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Modo avión

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 02-03-2020

Quizás este sea uno de los pocos partidos que la gente puede aguantar sin mirar el móvil o el Ipad. El Madrid-Barcelona es ese encuentro que te envuelve, que te obliga a sumarte a la campaña anti-digital de los modernos, aunque sea por 90 minutos. Como aquellos que quieren irse de vacaciones a un lugar tan perdido como para que no haya internet y posteriormente, tras conquistar un pequeño pueblo que precisamente demanda tener adelantos, jactarse con fotos en redes sociales. Un oasis para nuestras mentes, al contrario que Lionel Messi, desesperado, en la fría noche de la capital. El Santiago Bernabéu se llenó para intentar ver el primer triunfo de su equipo en las últimas tres visitas de su eterno rival, que estrenaba técnico en estas lides. Helicópteros, nuevas repeticiones e incluso Cristiano Ronaldo en la grada. Los clásicos siempre son especiales. El modo avión era una realidad.  

El Barça sigue descifrando el libreto de Quique Setién, el de la posesión por encima de todo lo demás. Los catalanes se toparon con unos anfitriones que se preocupaban por tapar su espalda, sin presionar la salida de Ter Stegen, al estilo Napoli. No se le ocurrió a Zinedine Zidane apretar a un cuadro que doma la pelota como nadie, pero que duda con mandarla al espacio, aunque surja, cuando raramente lo pretende alguien, una opción de dañar la parte trasera de la zaga rival. Como el padre que lleva a su hijo al parque de atracciones, pero siempre le encuentra inconvenientes a toda posibilidad de diversión, el Barça jugaba despacio y tratando de hacer buena letra sin arriesgar, a sabiendas que no le podían pitar pasivo. “Eso está demasiado alto, va muy rápido o la vamos a perder”. Todo es igual. Así, con una maraña de futbolistas pidiéndola al pie, es difícil hacer daño.

Arthur, Frenkie De Jong, Busquets, Messi, Griezmann… No es una alineación. El Barcelona acumulaba hombres entre líneas y nadie, exceptuando Jordi Alba, pensaba en romper. Los culés de pase en corto a pase en corto, dominaron y se defendieron con el balón, pero sufrieron para efectuar disparos de calidad que pudieran inquietar a un Thibaut Courtois muy tranquilo toda la noche. La lluvia, que suele ser un gran aliado para los futbolistas más prosaicos, era una de las mayores noticias de la primera parte. Por lo demás, poca cosa.

El segundo tiempo fue un acto de fe del Madrid, dispuesto a quitarle el balón a los visitantes hasta maniatarlos en su área. Los azulgranas, sin el abrigo del balón, se empequeñecieron en el feudo blanco, envalentonado con la fiereza sus zagales. Uno de ellos era Vinicius, torpe en algunos instantes, pero muy constante toda la noche. Su percusión por la banda fue un dolor de cabeza para el 4-4-2 del Barça, al estilo Ernesto Valverde. Ante la incapacidad de los culés de tener el cuero, el cántabro decidió extraer a su jugador más guerrero, pero a la vez más obtuso. Arturo Vidal se fue enfadadísimo por su cambio por Martin Braithwaite hasta que el recién entrado la tuvo ante el meta belga segundos más tarde. Sin embargo, el guion depararía un giro inesperado. El danés, acostumbrado a ser la punta de lanza en Leganés, jugando como volante derecho, debía tapar el pase por dentro. Sin embargo, su despiste, tras el buen arrastre de Karim Benzema, permitió a Vinicius convertirse en el héroe. Las redes se ríen de él, le piden y le cantan que tire, que la fallará, pero nadie puede criticarle el empeño que pone en cada jugada. El brasileño usa la técnica del martillo pilón, pese que no sea el más dotado en el remate y esta vez, aunque fuera de rebote, abrió la lata en el clásico. No muchos con 19 años podían o pueden decir eso.

Los blancos consiguieron sumar un triunfo de prestigio. Los culés, negados a cuajar una felonía, decidieron rasear todos sus ataques excepto alguna que otra falta lateral de Messi, desaparecido y desesperado tras un tremendo robo de Marcelo cuando ya encaraba puerta. Tan solo el desafortunado Gerard Piqué, que se encontraba en el área rival cuando Mariano puso la guinda, fue merecedor de elogios de un Barcelona que sale tocado del Santiago Bernabéu. En cambio, en el otro lado, todos salen con gesto ganador, especialmente los que estaban discutidos tras la dura derrota del pasado miércoles ante el Manchester City. Ahora, que ya ha acabado, lo tuitearemos.

