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Racismo

Escribo estas líneas en medio del ambiente de apremiante necesidad de decir algo que ha brotado después del lamentable episodio que llevó a suspender este domingo durante unos minutos el Cádiz – Valencia, partido correspondiente a la 29ª jornada de Liga en la Primera División de nuestro fútbol. En el momento de redactar este artículo de opinión, horas después del incidente, aún no ha aparecido ninguna prueba, gráfica o sonora, que demuestre que Juan Cala, futbolista del Cádiz, insultó de forma racista al jugador del Valencia Mouctar Diakhaby, ni ninguno de los dos protagonistas de la acción, el supuesto agresor y la supuesta víctima, se han manifestado de forma pública al respecto.

Hay cosas que sí sabemos: que Diakhaby se desconectó automáticamente del juego y se marchó llorando a su vestuario, que el Valencia denunció públicamente los hechos en sus redes, que el árbitro redactó en el acta que tanto él como sus compañeros no fueron testigos directos de esa situación, que el entrenador del Cádiz, Álvaro Cervera, defendió en rueda de prensa que su futbolista le negó haber insultado a su rival, que los jugadores del Valencia han manifestado que se les comunicó que perderían los puntos y podrían ser sancionados si decidían no terminar el encuentro, y que el propio Diakhaby, según varios de sus compañeros, les pidió que continuaran jugando, pero sin que él se viera capaz de seguir tomando parte.

En este asunto, creo que es totalmente compatible el intentar mantener el rigor, distinguir lo que se intuye de lo que se sabe, e intentar evitar juzgar a nadie sin hechos probados, con reconocer que tenemos un problema muy grave en nuestro día a día, al que tampoco podemos cerrar los ojos. Como digo siempre en esta columna, yo puedo hablar por mi experiencia. Y mi experiencia es que he crecido en un ambiente en el que había un grupo muy mayoritario de gente perteneciente a una nacionalidad, raza, orientación sexual y credo religioso determinados. Y en ese ambiente, el que es diferente queda señalado y estigmatizado de forma automática. Es muy probable que pertenecer a todos esos grupos mayoritarios haya provocado que tardara bastante tiempo en percibir y darme cuenta de algunas cosas. Cosas, actitudes, expresiones, dichas o presenciadas, que hemos considerado como normales, sin que por ello hayan dejado de ser reprobables. Que hayas visto algo como normal durante mucho tiempo, no significa que lo sea. Lo que podía parecer una broma o un chascarrillo, era algo que señalaba a alguien por ser distinto, y le provocó mucho daño. El racismo y la discriminación es algo que ocurre todos los días en todas partes (desde luego que aquí también), y ser consciente de ello puede ser el primer paso para intentar cambiarlo.  

Es posible que a alguien que no haya sufrido nunca una discriminación sistemática por su color de piel, su nacionalidad, su orientación sexual o sus creencias religiosas o culturales, le resulte complicado entender esa violencia sistemática que sufren las personas que han padecido eso en su entorno día tras día. Pero para eso está la empatía. Para intentar entender la sensación de rabia e impotencia que puede haber sentido en las últimas horas Diakhaby, convencido de haber recibido un insulto racista, o la indignación que rodeó a Pierre Achile Webó en los momentos que llevaron a la suspensión del PSG-Basakhsehir de Champions League del pasado 8 de diciembre, o la frustración que ha llevado a amenazar con retirarse de un campo a Samuel Eto’o, Sulley Muntari, Mario Balotelli, Marcelo, Dani Alves, y un largo (y triste) etcétera.

