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Proyectos que suman

Sara Giménez @_SaraGimenez 22-12-2021

Para mí, una de las mejores cosas que me ha dejado el año 2021 es haber podido conocer proyectos como el que Javi Choren empezó en 2019, de la mano del CB Gran Canaria. Un proyecto de baloncesto inclusivo en el que todo el mundo, niños, niñas, mujeres, hombres… todos tienen cabida, independientemente de la edad, el género o sus capacidades.

Tras aproximadamente 2 años, el proyecto no ha dejado de crecer hasta tal punto que actualmente unas 400 personas participan en él. El más pequeño tiene apenas tres años y el más mayor, Pepe Juan, 61. Todos ellos tienen capacidades especiales: Síndrome de Down, autismo, Asperger, TDH, TDAH y varias cosas en común. Gracias a este proyecto en la isla, todos ellos tienen la oportunidad de jugar al baloncesto y todo lo que el BA-LON-CES-TO (como diría Pepu) conlleva. Porque para ellos y para ellas, ese balón naranja significa muchas cosas. Para ellos y para ellas, que viven en una sociedad que les ha hecho sedentarios, y también significa mucho para sus familias.

La idea que inició Javi, gallego de nacimiento, aunque confiesa que también canario de corazón, fue una realidad justo 5 meses antes de que estallara la pandemia. Javi, un “obrero del baloncesto”, como él mismo se define, y ex jugador profesional, es el ideólogo de este proyecto, aunque él huye de cualquier reconocimiento. También es director, utillero, entrenador y un director deportivo que en cada calle, esquina o supermercado de Gran Canaria ve una oportunidad para fichar a nuevos jugadores para el Proyecto Suma.

Precisamente en un supermercado fichó a Benito. Cuando a Israel le dijo su madre que un tal Javi había fichado a su hermano en un supermercado, no se lo podía creer. Es más, sospechó que algo raro había. Benito tiene 32 años, sufre síndrome de down, un defecto en las piernas y ha sido operado del corazón. Su hermano, Israel, explica que Benito llega a casa molido de los entrenamientos, pero que desde que conoció a Javi, “es más feliz, está más contento. Es otro hermano”.

Lo primero que me cuenta Javi cuando le llamo es que hay muchos tabús entorno a las personas con capacidades especiales, y que ellos sienten y padecen como todos. Para ellos, el baloncesto significa sentirse realizados”. Los familiares, como Israel, me cuentan que también les ayuda a aumentar su autoestima, fortalece su ilusión, su nivel motriz y coordinación. Al final, el baloncesto es una excusa para que se interrelacionen entre ellos.

Javi le echa 10 horas al día entrenando con los integrantes del proyecto. Un proyecto que se sustenta en dos pilares fundamentales: la salud y la felicidad. Curioso, ¿no? De eso, precisamente, hay mucha gente que va escasa últimamente. La salud, que siempre debería haber sido lo más importante, ha cobrado mucha más importancia en el último año y medio, cuando estalló la pandemia. Y la felicidad… todos, en mayor o menor medida, hemos aprendido a valorar todo lo que tenemos y que habitualmente damos por hecho sin prestarle toda la atención que merece. La pandemia les ha afectados, incluso más que a los demás, y les quitó, durante unos largos meses, el baloncesto y todo lo que este deporte les daba.

Vanesa es la madre de Carlos Andrés, un niño de 9 años que sufre TGD (Trastorno generalizado del desarrollo sin especificar). A los 8 años entró en el Proyecto Suma, pero hasta entonces nunca había jugado con otro niño, nunca. Con 8 años no sabía para qué servía un balón ni mucho menos las normas que hay en el baloncesto. Este deporte le ha dado muchísimo en el poco tiempo que lleva. Le ha ayudado a desarrollarse neuronalmente, a coordinar sus movimientos y a socializar. “Ahora, Carlos Andrés sabe el camino al pabellón, ve la camiseta de entreno y da un brinco. Los niños entran a la pista como la gente en las rebajas”, me cuenta su madre sin poder esconder lo orgullosa que está de él.

Para Vanesa, la sensibilidad y la empatía de Javi son la clave para que estos niños, y no tan niños, disfruten del deporte. “Todos cabemos en la sociedad y él (Javi), nos ha dado la llave, porque nunca pensamos que había esta posibilidad”. Javi es la viva imagen de la normalización, “no les habla de una manera diferente” y por supuesto, disfruta tanto o más que ellos.

El baloncesto no sólo es un estímulo para los y las jugadoras, también lo es para los padres que han encontrado una terapia psicológica en el bar mientras esperan que acaben los entrenamientos. Han creado una gran familia alrededor de este deporte y de este proyecto. Ahora, el siguiente paso del Proyecto Suma es organizar una liga y poder competir los fines de semana, como los demás. Pero sobre todo, el objetivo es que cada vez haya más personas que pongan en marcha su propio Proyecto Suma para que en el resto de España haya otro Benito y otro Carlos Andrés. Para que tengan la oportunidad de conocer otra forma de vivir.