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Quizás este sea uno de los pocos partidos que la gente puede aguantar sin mirar el móvil o el Ipad. El Madrid-Barcelona es ese encuentro que te envuelve, que te obliga a sumarte a la campaña anti-digital de los modernos, aunque sea por 90 minutos. Como aquellos que quieren irse de vacaciones a un lugar tan perdido como para que no haya internet y posteriormente, tras conquistar un pequeño pueblo que precisamente demanda tener adelantos, jactarse con fotos en redes sociales. Un oasis para nuestras mentes, al contrario que Lionel Messi, desesperado, en la fría noche de la capital. El Santiago Bernabéu se llenó para intentar ver el primer triunfo de su equipo en las últimas tres visitas de su eterno rival, que estrenaba técnico en estas lides. Helicópteros, nuevas repeticiones e incluso Cristiano Ronaldo en la grada. Los clásicos siempre son especiales. El modo avión era una realidad.  

El Barça sigue descifrando el libreto de Quique Setién, el de la posesión por encima de todo lo demás. Los catalanes se toparon con unos anfitriones que se preocupaban por tapar su espalda, sin presionar la salida de Ter Stegen, al estilo Napoli. No se le ocurrió a Zinedine Zidane apretar a un cuadro que doma la pelota como nadie, pero que duda con mandarla al espacio, aunque surja, cuando raramente lo pretende alguien, una opción de dañar la parte trasera de la zaga rival. Como el padre que lleva a su hijo al parque de atracciones, pero siempre le encuentra inconvenientes a toda posibilidad de diversión, el Barça jugaba despacio y tratando de hacer buena letra sin arriesgar, a sabiendas que no le podían pitar pasivo. “Eso está demasiado alto, va muy rápido o la vamos a perder”. Todo es igual. Así, con una maraña de futbolistas pidiéndola al pie, es difícil hacer daño.

Arthur, Frenkie De Jong, Busquets, Messi, Griezmann… No es una alineación. El Barcelona acumulaba hombres entre líneas y nadie, exceptuando Jordi Alba, pensaba en romper. Los culés de pase en corto a pase en corto, dominaron y se defendieron con el balón, pero sufrieron para efectuar disparos de calidad que pudieran inquietar a un Thibaut Courtois muy tranquilo toda la noche. La lluvia, que suele ser un gran aliado para los futbolistas más prosaicos, era una de las mayores noticias de la primera parte. Por lo demás, poca cosa.

El segundo tiempo fue un acto de fe del Madrid, dispuesto a quitarle el balón a los visitantes hasta maniatarlos en su área. Los azulgranas, sin el abrigo del balón, se empequeñecieron en el feudo blanco, envalentonado con la fiereza sus zagales. Uno de ellos era Vinicius, torpe en algunos instantes, pero muy constante toda la noche. Su percusión por la banda fue un dolor de cabeza para el 4-4-2 del Barça, al estilo Ernesto Valverde. Ante la incapacidad de los culés de tener el cuero, el cántabro decidió extraer a su jugador más guerrero, pero a la vez más obtuso. Arturo Vidal se fue enfadadísimo por su cambio por Martin Braithwaite hasta que el recién entrado la tuvo ante el meta belga segundos más tarde. Sin embargo, el guion depararía un giro inesperado. El danés, acostumbrado a ser la punta de lanza en Leganés, jugando como volante derecho, debía tapar el pase por dentro. Sin embargo, su despiste, tras el buen arrastre de Karim Benzema, permitió a Vinicius convertirse en el héroe. Las redes se ríen de él, le piden y le cantan que tire, que la fallará, pero nadie puede criticarle el empeño que pone en cada jugada. El brasileño usa la técnica del martillo pilón, pese que no sea el más dotado en el remate y esta vez, aunque fuera de rebote, abrió la lata en el clásico. No muchos con 19 años podían o pueden decir eso.

Los blancos consiguieron sumar un triunfo de prestigio. Los culés, negados a cuajar una felonía, decidieron rasear todos sus ataques excepto alguna que otra falta lateral de Messi, desaparecido y desesperado tras un tremendo robo de Marcelo cuando ya encaraba puerta. Tan solo el desafortunado Gerard Piqué, que se encontraba en el área rival cuando Mariano puso la guinda, fue merecedor de elogios de un Barcelona que sale tocado del Santiago Bernabéu. En cambio, en el otro lado, todos salen con gesto ganador, especialmente los que estaban discutidos tras la dura derrota del pasado miércoles ante el Manchester City. Ahora, que ya ha acabado, lo tuitearemos.

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