Además, creo que en este asunto hay un problema de fondo: ese corolario, que considero muy dañino, y repetido una y mil veces, del “lo que pasa en el campo se queda en el campo”. Justificando una posible agresión por haberse producido en un entorno privado (a veces no tan privado) como un terreno de juego. Algo equivalente al “son cosas de críos” cuando hablamos de bullying, o “es algo que no nos incumbe” relativo a cualquier tipo de violencia doméstica. Algo que permite que veamos como normal que, en un entorno como ese, los jugadores de fútbol o de cualquier otro deporte, se digan de todo durante el transcurso de un partido; o que el aficionado piense que tiene derecho a humillar u ofender a un jugador de su propio equipo, a un rival o a un árbitro, como contraprestación al precio que ha pagado por su entrada. El argumento de que es “un arma para desestabilizar al contrario”, no me sirve en absoluto. Asumo que se deben de usar las habilidades y recursos disponibles para intentar ganar, pero no que se pueda recurrir a un insulto o una vejación para tratar de sacar una ventaja deportiva. Para mí, el fin no justifica los medios.

Un niño o una niña que quiere jugar al fútbol, o a cualquier otro deporte, no debería de asumir que en un entorno de juego es normal escuchar ciertas cosas, o presenciar ciertas actitudes. Al revés, creo que deberían de tener asumido que es algo reprobable, y que el que lo sufre, es una víctima. Creo que deberían de pensar que el punto de partida es el respeto, no importa cuánto se quiera ganar. Y eso se aprende tanto en el entorno familiar, como en el educativo, como en el deportivo (que al final, también es educativo). Es una carrera de fondo, algo que no se cambia de un día para otro. No es casualidad que vivamos en una sociedad polarizada y hostil, amparada a menudo en la rabia, el odio, el anonimato y la cobardía de comportamientos muy extendidos en las redes sociales. No son casos aislados, ni algo que sólo ocurre en determinados ambientes. Es una lacra de nuestro día a día. Está entre nosotros y, sí, somos protagonistas de ello, lo queramos asumir o no. Que alguien denuncie que ha sido objeto de un menosprecio o discriminación por su color de piel, o por cualquier otra cosa que le defina superficialmente a ojos de los demás, ya es una derrota. Y sólo se podrá cambiar el signo del partido, si se asume tal como es. 




Foto cabecera: www.un.org/ (Naciones Unidas)

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Escribo estas líneas en medio del ambiente de apremiante necesidad de decir algo que ha brotado después del lamentable episodio que llevó a suspender este domingo durante unos minutos el Cádiz – Valencia, partido correspondiente a la 29ª jornada de Liga en la Primera División de nuestro fútbol. En el momento de redactar este artículo de opinión, horas después del incidente, aún no ha aparecido ninguna prueba, gráfica o sonora, que demuestre que Juan Cala, futbolista del Cádiz, insultó de forma racista al jugador del Valencia Mouctar Diakhaby, ni ninguno de los dos protagonistas de la acción, el supuesto agresor y la supuesta víctima, se han manifestado de forma pública al respecto.

Hay cosas que sí sabemos: que Diakhaby se desconectó automáticamente del juego y se marchó llorando a su vestuario, que el Valencia denunció públicamente los hechos en sus redes, que el árbitro redactó en el acta que tanto él como sus compañeros no fueron testigos directos de esa situación, que el entrenador del Cádiz, Álvaro Cervera, defendió en rueda de prensa que su futbolista le negó haber insultado a su rival, que los jugadores del Valencia han manifestado que se les comunicó que perderían los puntos y podrían ser sancionados si decidían no terminar el encuentro, y que el propio Diakhaby, según varios de sus compañeros, les pidió que continuaran jugando, pero sin que él se viera capaz de seguir tomando parte.