Imagen de cabecera: Proyecto Suma

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Para mí, una de las mejores cosas que me ha dejado el año 2021 es haber podido conocer proyectos como el que Javi Choren empezó en 2019, de la mano del CB Gran Canaria. Un proyecto de baloncesto inclusivo en el que todo el mundo, niños, niñas, mujeres, hombres… todos tienen cabida, independientemente de la edad, el género o sus capacidades.

Tras aproximadamente 2 años, el proyecto no ha dejado de crecer hasta tal punto que actualmente unas 400 personas participan en él. El más pequeño tiene apenas tres años y el más mayor, Pepe Juan, 61. Todos ellos tienen capacidades especiales: Síndrome de Down, autismo, Asperger, TDH, TDAH y varias cosas en común. Gracias a este proyecto en la isla, todos ellos tienen la oportunidad de jugar al baloncesto y todo lo que el BA-LON-CES-TO (como diría Pepu) conlleva. Porque para ellos y para ellas, ese balón naranja significa muchas cosas. Para ellos y para ellas, que viven en una sociedad que les ha hecho sedentarios, y también significa mucho para sus familias.

La idea que inició Javi, gallego de nacimiento, aunque confiesa que también canario de corazón, fue una realidad justo 5 meses antes de que estallara la pandemia. Javi, un “obrero del baloncesto”, como él mismo se define, y ex jugador profesional, es el ideólogo de este proyecto, aunque él huye de cualquier reconocimiento. También es director, utillero, entrenador y un director deportivo que en cada calle, esquina o supermercado de Gran Canaria ve una oportunidad para fichar a nuevos jugadores para el Proyecto Suma.

Precisamente en un supermercado fichó a Benito. Cuando a Israel le dijo su madre que un tal Javi había fichado a su hermano en un supermercado, no se lo podía creer. Es más, sospechó que algo raro había. Benito tiene 32 años, sufre síndrome de down, un defecto en las piernas y ha sido operado del corazón. Su hermano, Israel, explica que Benito llega a casa molido de los entrenamientos, pero que desde que conoció a Javi, “es más feliz, está más contento. Es otro hermano”.

Lo primero que me cuenta Javi cuando le llamo es que hay muchos tabús entorno a las personas con capacidades especiales, y que ellos sienten y padecen como todos. Para ellos, el baloncesto significa sentirse realizados”. Los familiares, como Israel, me cuentan que también les ayuda a aumentar su autoestima, fortalece su ilusión, su nivel motriz y coordinación. Al final, el baloncesto es una excusa para que se interrelacionen entre ellos.

Javi le echa 10 horas al día entrenando con los integrantes del proyecto. Un proyecto que se sustenta en dos pilares fundamentales: la salud y la felicidad. Curioso, ¿no? De eso, precisamente, hay mucha gente que va escasa últimamente. La salud, que siempre debería haber sido lo más importante, ha cobrado mucha más importancia en el último año y medio, cuando estalló la pandemia. Y la felicidad… todos, en mayor o menor medida, hemos aprendido a valorar todo lo que tenemos y que habitualmente damos por hecho sin prestarle toda la atención que merece. La pandemia les ha afectados, incluso más que a los demás, y les quitó, durante unos largos meses, el baloncesto y todo lo que este deporte les daba.

Vanesa es la madre de Carlos Andrés, un niño de 9 años que sufre TGD (Trastorno generalizado del desarrollo sin especificar). A los 8 años entró en el Proyecto Suma, pero hasta entonces nunca había jugado con otro niño, nunca. Con 8 años no sabía para qué servía un balón ni mucho menos las normas que hay en el baloncesto. Este deporte le ha dado muchísimo en el poco tiempo que lleva. Le ha ayudado a desarrollarse neuronalmente, a coordinar sus movimientos y a socializar. “Ahora, Carlos Andrés sabe el camino al pabellón, ve la camiseta de entreno y da un brinco. Los niños entran a la pista como la gente en las rebajas”, me cuenta su madre sin poder esconder lo orgullosa que está de él.

Para Vanesa, la sensibilidad y la empatía de Javi son la clave para que estos niños, y no tan niños, disfruten del deporte. “Todos cabemos en la sociedad y él (Javi), nos ha dado la llave, porque nunca pensamos que había esta posibilidad”. Javi es la viva imagen de la normalización, “no les habla de una manera diferente” y por supuesto, disfruta tanto o más que ellos.

El baloncesto no sólo es un estímulo para los y las jugadoras, también lo es para los padres que han encontrado una terapia psicológica en el bar mientras esperan que acaben los entrenamientos. Han creado una gran familia alrededor de este deporte y de este proyecto. Ahora, el siguiente paso del Proyecto Suma es organizar una liga y poder competir los fines de semana, como los demás. Pero sobre todo, el objetivo es que cada vez haya más personas que pongan en marcha su propio Proyecto Suma para que en el resto de España haya otro Benito y otro Carlos Andrés. Para que tengan la oportunidad de conocer otra forma de vivir.

Imagen de cabecera: Proyecto Suma

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