras ilustres despedidas de los últimos años. Kobe se fue,
a excepción del último partido ante Utah, firmando unas últimas temporadas
horrorosas en lo personal. Lesiones, malos partidos y una situación grupal malísima.
No obstante, quiso estirar el chicle para recibir una palmadita en el hombro en
cada parqué de la liga, una decisión tan lícita como egocéntrica. Lo comparas
con el final de Duncan ese mismo año, y te dan ganas de reírte.

Michael
Jordan lo dejó tres veces. La primera por razones personales de peso, la
segunda en la cima más absoluta y la tercera como una película de serie B con
un final agradable. ¿Era necesario que el más grande se fuera así? Sólo él lo
sabe al 100%, pero está claro que empañó su verdadero final en Salt Lake City tras
cosechar el sexto anillo en 1998. No obstante, no fue un caso Kobe ni por
asomo.

La
última dicotomía que plantea este asunto es la de aquellos jugadores que siguen
en activo y no deberían porque su rendimiento es bastante bajo, sobre todo el
de esas grandes estrellas que lo han sido todo en la NBA. Por ejemplo, ¿tiene
necesidad un hombre como Pau Gasol de seguir hasta los 40 años por muy bien que
afirme encontrarse? No se ve él mismo decadente desde su primer año en Chicago,
decisión por cierto bastante discutible teniendo sobre la mesa otros proyectos
como el de Oklahoma en su momento.

Steve
Nash en su día fue otro caso claro de abandono tardío. Claro que recordaremos
sus años maravillosos en Phoenix, pero también aquellos dos años infames en Los
Ángeles cobrando a precio de oro mientras se perdía partidos por una lesión
tras coger las bolsas de la compra.

Todas
esas reflexiones siempre tienen que convivir con el derecho supremo del jugador
a decidir lo que le dé la gana respecto a su vida y su futuro, pero son hechos
que manchan un poco las reputaciones y los legados. Por eso saber decir adiós
es casi tan importante como vivir los años dorados con entereza, pues ser una
estrella de la NBA es algo más que canastas, anillos y trofeos.

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