En este asunto, creo que es totalmente compatible el intentar mantener el rigor, distinguir lo que se intuye de lo que se sabe, e intentar evitar juzgar a nadie sin hechos probados, con reconocer que tenemos un problema muy grave en nuestro día a día, al que tampoco podemos cerrar los ojos. Como digo siempre en esta columna, yo puedo hablar por mi experiencia. Y mi experiencia es que he crecido en un ambiente en el que había un grupo muy mayoritario de gente perteneciente a una nacionalidad, raza, orientación sexual y credo religioso determinados. Y en ese ambiente, el que es diferente queda señalado y estigmatizado de forma automática. Es muy probable que pertenecer a todos esos grupos mayoritarios haya provocado que tardara bastante tiempo en percibir y darme cuenta de algunas cosas. Cosas, actitudes, expresiones, dichas o presenciadas, que hemos considerado como normales, sin que por ello hayan dejado de ser reprobables. Que hayas visto algo como normal durante mucho tiempo, no significa que lo sea. Lo que podía parecer una broma o un chascarrillo, era algo que señalaba a alguien por ser distinto, y le provocó mucho daño. El racismo y la discriminación es algo que ocurre todos los días en todas partes (desde luego que aquí también), y ser consciente de ello puede ser el primer paso para intentar cambiarlo.  

Es posible que a alguien que no haya sufrido nunca una discriminación sistemática por su color de piel, su nacionalidad, su orientación sexual o sus creencias religiosas o culturales, le resulte complicado entender esa violencia sistemática que sufren las personas que han padecido eso en su entorno día tras día. Pero para eso está la empatía. Para intentar entender la sensación de rabia e impotencia que puede haber sentido en las últimas horas Diakhaby, convencido de haber recibido un insulto racista, o la indignación que rodeó a Pierre Achile Webó en los momentos que llevaron a la suspensión del PSG-Basakhsehir de Champions League del pasado 8 de diciembre, o la frustración que ha llevado a amenazar con retirarse de un campo a Samuel Eto’o, Sulley Muntari, Mario Balotelli, Marcelo, Dani Alves, y un largo (y triste) etcétera.

Además, creo que en este asunto hay un problema de fondo: ese corolario, que considero muy dañino, y repetido una y mil veces, del “lo que pasa en el campo se queda en el campo”. Justificando una posible agresión por haberse producido en un entorno privado (a veces no tan privado) como un terreno de juego. Algo equivalente al “son cosas de críos” cuando hablamos de bullying, o “es algo que no nos incumbe” relativo a cualquier tipo de violencia doméstica. Algo que permite que veamos como normal que, en un entorno como ese, los jugadores de fútbol o de cualquier otro deporte, se digan de todo durante el transcurso de un partido; o que el aficionado piense que tiene derecho a humillar u ofender a un jugador de su propio equipo, a un rival o a un árbitro, como contraprestación al precio que ha pagado por su entrada. El argumento de que es “un arma para desestabilizar al contrario”, no me sirve en absoluto. Asumo que se deben de usar las habilidades y recursos disponibles para intentar ganar, pero no que se pueda recurrir a un insulto o una vejación para tratar de sacar una ventaja deportiva. Para mí, el fin no justifica los medios.

Un niño o una niña que quiere jugar al fútbol, o a cualquier otro deporte, no debería de asumir que en un entorno de juego es normal escuchar ciertas cosas, o presenciar ciertas actitudes. Al revés, creo que deberían de tener asumido que es algo reprobable, y que el que lo sufre, es una víctima. Creo que deberían de pensar que el punto de partida es el respeto, no importa cuánto se quiera ganar. Y eso se aprende tanto en el entorno familiar, como en el educativo, como en el deportivo (que al final, también es educativo). Es una carrera de fondo, algo que no se cambia de un día para otro. No es casualidad que vivamos en una sociedad polarizada y hostil, amparada a menudo en la rabia, el odio, el anonimato y la cobardía de comportamientos muy extendidos en las redes sociales. No son casos aislados, ni algo que sólo ocurre en determinados ambientes. Es una lacra de nuestro día a día. Está entre nosotros y, sí, somos protagonistas de ello, lo queramos asumir o no. Que alguien denuncie que ha sido objeto de un menosprecio o discriminación por su color de piel, o por cualquier otra cosa que le defina superficialmente a ojos de los demás, ya es una derrota. Y sólo se podrá cambiar el signo del partido, si se asume tal como es. 




Foto cabecera: www.un.org/ (Naciones Unidas)

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Fernando Evangelio @ferevangelio
05-04-2021